Facultad de Comunicación Social - Periodismo

Desde las víctimas

Mientras la campaña electoral de quien sería unos meses después el presidente de Colombia, Álvaro Uribe Vélez, estaba en su punto más alto e importante, en la vereda La Rueda arribaban paramilitares que acabaron con la vida de cinco personas (pero los habitantes aseguran que fueron más) y desaparecieron una.

Crónica realizada para la clase de Taller de Géneros (cuarto semestre), con el profesor David Mayorga.

Mientras la campaña electoral de quien sería unos meses después el presidente de Colombia, Álvaro Uribe Vélez, estaba en su punto más alto e importante, en la vereda La Rueda arribaban paramilitares que acabaron con la vida de cinco personas (pero los habitantes de la vereda aseguran que fueron más) y desaparecieron una. La única persona que se ha visto relacionada con los hechos, alias Ernesto Báez (perteneciente al BCB (Bloque Central Bolívar)), no ha rendido cuentas ante la ley por esta masacre.

“Estábamos sentados en la banquita de afuera de la casa cuando ellos venían. Yo dije: mami, ahí viene esa gente y traen a Fernando. Él venía caminando delante de ellos y de un momento a otro le dispararon. Lo único que alcanzamos a escuchar fue “este gran hijueputa nos las debía”. Se cayó al suelo y luego, muy groseramente, nos gritaron que él donde vivía. No les contestábamos por miedo y por lo que acabábamos de ver. A la tercera vez que nos preguntaron nos insultaron, nos dijeron que contestáramos o que nos mataran a nosotros también”, cuenta Blanca Soraya Suárez Restrepo, víctima de la Masacre de La Rueda, 2001, vereda La Rueda – Caldas.

Siendo patrimonio inmaterial de Colombia, el Carnaval de Riosucio es lo que más caracteriza al municipio. Su celebración es cada dos años, para darle paso al carnaval de Supía en el intermedio, y se caracteriza por la manifestación de la figura del Diablo en sus desfiles. Está ubicado en la punta del departamento, casi haciendo parte de Risaralda.  Estando allá, y luego de muchos inconvenientes para recolectar información, entendí a qué se refería Wikipedia (no lo escribo con orgullo, pero fue a lo que recurrí para darme una idea del sitio a donde iba) cuando leí: “la geografía contrastante hace que se encuentren desde clima cálido a orillas del Río Cauca, hasta climas fríos”. La lluvia lo convierte en una réplica de Bogotá, pero justo cuando se detiene y se acerca un poco el sol, se convierte en una réplica de mi ciudad natal (Cúcuta). El municipio tiene una alta presencia indígena; al menos tres resguardos lo habitan repartiendo su presencia entre Riosucio y Supía; lo había leído y me lo confirma un taxista caleño que llegó hace algunos años al municipio, y Félix que es el funcionario de derechos humanos del Resguardo Cañamomo Lomaprieta, pero de él hablaré más adelante.

24 de noviembre de 2001, fecha casi imposible de borrar de la memoria de las personas que estaban en la vereda La Rueda, que es una de las tantas comunidades del Resguardo Indígena Cañamomo Lomaprieta. La presencia de lo que ellos pensaban era ejército desde tempranas horas de la mañana, les despertó cierta curiosidad, hasta que en la tarde y noche de aquel sábado los habitantes descubrieron que realmente se trataba de las AUC (Autodefensas Unidas de Colombia). Abusaron la integridad de muchas personas, maltrataron física y psicológicamente, y asesinaron a otros cuantos. ¿El motivo? El conflicto armado que persigue a este país y parece que lo perseguirá por siempre. El temor invadió a los indígenas que habitaban la vereda, la decisión más inteligente era abandonarla y eso creó el desplazamiento de cientos de ellos a los municipios más cercanos donde el Resguardo los acogería, como Riosucio y Supía.

La forma de crear empatía con esta historia es ir a La Rueda y notar la desolación del lugar, ver cómo vive la gente con psicosis de que en cualquier momento se pueda repetir ese oscuro momento, es descubrir que casi todos sus habitantes actuales están directamente relacionados con una masacre que ocurrió hace 17 años. De Riosucio fui a la vereda, un trayecto de unos 40 minutos en moto por una vía notablemente afectada por el invierno que en esta época amenaza la zona.

Los guardias, como se había acordado, me estaban esperando en el camino a la vereda en un carro asignado por el Resguardo, que se dirigía con otras personas hacia Planadas a realizar un recorrido espiritual, pero La Rueda quedaba por el camino. Mientras escuchábamos canciones clásicas de Yuri en el carro, Ana Lisidia me contaba su experiencia como docente de La Rueda hace unos años. Se animó a hablarme cuando le conté el porqué estaba allá. Ana fue auxiliar de enfermería durante mucho tiempo en Cañamomo Lomaprieta, hasta que las autoridades dijeron que ellos no debían pagar salud, sino el Gobierno, por lo que ahora trabaja en el hospital del municipio. Es fiel creyente de la medicina tradicional, pero no rechaza la occidental, de hecho, me cuenta que la medicina tradicional es más una opción de urgencia para ellos que viven en sectores tan alejados de un centro de salud. Cuando llegó a la Rueda (2002) se notaban las secuelas de La Masacre, el temor constante de las personas que la rodeaban. Llegó de trabajar en una vereda cercana y luego se convirtió en promotora de salud del lugar.

El conductor dice: “llegamos” y yo sólo veo barro. Paola me explica que hay que caminar unos cincuenta minutos para llegar a nuestra meta y la vía era imposible para el carro por la fuerte lluvia de la noche anterior. Mientras esos cincuenta minutos se cumplen, me encargo de romper el hielo con ellos, les pregunto un poco, sin sonar atrevida, sobre sus vidas. Paola, la guardia, es autoridad en su comunidad (Tumba Barreto), tiene dos hijos (de quienes después me enseña algunas fotografías) y es cabildante del Resguardo. Miguel vive en Aguacatá y es guardia, pero su trabajo formal consiste en labores ajenas. Luego ambos me contextualizan contándome que hace unas semanas tuvieron una convención internacional en la comunidad de Portachuelo, en la que participaron países como Holanda, Noruega y Canadá. Entramos a una casa que encontramos luego de tanta maleza y barro, donde me ofrecieron desayuno de la forma más amable, como si fuera una de ellos. De ahí en adelante todo es una recopilación de historias que me hicieron sentir como una víctima más y me llevaron a desmentir la versión de internet de la lamentable Masacre de La Rueda.

Gloria Jazmín Suárez Restrepo vivía (y vive) en La Rueda. “Esa gente llegó por la mañana, pero la tragedia fue por la tarde noche. Unos primos jugaban en La Iberia y les tocó salir de la vereda. A ellos los peluqueaban, los golpeaban. Como a las seis entraron a mi casa, nos cogieron a todos, mis hermanitos eran muy pequeños. A nosotros los grandes nos cogían del cuello. Nos sacaron y nos hicieron formarnos y ellos entraron a requisar mi casa, pero quién sabe qué buscaban. A mi papá lo tiraron al suelo y le pusieron un fusil en la cabeza. A todos nos pidieron las cédulas para buscarnos en una carpetica que traían con fotos y una lista, nos dijeron que si estábamos en la lista nos mataban y mientras buscaban tenían a mis papás tirados, con el pie en el pecho. A todos nos amenazaron con que no nos podíamos mover de la vereda, pero nosotros nos fuimos para Riosucio unos días después”.

Esa misma amenaza hizo que muchos decidieran quedarse. Soraya tenía unos 15 años en el 2001. Me empieza a hablar mientras intenta calmar a su bebé en sus piernas. “Los que vieron a esas personas por la mañana decían que era el Ejército porque estaban uniformados como ellos. Por ese tiempo era el campeonato de la Copa Navideña que había en La Iberia y mis primos se fueron temprano porque ellos jugaban. Cuando íbamos bajando, en La Pangola, eso estaba lleno de esa gente y tenían maltratados a mis primos. Ahí nos dimos cuenta de que no era Ejército sino Autodefensas. No alcanzamos a llegar porque vimos eso y nos devolvimos. A las 4:00 o 4:30 p.m. la gente se regó por toda la comunidad. A Fernando (un vecino) lo cogieron. Ahí empezó la Masacre. A mi papá lo golpearon y a mí me sacaron como tres horas porque requisaron toda la casa. Me gritaban que dijera que dónde estaba la guerrilla, que éramos guerrilleros, que sabían dónde estaban, que éramos unos alcahuetes. Como estábamos pequeños nos estrujaban, pero a mi papá sí le pegaron y le apuntaban con el arma, le decían que si se movía lo mataban. Después del maltrato dijeron que nos encerráramos, que no saliéramos, que no nos moviéramos. Que si sabían que nos íbamos a volar de la casa que nos iban a matar a todos. Estábamos sentados en la banquita de afuera de la casa cuando ellos venían. Yo dije: mami, ahí viene esa gente y traen a Fernando. Él venía caminando delante de ellos y de un momento a otro le dispararon. Lo único que alcanzamos a escuchar fue: este gran hijueputa nos las debía. Se cayó al suelo y luego, muy groseramente, nos gritaron que él donde vivía. No les contestábamos por miedo y por lo que acabábamos de ver. A la tercera vez que nos preguntaron nos insultaron, nos dijeron que contestáramos o quería que nos mataran a nosotros también. Yo eso no se lo deseo a nadie, no sabíamos qué hacer. Cuando volvieron mataron a los señores de allí (y me señala una casa cercana), Luis Ángel Chaurra y Víctor Asprilla. Y dijeron que volvían, porque habían mirado que la guerrilla sí se mantenía por aquí. Que cuando volvieran no iba a quedar ni uno vivo, lo gritaban en la carretera”.

María Celeste llegó en el 99 a esa casa, una casa que queda en la cima de una pequeña montaña que, debo admitir, me costó algunas caídas subir; está llena de granos, de gallinas, de patos y de árboles frutales. “Ocho días antes había estado el ejército por acá, se nos hizo raro. Mi esposo venía con una carga de panela porque nos dedicamos a moler caña y esa gente le preguntó que para donde iba. Como la casa es alta, vimos abajo que esa gente se subió por encima de una malla. No era el Ejército, eran las AUC, no se sabía qué querían hacer, yo le dije a mi esposo: esperemos. Todo el que subía y bajaba lo detenían y como a las 5:00 p.m. empezaron a desfilar y pensamos que por fin se iban. Como a las 6:00 p.m. escuchamos tiros y nos dio un susto porque teníamos a los 3 hijos pequeños. Ellos empezaron a gritar que la próxima vez que vinieran iban a acabar hasta con el nido de la perra. Unos familiares se llevaron mis hijos por el peligro. Nosotros nos desplazamos al Palal por el miedo, entonces dormíamos allá y de día nos veníamos para la casa. Todo el Ejército, en vez de ayudarnos y hacernos sentir tranquilos, nos decían que encubríamos a la guerrilla, que por eso nos mataban. Escribían en el Jardín Botánico que muerte para los sapos. Eran muchas amenazas, los animales que uno dejaban por ahí, se los comían. Ya convivo con el miedo, pero no pienso irme”.

Germán de Jesús Restrepo y Oscar Darío Morales no estaban en el momento de La Masacre en La Rueda, pero también tenían historias para contarme. Ambos muy contemporáneos en edad, unos 80 años, creo yo. Félix, el funcionario de derechos humanos del Resguardo me explica que la tradición es bajar a Riosucio los sábados a hacer el mercado o a vender sus productos y devolverse a eso de las 5:00 p.m. Ese era el caso de Germán y Oscar. Cuando el primero iba llegando a la rueda, se encontró con que sus hijos habían estado amarrados a unos palos todo el día, toda la familia estaba muy atemorizada. El segundo, Oscar, me concedió la entrevista mientras pelaba unos granos de café. Él estaba en Riosucio descargando un mercado cuando iba llegando a la casa, “la gente esa” (y parece que el nombre AUC o paramilitares significara para todos los habitantes “la gente esa”) le pidieron la cédula a él y al muchacho que le estaba ayudando. Oscar se fue, pero al otro lo dejaron retenido. Cuando llegó a la casa escuchó unos disparos, luego se enteró que le habían matado al ayudante de las descargas del mercado. Es un hombre valiente, me cuenta que después de la Masacre solo quedaron tres familias en la Vereda y, de impulso, le pregunto que él porqué no se fue. “El que nada debe nada teme, además a mí nunca me dijeron que tenía que irme”. Cuando le agradezco por el tiempo y la entrevista, me interrumpe. “Señorita, ahora quiero hacerle una pregunta yo a usted. A comienzos del 2000 había mucha gente de esa por acá y mi hijo se desapareció. Yo quiero que usted me ayude a buscar si él está vivo o está muerto”.

Fanny fue retenida unas cuatro horas en la carretera junto a su esposo y su hija, quien ahora vive en Manizales porque está haciendo las prácticas de su estudio técnico en sistemas. Ellos dos siguen en La Rueda, aunque fueron unos seis meses de psicosis donde, al igual que la historia de Celeste, Fanny también dormía con su esposo donde la mamá por temor, pero volvían a su casa en la mañana porque “no hay como lo propio, allá eran muchos”, me argumenta, dándome a entender que eran casi un estorbo en otra parte.

El gobernador suplente del Resguardo en 2001 era Jersaín de Jesús Díaz, quien es ahora el asesor político del mismo. “Yo tenía un Congreso de la ONIC en Cota. A las 3:00 p.m. mi cuñado (que vivía en La Rueda) me llamó a decirme que había mucho Ejército y nosotros hicimos la alerta temprana debidamente. Me dijeron que me devolviera, que me necesitaban allá. Cuando llego, me entero de que habían asesinado a mi cuñado, a Víctor Manuel Asprilla y al exgobernador Luis Ángel Chaurra Tapasco, fundador de la ONIC, médico, fue el gobernador más querido. La gente se empezó a desplazar a Supía y a Riosucio. La cosa se puso tensa. Hicimos una reunión e informamos sobre la toma paramilitar en el Resguardo. No hicieron nada. ¿Dónde estaba la institucionalidad?, ¿dónde estaba la fuerza pública?, llegaron tres días después. Esa semana fue desastrosa por el desplazamiento y los muertos. A los 8 días regresaba la chiva del congreso de la ONIC y se accidentó, hubo 15 muertos…En Cañamomo hay más de 500 víctimas del conflicto armado”.

Escuche en este podcast las voces de las víctimas. 

Hasta hoy, 17 años después, el Resguardo Cañamomo Lomaprieta le pide a la Fiscalía General de la Nación que se investigue la Masacre de La Rueda, aunque también se denunció internacionalmente. El Resguardo ha luchado con el conflicto durante muchos años y con el deseo por parte de multinacionales de explotar su territorio. En el año 2003 decidieron participar en la política y lo único que recibieron fue candidatos asesinados. “Los políticos querían manejar como les daba la gana los pueblos y las veredas, decían que los indígenas nunca íbamos a tener esos puestos políticos. Por eso mataron a Fabiola Largo y al año a Gabriel (ambos candidatos favoritos por el municipio). Ese es un punto muy débil para nosotros los indígenas por nuestro hermanamiento”, me cuenta, de nuevo, Félix.

El conflicto armado ha llevado este país en decadencia, luego de tanto, ha cobrado la vida de miles de colombianos inocentes a manos de la sed de venganza por parte de grupos que no aceptan la diversidad ideológica. La Masacre de La Rueda no fue ni la primera ni la última a manos de grupos paramilitares. Otro ejemplo es La Masacre de La Herradura en el año 2003, por ejemplo. Cuando un carro del Resguardo iba de Supía hacia San Lorenzo fue prácticamente acorralado en una vía. El Ejército y la Policía de Tránsito se encargaron de bloquear el paso de la carretera, quedando sólo el carro, que momentos más tarde recibiría balas por parte de uniformados que empezaron a salir del monte. Jersaín es víctima, recibió seis disparos ese día que lo obligan ahora a vivir con escoltas y a su familia llena de miedo. Se sabe que La Masacre fue cometida por el bloque Cacique Pipintá de las AUC en Caldas y la cabeza inteligente fue Iván Roberto Duque, alias Ernesto Báez. Era cobijado por el Tribunal de Justicia y Paz, hasta que fue expulsado hace un año por indulgencia punitiva y, luego de eso, condenado a 8 años de prisión junto a otros exparamilitares. Este tribunal ha sido controversial, pues han pasado 1.399 postulados y sólo 55 sentencias se han dictado. Retomando el caso de Roberto Duque, la segunda instancia del proceso n°34423 de la sala de Casación Penal de la Corte Suprema de Justicia sostiene que:

  • Agotado el emplazamiento de sus posibles víctimas, DUQUE GAVIRIA rindió versión libre –en doce sesiones-, en la que sólo aceptó el delito de concierto para delinquir, argumentando que su participación en el grupo era como ideólogo y comandante político y por tanto ajeno a la operación militar…Negó así su participación en 2 homicidios tentados, 16 homicidios en personas protegidas, un homicidio agravado y un secuestro, en la diligencia de formulación de imputación, adelantada los días 7, 14, 25, 27 y 28 de noviembre de 2008.
  • La Sala con Funciones de Conocimiento de Justicia y Paz del Tribunal Superior de Bogotá, decidió excluir al desmovilizado IVÁN ROBERTO DUQUE GAVIRIA de la posibilidad de ser beneficiado con las ventajas punitivas previstas en la Ley 975 de 2005, argumentando su incumplimiento en los requisitos de elegibilidad…, ya que al parecer, apoyado por los miembros del “Frente Cacique Pipintá” (no desmovilizado), por la vía de la intimidación a los votantes, continuó alterando el mapa electoral de los municipios del norte del departamento de Caldas.

Es decir, alias Ernesto Báez aún no cumple su condena por los delitos cometidos durante las masacres ejecutadas. La Rueda ahora es una vereda tranquila, el temor no los abandona, se nota en su silencio. Didian es la profesora de la escuela hace dos años, no son más de 15 niños,  entre 8 y 13 años. Paola (la guardia guía) me manifiesta que, seguramente, en unos años la escuela va a desaparecer porque ya no hay niños en la vereda; quienes son papás prefieren irse. La escuela es como el parque de un pueblo, se muestra ante los visitantes como el sitio turístico de la vereda por sus colores y el ruido de las carcajadas de los niños que acompañan a los animales; luego de un oscuro pasado, así suena La Rueda.

Navegue la galería de fotos de La Rueda.

La Masacre de La Rueda (24-Nov-2001)


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