Facultad de Comunicación Social - Periodismo

Mientras Dios esté presente

La depresión los marchita. Su falta de amor se respira y su abandono se contagia. Sus voces revelan lo que pasa en un ancianato en Tolima.

Artículo realizado para la clase de Taller de Géneros Periodísticos (cuarto semestre, 2022-2), con el profesor David Mayorga. 

Trabajo aquí hace más de cinco años. Los que fundaron este sitio eran personas de la alta sociedad, gente con plata. La sociedad católica del pueblo y el gobierno municipal llevaron a cabo el proyecto. Se consiguieron fondos por grandes donaciones de lideres católicos, y por parte de la beneficencia del Tolima. Por ahí en el año 66 fue creada en El Espinal, Tolima, la Fundación Ancianato Ismael Perdomo. 

La mayoría de los ancianos que viven acá ya no son cuerdos, no pueden pronunciar ni una sola palabra. De sus historias de vida sabemos poco, la mayoría están abandonados desde hace mucho, muchísimo tiempo. Solo Fabio podría ayudarle… 

Fabio 

Mi infancia pasó en Salamina, Caldas, mi pueblito donde nací… A la edad de ocho años mi papá se separó de mi mamá por un “disgusto”. Después de eso mi vida se basó en andar y andar, caminar por todo Colombia de cosecha en cosecha buscando trabajo, recolectando café a pura mano porqué en ese tiempo no había maquinas. Luego de conseguirnos una platica con el trabajo del café, íbamos corriendo al Tolima a recoger algodón. Una y otra vez, de sitio a sitio buscando el vivir… 

Una vez llegamos a El Cairo, en Valle del Cauca, trabajando en una tiendita, cargando cosas y esas vainas, volteando… Llegó una niña que tenía como 10 años diciéndome que me amaba, que estaba enamoradísima de mí. Cualquier mandado que me ponían a hacer ella se escabullía para buscarme y piropearme. Yo tenía como 20 años, así que, pues no le paraba bolas, si acaso me reía. 

Tiempo después, con mi papá llegamos a Ibagué. Nos encontramos con un tío y nos puso a trabajar en “chaza” … ¿no sabe lo que es chaza? En ese tiempo era los que se la pasaban por todo el pueblo vendiendo chicles, mentas, dulces, y esas vainas. Aún recuerdo las palabras de mi tío: Hágale que eso es un machete bueno. Hágale duro que yo les voy a ayudar pa’ que no se sigan matando por allá en esas fincas

Y comenzamos a andar otra vez, y camine por todo el pueblito de Ibagué. Le cogimos tirito a esa vaina… y nos fue bien. Ya andando, fue pasando el tiempo y un señor de la Rápido Tolima (los de las flotas y eso), al que le vendía chaza me dijo: Don Fabio, le tengo un trabajo que puede que le sirva bueno, yo ahorita tengo un hostal y necesito una persona que trabaje atendiendo la gente. Ahí conocí a mi compañera… 

*** 

Depresión, abandono, tristeza, temor, melancolía, nostalgia, desesperanza. Cada uno es como un niño que siempre debe estar estimulado. Hay que sobrellevarlos en su idea, que son un “abuelito”. Uno se convierte en el papá, la mamá, el hijo, nieto, sobrino; el familiar que les hace falta. 

Ellos si quisieran tener alguien así, acá los enfermeros suelen rotarse mucho. Intentan apegarse a algunos, pero saben en el fondo que pronto se irán. Suelo pedir practicantes de escuelas, se ahorra plata de la que algunas veces no hay ni para comida… 

El reencuentro 

Un día llegó una chica al hostal, era hermosísima, con una cabellera larga, y venía con un niño recién nacido. La atendí como a cualquiera; una pieza de dos mil pesitos, en ese tiempo era barato. Tomé sus datos y la acompañé a su habitación.  

Mi nombre es Gloria, vengo de Junín, y estoy yendo para El Cairome dijo.  

—¿El Cairo? —respondí. Me quedó sonando, en ese momento recordé que en algún momento de mi vida estuve por allá en ese tal Cairo.  

—¿cómo se llama usted?me preguntó.  

Le dije mi nombre, y ahí me di cuenta que Gloria era aquella niña de esa tiendita, la que hace años estaba enamorada de mí. Cuando nos reencontramos ella ya tenía 18. 

Empezamos a hablar y conocernos más. Ella se sinceró conmigo. Me contó que estaba escapando de su marido porque la querían matar por montarle cacho. Caí enamorado de ella. 

—¿Cuál Cairo? —le dije. —Usted pal Cairo no se va, quédese acá conmigo.  

Yo, soltero y sin compromiso, estaba dispuesto a quedarme con ella y su hijo. Y se quedó conmigo. Viví 20 años con ella, hasta que me hizo lo mismo que a su marido anterior. 

*** 

Enfermeros 

Doña Eladia ya no está en sus cabales, pero alguna vez dijo que era de Chicoral y tiene dos hijos. Don Samuel dice que no tiene hijos y que él mismo vino acá porque la mujer ya no quería hacerse cargo de él. Don Gustavo dice que recorrió todo el Tolima a pata, que fue soldado… Don Alfonso dice que su hijo estaba enfermo de la próstata y que en un tiempo va a venir a buscarlo.  

Tratamos de estar todo el tiempo con ellos, jugar con ellos, molestarlos un rato, demostrarles afecto. Así se pongan bravos no dejar que se duerman para que puedan dormir bien en la noche.  

Muchísimas veces hacen falta cremas, pañitos, productos de aseo personal. La gente del pueblo y los administradores hacen más a comparación de lo que hace el Gobierno. Al final de la jornada se recogen donaciones y quien tiene buen corazón da lo que puede… 

Fabio 

Nos dimos cuenta de la infidelidad con mis hijos, ellos son testigos de ello. Carlos, con el que ella había llegado el día que nos reencontramos se convirtió en mi mayor enemigo. Yo creo que para él soy inexistente; Fabián vive en Bogotá y nunca viene por acá porque el clima le hace daño. Él me trajo acá; Y Gregorio, el mayor, vive en España y creo que le va bastante bien. Ninguno viene a visitarme, ellos solo visitan a su madre. Me da una impotencia enorme saber que yo fui el que los crié, les di una muy buena educación, son exitosos, ninguno tiene vicios, ni problemas raros… pero bueno, supongo que Dios sabe como hace sus cosas

Bueno, ahora le cuento como fue que terminé acá… 

*** 

Soy la única administradora que queda acá, las cosas han cambiado mucho desde que se fueron los últimos sacerdotes y fundadores. Ha tocado bastante duro, pues las personas que fundaron esto ya murieron, ellos eran los que daban la plata. 

Cuando murieron los fundadores ya no podíamos volver a recoger ancianos de la calle, de caridad; porque sencillamente no hay plata. Realizo la parte contable de acá, y aproximadamente cada anciano son 1.500.000 pesos mensuales. Siento que el Gobierno debería ayudarnos al menos con los ancianos que rescatamos, los propios del municipio. Sin embargo, cuando viene la alcaldía a pedir revisiones, eso sí, andan peleando con que todo esté en orden, que los baños limpios, las colchonetas, los cuartos, todo debe estar impecable. 

Afortunadamente aquí hay mucha gente que tiene amor por este hogar y me traen muchas donaciones de comida y productos básicos. Siempre intento que vengan practicantes de enfermería, a los abuelos les fascina que venga gente a visitarlos, los hace muy feliz, les encanta.  

Hay algunos abuelos que pagan su mensualidad. No es suficiente. A veces me pregunto qué va a pasar en el futuro si las personas dejan de dar donaciones. No me cuesta a veces llamar a mis amigas y decirles que me regalen algo de comida para el día siguiente. Huevos, carne, cualquier cosa.  

Fabio 

Me dio úlcera varicosa, la que da en las piernas, esa de las venas. En la pierna tuve una herida del tamaño de un huevo alzando unos bultos de café, hice mucha fuerza y de una sentí el pinchazo. Llegué donde mi patrón y me trajo rapidito al hospital de acá en Ibagué. 

—Usted es muy de buenas de no ser diabético, porque le hubiese quedado esa bola para toda la vida — me dijo el médico.  

—Ya no puede hacer más nada, ya no puede trabajar—.

Llamé a mi hijo de Bogotá y le conté lo que pasó. Qué ahora que me pongo yo a hacer. Habló con una señora allá en Ibagué que tenía una hermana llamada Elena. 

—Dígale a su papá que si quiere irse para un ancianato, yo tengo una amiga en El Espinal y lo llevamos. — le dijo Elena a mi hijo. 

Fabián me llamó y me dijo que si quería ir para un ancianato porque él no podía tenerme allá en Bogotá. Que porque vivía como mal… 

—Aliste sus cosas que mañana lo llevo — me dijo Fabián en la llamada. 

Al otro día llegamos con mi hijo y Elena empezó a hacer los trámites. 

—Acá traje un paciente, si de pronto ustedes lo reciben acá. — dijo Elena a la administradora. 

—¿Usted cuantos años tiene? —. La hermanita del sitio se quedó mirándome y me preguntó. 

—Mire hermanita tengo 73 años…—. A partir de los 60 ya lo reciben a uno. Alcancé a clasificar…  

—¿Dónde está mi pieza pa’ dejar esta maleta? — le dije contento, nos reímos un rato. Yo le agradezco mucho a la hermanita, una señora muy sensible, muy querida. Se manejó muy bien conmigo, me ayudó. 

La señora Elenita pagó el primer mes de manutención. Ese día les di las gracias por todo lo que me dieron. 

—Bueno papá, ahí nos estamos comunicando — mi hijo se despidió. Y ahí me quedé. 

Una de las cosas que más recuerdo de acá del ancianato y me hacen más feliz, era cuando íbamos a la plaza de mercado. Ya no lo volvimos a hacer. Era bonito porque nos llevaban a los abuelitos a la plaza y el pueblo nos daba su granito de arena. Hacíamos una recoleta de mercado para el ancianato.  

Ya lo conocían más a uno por el pueblo y yo siempre estaba pendiente por si las hermanitas necesitaban ayuda. Yo ya me amañé aquí, espero pasar mis últimos días acá. Tengo un amigo por ahí que me estima mucho y siempre me hago querer de todos. 

Las hermanitas cogieron confianza conmigo y ya me dejaban salir solo. Hago algunas compras de mercadito y eso… Ellas le dijeron a las personas del pueblo que me conocían, que cualquier cosa estuvieran pendiente de mí. 

*** 

Me gustaría que hubiese otra persona al mando, darle la oportunidad a alguien que comparta, gestione, haga las cosas que yo hago. Uno no puede quedarse toda la vida en un puesto. Siempre puede que haya alguien con mejores ideas.  

Tengo una mamá que tiene 86 años, es otra abuelita que tengo que cuidar. Yo todo el tiempo estoy acá; que tengo que comprar unas bolsas, un reclamo, un mercado, me ocupo todo el tiempo. De acá no salgo hasta las 6 de la tarde. Mi mamá queda completamente sola en el día.  

Quien sabe que va a pasar en el futuro. A veces me pongo a pensar: yo estoy cuidando a unos abuelos y porqué no estoy cuidando a mi mamá… pero bueno, ¿lo más importante sabe qué es? Nosotros tenemos acá a Dios y a la Santísima Virgen. Siempre están acá, constantemente. Y eso a mí me da confianza. 


Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Artículos Relacionados

Contando las historias con y para el pueblo, con Lina Flórez

Lina Flórez ha trabajado desde la novela gráfica en temas como la lucha por la tierra y con los defensores de Derechos Humanos.

Anita: una rutina que se vuelve vida

Ana Sanabria es una madre cabeza de hogar, una mujer luchadora a quien no le importa qué tenga que hacer para sacar a sus tres hijos adelante.

La vida en y después de la guerra

Especial multimedia realizado por Juan Pablo Londoño Garzón y Valeria Ortiz Muñoz para el Taller de convergencia (octavo semestre), con el profesor Stephan Acuña. Por medio del testimonio de la excombatiente de las FARC, Alexandra Marín, se evidencia el panorama de la guerra colombiana, su vida en la guerrilla desde sus inicios, [...]

Inconvertibles en Colombia 

Violencia y discriminación disfrazada de terapia, estas son las ECOSIEG.