Facultad de Comunicación Social - Periodismo

Desde el lente angular de Stephen Ferry

Stephen Ferry ha logrado capturar, a través de imágenes, buena parte de la historia del conflicto armado y la búsqueda de la reconciliación en Colombia. Este es un perfil sobre su vida como fotógrafo, sus retos, su arte y su carácter.

Editado por: Laura Sofía Jaimes Castrillón

Perfil realizado para la clase de Taller de géneros periodísticos (quinto semestre, 2023-1), con la profesora Laila Abu Shihab Vergara. 

Stephen Ferry enfocó, tocó el botón y disparó. Contrario al ruido de los fusiles que se escuchaban entre las montañas colombianas, este fue el disparo silencioso, inofensivo y sereno de una cámara fotográfica. En cuestión de segundos su lente capturó a ‘alias’ Manuel Marulanda, líder y uno de los fundadores de la guerrilla de las FARC. Se encontraba a no más de dos metros, vestido con su característica boina y su uniforme de camuflado, cargaba encima de sus hombros una lona de color verde, como si fuera un poncho para el frío. Solo lo separaban de él dos hombres con la misma vestimenta que su líder, morenos y bastante acuerpados. Stephen estaba allí luego de aterrizar con un equipo negociador del gobierno colombiano en el campamento de El Borugo, en inmediaciones del municipio de la Macarena, Meta. Podía sentir la tensión de la escena, era el único fotoperiodista que había cruzado la barrera de la prensa. 

Ese junio de 2001 fueron liberados 242 soldados y policías que permanecieron secuestrados por las FARC durante cuatro años. Al llegar al campamento, todos quedaron sorprendidos: había un ejército de combatientes en filas, armados hasta más no poder y uniformados a la perfección. Stephen acompañaba al Alto Comisionado para la Paz, Camilo Gómez, pues había propuesto escribirle un perfil para el diario en el que trabajaba, el New York Times. Casi nunca había un reportero acompañando al equipo de negociación del gobierno, así que Ferry intercambió algunas palabras con Marulanda, quería asegurarse de que ellos estuvieran tranquilos con su presencia, para no entorpecer la misión. “Él era muy parco”, asegura Ferry, y aunque él es igual de conciso, no queda duda de que el líder guerrillero solo hablaba lo estrictamente necesario. La foto que ese día logró con absoluta precisión pertenece ahora a ´Violentologia´, uno de sus libros más icónicos. 

Sin embargo, llegar hasta ese momento como fotoperiodista en realidad implicó todo un proceso. 

Rebobinando la cinta 

Stephen nació en Cambridge, Massachusetts, en 1960. Estudió historia en la Universidad de Brown, en Estados Unidos, el mismo país que lo vio crecer. Desde pequeño le apasionaron las imágenes, consideraba que era la mejor manera de comprender el conflicto pues por aquellos años la gran potencia se encontraba en medio de la guerra de Irak. Por eso, utilizaba los periódicos y sus fotografías para comprender qué sucedía y, sobre todo, por qué. La curiosidad ya empezaba a adueñarse de él. Ni siquiera recuerda que alguna vez se haya imaginado una vida alejada de las cámaras. Primero pensó en ser director de cine, para luego amar con pasión la fotografía. Un amor que comenzó desde que sus padres, Anne Ferry, docente, y David Ferry, poeta, le regalaron su primera cámara: una Cannon FTb. El mismo amor que fue cultivando mientras aprendía la magia del revelado. “Yo crecí cerca de una tienda que tenía un laboratorio y parchaba ahí, aprendí desde los doce años a revelar película”. Siempre recibió el apoyo de su familia, quienes respaldaron desde el principio su trabajo como reportero, incluso cuando decidió que su destino estaba lejos, a varios kilómetros de ellos, en América Latina.  

Se dedicó a viajar por la región como todo un aventurero. Había aprendido español desde que estaba en la escuela, así que el lenguaje nunca fue un obstáculo para dedicarse a recorrer más de doce países desde finales de los años ochenta. Con una visión clara, su trabajo contenía un sentido social. Uno de sus libros “I Am Rich Potosí: The Mountain that Eats Men”, publicado en 1999, surgió precisamente de uno de sus viajes a Bolivia, donde concentró su labor fotográfica y periodística en lo que se vivía al interior de las minas en Potosí. Hubiera podido documentar otras zonas del mundo, pero desde que trabajó en una construcción en una isla de Puerto Rico a los 15 años, quedó fascinado con la cultura latina. Compartió el encanto con su hermana, a quien le lleva seis años y con quien disfrutaba algunas de las andanzas curiosas por las calles de Cambridge. Elizabeth Ferry también estudió una carrera social, la antropología, y como un legado entre hermanos, también ha basado gran parte de su labor en Latinoamérica. 

Stephen visitó Colombia por primera vez a en 1995, como invitado de la Fundación Gabo, que en aquella época recibía el nombre de Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano. Llegó como invitado a dar un taller, pues ya empezaba a distinguirse como reportero gráfico. Le interesaba la región y Colombia, con sus paisajes, su historia y su gente resiliente en medio del conflicto armado, lo fascinó tanto que decidió quedarse.  

El zoom del fotógrafo 

Lleva 20 años viviendo en el país, entre sus ires y venires, entre sus viajes por el mundo, entre sus colaboraciones con el New York Times, National Geographic y la revista Time. Mientras me habla, toma un capuchino sentado al interior de OjoRojo Fábrica Visual, una fundación que desde 2016 ofrece talleres y exposiciones a jóvenes interesados en la fotografía, con el fin de abrir un espacio de aprendizaje y diálogo diverso. Ferry hace parte de este centro cultural como cofundador y socio. Se toma el tiempo de explicarme en qué consiste la última exposición fotográfica que se encuentra en el lugar, y mientras toma un trago de su bebida, me observa con su mirada penetrante, sus ojos marrones delatan su rasgo de gran observador. Para ser fotógrafo requiere de una precisión visual particular. 

Stephen Ferry es alegre, sonríe y piensa antes de hablar, cuando sus labios delgados dejan escapar una que otra palabra. Usa una boina café, la misma que lo acompaña en la mayoría de sus retratos, y que solo deja ver un poco de su cabello corto y blanco, al igual que su barba. Luce una camisa que deja en evidencia su contextura delgada y parte de su piel blanca, pálida, para llevar tantos años en Colombia, no parece nada bronceado. Utiliza varias expresiones colombianas, si no fuera por su característico acento gringo, diría que es más colombiano que cualquier colombiano. Tanto, que según Alejandra Lozano, una de sus amigas y dueña del café que se encuentra dentro de OjoRojo, “Stephen es un extranjero muy colombianizado” y entre muchas de sus anécdotas, ella lo recuerda bailando salsa, es un tipo que disfruta de una buena fiesta con amigos.  

Con los zapatos bien puestos, Stephen ha recorrido muchas zonas del país. Su cámara ha logrado captar imágenes icónicas, no precisamente por su carácter estético, sino por su simbología. ´Violentology´ o ´Violentología´ es un libro publicado en 2012, que recopila cada uno de esos viajes y momentos en medio del conflicto armado colombiano. Contiene fotos crueles, dolorosas, que resultan difíciles de describir. Por eso, desde la mudez, cada una de las fotografías cuenta una vida, una historia, un instante. Sin embargo, no todas las fotografías del libro fueron tomadas por él. Incluyó imágenes de otras fuentes, citándolas, eso sí, y le dio vida a su libro a través de toda una investigación que le tardó casi diez años. Privilegiar el contenido que complementa su pesquisa, por encima del afán de publicar un libro con fotos únicamente tomadas desde su lente, es un acto que resulta admirable para algunos colegas. 

 —Stephen es, primero, un gran fotógrafo, segundo, un gran investigador y tercero, un tipo desprovisto de cualquier urgencia de protagonismo— me dice Federico Ríos, fotógrafo colombiano, y como él mismo lo expresa, buen colega de Ferry.  

Los reconocimientos a su trabajo hablan más fuerte que sus amigos. Ha sido ganador del World Press Photo dos veces y en repetidas ocasiones ha ganado el galardón de Photo of the year (Foto del año) y Best of  Photojorunalism (Lo mejor del fotoperiodismo). Unos premios que son otorgados por la organización sin ánimo de lucro World Press Photo Foundation que se dedica a promover y reconocer la excelencia en el fotoperiodismo y la fotografía documental a nivel internacional. 

En 2011 ganó el Tim Hetherington Grant, premio al periodismo visual enfocado en los derechos humanos, el cual reconoce como uno de los más significativos galardones por su relación cercana con Tim, quien murió ejerciendo su labor de fotoperiodismo, por culpa de un explosivo en la guerra en Libia.  

A sus 63 años la vejez parece lejana. El arte de retratar con su cámara le ha dado vida, como si con cada disparo se quitara un peso y entonces permaneciera cada día más ligero. 

Colombia a través del visor 

Stephen Ferry no solo se ha dedicado a fotografiar el conflicto. Pese a que ´Violentología´ fue por muchos años su ícono y la cúspide de su investigación, en 2018 se unió con su hermana Elizabeth Ferry para publicar ´Batea´, un libro que analiza de cerca la minería a pequeña escala en Colombia. Dos hermanos, dos estadounidenses que, desde la fotografía y la antropología unieron esfuerzos por más de seis años para darle vida a este producto.  

Ser fotoperiodista tiene muchos retos, más bien resulta una profesión física y emocionalmente difícil. Retratar el conflicto armado colombiano, no es para cualquiera y se necesitan muchas agallas para atreverse a recorrerlo. Stephen ha tomado cientos o miles de fotos que demuestran las implicaciones de la guerra, sobre todo en la población colombiana. Pero esas son solo a las que ha logrado darle clic en el botón. Mientras tanto, en su cabeza aloja millones de imágenes que ha tenido que ver y que aguardan en su memoria.  

Luego de algunos minutos de nuestra conversación, Stephen me narra la historia detrás de una de sus fotos más conmovedoras. En febrero de 2005, después de una matanza paramilitar en la comunidad en San José de Apartadó, en Antioquia, en la que grupos paramilitares ingresaron a esta comunidad pacífica y asesinaron a 8 de su miembros, Stephen se encontró con lo que, desde su modo de ver, es un retrato de la sociedad colombiana: una monja, Gabriela Montoya, estaba recogiendo la ropa de los muertos de la masacre con absoluto respeto y con una delicadeza extrema, mientras tanto, cuidaba a unos niños y trataba de que olvidaran la horrible escena. “Hay mucha gente que en situaciones muy extremas muestra una gran humanidad hacia el otro, eso me parece más interesante que los hechos de violencia en sí”.  

Cuando Stephen se adentró en el intento de comprender el porqué del conflicto en Colombia, halló algo que lo sorprendió: había muchas razones y estas no se relacionaban únicamente con el narcotráfico. 

Revelado de imagen 

En OjoRojo está tranquilo, fresco, apacible y una que otra vez se ríe junto a mí. En varias ocasiones me menciona a sus colegas fotógrafos colombianos y reconoce que no sería el mismo sin la ayuda de ellos. Una vez acabe la entrevista seguramente se dirigirá a su labor, está trabajando en un libro apoyado por National Geographic, de la mano con Yosokwi, un equipo de documentación arhuaco en la Sierra Nevada de Santa Marta. Seguirá curioseando por Colombia, con miedo a equivocarse, a que no funcione, a desaprovechar una oportunidad valiosa y con el resto de los miedos que lo inquietan, pero que no le impiden ser quien es, todo un observador desde su lente.  


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