Facultad de Comunicación Social - Periodismo

Iluminar las tardes con velas

La soledad llega de golpe y simplemente te adaptas a ella, pero vivir sin luz para iluminar los momentos de oscuridad va más allá de la costumbre.

Reportaje realizado para la clase de Taller de géneros periodísticos (cuarto semestre, 2021-2), con el profesor David Mayorga.

Óscar y Carmen son dos personas que por obras del destino viven sumidos en la soledad y, más aún, sin servicios de electricidad para suplir sus necesidades básicas. Esta es la historia de un par de habitantes de Girón de Blancos que ya se acostumbraron a vivir sin luz y sin el calor de un hogar.

Iluminar las tardes con velas, acostarse antes de que de salga el sol, no poder refrigerar los alimentos y, en algunos casos, quieran o no, vivir sumidos en la soledad. Este es el caso de dos habitantes de área rural que hasta el día de hoy no saben qué es gozar de cobertura eléctrica.

La “luz” sin duda es uno de los elementos más indispensables para el ser humano, y algunas personas por giros del destino no pueden hacer uso ella. María Carmen Riveros se encuentra sola en casa, como de costumbre, y al escuchar mi llamado a la puerta se levanta para recibirme. Ella es una habitante de la vereda Girón de Blancos, del municipio de Cáqueza: tiene alrededor de 88 años, aunque en realidad no se sabe con exactitud. Su papá era comerciante de arroz, o eso dicen quienes la conocen, también comentan que provenía de una familia adinerada que poseía propiedades en Bogotá, en el barrio San Martín, cosa que realmente resulta difícil de comprobar si se le realiza esta pregunta. Hoy vive en una casa en condiciones deplorables: es más pequeña que la habitación de una persona del común, pues apenas cabe una cama y un tocador dentro de ese pequeño espacio.

Y casi de la misma manera vive el señor Óscar Cárdenas, quien también tiene su hogar en esta vereda, pero con la diferencia de que habita un espacio un poco más organizado y salubre en compañía de su perro Luki. Cuando fui a visitarlo, me recibió con una sonrisa y con toda la disposición de responder a mis preguntas. Pude evidenciar mientras conversaba con este hombre que a duras penas tenía acceso a la luz, según contó, gracias a la solidaridad de su vecino que le transmite una pequeña ración de su energía por medio de un cable que conecta una casa con otra, y que le alcanza para aproximarse un poco a lo que sería el calor del hogar.

Justamente es así como estas personas tratan de suplir esas necesidades con un producto tan milenario como las velas. Su origen tuvo lugar a mediados del siglo XV a.C., como una simple antorcha que estaba compuesta principalmente de aceites animales procesados; y además de traer visibilidad en los tiempos de oscuridad, le daba la posibilidad a las personas de calentarse en las temporadas más heladas. Gracias a ciertos avances propuestos por el hombre, este objeto pudo evolucionar hasta convertirse en un elemento más fácil de portar y manipular, usando elementos como el petróleo destilado para extraer lo que conocemos como parafina.

Y a pesar de los años el propósito de la vela sigue siendo el mismo: iluminar y brindar calor a las personas que, de una manera u otra, aún en pleno siglo XXI, no pueden acceder a la electricidad por sus altos costos.  Eso dice el señor Miguel Celeita, un vendedor de velas del pueblo de Ubaque, que a pesar de vender velones para uso religioso reconoce que sus productos también son comprados por las personas de bajos recursos que no tienen acceso a la cobertura eléctrica, pues, según su experiencia, “ahí sí les toca como a las gallinas: levantarse y acostarse con el sol”.

 Tener acceso a los servicios eléctricos se ha convertido en uno de los ejes fundamentales para la subsistencia del ser humano, y estos no se suplen fácilmente, pues en nuestra cotidianidad la mayoría de las cosas que poseemos se complementan con la electricidad; ya sean teléfonos, televisores, neveras y aún más importante la “luz”, aquella que de una manera u otra brinda calidez a las personas, permitiendo crear momentos de familiaridad en que se pueden realizar actividades y gozar del calor del hogar. Por esta razón es que se le puede denominar “privilegio”, pues a pesar de no ser muchos los casos, hay personas que hasta hace poco han podido usar a “medias” los servicios de electricidad, pero hay otros que tal vez culminen su ciclo de vida sin sentir aquella calidez.  

—¿Hace cuánto vives aquí?  

—Yo ya ni me acuerdo, ya voy pa’ 88, por eso me hicieron aquí los de la Alcaldía y todo, y el padre viene a darme la comunión y las monjas… ellos sí no me olvidan, y los de la Alcaldía…

—¿Y tú vives sola acá?

—Dios y la Virgen y los vecinos porai que me miran y… y lo que me puedan regalar…

—Y las velas, ¿cuándo las utilizas, de dónde las sacas?

—De la tienda, de la tiendita, y ya yo ahorita que no tengo ni quién me alcance una espermita, eso es aquí la luz y todo, y quien dice voy a… eso aquí ninguno, que mucho juicio me dijo los de la Alcaldía y todo.

—¿Y tú no tienes electrodomésticos aquí, como neveras o algo así?

—Nada, a oscuras. La velita, con la luz cuando llega.

—¿Quién te trae las velas? ¿O tú vas a comprarlas?

—Ay, no, ay, yo no puedo ni… yo he… aquí los vecinos cuando más que sea llegan me… me valgo alguna cosa, es que no hace falta quien llegue a acompañarme y a mirarme.

—¿Y para cocinar cómo haces?

—Ah… Estufa de candela y si tengo, leña, y si no… ni hay leña ni hay nada. Yo he pasado una vida que ni… a ver qué pasa. Ahí toy, mis hijitos, entrañé a diez hermanos y de esos diez se me murieron todos, quedan cuatro y mis padres y todo, y yo fui la mayor de diez, ante Dios y la Virgen y todavía sigo viva.

—¿Tienes hijos?

—No me los regaló mi Dios y mi matrimonio.

—¿Y la Alcaldía nunca te ha dicho que te va a ayudar?

—Sí, que me vaya, ha estado hasta una doctora de la Alcaldía con un carrito y aquí viene, y todos que me vaya, que ellos no… que ellos me reciben, allá me reciben a la hora que yo… sino que yo no me amaño [llora], hasta la hora que yo… Los vecinos me tienen todos recomendados aquí. Que me tengan cuenta hasta la hora que yo muerta o viva, que ellos me recojan una limosna o algunos llaman, que los ayuden pa que me queden o me boten.

María Carmen Riveros

Habitante de Girón de Blancos

 

—¿Me puedes contar la historia de cómo llegaste a vivir en este lugar?

—Esto es una herencia de mi mamá, de cinco herederos… que nos dejó, yo no conocí mi mamá.

—¿Y qué te llevó a vivir aquí?

—Pues aquí en el campo por la parte de mi mamá que esto quedó abandonado, entonces yo me vine.

—¿Por qué crees que en este sitio no hay luz?

—Por la vaina de la… esto es sucesión y yo estoy solo aquí en la finca, entonces no he tenido la plata pa’… no ha salido la sucesión, entonces no he podido tener los recursos.

—¿Y en un principio cuando no tenías la luz, ¿cuál era tu principal fuente de sustento para iluminar tu casa o para el calor?

—A pura punta de vela 30 años… 25 años más o menos sin luz

—¿Y cómo fue esa experiencia de 25 años sin luz?

—No, muy aburridor, no le deseo a nadie esto, nosotros a pura punta de vela hacíamos el almuerzo en el fogón, en ese tiempo con fogón de leña cuando estaba la mujer y mis hijos, con leña.

—¿Qué dificultades ha traído para ti el hecho de tener que conectar la luz de una casa externa a la tuya?

—¿Cómo…? [confundido], no pues una ventaja la luz, ya que tengo luz, una dicha [sonríe].

—¿Puedes profundizar un poquito contándome cómo hacías cuando usabas las velas en tu casa?

—Nosotros aquí comíamos porai a las 4:00 o 5:00 de la tarde, y a las 6:00 estábamos ya durmiendo, pero muy aburridor por parte de mis hijos, sí… estaban pequeños aquí en ese tiempo […], no le deseo a nadie estar así. 

Óscar Iván Cárdenas

Habitante de la vereda El Crucero

 

Y esta situación no se reduce únicamente a estos dos personajes, ya que en Cáqueza existe un promedio de 382 personas que aún no han tenido el “Privilegio” de gozar de aquella luz que posiblemente podría iluminar tanto sus hogares como los momentos de felicidad que puede llegar a vivir dentro de este. María Carmen vive a gusto en su casa, las personas de la Alcaldía quieren llevarla a un ancianato, pero ella se niega y, con firmeza, dice que morirá en ese lugar hasta que Dios la tenga con vida. Óscar Cárdenas está cómodo en su hogar, pues a pesar de lo poco o mucho que tenga, lo goza en compañía de su mascota. Y así es la situación de estas dos personas que gracias a los giros de la vida y a su situación económica en pleno siglo XXI aún deben hacer uso de elementos como las velas para aproximarse un poco a lo que sería el abrazador calor de la luz y de la compañía.


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