Un camino pedregoso con voces inexistentes
Una carretera olvidada guarda historias de abandono, comunidades aisladas y lugares que el tiempo parece haber dejado atrás.
Editado por: Profesor Sergio Enrique Jiménez Salazar
Crónica realizada para la clase de Taller de géneros periodísticos, (Cuarto semestre – 2024 ll), bajo la supervisión de la profesora Estefanía Fajardo de la Espriella.
Hay lugares y caminos que, al recorrerlos, cuentan una historia por sí solos. El regreso Girardot-Bogotá por la ruta Mesitas conecta pequeños pueblos que hoy, al verlos, parecen un simple recuerdo de lo que fueron. Pareciera ser una carretera olvidada, que con el tiempo ha dejado de ser transitada, y por la cual solo pasan algunos camiones para evitar el trancón de la vía principal. Se ven algunas personas caminando a lo lejos, o quienes vienen en moto desde otro lugar después de un largo día de trabajo. La carretera era una serpiente llena de piedras y sin asfalto, rodeada solo de árboles, casas escondidas y solitarias, tapadas por la neblina.
Decidí tomar esta ruta porque me dijeron que podría llegar más rápido, y llamada por la curiosidad de conocerla, fue imposible pensar en cerrar los ojos. Esta ruta antigua, un poco alejada de la vía principal, era más un sendero de cicatrices que un camino. No había señalización, luces o indicaciones, solo un trayecto en medio de la nada, con casas, fábricas, restaurantes y tumbas abandonadas, muchas de ellas llenas de grafitis y símbolos que no lograba entender.

Al llegar al kilómetro 20, pasamos por el puente sobre el río Apulo, que alguna vez unía dos de los puntos más importantes del trayecto. Hoy solo queda una estructura de hierro oxidada, marcada por años de abandono. Generaba un poco de susto pasar por aquel puente, al que, desde la distancia, se le notaba descuidado y sin mantenimiento. Era como sentir que en cualquier momento se caería; el bus incluso se ladeaba de lado a lado por el mal estado del piso. Antes de llegar al puente, en el kilómetro 10, las rocas sobresalían tanto de las montañas que pensé que alguna caería. El canal 1 ya había reportado, el 3 de marzo de 2021, una noticia acerca de un derrumbe que aplastó una camioneta: -Por varias horas estuvo cerrada la vía que conduce de Bogotá a Mesitas del Colegio por un deslizamiento de tierra y lodo. La emergencia se registró, cuando toneladas de tierra y una piedra de gran tamaño cayeron sobre una camioneta-. Era sentir la expectativa de que algo podría pasar.
Me lo había comentado un señor sentado junto a mí en la flota hacia Bogotá, Don Pedro, quien vivía por la zona. -Es tranquilo, pero a veces uno se siente como olvidado, como si ya no existiera para el resto. No hay educación; la agricultura y la ganadería son muy escasas, eso ya no se ve casi por aquí. Se subsiste con lo que se puede. La salud y el comercio, todo es precario- Sin siquiera haberme bajado del bus, la sensación de aislamiento era lo más fuerte en cada uno de los pueblos, en unos más que en otros. Era un viaje donde solo sentía soledad.
La vía a Mesitas fue, hace décadas, el principal acceso para quienes traían productos agrícolas a Bogotá. Según la emisora Nueva Época, la carretera dejó de recibir mantenimiento hace casi veinte años. La noticia menciona que el clima, las lluvias constantes y la falta de inversión pública mantienen la vía en pésimo estado. Por esta razón, los residentes del sector de Bellavista y de La Rambla exigían el arreglo de la ruta Bogotá-Mesitas. El 17 de enero de 2023, realizaron diferentes bloqueos para que se tomaran medidas al respecto. Actualmente, el trayecto se ha convertido en una prueba para cualquier vehículo que decide pasar por el terreno pedregoso. Las curvas cerradas y los desprendimientos de tierra son compañeros habituales de viaje, generando incomodidad.
Aunque no podía dejar de mirar por la ventana, algo llamó mi atención: un pueblito, cuyo nombre no supe, y en mi concentración por observarlo, no lo pregunté. Había una casita pequeña pintada de blanco con una frase que me lo dijo todo: “Lugar de paz”. Tenía colores, manos pintadas y palabras de paz por todas partes. Era un lugar que había sido afectado por el conflicto armado y en el que ya había terminado la guerra. Solo pensaba en las víctimas que habían estado allí, en lo que vivieron, en sus historias y en los niños. Pero el bus siguió antes de que yo pudiera preguntar. Su nombre para mí es algo indescifrable. Hubiera querido indagar sobre las memorias de aquel lugar; las personas se veían amistosas, pero con miradas penetrantes cuando se trata de alguien que no conocen.
Escuché el freno del bus y las puertas abrirse. Miré por encima y estábamos en una vieja tiendita. Me bajé y lo que pensé que sería solo comprar algo de comer terminó en una conversación con doña Rosa, una mujer muy amable. Empezamos a conversar. Tiene 65 años y vive allí mismo, en su tiendita, en la parte de atrás, donde tiene sus cosas. Me relató que antes los buses llenos de turistas pasaban cada 30 minutos. -Ahora, de vez en cuando, uno ve pasar un carro al día, y eso si no ha llovido, porque con la lluvia la vía se llena de barro, huecos y es muy difícil de transitar-. Se notaba su frustración y tristeza.
-Esta vía nos afecta a todos nosotros y también a la economía. dependíamos de esta carretera para transportar los productos hacia Bogotá. La falta de mantenimiento afecta a los pequeños productores que viven por aquí-.
Al continuar con el camino, me llamó mucho la atención un letrero que decía “El Charquito”, un centro poblado del corregimiento Norte del municipio de Soacha. Se veían pasar algunos ciclistas que subían por ahí hacia los miradores, para luego devolverse. Al pasar, las llantas de los camiones y buses rozaban con las tumbas que se encontraban al filo de la carretera. Era abrumador. Al otro lado de la carretera, en medio del abismo de la montaña, había una fábrica abandonada, sola y aterradora, con una arquitectura bastante europea. Pero el color blanco, unos metros más adelante, dirigió mi vista hacia algo que parecía ser un castillo. Minutos después supe que era un museo, la Casa Museo Tequendama. Ha sido cerrada y restaurada debido a la contaminación del río Bogotá, y según lo que me contaron a su alrededor giran muchas historias conspirativas.
Un poco antes de llegar a Bogotá, me sorprendí con la iluminación de diferentes colores que estaba frente a mí. Nunca había visto algo así, y no porque no hubiera estado en cementerios, sino porque en este era común caminar por el andén y pasar justo al lado de las tumbas. Podías verlas todas, sin nada que obstruyera la vista. Eran infinitas y estaban al alcance de todos. Las flores, las decoraciones, y aquellas tumbas que no tenían ningún adorno eran visibles para cualquiera que pasara a tomar el bus, afanado, corriendo, escuchando música o simplemente llevado por la prisa. Si te detenías a observar, incluso podías leer los nombres. Era ver a las personas caminar sobre la muerte, sin ningún respeto y con la cotidianidad más normal que he contemplado. Fue impactante.
La decadencia de la vía Mesitas es más que una carretera olvidada. Es el reflejo de cómo una comunidad puede quedar atrapada en el tiempo, sin acceso a las promesas de mejora. Al final del trayecto, me di cuenta de que no solo había recorrido kilómetros de asfalto roto y puentes tambaleantes, escuelas en decadencia y canchas tapadas por el pasto, sino también los restos de un vínculo roto entre la capital y los suburbios. Al mirar todo lo que recorrí, comprendí que el olvido de la vía Mesitas no era solo el de una carretera, sino el de muchos pueblitos que quedaron al margen del desarrollo. Son un reflejo de tantos que existen en Colombia. El olvido de estos se manifiesta en forma de caminos rotos y voces que, poco a poco, se vuelven inexistentes. Si te detienes a observar veras aquello que es olvidado.
