Facultad de Comunicación Social - Periodismo

(Sobre) vivir en Colombia con un salario mínimo

¿Cómo vivían los colombianos con un salario mínimo?La crónica de Andrés Solano lo describe perfectamente. Aquí encontrarán mi opinión frente a su libro.

Columna de opinión realizada para la clase de Introducción al lenguaje periodístico (tercer semestre, 2022-1), con el profesor David Mayorga.

“Salario mínimo: vivir con nada” es un libro de crónica que se desarrolló hace más de 10 años, pero la realidad de millones de colombianos que disponen de un salario mínimo sigue siendo la misma. Por medio de esta columna de opinión busco analizar estos fenómenos sociales y económicos para comprender como es (sobre) vivir en Colombia.

Cuando pensamos en la realidad económica en la que están inmersos los colombianos, una de las primeras cosas que se nos viene a la mente es que el dinero no alcanza para suplir las necesidades básicas de miles de familias. Este es un fenómeno que ha estado presente por años. En la crónica mencionada, el autor Felipe Solano busca comprender esta realidad por medio de un experimento: vivir por seis meses con un salario mínimo.

Esta columna de opinión busca analizar como este experimento -realizado en el 2007- aún es la realidad para miles de colombianos, algo que parece lejano e inexistente por nuestros privilegios económicos y sociales.

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Analizar cómo es vivir en Colombia con un salario mínimo desde una mirada privilegiada no es ideal. Estudiar datos y cifras detrás de una pantalla viendo cómo esos millones de colombianos se convierten en números en un sistema, tampoco es adecuado. Si se quiere conocer y reconocer cómo transcurren los días para aquellos que viven con un salario mínimo, debemos acercarnos más a esa realidad, de la cual poco sabemos y mucho desconocemos. Bajo esa premisa fue que, en el 2007, el periodista Andrés Felipe Solano decidió viajar a Medellín y vivir por seis meses con un salario mínimo, crónica que relató en su libro: ‘Salario mínimo: vivir con nada’.

Han pasado más de 10 años desde que Solano realizó este experimento. Ahora son cerca de 12,85 millones de colombianos los que ganan un mínimo en el país. Si analizamos lo que cuenta Solano en su crónica, podemos ver de forma cercana la perspectiva de la vida que tienen estas personas en un mundo en el que, como se afirma en el libro, “vivir con el salario mínimo es soportar el calor pensando en el frío”.

Centrándonos en la crónica de Solano y tomando en cuenta el contexto en el que se escribió, me parece alarmante la noción que tenemos como colombianos de nuestro ser individual. Me explico: al ser un país que no les ofrece garantías financieras y económicas a sus ciudadanos, el valor de la vida cambia y se altera para obtener un fin monetario y banal que lastimosamente necesitamos para vivir, o en este caso, sobrevivir en Colombia. “Una tarde conté 1.253 prendas, y anoté el número para acordarme siempre lo que un hombre puede hacer por dinero”. Mientras leía las circunstancias a las que tuvo que enfrentarse Solano en su lugar de trabajo en Medellín, me pregunté cuántas personas que alguna vez vi en un Transmilenio a las 5:30 de la tarde, hora en la que la mayoría de trabajadores termina su jornada laboral, estaban luchando para llegar a fin de mes, contando cada moneda que llegaba a sus bolsillos para poder cumplir con sus responsabilidades económicas. Me pregunté a cuántos de esos 12,85 millones de colombianos vi y ni siquiera me di cuenta, algo que mi burbuja privilegiada no me permitió.

Solano relata cómo durante su estadía en Medellín contó con la suerte de dar con una mujer que le abrió las puertas de su casa y puso en su mesa tres comidas al día, sin mayor compromiso moral ni económico. Según el DANE, son 179.174 hogares colombianos los que solo cuentan con una comida al día, no se pueden dar el lujo de gastar dinero en algo tan fundamental como la alimentación, sus prioridades cambian y su bienestar pasa a un segundo plano. Es alarmante.

Para Solano, fueron seis meses “enfrentándose” a esa realidad, seis meses que, para él, y como afirma, “marcar una tarjeta en una fábrica le pone precio al día”, pero para sus compañeros de fábrica no existía otra vida a la cual volver, no existía un apartamento en la capital, no existía un sueldo digno del cual disponer, no existía una vida para disfrutar sin las ataduras del dinero. Ellos y ellas se quedaron en palabras y letras, en una crónica de hace más de 10 años, quedaron congelados en el tiempo en una Medellín de 2007, en una fábrica de ropa, en una jornada de más de ocho horas, en un mundo en el que el salario mínimo solo alcanzaba para sobrevivir.

Pero bueno, ¿en qué nos afecta todo esto? ¿Por qué hablar de un tema que todos sabemos, pero del cuál casi nunca hablamos? La única respuesta que podría dar es: empatía, también conocida como ponerse en los zapatos del otro. Que la próxima vez que subamos a un trasporte público sepamos que hay 12,85 millones de colombianos que están (sobre) viviendo con un salario mínimo y de quienes no conocemos nada. Ignoramos su realidad por estar preocupados por la nuestra. Entendible, pero la empatía debe ser primordial en un país en el cuál la desigualdad social está más presente que nunca.

 


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