Facultad de Comunicación Social - Periodismo

Al final del puente

Un solo puente separa a San Antonio del Táchira y a Cúcuta, miles de venezolanos transitan por él a diario.

Texto realizado para la clase de Taller de géneros periodísticos (Cuarto semestre, 2018-2), con el profesor Fernando Cárdenas.

Mientras obturaba con mi cámara, un revolver se asentó en mi abdomen. Un sargento venezolano se acercó corriendo a mí, acusándome de estar tomando fotos a la Guardia Nacional Bolivariana (GNB). Él era quien me estaba apuntando. Tomaron a Robert –El Tigre, como comúnmente le dicen en San Antonio del Táchira-, el joven quien conversaba conmigo y nos llevaron en frente de la estación de policía de aquel municipio.

– ¡Te vas a ir preso por espionaje!, ¡¿me oíste chamo?! – me dijo aquel Sargento y un puñado de policías que había por ahí.

Un día antes había llegado a Cúcuta, el 14 de septiembre del 2018. Era un viernes. Aterricé alrededor de las 2:30 de la tarde. Apenas me bajé de ese avión decidí tomar un taxi e ir al lugar donde me iba a hospedar. Un pequeño municipio ubicado al sur de Cúcuta que se llama Los Patios. Estaba hablando con el taxista sobre la ciudad. Arrancamos por la Avenida Los Libertadores, aquella que conecta el norte con el sur de la ciudad. Tomamos por la Diagonal Santander y, en un Round Point tomamos la Avenida de La Sabana-Patios. En menos de veinte minutos ya había llegado al lugar.

Durante mi charla con el conductor, logré obtener valiosa información de a dónde debía ir para ver el fenómeno migratorio de Venezuela a Colombia.

-Los dos lugares donde más tránsito hay de venezolanos son La Parada y El Escobal, me comentó el taxista.

Llegué a la casa donde me iba a hospedar, mi gran amiga Camila Márquez me permitió quedarme en su hogar. Por suerte, el bus pasaba en la esquina de su casa. Me cambié y a las 4:00 de la tarde tomé el bus para ir hacia la frontera.

Quería pasar desapercibido en el confín. Tomé el bus y como de costumbre lo pagué antes de subirme. Ya había comenzado con el pie izquierdo. En Cúcuta la gente paga el bus en el momento en el que se van a bajar. Al interior del bus iba una pareja de venezolanos, la esposa de aquel joven estaba embarazada. Él llevaba una canasta amarilla que estaba untada de mora.

– Disculpe, ¿podría decirme en qué lugar queda La Parada para no pasarme? – pregunté.

– No te preocupes chamo, yo voy para allá, no falta mucho para llegar  – me dijo aquel chico venezolano.

Efectivamente llegué en cinco minutos. La Parada es una zona comercial. Por cada dos metros se encuentran al menos cinco personas que de manera informal están vendiendo toda clase de productos. A este lugar llegan muchas rutas del transporte público de Cúcuta. También se consiguen carritos piratas que ofrecen llevar a toda parte de la ciudad por tan solo dos mil pesos.

En La Parada siempre está sonando vallenato. No sé quién saca a diario esa torre de música que no deja ni un solo segundo que se adueñe el silencio del ambiente. El lugar no está pavimentado, es un tierrero por donde la gente pasa. Pero justo ahí es donde el comercio más se mueve.

Cuando uno atraviesa esa zona comercial, la vía se vuelve estrecha y de inmediato uno se coloca en frente de la Aduana de Colombia, antes de cruzar el puente que pasa por encima del Río Táchira, el Simón Bolívar, límite entre Colombia y Venezuela. Ese día había muchísima gente, que no solo transitaba para La Parada, sino que se devolvían a San Antonio de Táchira, en Venezuela.

Uno de los dos carriles del puente se encontraba obstruido por un montón de cámaras y periodistas que estaban ubicados antes de pasar el límite, exactamente en frente de la Aduana de Colombia. Me causó mucha curiosidad que tantos medios estuviesen presentes en un día normal. Me acerqué a muchas personas para saber por qué había tanto periodista. Nadie me daba respuesta, hasta que hablé con un hombre que me dijo que había un discurso de Luis Almagro, Secretario General de la OEA (Organización de los Estados Americanos).

Mientras llegaba al lugar Almagro, empecé a observar cómo se movían las cosas en la frontera. Me di cuenta de que los venezolanos habían ideado diferentes formas de obtener ingresos. Una de ellas consiste en llevar una carreta de dos ruedas donde transportan los equipajes, los alimentos, las maletas y otras cosas varias que los caminantes venezolanos llevan a su patria. Algunos de ellos cobraban un poco más, pero el límite eran 5000 mil pesos. Eso costaba llevar mercancías de La Parada a San Antonio del Táchira.

Otro de los empleos que hay en el lugar consiste en el transporte de adultos mayores en silla de ruedas. Algunos (as) ancianos (as) no pueden caminar, por eso recurren a contratar a una persona que los lleva de polo a polo para evitar el trayecto. Por supuesto, estas personas tienen pasaporte, de otra forma no podrían siquiera cruzar la mitad del puente. Alberto Villabona es un venezolano joven que usa esta forma de empleo.

– Yo me la paso en esta zona buscando clientes, los llevo hasta San Antonio y vuelvo a traer a los de allá para acá. No me quedo quieto chamo  –comentaba riéndose de la situación.

Un fotógrafo (al cual no le reconocí el medio) salió de su zona de periodistas para grabar la caminata que emprenden los venezolanos. Su objetivo era captar a las madres o padres que llevaban a bebés en brazos. Él no preguntaba si querían ser grabados, algunos trataban de esconderse. Al principio tenía miedo de sacar mi cámara, pero al fin de cuentas al verlo ahí empecé a tomar fotos.

En medio de esa situación hablé con Armando, un hombre espigado, que usaba un sombrero muy grande, con una camisa amarilla, una bermuda de color beige, y un par de sandalias. Tenía anteojos y un color blanco en su cabello alrededor de su cabeza. Cuando me vio tomar fotos se me acercó para preguntarme sobre Almagro. Él creía que yo pertenecía a algún medio internacional. Yo no tenía ninguna información de la que hablaba. Sin embargo, aproveché para preguntarle sobre la situación.

–Es contradictorio. En todo el país la situación es igual. Usted entre un día como hoy y no pasa nada – dijo Armando.

–Pero contradictorio, ¿en qué sentido? –Pregunté yo.

–Usted va a Venezuela en la noche y va a las licorerías y están full, las discotecas están full, la venta de cerveza y de licor está full. Y no lo están tomando una o tres personas, eso parece que estuvieran regalando el licor, y no es que eso esté mal, pero si estamos en esa guerra económica de la que hablan, en ninguna otra (guerra) pasa eso.

Los colombianos con pasaporte cruzaban ese día a Venezuela sin ningún problema, nadie les obstruía el paso. Lo más impactante de todo, según Armando, es que ninguna discoteca en Venezuela ha quebrado. La gente dice “estamos bien chico, no pasa nada, la estamos pasando bien”, y siguen en ese ruedo a pesar de que el licor no es para nada barato. 

–Nosotros como venezolanos sí necesitamos un pasaporte  –dijo Armando– Es una  crisis demasiado rara, es inédita. Esa es la verdad que no se dice. La gente llora porque suben la comida, cada semana se elevan los precios. No suben céntimos como pasa en Colombia, sino que, si una cosa cuesta 10 el día de hoy, mañana cuesta 15.

Sin embargo, el análisis de Armando no terminaba. Para él, el colombiano sigue viviendo feliz en Venezuela. Allá tiene todos los servicios, habitaciones, salud. Los que pueden tienen beca y les llega dinero allá. Los colombianos no se devuelven a su país porque no vale nada lo que tienen allá (Venezuela) en su patria. Muchos pasan la frontera en Venezuela, compran cosas en San Antonio o en San Cristóbal, Valencia, se devuelven con eso y lo venden muchísimo más caro en Colombia.

Esto no significa que Cúcuta se haya beneficiado de la crisis venezolana. De hecho, históricamente y debido a cuestiones geográficas el acceso a la ciudad desde el interior del país es bastante complicado. Las vías tienen constantes derrumbes, lo que dificulta el acceso del comercio a la ciudad. Antes la economía cucuteña tuvo bonanzas grandes debido a la buena situación en la que se encontraba el vecino país, pero con la crisis económica, la hiperinflación del bolívar y la gran cantidad de restricciones que hay para el paso entre ambos países, ha generado que Cúcuta no solo tenga dificultades frente al comercio dentro del país, sino con Venezuela, sin respuesta alguna del gobierno para contrarrestar el efecto de la éxodo venezolano en la ciudad. 

Armando insiste que los medios han tergiversado en la óptica de aquellos que no viven en Venezuela.

–Para los medios de comunicación que son afines del gobierno no hay ningún problema. Y para aquellos que están en contra del gobierno hay una tragedia total. Yo creo que ni una cosa tan extrema, ni tampoco la otra.  No la estamos pasando de la mejor manera, pero tampoco la estamos pasando de la peor manera –insistía Armando.

Pero, aunque hay muchos errores, muchas deficiencias y muchas cosas, no se puede decir –para Armando- que hay que hacer como si hubiese pasado un huracán. Se siguen construyendo, se siguen levantando centros comerciales. No con la misma fuerza y rapidez con las que se hacían décadas atrás, pero sigue pasando.

Sin embargo, el punto más complejo de la situación social venezolana, y que es la causa principal del movimiento migratorio, es la desaparición de la clase media; o se tiene plata para vivir, o se termina comiendo la basura porque no hay nada más de qué alimentarse.

–Hay mucho político que toma medidas. Pero, ¿quién paga el plato de esas medidas? El común y corriente. La gente como usted y como yo. Aquellos que sufrimos el calvario de venir aquí cuando lo que transitaban eran los carros, las motos y el servicio público, ahorita es imposición caminar– dijo contundentemente Armando.

En la actualidad los únicos que tienen derecho a transitar en vehículo son las ambulancias bajo estrictos casos de emergencia o una concesión que tiene con transporte escolar, o el muerto cuando es trasladado de país a país. Efectivamente, después de que Luis Almagro se había retirado, pude presenciar un carro fúnebre dando reversa atravesando el pueblo y un montón de niños en unas siete busetas que pasaban al vecino país. Sin embargo, solo llegan hasta la Aduana de San Antonio. No se permite pasar más para allá en carro.

Pude observar algo muy curioso. Algunos venezolanos venían de paseo a Colombia. Es paradójico ver los dos lados de la moneda en el mismo sitio. Gente con indicios de desnutrición caminando, con cansancio y calor yendo de lado a lado, junto a aquellos que llevan su equipaje, con gafas de sol y una playera que luce reluciente hablando de lo bien que la pasan en su país. El país está totalmente fragmentado.

–Chilenos, peruanos, ecuatorianos, colombianos, venezolanos, nos tenemos que ayudar y tolerar mutuamente, porque somos países hermanos –sentenció Armando.

A las 5:13 de ese viernes, Luis Almagro, Carlos Holmes Trujillo (entonces ministro de Relaciones Exteriores de Colombia), el exprocurador de Colombia Alejandro Ordoñez y José Miguel Vivanco (representante de Human Right Watch), se situaron en una tarima ubicada en el carril derecho –caminando de Venezuela a Colombia- que estaba encerrado por la policía Nacional de Colombia y por un sinfín de cámaras y periodistas. 

En el micrófono de la izquierda Luis Almagro se irguió, en el centro Alejandro Ordoñez y a la derecha Carlos Holmes. Tan pronto Almagro subió a la tarima, se formó una multitud alrededor de los separadores de la policía y empezaron a gritar “Doctor Almagro, ayúdenos”, “no nos deje morir doctor Almagro”. La muchedumbre estaba excitada. La energía se sentía diferente. Un grupo de personas sobrepasó la fuerza de la policía, estaban pegados a los miembros de la mesa principal.

“Lo más importante, el dolor del pueblo venezolano, ese pueblo venezolano que ha pagado un precio más que alto para recuperar su libertad, su democracia y todavía no la ha recuperado. La comunidad internacional, definitivamente tiene que dar respuesta a esto, es responsable y no puede permitir una dictadura en Venezuela, una dictadura que afecta la estabilidad de toda la región, la afecta a partir del narcotráfico, la afecta a partir del crimen organizado, la afecta a partir de una profunda crisis humanitaria que ha creado. En este caso es la miseria, el hambre, la falta de medicamentos, como instrumentos represivos, para imponer una voluntad política del pueblo”, dijo frente a los medios el Secretario General de la OEA.

La gente se volvió loca, empezó a gritar “abajo Maduro, Viva Venezuela, Viva Colombia”. Aplaudían constantemente las frases que decía Luis Almagro. Cuando todos terminaron su discurso, Luis corrió como loco a tocar las manos de aquellos venezolanos que estaban escuchando los pronunciamientos, los abrazaba y los escuchaba pedir suplicas mientras lloraban. La gente gritaba enfurecida “¡Libertad!  ¡Libertad!  ¡Libertad!  ¡Libertad!”.

–Que viva la ‘OOOOOOEA’ -gritó alguno- y se tomó un sorbo de su cerveza.

Tan pronto Almagro se fue con el resto de políticos, pareciese que todo volvía a su naturalidad. Siguieron caminando a través del puente un centenar de venezolanos, pero los periodistas se olvidaron de lo que estaban pasando las personas. La salida de Almagro implicó la salida de cualquier rastro de periodista. Me quedé tomando fotografías mientras esperaba el anochecer. Apenas oscureció me fui a tomar un carrito pirata que me llevase a Los Patios para descansar y volver al día siguiente. El tránsito de venezolanos por el puente internacional Simón Bolívar va de seis de la mañana a siete de la noche, hora colombiana.

Un colombiano en Venezuela

A la mañana siguiente me dirigí a La Parada y decidí cruzar el puente hacia San Antonio del Táchira. Quería experimentar en carne propia lo que significa dejar mi patria, sentirme expuesto, con nada más que mi maleta y mi cámara. Ponerme en los zapatos del venezolano que se une a la diáspora de la desesperación para poder sobrevivir.

Muchos venezolanos se devuelven a su país a diario, van a Colombia exclusivamente para mercar. Algunos se devuelven con una bolsa de pan en la mano, otros con bultos de comida al hombro. Mientras en Colombia ofrecían servicios de transporte para llevar a Bogotá, Bucaramanga y otras ciudades, en Venezuela existen vehículos que llevan a San Cristóbal, Valencia, Caracas. Todo de manera pirata sin ningún permiso para hacerlo.

En Colombia transportarse hasta la capital cuesta al menos 100.000 COP, razón por la cual caminan por las carreteras. Para ir a Caracas, pagan alrededor de 25.000 COP. 

Cuando se cruza el puente internacional Simón Bolívar, el comercio desaparece. Lo único que perdura es una gran cabina de música donde suena durante todo el día joropo. Hay un muro con grafitis de Simón Bolívar y Hugo Chávez. Hay una plaza al lado izquierdo (cuando se va caminando hacia Venezuela) dónde hay un montón de bustos de los grandes libertadores de Venezuela.

Cuando se continúa hacia San Antonio de Táchira, se pasa por debajo de las instalaciones y se ve una pancarta que dice “en esta Aduana no se habla mal de Chaves”. En las columnas que sostiene las instalaciones de la Aduana está pegada la foto de todos los participantes en el atentado contra Nicolás Maduro. Todos con recompensa y un “se busca”.

Adelante me frenó un miembro de la GNB (Guardia Nacional Bolivariana). Me dijo que hacia dónde me dirigía, sin ningún problema logré entrar a Venezuela. Durante todo el camino tomé fotografías. Sobre todo, porque había un montón de gente que se devolvía hacia Venezuela. Llegué en frente de la estación de policía de San Antonio del Táchira. A una cuadra de una bomba de gasolina PDV que está cerrada porque no hay cómo abastecer a los vehículos. No se veía ni un solo auto en la vía principal. Tenía miedo de avanzar y antes de continuar me compré un vaso de limonada que me costó 300 pesos.

–Cigarros, cigarros, cigarros, cigarros, se pasa a Colombia sin papeles – gritó un hombre que estaba a mi lado.

Me senté y empezamos a hablar. Su nombre es Robert, al igual que Armando no me quiso decir su apellido. Él es un joven nacido en el año 1999, de Caracas. Tiene 19 años. Desde hace tres meses reside en San Antonio del Táchira. Viajó desde la capital venezolana con su esposa, 1 año menor que él, y su hija de año y medio.

Ese día estaba buscando el dinero para enviar a su esposa hacia Valencia para evitar pagar el arriendo de ella y su hija. Su estancia en Venezuela le cuesta 11.000 pesos al día. Pero si enviaba a su cónyuge y a su primogénita a donde la familia de ella, pagaría tres mil pesos. Él me empezó a contar cómo es el negocio para pasar a los venezolanos indocumentados por el río. Me contó de tres rutas que él usa: la entrada por IU FROM, la entrada por la aduana y la entrada por la bomba PDV.

–Se tiene que pagar por eso. Se le da 10.000 pesos para los hombres armados que esperan en Colombia, 5.000 pesos a los policías y el resto para el ‘trochero’ – me contaba Robert.

Al otro lado del río, esperan unos miembros armados –de los cuales no sé a qué organización pertenecen– con fusiles que tienen controlada la zona.

–Cuando están de buen humor dejan pasar a la gente; cuando no, los encienden a bala. Han matado mucho venezolano en ese río. El otro día hubo una creciente y salieron cadáveres a la orilla.

Cada trochero tiene un código para poder llevar a la gente. Aquel que no lo posea puede ser asesinado. La misma GNB está dentro del negocio. Cuando quieren van y ponen control sobre la zona.  Los guardias cobran 60.000 pesos o más por poner el sello que necesitan en el pasaporte todo venezolano que quiere ir a Colombia para no hacer fila. La fila de venezolanos va desde la mitad del puente Internacional Simón Bolívar hasta la entrada de San Antonio. Claro está, solo para venezolanos. Los colombianos cruzamos sin fila.

Decidí tomar la última foto del día. Eran las doce de la hora colombiana, y justo después de disparar el obturador, un sargento me llevó junto a Robert apuntándome con un arma, hasta el frente de la estación de policía de San Antonio. Allí me quitaron todo lo de mi mochila. Empezaron a revisar la cámara, decían que me iban a acusar de espionaje. A Robert le dijeron: “ya tienes las manos en mierda”. Él suplicó porque lo dejasen ir. No sé qué pasó con él. Justo ahí un hombre que vestía de civil me sacó todo de la billetera, me miraba con odio y me dijo: “ahora ya no los mandan con nada”. Insistían en que era un espía.

En ese momento me llevaron para dentro de la estación de policía. Adentro, a mano izquierda, estaban los calabozos, había mucha gente metida en celdas llenas de agua con orina y excremento que les daba casi hasta la pantorrilla. Quizá había unas veinte personas en un espacio muy reducido.

Iba esposado y me llevaron al último cuarto de esa estación. Fui al lugar donde estaba el capitán. Había muchos sargentos, alrededor de unos diez, haciendo papeleo. Me sentaron en un sofá, estrujándome y con un comportamiento violento y agresivo. Me acusaron constantemente de violar la ley venezolana y estar espiando a la GNB.

Un sargento tomó mi agenda, empezó a leer página por página. Yo estaba muy asustado porque había tomado nota de todo lo que Robert me había dicho en esa agenda, en una de las últimas páginas. Sabía que si ese sargento encontraba algo la situación empeoraría para mí. Yo seguía insistiendo en la verdad, era un trabajo académico y pudieron constatarlo porque esa agenda tenía todos mis apuntes de las clases que cursaba en la universidad.

Otro se encargó de hacer lo mismo con mi celular, revisando cada una de las conversaciones que tenía en mis redes sociales, escuchando los audios que me envíe con mis contactos y leyendo minuciosamente cada uno de mis chats. Me preguntaban quién era cada una de las personas que me nombraban, a modo de anzuelo, quizá para que yo en medio de mi angustia y llanto me equivocase y ellos pudiesen corroborar “mi espionaje”.

Me presionaron mucho, hablaron de mandarme a una cárcel en Caracas por cuatro diferentes delitos: espionaje, difamación, sublevación y contenido ilícito sobre la GNB. A medida que pasaba el tiempo y yo estaba cada vez más colapsado, el sargento, quien tenía mi celular, mencionó llevarme a la parte de atrás de la estación si yo no quería colaborar con ellos.

–Ese cabrón -dijo el Capitán- debe entender como son las cosas acá. Si fuese un venezolano que camina medio torcido en Cúcuta se la montan a uno. Acá les aplicamos la misma ley.

Revisaron las fotos de la cámara, encontraron imágenes que sin yo pensarlo tenían a los guardias de la GNB. Hablaron de decomisar la cámara, me abrieron un expediente y me hicieron firmar por “los delitos” que cometí aquel día. Un sargento, a quien le decían “Piña”, se compadeció de mí, me ayudó e incluso me dio parte de su almuerzo.

–No jodan más, es solo un chamo

Al final, sin nada que probara su teoría, decidieron dejarme ir. Hablaron con el capitán y dijo “hagan lo que quieran con él”. Me tomaron mi cámara, me quitaron la memoria SD. Seguía siendo una persona que le tomaba fotos a la GNB. Ni siquiera me devolvieron las fotos que había tomado en Colombia. En ese momento entendí lo que puede sentir un migrante bajo la opresión de un gobierno. Sentirse lejos de su patria, sentir soledad, sin tener como comunicarse con la familia, tener que caminar y no tener nada de dinero para comprar, pasar peligro, poner en riesgo la vida: todo un infierno para poder sobrevivir.

Eran aproximadamente las cinco de la tarde en hora colombiana, cuando me liberaron, al capitán le estaban embolando las botas, me estrechó la mano y me dijo que no creía en nada de lo que yo había dicho, si volvía a Venezuela, me metía él mismo preso. Volví casi trotando a Cúcuta, tomé un par de fotos más usando mi celular y tomé un carro pirata para no perder mi vuelo a Bogotá. Esas fueron las cinco horas más largas de mi vida.


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