Facultad de Comunicación Social - Periodismo

Alias Milena

Realizado por: Tatiana Alvira , estudiante de Octavo semestre – 2017, para la materia: Historias de vida del profesor Alfredo Molano

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Estar ahora acá da un poco de miedo. Hacer parte de la sociedad de esta forma es algo que nunca imaginé. Llevo un mes en esta zona veredal de Icononzo – Tolima, dizque una zona de normalización en donde tendríamos una vida digna. Aunque no se puede decir que estamos mal, pienso que cada uno de nosotros debería contar con, al menos, una cocina y un baño para que esto sea de verdad digno. Mi nombre de nacimiento es Luz Dary pero nadie me llama así. En la guerrilla los seudónimos eran nuestra identidad y “Milena” ha sido el apelativo que me ha acompañado por más de 20 años.

Antes de llegar acá me encontraba en la zona de Mesetas, que siempre ha estado bajo influencia paramilitar; mis batallas siempre fueron en contra de esas bestias. Y no los llamo así porque sean mis enemigos, sino porque de verdad son bestias. Antes de llegar aquí ya me había tocado salir de Mesetas a raíz de una bacteria que me enfermó. Comencé tratamientos médicos, pero por los altos costos, no pude continuar. Eso que dicen que el Estado nos está subsidiando no es del todo cierto. A muchos de nosotros no nos ha llegado un peso por eso de los papeles, las bancalizaciones y demás.

En Mesetas fuimos la primera Unidad en establecerse. En la vereda El Tigre ya había pre-agrupamientos temporales pero en la zona fuimos los primeros. El Frente 55 era lo más sólido; yo fui delegada y representante en esas charlas que hubo cuando vinieron los camaradas de Cuba. También estuve en varios talleres y cursos para capacitación de personal de mando. Estoy en esto desde los 13 años o quizá desde antes. Me considero guerrillerita desde los ocho, cuando dormía con mi familia en el monte por de ser asesinados por los paramilitares o el Ejército.

La vida a uno le da muchas vueltas. Pienso que nada pasa porque sí: son las circunstancias las que lo llevan a uno a tomar los caminos que tomamos. También pienso que nadie está acá por obligación, aunque siempre hay alguien que lo convida a uno ¿cierto? Porque si a usted no le hablan de esto pues, no se entera. Seguramente hay mucha gente que dice que se lo llevan a uno obligado porque uno es menor de edad y no está apto para tomar decisiones, pero nadie está acá porque se lo hayan llevado amarrado. Si uno está acá es porque quiere, por una u otra razón.

A mí, por ejemplo, fue la mismita vida la que me llevó a las filas de las FARC. No me arrepiento porque, haya sido como haya sido, uno acá aprende modales y cosas que quizá ni en la casa aprendería. Mi mamá se separó de mi papá cuando yo estaba niña, pura bebé. Él se fue con mi hermana mayor y yo me quedé con mi mamá. Pasaron muchas cosas de las que me vine a enterar apenas ahorita que salí. Mi mamá había intentado regalarme y mi tía, con la que pasé la mayor parte de mi infancia, no lo había permitido, y eso fue algo que nunca me contó. Me vine a enterarme por otras personas. Mi tía no era en realidad mi tía, en realidad era una tía de ella. Igual yo hablo con mi mamá. ¿Cómo no tenerle aprecio es es eso: mi mamá?

El cuento fue que me crié con mi tía. Vivía con ella en Villavicencio y me tenía estudiando en el mismo colegio de mis primos. Pero mi tía era una viejita de esa época, por todo le pegaba a uno y eso, mejor dicho, a matarlo. Yo estaba aburrida, me sentía privada de todo. Uno quería estar al lado de mi madre.

Un día que yo venía de la escuela, que quedaba en Playa Rica, me encontré a mi mamá cruzando una avenida. Ella estaba con el que parecía su marido, tanqueando un taxi. Yo tenía 11, llevaba años sin verla y justo me la encontré ahí, de la nada. Cuando la vi me imaginé que vivía bien, así que decidí irme con ella. Fui a mi casa por mis cosas, que igual no eran muchas, y como mis primos estudiaban en la tarde y yo era la única que estudiaba en la mañana, me fui sin decirle nada a nadie, prácticamente me le volé a mi tía por largarme con mi mamá.  

Ella vivía en Vichada, por los lados de la Petrolera Rubiales. Eso quedaba bien pa dentro, lejísimos del pueblo, el purito campo. Ya con mi mamá me desanimé de estudiar porque la escuela quedaba como a dos horas caminando de la casa y ¿quién iba a querer estudiar así? Me tocaba pasar por montaña y todo, en ese entonces no tenía experiencia de caminar en terreno, hasta miedo me daba. Después, estando en la casa, comencé a darme cuenta de que ese señor le pegaba a mi mamá casi todos los días y, aunque a mí nunca intentó pegarme, yo pensaba que él me estaba cultivando seguramente para más adelante quién sabe qué cosa hacer conmigo.

Ese señor siempre era a irse para todas partes conmigo y mi mamá nunca decía nada pero yo si sospechaba. Él era como yo me llevo a la china pal pueblo y pa todas partes, a mí eso se me hacía muy raro. Un día le dije a mi mamá y no me hizo caso, también es que la vida de ella no había sido del todo normal. Quedó huérfana desde pequeña y se convirtió en la esclava de su madrastra. Como su mamá tampoco la había querido cuidar, siempre he pensado que la historia se repite.

Neli, mi mamá, siempre había estado en el campo. Usted habla con ella y es como hablar con una persona sin educación, desentendida de todo. Si ha pasado por una ciudad, ha sido de mero tránsito de un pueblo a otro, no tiene conocimiento de muchas cosas.

Un día me escuchó y nos fuimos de la casa, a la casa de los vecinos, pero al fin de cuentas, el señor aquel nos encontró y convenció a mi mamá de volver con él. Yo sí le dije que no iba a regresar a esa casa, que prefería trabajar y vivir por mí misma. Mi mamá se puso a llorar y me dijo ¿usted qué va a hacer por ahí sola con 11 años? Yo le dije que igual sabía trabajar, que alguna cosa haría, y así fue. Comencé a trabajar por ahí, le cocinaba a un señor para sus niñas y él me daba la comida. Empecé a vivir por mí misma a esa edad.

Al poquito tiempo de haberme ido y de andar por ahí sola, los milicianos se empezaron a acercar para hablar conmigo. Yo quería irme para la guerrilla, pero por mi edad, no me llevaron, así que me volví miliciana. Los milicianos son como una división u organización que depende de la guerrilla, pero viven como civiles y trabajan con el movimiento cumpliendo misiones. No me daban arma ni nada. De vez en cuando me soltaban un revólver pequeño o algo así, pero yo nunca había manejado un arma y además no tenía juicio; siempre la dejaba por ahí botada. Recuerdo mucho una vez que un chino mayor que yo se puso a molestarme, me fastidiaba y me retaba hasta que de la piedra le quemé un tiro en el piso. Me puse a llorar del susto, nunca había disparado un arma en mi vida. Los milicianos al enterarse me castigaron, no debí hacer eso. Creo que el castigo fue hacer trayectos cargando leña o algo así, ya no recuerdo muy bien.

Después, cuando ya tenía 13, me mandaron a un curso de enfermería para hacer parte de las tropas en el área de la medicina. Yo me fui sin pensarlo dos veces. No les puedo negar que el entrenamiento fue muy duro; tenía que pasar noches enteras en el monte y yo era una niña, me daba miedo, lloré muchas noches. Las primeras veces que salí a combate fue como enfermera. Yo nunca había tenido experiencias en duelos y ya a uno le tocaba enfrentarse con armas y todo. Estar en combate significaba caminar noches enteras, entre el barro y las ramas que rayaban mi piel. Siempre que nos deteníamos a descansar yo me quedaba dormida en donde cayera.  

Pero eso era mientras uno se acostumbraba. Nunca pensé en desertar porque ellos lo ayudaban a uno, era un estilo de hermandad. Siempre por ahí sonaba la voz que decía “mire china, no haga eso, venga por acá o métase acá”, y así, no lo dejaban morir a uno. Ya después cogí práctica, fui creciendo y madurando, ya no lloraba por cualquier cosa.  

Como siempre me moví en territorio de influencia paramilitar, mis combates siempre eran en contra de ellos. Casi me cogen una vez. Vi mi vida en peligro como nunca. Yo hacía parte del Frente 39 y nos ubicábamos entre Guaviare y Vichada. Recuerdo con tanta claridad ese momento… Yo dije “acá me cogieron, me violaron, me torturaron, mejor dicho, qué no me van a hacer”. Porque si te coge el Ejército hay una leve opción de vida, bueno eso depende de dónde estés y cuáles sean las circunstancias. En cambio con los paramilitares no importa dónde ni cómo, uno sabe que son unas bestias y que van a hacer siempre lo peor que puedan en contra de nosotros.

Ese día que vi mi vida en peligro cogieron al comandante. Nosotros éramos como seis y no estábamos estratégicamente bien ubicados; el terreno no nos favorecía. Cuando nos dimos cuenta, los tipos nos salieron a menos de 10 metros, ahí encima, fue espantoso. Los combatimos un poco pero ellos eran como 30, entonces emprendimos la retirada y ¡quién dijo corran! Ellos comenzaron a perseguirnos y nosotros a lo lejos vimos una zanja de un acueducto de agua del pueblo que quedaba cerca. Yo sabía que, con impulso y de un salto podía alcanzarla, pero nuestro comandante era bajito, muy chiquito. Cuando me di vuelta noté que el comandante había bajado para pasarla y nos detuvimos para cubrirlo, pero de nuevo teníamos a los tipos encima. Si hubiéramos sido siete contra cinco pues, bueno, se le hace, pero estábamos en una increíble desventaja. Cuando vimos que lo cogieron supimos que ya no había más que hacer. Seguimos avanzando y cuando nos dimos cuenta, ya estábamos rodeados. En ese momento ya sólo quedaba hacer lo posible para conservar la vida. Nos comenzaron a morteriar con un tubo que disparaba pequeñas bombas y a mí me gritaron ¡tiéndase!

Yo no me di cuenta de que mis compañeros siguieron en la retirada. El pasto siempre era alto, alcanzaba a cubrirme por completo. Levanté la cabeza y una bala me pasó por el lado, llamé a los muchachos y no había nadie, me dejaron sola. Ahí dije ¡me cogieron! Me paré y me puse a correr, y corra, y corra… De repente vi a uno de mis compañeros que se había escondido más adelante; yo corrí hasta que salí a la carretera donde sentía que me podía orientar. Pero esos tipos se me adelantaron y, cuando llegué, ellos ya estaban allí y comenzaron a echar plomo. Sólo había un camino libre y seguí corriendo. Más adelante apareció mi colega y me dijo cuál ruta era segura. Claro, él había visto de dónde me disparaban a mí y supo en dónde no estaban. Yo ya había visto la muerte a mi lado. En ese momento uno no se acuerda de nada, de nadie, usted está en su mundo, pensando solamente en cómo salvar su vida. Ese grito de mi compañero diciendo “Milena, venga, ya sé por dónde podemos salirnos”,  me dio un respiro. Aún siento que le debo mi vida a él.

Nos metimos por el monte. Ya venían siendo las 6 de la tarde, estaba oscuro. No teníamos brújula, nada, estábamos desorientados, comenzó a llover, fue horrible. A puro cálculo comenzamos a caminar, pero ya estaba muy oscuro. Al rato volvimos a oírlos y nos tiramos al piso. Los rodeamos a gatas intentando hacer todo el silencio posible. Más adelante, cerca de ellos aún, encontramos una franja y ahí nos quedamos hasta el amanecer. Los oíamos hablar y todo.  

Y bueno, esa fue mi experiencia con la muerte de cerca. Esta no es una vida fácil, pero , yo fui de buenas porque nunca caí en una emboscada. Y no es porque nunca haya ido a buscar al enemigo, sino por suerte. A veces íbamos varios comandos y caían los otros; incluso cuando íbamos varios, nos preguntábamos ¿Quién será el que va a meter la jeta está vez? Así decíamos cuando alguno se metía allá donde estaban los tipos.

Yo pienso que fui guerrillerita desde que tenía ocho. Con mi familia a veces dormíamos en el monte, envueltos en cobijas, por miedo a que llegaran a matarnos. A nosotros nos mataron familia. En ese tiempo llegaban el Ejército en carro y se los llevaban. Yo vi atrocidades que hicieron los Paras. Una vez encerraron a 11 guerrilleros y a todos los picaron; a las mujeres les mochaban los senos. ¡Qué nos hacían! ¿Eran unas bestias! De sólo imaginarse y recordar le duele el alma a uno. Algo que yo agradezco es que tengo mi conciencia tranquila porque si en mi vida he matado no me he enterado; no he visto con mis ojos que mis balas le den a alguien y caiga muerto, no.

En fin, ahora ya estamos en otra. El mayor reto fue volver a ver a la familia. Cuando salí de la guerrilla me tocó ir a Útica – Cundinamarca, donde nací y fui registrada. Tocaba ir por la cuestión de los papeles. Entre todo eso conocí a mi papá, le pregunté a la gente del pueblo por el nombre de mi abuelo y me dijeron que él había muerto pero que por ahí estaban sus hijos; me dijeron dónde buscarlos. Cuando llegué, él estaba ahí, construyendo una casa y, cuando le hablé, poco me puso atención. Le dije que estaba buscando a Jeremías Beltrán Bejarano, mi abuelo, y él me dijo que había muerto. “Estamos sus hijos, yo me llamo Jeremías también”. Ahí caí en cuenta de que él era mi padre y le pregunté que, si de casualidad, él no tenía una hija que se llamaba Zoraida, mi hermana mayor, la que se había ido con él. “¡Claro -me respondió-, es mi hija!”

Sin pensarlo dos veces le dije: “Ah, entonces usted es mi papá”. Ahí sí me paró bolas. Soltó el cemento y me dijo “¿cómo así?” Yo le respondí que era la hija de Neli y se sentó ese viejito, claro, ya tenía como 60 años, no se las creía. A él le habían dicho que mi mamá me había regalado a unos españoles, me dijo que no tenía la esperanza de conocerme. Me recibió bien y ahora mantenemos una buena relación, igual con mi hermana.

Y pues sí, ahora me encuentro aquí, esperando que el Estado nos certifiqué algo. Todavía no se sabe cómo va a quedar esto. Lo pensado es construir un pueblo, pero pues quién sabe el Estado con qué salga. Usted sabe que uno puede esperar cualquier cosa de ellos. Igual esto fue algo que aceptamos todos. Durante todo el proceso de paz nos pidieron nuestra opinión. Siempre llegaban comunicados y circulares para que dijéramos qué pensábamos acerca del proceso; ellos lo analizaban y actuaban según eso. Todos teníamos temor de que el Gobierno intentara desaparecernos cuando soltáramos las armas, como lo hizo con la UP, pero como todo fue tan público y legal, decidimos aceptar las condiciones y acomodarnos en estos lugares. Ahora, después de haber pasado más de 20 años en la guerrilla, estoy acá, esperando a ver qué va a pasar con nosotros.


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