Lo que el streaming no puede tocar
En un mundo donde el streaming reina y el tiempo vuela, un rincón de Chapinero detiene el reloj a punta de agujas, acetato y discos.
Editado por: Profesor Sergio Enrique Jiménez Salazar
Crónica realizada para la clase de Taller de géneros periodísticos, (Cuarto semestre – 2026 ll), bajo la supervisión del profesor Sergio León Ocampo Madrid.
En Bogotá, millones de personas despiertan, abren Spotify o cualquier otra aplicación en sus celulares. Antes de que el bus llegue a la parada o del primer tinto del día, un algoritmo ya ha seleccionado cincuenta canciones basadas en reproducciones pasadas. La música se ha vuelto una constante invisible que acompaña trayectos y jornadas de miles de personas; un flujo infinito donde rara vez recibe atención completa, relegada a ruido de fondo mientras se realizan otras tareas o acortada por el hábito de saltar de pista con un toque en la pantalla.
En medio de esta abundancia digital, donde el sonido es intangible, miles de melómanos buscan exactamente lo contrario: ralentizar el proceso, tocar las carátulas, sentir el peso del objeto y aceptar la limitación física de doce canciones atrapadas en un pedazo de PVC. Según el Global Music Report 2026 de la Federación Internacional de la Industria Fonográfica (IFPI), los ingresos mundiales del vinilo crecieron un 13,7 % en 2025, sumando 19 años consecutivos de alza. En Latinoamérica, la industria de la música grabada creció un 17,1 %, impulsada por un streaming que domina el 88,1 % del mercado regional. No se trata de un rechazo furibundo a la tecnología moderna, la convivencia entre el streaming y el formato físico es hoy una realidad cotidiana donde ambos mundos cumplen funciones distintas.
Esa coexistencia tiene un punto de encuentro preciso en Chapinero, muy cerca de la Iglesia de Lourdes, sobre la acera de la carrera 13. Allí, entre el ruido del tráfico bogotano y los locales comerciales del sector, funciona Stereolab. Es un bar y espacio musical de formato pequeño, que huele a espresso y a mezcla de licores. La iluminación es cálida, modulada por lámparas bajas y por los haces de luz que proyecta una bola disco suspendida en el centro del techo. En las paredes cuelgan vinilos a la venta y cuadros de agrupaciones como la banda británica Blur. Sobre la barra, un tocadiscos gira sin pausa mientras los asistentes conversan y revisan revistas o examinan carátulas.
Detrás de la barra, Felipe Rodríguez, de 44 años, prepara un trago mientras vigila la aguja sobre el surco. Rodríguez lleva alrededor de 18 años vinculado a la escena musical de la capital. Fue DJ, gestionó una tienda virtual de discos y trabajó durante cinco años en La Roma Records. Antes de la pandemia, administró la propuesta musical de Cassius, un bar alternativo en Bogotá donde realizaba sesiones de escucha en vinilo, un antecedente directo de lo que hoy propone en Stereolab.
Hoy selecciona los discos del lugar junto con su pareja y socia, Karen, de 38 años, combinando gustos personales, reediciones recientes y títulos populares con álbumes menos comunes. «Lo que queremos es que la persona se desconecte un poco de su vida normal, de su rutina», comenta Rodríguez mientras limpia una copa. «Las personas se están dando cuenta de la importancia del formato, de la riqueza que hay en esa selección».
Para Rodríguez y Karen, el lugar permite valorar la curaduría manual frente a la lista automatizada. Stereolab no es solo un bar que casualmente tiene vinilos, sino un espacio concebido con una propuesta sonora viva, activa especialmente durante los fines de semana con eventos que van desde las seis de la tarde hasta las dos de la mañana. Su catálogo no está encasillado en una sola etiqueta: transita libremente entre la salsa, la cumbia, las músicas del mundo, el metal, el rock y la electrónica, sin privilegiar un género sobre otro. Además, Rodríguez destaca que el formato conserva grabaciones completas, especialmente de ritmos tropicales y orquestas colombianas de décadas pasadas —como las prensadas originalmente por Discos Fuentes o agrupaciones míticas del trópico como Los Afrosound—, que jamás migraron a las plataformas digitales y que de otro modo quedarían en el olvido.
Esta propuesta atrae a un público diverso que rompe con la noción de que el disco vinilo es un fetiche exclusivo para expertos en música. En una esquina del recinto, Mónica López, de 36 años, y Daniel Torres, de 34, conversan sentados frente a un par de cervezas. A un costado de sus bebidas reposa una revista con la carátula de Sombr, un cantante estadounidense de música pop. Llegaron por azar porque el sitio al que se dirigían estaba cerrado. Torres, que vive en el barrio, notó el aviso con el nombre del bar y sugirió entrar.
Ninguno de los dos se considera un coleccionista erudito. López explica que su consumo depende de su estado de ánimo: puede pasar del reguetón al folklore contemporáneo de Silvana Estrada. Torres escucha principalmente salsa, merengue, bachata y rock en inglés.
Sin embargo, tras permanecer un par de horas en el lugar, la percepción del tiempo en ambos cambió. «Uno no sabe cuánto tiempo ha pasado», dice López, acomodándose en la silla mientras observa los reflejos de la bola disco. La transición entre la luz de la tarde sobre la carrera 13 y la llegada de la noche ocurrió de manera imperceptible, envuelta por la conversación y la secuencia de álbumes que sonaban de fondo.
Este fenómeno de resistencia a la prisa diaria responde a una búsqueda por reconectar con la música de forma deliberada. Kike, un divulgador y coleccionista de 28 años enfocado en el análisis de vinilos, sostiene que este movimiento no debe entenderse como una moda pasajera, sino como el resurgimiento definitivo del formato físico dentro de la cultura pop. Con una colección personal de 40 discos, Kike evoca cómo su propio vínculo con los vinilos nació de un encuentro casual en la carrera Séptima de Bogotá, donde adquirió el álbum 1989 de Taylor Swift el mismo día que su acompañante compró una edición en azul translúcido de Dua Lipa. Aquella experiencia inicial, incluso antes de poseer un tocadiscos, bastó para engancharlos al valor tangible del objeto.
Según Kike, la compra de un vinilo frente al bajo costo de las suscripciones digitales se justifica por la intensidad de la experiencia. Mientras las aplicaciones ofrecen inmediatez por una tarifa mensual reducida, el vinilo —cuyos precios fluctúan entre los 110.000 y los 350.000 pesos colombianos según la rareza de la edición— exige una participación activa del oyente. El protocolo de extraer el disco de su funda, limpiarlo, posar la aguja sobre la platina y observar cómo recorre los surcos transforma la reproducción en una pequeña ceremonia. Este proceso establece además una relación parasocial y afectiva entre el fan y el artista, reforzada por contenidos exclusivos que no existen en el entorno digital: libros de fotos integrados, discos translúcidos o fosforescentes, e incluso mezclas de sonido inéditas que difieren deliberadamente de las versiones de streaming, como ocurre en producciones de Rosalía, Beyoncé o Taylor Swift.
El impacto económico de este fenómeno se traslada directamente a las tiendas independientes y a los espacios comunitarios de escucha. En ferias locales celebradas en zonas como la calle 85 o en comercios alternativos de la ciudad, decenas de coleccionistas y curiosos se reúnen en torno a tornamesas instaladas para probar discos en vivo. Estas jornadas, que abarcan desde el rock y el metal hasta la cumbia y el vallenato, funcionan como puntos de encuentro musical donde conviven compradores experimentados con jóvenes que jamás habían presenciado el girar de un plato analógico.
En ese mismo entorno de descubrimiento compartido se encontraban Dima Kovalenko y Angélica Prieto, de 29 años, quienes llegaron juntos al establecimiento atraídos por la marca exterior. Ambos comparten la mesa como amigos, pero sus trayectorias con la música representan dos caras de la misma experiencia. Kovalenko, un DJ nacido en Ucrania, criado en Nueva York y residente en Texas, reconoció de inmediato el nombre de Stereolab, una de sus bandas favoritas. Encarna la figura del coleccionista riguroso: posee 670 vinilos y vincula cada uno a una vivencia personal. «Cada disco es un recuerdo para mí», afirma en inglés, explicando que recuerda el día, la tienda y las circunstancias exactas en que adquirió álbumes de agrupaciones como Luna, Tortoise o DJ Shadow.
A su lado, Prieto ofrece un matiz complementario que evidencia la apertura del formato. Ella no tiene tocadiscos ni colecciona vinilos; escucha música habitualmente en YouTube y utiliza aplicaciones para identificar canciones que escucha en la calle. Se define como alguien «más experiencial con la música que sabedora» y disfruta explorando desde sonidos independientes hasta expresiones tradicionales como el merengue. Para ella, el valor del lugar reside en la posibilidad de recorrer la historia a través de las carátulas y los sonidos sin necesidad de poseer una colección propia.
A lo largo de la noche, las dinámicas del bar se cruzan con fluidez. Unas chicas examinan con entusiasmo un vinilo de Taylor Swift en el estante; en una esquina, una joven se mueve al ritmo de una canción de rock y cerca de la barra una pareja habla en inglés. Entre los asistentes predomina una amabilidad espontánea, acompañada de risas y chistes sobre decisiones musicales del pasado.
Stereolab funciona como un alto en medio de la velocidad urbana. Cuando la aguja llega al final del surco y el plato deja de girar, Rodríguez se acerca, levanta el brazo del tocadiscos y escoge el siguiente álbum de la repisa. La música vuelve a sonar y, por unas horas más, el tiempo en Chapinero continúa suspendido