Facultad de Comunicación Social - Periodismo

Carpintería de huesos

¿Será que los tornillos incrustados en su pierna lo salvaron para volver a caminar? Perfil de una víctima de la "Guerra del centavo" de los buses bogotanos.

Trabajo realizado para la clase de Taller de géneros periodísticos (cuarto semestre, 2021-2), con el profesor David Mayorga.

En los años 80, en Bogotá, había un conflicto interno entre conductores de buses conocido como ‘la guerra del centavo’, pues, estando en carretera, ellos competían por quiénes iban a tener más pasajeros; toda una pelea por el dinero. Sin embargo, esta modalidad generaba muchos accidentes y muertes. En promedio por día había 12 muertos, 55 heridos y 195 accidentes, cifras graves que ponían en jaque la seguridad de la ciudad. En este caso está Carlos Bulla, exmensajero de Grasco S.A. quien cuenta su testimonio al haber sido víctima de un grave accidente por causa de esta modalidad y de cómo esto marcó un antes y un después en su vida.

La valentía, persistencia y las ganas de mejorar en tiempos difíciles, siempre serán clave para avanzar en nuestras vidas, sobre todo cuando se sufre un grave accidente. El caso de Carlos Bulla, víctima de un accidente en el año de 1982, nos demuestra que nosotros somos los únicos que establecemos nuestros propios límites y que, con ayuda del amor de madre y familia, las esperanzas de progresar siempre estarán intactas. ¡Nunca es tarde para volvernos más fuertes!

Un grave accidente afectó la pierna derecha de Carlos Bulla, un mensajero que trabajaba en Grasco S.A., y a pesar del caos de los años 80 con ‘la guerra del centavo’ y la negligencia médica, las ocurrencias del 27 de abril de 1982 marcaron un antes y un después en la vida de este personaje:  dos tornillos le ayudaron a recuperar su extremidad.

“Yo era un mensajero en el año de 1982. Trabajaba en Grasco S.A. y tenía que llevar unos cheques para firma en la 38 con sexta, que queda ahí por los lados de San Andresito”, empezó a relatar Carlos Bulla, tranquilo, como si la historia la hubiera contado muchas veces. El 27 de abril de 1982, a eso de las 11:00 a.m. tomó el bus en las afueras del Teatro Ópera, que iba directo a la empresa, y exactamente en la fábrica de Pastas la Muñeca el bus en el que él iba trató de pasar a otro colectivo público y en el acto chocó con una mula que estaba engranada.

En aquella época estaba de moda ‘La guerra del centavo’: básicamente consistía en que los buses se peleaban por quién iba a llevar más pasajeros, pues toda remuneración era en efectivo y les ayudaba para su diario vivir. Un documental hecho por Ciro Durán, La Guerra del Centavo, menciona que en los años de 1982 a 1983 hubo en promedio 12 muertos, 55 heridos y 195 accidentes cada día en el país por causa de esta modalidad que usaban los conductores de buses del servicio público para aumentar las ganancias del día.

“Al meterse por detrás de la mula, se arrugó desde la trompa del bus hacia atrás. Yo iba adelante, no alcancé a reaccionar y me cogió las dos piernas —prosigue Carlos— (…) La registradora quedó al lado mío. La reacción mía fue tratar de levantarme y salir corriendo, porque eso pasó muy rápido… cuando yo me levanté, sentí que se me hundieron los pies, como si me hubiera hundido”.

Carlos no sentía ni una pizca de dolor a causa de la adrenalina que expulsaba su cuerpo. Además, se sentía en estado de shock al ver que el pantalón blanco que tenía puesto se teñía de rojo. Entre gritos y el barullo citadino, la empresa Energía Eléctrica de Bogotá, que se encontraba en sentido contrario al accidente, envió una ambulancia para socorrerlo. A eso de las 12:30 p.m. él ya se encontraba en la sala de espera de urgencias de la Clínica San Pedro Claver (Cra 30 con Américas), actualmente conocida como Hospital Universitario Mayor Méderi.  

—Yo traté de desmayarme dos veces, pero no pasó. La pérdida de sangre sí era harta. Lo primero que me colocaron fue suero y sangre. El problema de todo es que estaba el famoso cambio de turno —explicó Carlos indignado, puesto que la atención no fue inmediata y eso arriesgó el estado de su pierna derecha, la más afectada.

La cuestión es que, en el año de 1981, se creó la ley 23, llamada Ética médica, ya que se habían presentado distintos casos de negligencia en la atención de hospitales y clínicas. La ley 23, según un estudio de la Universidad Javeriana, fue hecha para garantizar la calidad en la prestación de los servicios. Sin embargo, Carlos expresó que en varias ocasiones estuvo a punto de perder su pierna por la mala atención en aquel lugar. Él, con solo 21 años de edad, se caracterizaba por ser una persona trasparente y responsable en temas de trabajo. Después de tanta tragedia nunca se dignó a soltar los cheques que tenía que llevar a la empresa. Solamente hasta que alguien de Grasco S.A. se acercó a brindarle ayuda, pues contaba con un seguro social.

A las 3:00p.m. Carlos empezó a sentirse mal. Necesitaba la cirugía de inmediato, pero nadie lo quería atender.

—En esos momentos yo empecé a temblar muy feo… como a convulsionar. Entonces una enfermera, me acuerdo tanto, me decía: señor, muchacho, chinito, algo así: ¡tranquilo, tranquilo, no se vaya a dormir! (cierra los ojos para recordar). Cuando me di cuenta estaba en el quirófano —espetó Carlos amargamente—. Me acuerdo que le dije al doctor: “ayúdeme, yo soy muy joven todavía, no quiero perder mi pierna”.

Y dijo: “tranquilo, ya vamos a mirar a ver”.

Apenas salió de cirugía, todos los enfermeros lo miraban con asombro, pues la tibia se le había partido en dos pedazos. Además, las emergencias médicas las atendían por pisos. Carlos se encontraba en el piso cinco, lugar dedicado a motociclistas de los 80, ya que este medio de transporte se popularizó gracias a las tribus urbanas del momento y a un factor determinante en la historia colombiana: el sicariato.

Carlos despertó a eso de las 6:00p.m. y lo primero que hizo fue tocar su pierna. La sentía tiesa, pues le habían incrustado dos tornillos de más o menos 10cm en la parte alta de la tibia y baja del peroné. Adicional a eso, tenía un yeso desde la punta de los pies hasta la ingle. Toda una bota blanca. Él duró 15 días hospitalizado y en esas semanas llegó a su habitación alguien de bata blanca a pedirle que firmara algo. Él nunca supo qué tenía escrito ese documento, sino hasta tiempo después. Era alguien de la Fiscalía y ese papel que Carlos firmó era un documento de desistimiento. Esta acción, tiempo después, complicó la demanda que se había impuesto contra el conductor del bus que, finalmente terminó libre.

—Yo tenía que estar ya a los tres meses bien. Pasó así y yo no me recuperaba. Pasó mayo, junio, julio, agosto y el veredicto final de la última radiografía fue que había quedado mal operado —dijo negando con la cabeza—. Para mi desgracia, el médico que me operó se murió y nadie se quería hacer cargo de mí.

El problema con todo esto era que Carlos estaba cerca de cumplir 180 días incapacitado. Después de todo ese tiempo se declara al individuo como inválido y se le da la pensión por invalidez. Él casi la obtiene, pero gracias a un contacto de su hermano mayor, Hugo Bulla, pudo conseguir a un cirujano en la San Pedro Claver que finalmente fue quien lo operó del mal de su pierna. Después de tantas negligencias médicas, este procedimiento se practicó el 8 de diciembre. Era complicado, pues necesitaban partirle la pierna otra vez.

—Hubo una anécdota ahí que me gusta contarla porque eso fue difícil. A mí me colocaron la ‘raquea’, una anestesia en la columna (…) me apretaron con un cinturón en la ingle y me pararon la pierna. La pierna se puso blanca, como esa pared —señala con el dedo el muro de la sala de su casa—. Yo acostado veía todo, el doctor sacó el bisturí y me mandó la primera cortada. Sentí como si me hubiera quemado. Me colocaron careta y ¡pum! Esa vez me colocaron mal la raquea.

A las 4:30p.m. Carlos se levantó de la cirugía. El yeso ya lo tenía de la rodilla para abajo y los dos tornillos que había tenido incrustados en sus huesos ya no los tenía. Según un estudio de la Universidad de Antioquia, el mayor riesgo que se tiene al utilizar tornillos ortopédicos es que en ciertos pacientes causa la necrosis de piel, un factor que sin duda alguna complica la recuperación de la herida. En tiempos de reposo él se dio cuenta que de su yeso salía sangre, signo de que la herida no había sanado bien. El doctor le recetó antibiótico, pues la carne se le estaba pudriendo. La madre de Carlos le lavaba la pierna con mercurio cromo, yodo y panela raspada. Ese fue el mejor remedio de todos, pues la herida empezó a cerrar y aquel mensajero de ya 22 años de edad, veía la luz al final del túnel.

La operación fue todo un éxito. El doctor, de nombre Edilberto, le quitó menos de medio centímetro del hueso del peroné para poder unir los huesos de la tibia. Carlos, con una pierna más larga que la otra, ya podía caminar con ayuda de sus muletas, pero necesitaba ejercitar aquella extremidad. Después de todo un año sin poder caminar, en el 83 empezó a subir Monserrate, cosa que siempre le gustó. Volvió a jugar microfútbol y todos sus amigos se reían con él, pues decían que tenía una pierna de acero.

—El médico que me operó me dijo: a usted le pueden pegar el patadón más grande, pero ese hueso le quedó doble.

Y así fue, pues los tornillos que se pensaba que no habían ayudado en nada dejaron unas perforaciones en el hueso y el cuerpo mismo se encargó de convertir esa carne que se asomaba por los pequeños hoyos en calcio. La disciplina e ilusión de querer seguir adelante y vivir la juventud le ayudaron a mejorar su caminar. Finalmente le quitaron el yeso y aquella tragedia del 27 de abril de 1982 marcó un antes y un después en la vida de Carlos Bulla, un mensajero transparente y valiente.


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