Facultad de Comunicación Social - Periodismo

Facultad de Comunicación Social - Periodismo

La élite pone el trono, y el pueblo, el canto

Editado por: profesora Estefanía Fajardo De la Espriella

Reportaje realizado para la clase de Taller de convergencia en medios, (Octavo semestre – 2026- I), bajo la supervisión de la profesora Laila Abu Shihab Vergara.

Cada año, cuando abril calienta Valledupar y el viento trae el olor a cañaguate en flor, miles de personas llegan a la ciudad para presenciar uno de los rituales más antiguos de la música colombiana: el Festival de La Leyenda Vallenata. Desde 1968, el Festival ha coronado a sus reyes —acordeoneros que logran imponerse ante un jurado y ante el pueblo —como los guardianes vivos de un género que nació en los caminos polvorientos entre La Guajira y el Cesar.

La temperatura casi siempre está entre los 30 y los 34 grados, la sabana —con sus secos pastizales adornados por frondosos árboles— es el gran predominante del paisaje y el río de lecho pedregoso hace su parte para complementar la vista de Mariangola, un corregimiento de Valledupar con cerca de 7 mil habitantes. Lugar de la dinastía Granados.

Almes Granados aprendió a tocar caja antes que acordeón. Los baldes de plástico comprados por su mamá fueron el primer acercamiento de un recorrido musical que se consolidó en la casa de un vecino; allí sobraban instrumentos: acordeón, caja, guacharaca, turbadora y cencerro, pero faltaban manos que las hicieran sonar. Fue en esa soledad compartida que se forjó el talento de Granados quien se convirtió en Rey Vallenato en 2011 y se posicionó como Rey de Reyes en 2022 en el Festival de La Leyenda Vallenata.

Para la 59.ª edición del Festival Vallenato, durante este 2026, se inscribieron 827 concursantes, 69 de ellos en la categoría Acordeón Profesional, quienes compiten por el título de Rey Vallenato siendo esta la categoría más esperada durante el evento.

Yo soy el acordeón, llegué a tierras extrañas hablando con mis notas, allí soné mi
lira, llegué hasta La Guajira, una región provinciana.

Mi Acordeón, canción de Legendario Taguancha (conocido por su seudónimo) describe la unión de tres culturas, africana, indígena y española que dieron vida al vallenato tradicional.

Más tarde me hice amigo de una caja que acompañaba a los negros y también
conocí a una guacharaca inventada por los indios. Y tres razas nos fundimos para
ser la expresión de la provincia

Esta composición es un relato cantado que muestra cómo nació el vallenato en la región Caribe de Colombia, resaltando el protagonismo del acordeón. La canción no solo es relato sino ilustración de la importancia del acordeón desde sus inicios hasta hoy. Y si hay un escenario donde ese protagonismo se disputa y se consagra, es el Festival de La Leyenda Vallenata, donde la categoría Rey Vallenato representa el título máximo para quien mejor lo toca.

Arrendar un acordeón le costaba cerca de 30 pesos a Almes en su adolescencia, para el año 1957. Se lo arrendaba a su hermano Ovidio Granados, el mayor de once hermanos, quien abrió el camino para que su familia se convirtiera en la dinastía que es ahora.

(foto provisional: El Tiempo)

“Hubo una vez un primo que me dijo: el sábado viene un pariente de nosotros que vive en Barranquilla, él es abogado, ¿por qué no se busca un acordeón y lo atendemos?” relata Granados al recordar los inicios de su carrera.

En medio de esa parranda de personas “bien”, “acomodadas”, como él mismo las describe, decidieron recolectar entre los presentes el costo de un acordeón, que en ese momento costaba cerca de los 18 mil pesos en los años 80.

Al final de la fiesta se recogieron 12 mil pesos lo que le sirvió para comprarse un acordeón de segunda a su hermano y, posteriormente, concursar en la categoría aficionado.

El camino a ser Rey Vallenato no se da repentinamente y parece casi un golpe de suerte presentarse por primera vez y obtener el título. Almes se presentó en 2003 ya en categoría profesional, luego en 2004 y 2005 hizo un pare, regresó en 2010 y en 2011 se coronó rey. Los ocho años transcurridos revelan el largo viaje por el que pasan los acordeoneros, sin embargo, los años en las dinastías cuestan más por “el compromiso que se tiene con la gente que los ayuda”, relata Granados.

Para que el apellido se convierta en casta, el árbol genealógico necesita algo más que sangre. Así lo sostiene Gustavo Guevara Sánchez, magíster en Músicas de América Latina y el Caribe, quien advierte que para que una familia sea considerada de tradición musical, se necesitan dos condiciones indispensables; una descendencia dispuesta a heredar el legado y un fortalecimiento continuo del apellido a través de aportes distintivos al género. Cuando esa cadena se rompe, el mito se estanca. El investigador señala el caso de Juancho Rois como el ejemplo perfecto de una leyenda sin herederos; al no existir sucesores que continuaran su escuela con hitos significativos para el folclor, el apellido Rois se cerró en sí mismo, quedando en la memoria colectiva únicamente como el sello del eterno acordeonero de Diomedes Díaz.

Festival de castas y despachos

Y anduve a lomo de burro recorriendo pueblos, llevando noticias. Yo soy el
acordeón que me hice trovador narrando en un paseo los aconteceres de la región.

Este es el verso que prosigue en la canción ‘Mi acordeón’ y es un canto que se adecúa a Riohacha, La Guajira, pero que con el tiempo fue apropiado por las familias ganaderas, terratenientes y algodoneras que buscaban la creación de un nuevo departamento bajo esas “particularidades culturales” que necesitaban ser separadas del resto de la región.

El acordeón y la narrativa de la historia vallenata han sido, desde sus orígenes, privilegio de unos cuantos. Consuelo Araújo Noguera, cofundadora del Festival de La Leyenda Vallenata en 1968, fue también Ministra de Cultura en el gobierno de Andrés Pastrana (1998-2002). Alfonso López Michelsen fue el primer gobernador del departamento del Cesar y, animado por sus amigos —entre ellos la familia Araújo—, llegó a ser Presidente de la República. Ambos son ejemplo de cómo las élites políticas y culturales de la región construyeron y controlaron el relato del vallenato desde arriba.

Eduardo De la Hoz León y Janner Sanjuanelo Obregón, en su investigación para el XVIII Congreso Colombiano de Historia titulada Las Leyendas no nacen solas: el origen de un mito llamado vallenato, usan un titular de prensa de la época para ilustrar el peso de Alfonso López Michelsen en la construcción del relato vallenato: “Un cachaco que sembró el Vallenato en Bogotá”.

Para los historiadores, esa frase deja entrever dos aspectos escenciales. El vallenato es un producto de la costa Caribe como región, no un fenómeno exclusivo de Valledupar. Y sin el apadrinamiento político de los López, el género no habría alcanzado la cumbre como música nacional.

Whisky para el jurado, chirrinche para el juglar

En 1969 se inscribió por primera vez en el Festival de la Leyenda Vallenata, pero por diferencias con los jurados decidió retirarse. “Un locutor famoso de la época, barranquillero, llamado Pedro Juan Meléndez, cuando oyó que yo dije que me retiraba dijo ‘ha nacido un rebelde del acordeón”, revela Alfredo Gutiérrez, quien desde entonces es reconocido por desafiar al festival y la técnica tradicional del género.

Según Gutiérrez, para Consuelo Araújo, conocida como ‘La Cacica’, el vallenato que él tocaba no era vallenato legítimo. Así lo recuerda al hablar de sus primeros acercamientos con el festival. Sin embargo, las mismas innovaciones que incomodaban a ‘La Cacica’ ya eran un éxito en diferentes regiones del país y en México.

Con ese respaldo del público, Alfredo Gutiérrez decidió participar nuevamente en 1974 y se coronó Rey Vallenato. Repitió el título en 1978 y de nuevo en 1986. Es hasta hoy el único acordeonero en ganar tres veces.

Alfredo de Jesús Gutiérrez tocó por primera vez el acordeón a los cuatro años, en Sabana de Beltrán Paloquemao, Sucre. Alfredo de Jesús Gutiérrez tocó por primera vez el acordeón a los cuatro años, en Sabana de Beltrán-Paloquemao, Sucre. Creció haciendo parte de Los Pequeños Vallenatos, un grupo creado por su padre y el profesor José Rodríguez en Bucaramanga. Años más tarde conoció a Calixto Ochoa, representante del vallenato sabanero, quien lo presentó a Antonio Fuentes, director y dueño de Discos Fuentes.

De ese encuentro nació la idea de formar Los Corraleros de Majagual, el grupo con el que Alfredo empezaría a construir su propio concepto de música vallenata. Para él, el vallenato era entonces “una muchacha campesina muy bonita, pero que no tenía el traje adecuado para ser presentada en sociedad”.

Sus diferencias con el festival siempre fueron abiertas, explícitas y llegaban a los titulares de los periódicos. Sus quejas no se reducían sólo a las decisiones del jurado y los roces con la familia Araújo, sino también al trato de los artistas por parte del festival, donde no se incluía el transporte a competidores, hotel o comida y, por el contrario, en el día los llevaban a tocar en la piscina del Club Valledupar, el club más famoso de la ciudad.

-Durante años, el rechazo por parte de la élite valduparense estuvo representado en el artículo 62 de los estatutos de la Corporación Club Social de Valledupar S.A., que establecía: “Queda terminantemente prohibido llevar a los salones del club música de acordeón, guitarras o parrandas parecidas”- Carlos Eduardo Amaya. / Foto: Panorama Cultural

“No nos pagaban nada, nos daban trago, el más barato, un ron blanco: chirrinche, como le llaman en La Guajira, y en cambio los demás bebían whisky”. Estas declaraciones a medios fueron la causa, desde el punto de vista de Gutiérrez, los que lo consolidaron como un rebelde y la razón por la que, según él, aún no existe un homenaje ni reconocimiento a su figura dentro del festival. “Contratan a todos menos a mí, como para castigarme”.

Las razones por las que aún no se ha hecho ese homenaje son más difíciles de comprender. La Fundación del Festival de La Leyenda Vallenata muestra hacia afuera una apertura a medios que, en la práctica, se contradice a sí misma. Tras múltiples intentos por esclarecer este y otros aspectos sobre la categoría Rey
Vallenato, el silencio fue el gran predominante, así como el delegar de una persona a otra la respuesta a preguntas como esta sin llegar a ningún lado.


Al culminar cada edición del festival se realiza una rueda de prensa donde se oficializa el siguiente homenajeado. Para la versión 60 la Fundación decidió realizar un homenaje al mismo festival omitiendo la opinión pública de quienes pedían el homenaje para Alfredo Gutiérrez.

“Piden que el Festival Vallenato salde deuda histórica con Alfredo Gutiérrez”, “En el Festival San Juan del César sí le rendirán homenaje a Alfredo Gutiérrez”, “La deuda pendiente del Festival Vallenato con el juglar Alfredo Gutiérrez”. Estos fueron los titulares que publicaron medios como El Heraldo, El Pilón y distintos portales de opinión tras conocerse el protagonista del homenaje para 2027

Los titulares son la visibilización, ante la opinión pública, de un debate que los amantes del vallenato y distintos sectores del género llevan tiempo reavivando. El periodista Edilberto Castillo solicitó abrir un espacio de diálogo para definir el reconocimiento de Alfredo Gutiérrez y resaltó que esa decisión debe involucrar al festival y a la ciudadanía, no solo a una junta directiva.

Alfredo, el acordeonero, compositor y cantante, es hoy un referente de la música vallenata, que conquistó el país con sus diferentes ritmos tropicales y sus shows en vivo. Empezó tocando con un acordeón de dos hileras y llegó a tener hasta 37 acordeones, que luego vendió a sus seguidores, “gente pudiente” que quería tener el acordeón con el que había grabado Paloma Guarumera o Los Sabanales.

Él piensa que como cualquier otro festival en el mundo, este tiene un interés económico y patrocinios “por debajo”, con los que él nunca estuvo de acuerdo y por los que ha preferido otras tarimas y eventos.

Hasta el 2025 se habían coronado 58 Reyes Vallenatos. Aproximadamente 20 de ellos pertenecen a dinastías reconocidas como la dinastía López, con cinco reyes; la dinastía Granados, con tres reyes; las dinastías Durán, Mendoza y Meza, cada una con dos reyes, y otras como las Rojas, Martínez, Maestre y Ramos. El peso de esas familias se confirma en la competencia Rey de Reyes, que enfrenta cada cierto tiempo a los ganadores de ediciones anteriores: 4 de los 5 títulos han sido para acordeoneros de familias con tradición musical.

Un acordeón bendecido en el frío de las parrandas

Aquí las ventanas de las casas amanecen con el vaho condensado de la zona montañosa. Paz de Río se asienta a 2.200 metros sobre el nivel del mar, más de dos mil metros por encima de Mariangola, que apenas alcanza los 169. Ese desnivel se siente en el cuerpo -de los 30 grados que nunca abandonan la sabana cesarense a los 9°C de las madrugadas boyacenses-, donde el río Chicamocha corre entre montañas y la minería acapara el horizonte.

Esta tierra ha sido influenciada por la música vallenata desde hace décadas debido a diversos factores que hicieron del departamento de Boyacá un punto de llegada. Uno de ellos fue la actividad minera, que atrajo un flujo de personas de distintas regiones, entre ellas Cesar y La Guajira. La segunda razón del intercambio cultural se dio por la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia (UPTC) en Tunja, que recibía a estudiantes de todo el país; ejemplo de esto fue Emiliano Zuleta, quien hizo su bachillerato en Tunja junto con su hermano y luego cursó sus estudios universitarios en la UPTC.


En medio de la minería, la siderurgia, montañas y vallenato creció Julián Mojica. Su padre era un aficionado a la música, en especial del vallenato y el acordeón. Su tío, apoyado por amigos vallenatos, concursó en la categoría aficionado en el festival en 1971, 1973 y 1981, año en el que logró quedarse con el segundo puesto. Gracias a este legado, el vallenato se sentía de forma natural en el entorno de Julián.

Desde niño pudo acercarse también a Valledupar, sembró sus primeras raíces en el festival concursando en la categoría infantil y reforzó su deseo de convertirse en Rey Vallenato concursando desde 2010 hasta 2018.

“El primer año fue determinante para mí porque llegaba prácticamente por primera vez, no me conocían. Tenía que hacer mi camino y oh, sorpresa, me fue tan bien que entré a la final y quedé en tercer lugar”, revela Julián sobre el proceso. “Creo que hacía las cosas tan bien que eso fue lo que rompió muchas barreras y terminé ganándome el corazón de los vallenatos e incluso ellos mismos peleaban por mí y querían que yo fuera Rey Vallenato”.

Para Julián Mojica, uno de los cambios que haría al festival es simplificar la calificación. Según el periodista Alfredo José en una entrevista con un jurado del Festival para el diario El Pilón, explica que el jurado está compuesto por tres jueces que evalúan individualmente cada instrumento —caja, guacharaca y acordeón— más la armonía del conjunto, con puntajes que van de 50 a 100 por categoría y que, sumados por aires, pueden llegar hasta los 4.800 puntos por acordeonero.

El resultado de ser un buen acordeonero entonces, no recae solo sobre un peso individual sino que requiere de tener un conjunto que tenga las mismas capacidades para obtener el mejor puntaje. Es decir, para ser Rey Vallenato hace falta acordeón,talento, patrocinio y conseguir el mejor guacharaquero y cajero para no arriesgarse a perder.

Para muchos de los concursantes convertirse en Rey Vallenato es el resultado de años de constancia, disciplina, correcciones y largas preparaciones; sin embargo, también existen factores externos que son determinantes, sobre todo para aquellos que no son del Cesar.

-Ese primer año, como fue la primera vez, conté con el apoyo de unos amigos especiales a quienes yo acudí y me dijeron: “vamos a apoyarlo económicamente”, – recuerda Mojica al describir esa primera actuación-. Un amigo especial, el cantante Carlos Mario Zabaleta, con quien yo tocaba en ese momento, me dijo: “yo he tocado con tales y tales reyes vallenatos y usted no tiene nada que envidiarles, hay que hacer algo, vamos a pedir ayuda a amigos cercanos”.

De arriba hacia abajo

Como lo demuestran la investigación «Las Leyendas no nacen solas: el origen de un mito llamado vallenato», la supuesta democratización bajo la cual se fundó el Festival de la Leyenda Vallenata —esa idea romántica del campesino con burro y mochila que recorría pueblos de manera libre— se desdibuja desde los mismos orígenes del certamen. Los autores exponen que este relato fue una construcción idílica orquestada por la propia élite valduparense para institucionalizar la música tradicional bajo sus propios términos. Así, la historia del festival termina siendo el reflejo de la trayectoria de diferentes reyes vallenatos que, lejos de coronarse únicamente por el clamor popular, se consagraron con el título mayor gracias a su cercanía con clientes de alcurnia en las parrandas, la posibilidad de costear estudios, o sus lazos de afinidad con la junta directiva y los jurados de turno.

Ser Rey Vallenato significa repetir en vida el viaje del propio instrumento. Para coronarse en la Plaza Alfonso López, el músico debe someterse al mismo filtro aristocrático que marcó el origen del acordeón en el Valle. Desde sus inicios, el acordeón fue un lujo inalcanzable para el pueblo. La paradoja de su expansión radica en que dependió del desuso de las clases altas —una vez que quienes tenían recursos compraban un instrumento mejor, se deshacían del anterior vendiéndolo a menor precio, permitiendo que la música rodara por la región.

El festival de La Leyenda Vallenata es considerado el escenario que abre las puertas, la plaza para ser visto y el pasaporte de entrada a un género que parece reservarse el derecho de admisión. No cualquiera entra, no cualquiera gusta a quienes poseen mayor poder adquisitivo, no cualquiera se codea con las grandes leyendas en salones privados.

Muchos de los reyes vuelven al festival por el cariño del pueblo, por seguir manteniendo en alto el título que una vez ganaron o por demostrar su valía como acordeoneros. En el Valle, consagrarse como rey sigue siendo el arte de tocar con la fuerza del pueblo, pero con el permiso de la aristocracia.

Las carreteras hacia el festival están abiertas para quien quiera ser turista en estas tierras, pero para alcanzar la corona y el aplauso en el Parque de la Leyenda Vallenata es obligatorio pagar un peaje que no se cobra en dinero, sino en estatus —un derecho de admisión—. El viaje del acordeón y su dueño es un trayecto que sin duda comienza con el talento y se convierte en una paradoja; el instrumento necesita el alma del pueblo para sonar, pero requiere el permiso de los padrinos para reinar.