Facultad de Comunicación Social - Periodismo

El rugido que se está apagando

El zoológico de Santacruz es uno de los centros de conservación más importantes del país. Sin embargo, la pandemia, el incremento de precios en los suministros y la falta de visitantes lo tienen sumido en una profunda crisis.

Editado por: Laura Sofía Jaimes Castrillón

Crónica realizada para la clase de Taller de Géneros Periodísticos (cuarto semestre, 2023-1), con la profesora Laila Abu Shihab Vergara.

—Disculpe señora, el mono tiene un puñal. 

Fue así como un señor interrumpió la entrevista que estaba realizando a Angie Jadel, intérprete ambiental del Zoológico de Santacruz. Ambos estábamos incrédulos frente a esa declaración, fuimos a ver y efectivamente, uno de los monos cornudos —una especie de primates que tiene en su cabeza unos pelos con forma de cuernos— tenía un cuchillo en la mano. Este suceso cambió por completo el ambiente del momento, pasó de ser tranquilo y pacífico a ser angustiante y estresante.  

Se ejecutó un protocolo especial para retirarle el artefacto al animal y evitar que se hiciera daño a sí mismo y a los demás. Cerraron la sección y llamaron refuerzos —veterinarios y zootecnistas—, se les dijo a los visitantes que por favor esperaran un poco mientras solucionaban el asunto.  

—Parce qué putas, ¿cómo lo agarró? —dijo una de las veterinarias al llegar. Estaba tan impactada como todos los demás.  

Se procedió a abrir el guacal —espacio destinado para el descanso y alimentación de los animales—. Comenzaron a llamar al mono por su nombre, Oliver, para que se acercara y de esa forma pudieran retirarle el cuchillo. No sé si al final se lo quitaron, pero lo último que vi fue a uno de los monos tratando de agarrar a las veterinarias. Nunca en mi vida había pensado que vería algo así, en mi mente tenía la idea de que sería una visita tranquila.  

Había oído hablar mucho sobre el Zoológico de Santacruz. Personas cercanas a mí me dijeron que ese fue el primer zoológico que conocieron —esto debido a que Bogotá no cuenta con uno propio y era el más cercano en ese momento— se encuentra a dos horas de la ciudad.  

El zoológico fue fundado por el zootecnista Gonzalo Chacón Rueda el 3 de mayo de 1975. Lo creó con el propósito de recibir fauna silvestre decomisada por las CAR (Corporaciones Regionales Autónomas). Con el tiempo fue recibiendo más especies y abrió las puertas para recibir al público.  

Está ubicado en el municipio de San Antonio del Tequendama. Para llegar hay que atravesar una de las carreteras más impresionantes y terroríficas que he visto en mi vida. No solo por la belleza de las enormes montañas que hay en el camino, sino por la niebla tan espesa que bloquea totalmente la visión. Si uno no es un hábil conductor, las chances de descarrilarse son muy altas.  

En la taquilla había unas 10 personas adquiriendo su entrada, mientras esperaba decidí hablar con los que trabajaban en el parqueadero. Ahí estaba Jaile Becerra, él trabaja desde hace un par de años como encargado del parqueadero.  

Cuando no hay suficientes visitas el zoológico le paga muy poco porque es un trabajador de planta. A él le avisan si necesitan de su ayuda. En ese momento había 7 carros parqueados, ‘’esto da un indicio de que hoy será un día con poca paga‘’, dijo Becerra.  

Luego de hablar con él adquirí mi boleto para ingresar. El precio varía dependiendo si eres un adulto o un niño —24 mil adultos y 18 mil niños de 2 a 12 años—. En la entrada estaba un intérprete ambiental —persona encargada de dar guías a los visitantes— dándonos la bienvenida.  

Su nombre era Diego León, entró a trabajar gracias a un amigo que le comentó sobre la necesidad de personal que dieran recorridos por el zoológico. Lleva en este puesto 6 años y realmente disfruta lo que hace. 

 —Siento mucho cariño y alegría por esta labor y sobre todo por los animales —dijo León.  

Comencé el recorrido viendo las exhibiciones donde tenían a los felinos. Muchos de estos se encontraban dormidos, había una tigresa blanca totalmente acostada en una plataforma. Otros estaban activos, andaban de un lado a otro, subiendo árboles, incluso llegaron a rugirnos.  

Durante esta primera parte del recorrido me fijé en dos cosas: la primera era el tipo de encierro en el que estaban los animales. Había fosas llenas de vegetación y enriquecimientos ambientales —elementos didácticos con los que los animales se entretienen— y otros eran jaulas clásicas, algunas un poco pequeñas y otras completamente abandonadas.  

Una en especial, que me llamó la atención, estaba bloqueada por una tela negra, como si quisieran que no viéramos lo que había adentro. Más adelante me enteré de que ahí era donde habitaba el león, quien murió hace poco por culpa de un cáncer.  

Lo segundo era que en lo poco que había recorrido hasta ese momento ya había visto 3 afiches exponiendo los aportes que hacen los zoológicos a la conservación. Mostraban que estaban certificados por la Asociación Latinoamericana de Parques Zoológicos y Acuarios (ALPZA) y que su compromiso era la protección y reintegración de especies rescatadas del tráfico ilegal. 

Seguí caminando hasta la zona de los primates, ahí un trabajador pasó frente a mí. Iba con el paso apurado y dos baldes de comida en sus manos. Lo seguí hasta la puerta de una zona restringida, me presenté y le pregunté que si era posible hablar con él sobre unos temas.  

Me dijo: “hágale de una, siga por acá”. 

Ahora me encontraba en la zona de alimentación de los monos cariblancos —una especie de monos que tienen la cara completamente blanca—. Hablaba con Carlos Eduardo Jadeth, un cuidador de la sección de los primates. Su labor es chequear a los animales, limpiar sus hábitats y racionar su alimento.  

En ese momento les iba a servir lo que sería la comida del día. Una mezcla de: remolacha, lechuga, zanahoria, pepino y concentrado especial para ellos.  

 —Toca darles una dieta variada y balanceada para que no vayan a desarrollar ninguna enfermedad —dijo Jadeth mientras la ubicaba dentro del guacal.  

Después de colocar la comida subió una palanca y soltó un silbido. De pronto, todos los monos entraron al guacal y comenzaron a comer, eso me dejó impresionado ya que demostraba la confianza que le tienen los animales. Estábamos saliendo cuando le pregunté sobre el costo de los alimentos y si ha cambiado, a lo que él respondió. 

—Uff totalmente, ahora todo está más caro y la única fuente de ingresos está disminuyendo.  

Ellos no tiene ningún patrocinador ni son propiedad del Estado, su única fuente de ingresos es el dinero de la taquilla del día a día. Estos ingresos son con los que cubren el gasto mensual del zoológico, aproximadamente unos 250 millones de pesos.  

—Desde la pandemia la cosa ha estado muy dura, ya no vienen la misma cantidad de personas y eso nos afecta demasiado —afirmó Jadeth.  

El zoológico tuvo que cerrar sus puertas por 7 meses. Esto generó dificultades con respecto a la alimentación de los animales y al pago de los 28 trabajadores del lugar. Los ahorros disminuían, haciendo que adquirir los alimentos y medicamentos para los animales fuera más difícil y eso generaba preocupación.  

—Tuvimos que pedirle ayuda a la gente, habilitamos en la página web unas cuentas bancarias a las que podían donar, algunas plazas de mercado nos regalaron alimento y con eso pudimos alimentarlos —dijo Jadeth.  

No han vuelto a tener la misma asistencia desde que reabrieron sus puertas. Antes, el zoológico recibía 12 mil visitantes al mes, ahora no llegan ni a la mitad de eso. 

Me despedí de Carlos y seguí con el recorrido. Vi otras especies de primates y una que otra ave. Todas estaban en buenas condiciones y sin signos de maltrato. Caminé unos cuantos metros más hasta que comenzó a llover. Me refugié en una pequeña choza donde tenían imágenes de los animales y algunas pancartas con información. 

Ahí llegaron dos trabajadores, Angie Jadel —con quien estaba hablando antes del incidente del mono y el cuchillo— y su compañero Julián Gómez. Ellos estaban realizando una encuesta a los visitantes, sobre qué les parecía el zoológico y si me hallaba a favor o en contra de este.  

De manera amable respondí la encuesta, no me demoré más de 2 minutos en hacerlo. Después les pregunté a ella y a su compañero sobre la baja asistencia que ha tenido el zoológico, ellos me contestaron que es algo bastante deprimente ya que mucha gente no sabe lo que ellos realmente hacen.

—Ahora las personas piensan que los zoológicos solo son unas cárceles para animales, que ellos estarían mejor en su ambiente y no aquí con nosotros. No saben que en este lugar recibimos animales afectados por el ser humano y que nunca podrán regresar a su hábitat natural —dijo Julián mientras se sentaba a mi lado.

Esto explicaba la razón de que hubiera tantos afiches donde exponían lo buenos que eran para la conservación. Querían demostrarle a la gente que su labor es importante y necesaria, pero muchos siguen sin creerles. 

—Vienen personas con la idea de lo malos que somos. Les explicamos nuestra función y aún así siguen afirmando que no deberíamos existir y que somos terribles personas por eso —dijo Angie con cierta tristeza.

Ella me habló sobre “John”, un oso de anteojos que vivió en el zoológico por más 20 años—falleció en 2021—. Ellos siempre le brindaron la mejor atención posible pese a que no había ingresos. Le servían sus raciones de comida y le daban los medicamentos necesarios ya que era un animal de avanzada edad, tenía 33 años.  

Hablamos un poco más sobre los animales y los proyectos que lideran para la reintegración de algunas especies silvestres, cuando sucedió el incidente del mono con el cuchillo. Ahí me despedí de ellos, puesto que su atención ahora estaba enfocada en otro lado.  

Ya en ese punto no quedaba mucho por recorrer, la lluvia se había ido y podía seguir con el trayecto. Pasé por el serpentario, tenían especies letales como la cascabel o la serpiente coral. Aquí volví a ver hábitats totalmente abandonados, como si los que vivían ahí se hubiesen ido o muerto.  

Pasé por una pequeña granja donde tenían llamas, caballos y burros, entre otros animales. Allí abundaba un olor que era producto de la mezcla entre la humedad y el estiércol de los animales. Para este punto había unas 50 personas dentro del lugar, lo cual era muy poco teniendo en cuenta el día que era —visité el zoológico un domingo—.  

Antes de la salida estaba la última exhibición, en esta se encontraba la más reciente adquisición del zoológico. Había un enorme estanque con el agua de un tono medio verdoso —por las algas que se producían dentro de este—. De pronto, se vio cómo del agua emergía una enorme boca con afilados colmillo, ese era Buki, el hipopótamo. 

Llegó al zoológico como parte de un programa de reubicación, viene del estanque de hipopótamos que hay en Puerto Triunfo Antioquia. Desciende de los ejemplares que trajo Pablo Escobar para su finca la Hacienda Nápoles. 

Esta se ha vuelto una especie invasora en el territorio nacional, así que se ha buscado alternativas para ver qué hacer con los individuos que son rechazados por la manada principal. Es así como “Buki” llega a Santacruz en 2018. Se convirtió en la estrella del zoológico, su enorme tamaño y apetito llamó la atención del público.  

Este fue el final del recorrido, salí algo triste por la situación que está atravesando el zoológico. El futuro de estos animales está en las manos de no solo los especialistas en fauna silvestre, sino de las personas que asisten, ellos definirán si el rugido se apaga en San Antonio del Tequendama.  

Afiche zoológico

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Responder a “El rugido que se está apagando”

  1. Es muy triste la situación del Zoológico Santa Cruz . Hace muchos años no lo visito. Esta crónica fue muy clara y es un grito de Auxilio para que tengamos conciencia y podamos salvar el Zoológico.
    Qué posibilidad hay de que esta crónica llegue a los medios de televisión y radio. Para iniciar una campaña para salvar a las especies y poder recuperar este maravilloso lugar. Que como se aclara está protegiendo animales que han sido rechazados por su propia manada . Y es la oportunidad para que los niños conozcan especies de primera mano y creen conciencia con la naturaleza.
    Gracias por este trabajo investigativo.

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