Facultad de Comunicación Social - Periodismo

Un recuerdo rosa, pero no color de rosa

En el recuerdo queda el sonido de disparos que se sintió en Labranzagrande, cuando el vestido rosa de su alcaldesa se manchaba de la crudeza del conflicto.

Crónica realizado para la clase de Introducción a la economía (quinto semestre, 2023-2), con el profesor Efraín Pachón Orjuela. 

Editado por: profesor Fernando Cárdenas

Corría el año 1993, mientras María Zunilda, alcaldesa de Labranzagrande, se encontraba en el parque principal del municipio. Sentada en una banca, observaba el racimo de papeles que siempre llevaba consigo. Nadie sabía que contenían, solo que la doctora Zunilda, como le decían los que la conocían, los llevaba para todo lado. El ambiente tranquilo quedó disipado cuando se oyó el primer disparo, segundos antes de que una ráfaga de los mismos atormentara a todo el lugar.  

  • Pablo, venga, vamos a dormir que se está haciendo tarde – decía la alcaldesa María Zunilda -. Mañana tenemos que ir a entregar los regalos. 
  • ¿A qué hora nos encontramos, señora Zunilda? – respondió Pablo Patiño Aguilar, concejal del municipio. 
  • Pues usted desayune tempranito y ahí vamos con los regalos.  

Eran las 9: 30 de la mañana, Pablo Patiño, concejal del municipio de Labranzagrande, bajaba las escaleras para ir a desayunar. El día anterior había estado tomando con la gente del municipio, por lo que cuando bajó a comer algo sentía una leve sensación de mareo.  

A Pablo le tocaba reunirse con la alcaldesa, quien lo esperaba en el parque. María Zunilda llevaba un vestido rosado precioso. Según Patricia Parra, secretaria de la alcaldesa, Zunilda siempre vestía bien, tenía un gusto por la moda exquisito. Sin embargo, ese vestido sería testigo de uno de los mayores crímenes en la historia de Labranzagrande.  

“Me fui a desayunar, trasnochadito, y la vi en el parque. Estaba sentadita viendo unos papeles, al frente de la alcaldía estaba Telecom. Cuando al rato sentí los tiros”, cuenta hoy Pablo Patiño. En ese tiempo acababa de llegar a Labranzagrande el frente 38 de las FARC. Sin embargo, los responsables del hecho no fueron ellos, sino miembros del ELN, quienes ajusticiaron a la alcaldesa por tener supuestos vínculos con personas del ejército. 

En 1993, las guerrillas en Colombia, en particular las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y el Ejército de Liberación Nacional (ELN), veían al ejército colombiano como un enemigo poderoso y una representación del Estado que buscaban derrocar. Para las guerrillas, el ejército representaba la fuerza militar del gobierno, que protegía los intereses de élites políticas y económicas y suprimía a los movimientos insurgentes. En ese momento, las guerrillas estaban inmersas en un conflicto armado de larga duración con el ejército y veían a sus combatientes como adversarios en una lucha por el control territorial y político. 

Es por eso que el ELN, cuando supo que la alcaldesa estaba haciendo contratos para la realización de la carretera alterna al Cusiana, que conectaría a Labranzagrande con Casanare, dijeron que los estaba haciendo con la plaga, que era como se les llamaba a las personas del ejército.  

Según cuenta Pablo Patiño, eso no tenía ni siquiera sentido, ya que Labranzagrande en ese momento era muy pobre, el Estado poco invertía en ese lugar y a cuenta del conflicto armado el municipio en sí cada vez fue hundiéndose en un espiral de pobreza y violencia. No había nadie que los ayudara.  

  • ¡Dios mío! – exclamaron de pronto varias personas. 

Esa fue la primera reacción de Pablo, así como de Jorge Sánchez y Benjamín Díaz, también concejales del municipio, cuando vieron como el vestido rosado de la alcaldesa se alzaba con el aire, al mismo tiempo que se manchaba de la sangre que los tiros de bala produjeron.  

Pablo Patiño cuenta con tristeza y frustración ese momento. “Salí rápido y mire la persona caída, le mire el vestido, un vestido rosadito y dije: ¡Dios mío!, mataron a la alcaldesa”. En ese momento, junto con otros dos concejales la auxiliaron y la llevaron a un lugar llamado “la piedra ancha”. Ellos se dieron cuenta también de que le habían botado los papeles que la alcaldesa llevaba consigo.  

Mientras tanto, en la sede de la alcaldía, a una orilla del parque principal, las personas estaban aterrorizadas, entre ellas Patricia Parra, quien en ese momento no sabía lo que pasaba. “Recuerdo que me sentí muy impotente, ella realmente quería hacer un cambio para este municipio, era una economista muy buena, muy preparada”, cuenta con tristeza en su rostro. 

Cuando Patricia se dio cuenta de que la alcaldesa era quien había muerto, recogió rápido los papeles que quedaron en el suelo, tenían que ser algo importante. Sin embargo, todo el parque principal estaba aterrorizado, por lo que en ese momento solo pensó en dejar los papeles en una silla, en la alcaldía del municipio.  

No se sabe quién cogió los papeles, pero no se volvió a saber de ellos. En ese momento, María Zunilda era la esperanza del municipio, que en los años posteriores se vería envuelto en una cantidad de atentados hacia su gente.  

No había un Estado presente, las FARC y el ELN se disputaban el territorio y el municipio, de difícil acceso y escondido entre las montañas, sufría la devastación de la guerra. “En ese tiempo el presupuesto del municipio era demasiado pobre, ni los concejales ganábamos nada, nos daban un tintico no más”, afirmó Pablo Patiño, quien como muchos de sus compañeros ejercían de concejales sin un sueldo al que atenerse. 

Los atentados y la época de violencia siguió avanzando y dejando manchas imborrables en la historia de Labranzagrande. Las víctimas principalmente eran personas campesinas que sufrieron atentados y desplazamientos forzados. A la más mínima amenaza de progreso, los grupos al margen de la ley armaban un complot en el municipio para averiguar qué estaba pasando y si había algún trato con lo que ellos llamaban: la plaga. La masacre del Páramo de la Sarna es otro de los hechos que marcó a Labranzagrande, donde quedaron como víctimas familias campesinas inocentes.  

El conflicto armado colombiano, que se prolongó por más de cinco décadas, tuvo un impacto devastador en muchas partes del país y desempeñó un papel significativo en la propagación de la pobreza. La presencia constante de grupos guerrilleros, paramilitares y narcotraficantes en amplias áreas rurales dificultó el acceso a servicios básicos como educación y atención médica, lo que limitó las oportunidades de desarrollo. Además, la violencia y la inseguridad resultantes del conflicto desplazaron a miles de personas de sus hogares, forzándolas a vivir en condiciones precarias en zonas urbanas o en campamentos de desplazados. Esto socavó aún más las perspectivas económicas de las comunidades afectadas, al tiempo que el conflicto interrumpió la producción agrícola y la economía local. 


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