Facultad de Comunicación Social - Periodismo

Violeta, componiendo la cumbre

Violeta Arboleda descubrió la música a los cinco años y posó sus dedos sobre el instrumento que la hace vivir un sinfín de emociones: el piano.

Texto escrito para la clase de Taller de Géneros Periodísticos (cuarto semestre, 2020-2), con el profesor David Mayorga.

Hunde las teclas con fuerza y fluidez. El sonido se amplifica en la caja de resonancia, rebota en la acústica del teatro Camilo Torres y se posa en los oídos del público atento. La adrenalina recorre todo su cuerpo. Sus manos, cada vez más ansiosas por tocar la nota final. Su espalda quiere estirarse en la venia bendita. Sus oídos están deseosos de los dulces aplausos que le esperan al terminar. ¡Ya está! Violeta lo logró. Se retira del escenario, corre al baño y se encierra a llorar.

La región antioqueña tiene una encantadora tradición en torno a las flores que llenan de color sus paisajes: las siemprevivas, claveles, orquídeas y girasoles, que no deben faltarles a los silleteros en la Feria de la Flores. En el “Vallecito de Encanto”, Sabaneta —el municipio más pequeño de Colombia— vive una flor que ambienta su casa los siete días de la semana con sus hermosas interpretaciones de las sonatas de compositores del siglo XIX. Se llama Violeta Arboleda.

Mónica Arboleda tenía 16 años cuando quedó en embarazo. A esa corta edad tuvo la primera gran decisión que afectaría la vida de su hija: nombrarla. El nombre le había gustado, dice ella, luego buscó el significado y le pareció apropiado. Violeta: una mujer sensible y con afinidades artísticas —le pegó al mango—. Sin embargo, su hermana, tía de Violeta, asegura que lo copió de una telenovela colombiana de los noventa, quizás era De pies a cabeza.

Real o no, el significado del nombre que se le asignó sí le hace honor. Este ha forjado su personalidad extrovertida y única, ¿quién pensaría que en un acto cívico se pararía y declamaría un poema? Retrata, además, la inclinación por el arte, por la música: la vida entera de Violeta.

Ella conoció el amor muy joven. A los 5 años observaba a la tía Sandra pasar horas y horas sentada frente al piano en la sala de la casa de sus abuelos, tocándolo como si nada más existiera. La mirada curiosa de Violeta le recordó a Sandra su calidad de pedagoga. Por ello, introdujo a la pequeña, tecla por tecla, al gran mundo de la música. Sandra era profesora de piano de la Fundación de Bellas Artes de Medellín y en cada oportunidad llevaba a su sobrina a sus clases. Ahí, Violeta construyó los cimientos de su actual relación con el instrumento.

Sería fácil imaginar que a sus 21 años Violeta fuera una prodigio en el piano, pero no. Quizá pudo deberse a la precoz separación que sufrió de su amado. A los 9 años, su maestra predilecta y tía querida se fue a Argentina y se llevó con ella las ganas de tocar. A Violeta le empezaron a llover invitaciones de sus amigos del barrio para salir a jugar, y prefirió eso que sentarse en la sala a practicar. Pero no olvidó del todo a la música, probó con otros instrumentos como, por ejemplo, el violín, que fue un “efecto Davivienda”, y a los 15 años intentó con otro y bajo la influencia de Giovanni Parra conoció un amante de melancólico sonido, oriundo de Alemania, el bandoneón.

Ese encuentro estableció el primer plan de vida de Violeta. Había decidido estudiar Licenciatura en Música en la Universidad de Antioquia, vocación que descubrió cuando estaba en Décimo y le ayudó a su tía a dictar clases particulares. Su plan era hacer la carrera de cinco años y luego partir a Argentina a estudiar bandoneón. Pasó la entrevista, entró a la universidad, culminó cinco semestres pero al final decidió cambiarse de carrera. 

Cómo se iba a alejar tanto del piano si cada vez que lo toca se le eriza la piel. Ese es el primer amor que le hace sentir de todo: frustración, enojo, alegría y emociones a las que se les dificulta darles nombre. Hay días en que es una maravilla y otros en que no lo quiere ni ver, no lo soporta, pero la hace completamente feliz después de cada concierto.

Se cambió a Música e Instrumento, porque tomó la decisión de dedicarse de lleno al piano. Diego Arango Toro, su mentor en la carrera, fue quien la motivó y le hizo saber que ella tiene un gran potencial en el instrumento. Aun así, Violeta no renunció a su vocación de pedagoga, se ve en diez años enseñando y acompañando los procesos de aprendizaje de otros. Ese cambio de carrera fue responder a la llamada que le hacía el piano, de mejorar la técnica y convertirse en una profesional.

Los procesos son lo más importante. Violeta invierte días enteros tocando y tocando la misma canción; se equivoca, se desespera, toma una pausa y comienza de nuevo. Tocar el piano es una metáfora de la vida de quien la vive como quiere vivirla: se fracasa, pero se sigue intentando.

El momento cumbre de Violeta es la presentación del resultado de sus procesos, sus exámenes en la carrera: los concierto. Cuando era pequeña se presentaba en la Sala Beethoven de Bellas Artes con los estudiantes de su tía y le parecía la cosa más normal del mundo tocar el piano por escasos cinco minutos. Nunca había experimentado la misma sensación con el piano como cuando entró a la universidad. Las circunstancias cambian, existe ahora la presión de una nota, de una observación de los maestros que refleja la altitud con la que el estudiantado interpreta a un gran compositor.

En el primer concierto de Violeta estaban sentados, en la platea del teatro del pabellón 23 de la Universidad, su tía Sandra, el profesor Diego, la coordinadora de piano y Teresita Gómez, la mejor pianista de Colombia. Antes, los recitales eran una cosita de niños, ahora estaba en juego su profesión.

Violeta para sus presentaciones tiene un ritual. Por cábala decide días antes cómo va a ir vestida, peinada y maquillada, si se siente fea toca feo. Eso sí, que nunca se le olvide lavarse las manos antes de tocar el piano, la llena de confianza, tanto que su maestro se asegura de que antes de tocar tenga todo esto ya hecho.

Se sienta frente al piano, reposa sobre las teclas de marfil las yemas de sus dedos y comienza su concierto. Una composición de Edvard Grieg, Muzio Clemente o Aleksandr Skriabin, no importa, los tres le encantan. Se desborda, se entrega, lo deja todo. Comete un error, pero sigue con la canción, no hay tiempo para pensar en lo que se pudo hacer mejor, cierra los ojos y cuando menos lo imagina, su función ha terminado. Hace la venia, recibe los anhelados aplausos que reconocen su triunfo y afirman el disfrute del público. Sale del escenario, va al baño y empieza a llorar.

Diego Arango le golpea la puerta.

—¿Por qué llora? Aprendió, ¿sí o no? — le reclama desde el otro lado de la puerta.

—Sí — contesta Violeta

Se seca las lágrimas, sale y se encuentra con sus amigos para tomarse una cerveza, conversan y se da cuenta de que, de nuevo, había llorado en vano, sus errores nadie los había notado. Regresa a casa y sigue estudiando.


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