Facultad de Comunicación Social - Periodismo

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Vistiendo el dolor ajeno

¿Es el homeless chic rebeldía auténtica o una cruel banalización del dolor?

Editado por: Juliana Sofía Guevara Borbón

Reportaje realizado para la clase de Taller de géneros periodísticos (Cuarto semestre – 2025 II), bajo la supervisión del profesor Fernando Adrián Cárdenas Hernández.

En Bogotá, sudaderas rotas y zapatillas gastadas se vuelven moda entre jóvenes que nunca han pisado la calle con hambre. ¿Es el homeless chic una forma de expresión o un disfraz que banaliza un sufrimiento real? 

Caminaba por la pasarela como quien cruza una estación de tren abandonada, envuelto en capas que parecían recogidas al azar y con una mirada que nunca le perteneció perdida en el horizonte. Una chaqueta atada al cuello como si se hubiera vestido huyendo, un abrigo verde de cuero que brillaba, como si no supiera que está mal estar limpio cuando finges estar sucio. El pantalón colgaba de lo ancho que era, arrastrando sus costuras. En la mano no llevaba un bolso, sino una bolsa plástica inflada, con tipografías industriales que gritaban “concepto”, donde debían gritar “supervivencia”. El gorro ajustado y el pasamontaña asomado bajo la capucha completaban el disfraz. Era un simulacro de calle sin calle, y de pobreza sin hambre. El público observaba desde la primera fila en silencio, confundiendo ironía con innovación. En ese desfile, la indigencia no olía a frío ni a abandono. Olía a privilegio. 

Esta escena ilustra el fenómeno denominado “homeless chic”, una corriente de moda que busca romantizar el estilo de los habitantes de calle. Mezcla tendencias como pantalones rasgados y prendas grandes que parecen recogidas de una acera. En Colombia, más que una estética adoptada por los jóvenes de la generación Z, refleja una contradicción social en la que, mientras miles viven en pobreza real, otros la vuelven un símbolo de autenticidad y estilo. Una moda que capitaliza el sufrimiento sin cuestionarlo. 

“La gente miraba con desdén y con desprecio creyendo que se les iba a robar – explica Edwin Fontalvo, un hombre de 62 años que cayó en la indigencia cuando tenía 45 años y que estuvo en las calles bogotanas durante cinco años -. La ropa que usaba en los momentos de indigencia era un objeto de curiosidad por parte de las personas”. Hoy, esa misma ropa rota y sucia que él usaba por necesidad, es imitada por quienes gozan de privilegio, siendo aplaudida por una sociedad que se apropia de un estilo, pero no de la realidad que lo genera. 

El homeless chic en Colombia no solo minimiza la pobreza, también revela cómo ciertos sectores económicamente estables adoptan referencias de marginalidad. Esta moda convierte la exclusión en un accesorio, reforzando desigualdades al transformar el sufrimiento ajeno en un estilo. Se trata de un consumo simbólico por parte de quienes se apropian de estos signos sin sufrir sus consecuencias reales, como explica la socióloga Karen Bettez Halnon en la revista Current Sociology. “La pobreza se vuelve recreativa y estilizada”. 

En el contexto colombiano, la estética urbana alternativa ha experimentado un crecimiento notable en los últimos años. Según un informe de 2025 de Perspectivas de moda, el 68 % de los jóvenes de la Generación Z optan por prendas holgadas, como pantalones anchos y camisetas amplias, debido a que ofrecen comodidad, libertad de movimiento y una forma de expresión que desafía los estereotipos tradicionales de belleza y género. Esta inclinación hacia lo cómodo y urbano está profundamente ligada al auge del streetwear y homeless chic como un lenguaje visual de autenticidad y rebeldía. Así, la línea entre expresión y apropiación se difumina bajo este impulso por acoger una “autenticidad urbana”. 

Edwin, quien cayó en la indigencia hace 17 años, ejemplifica una realidad que, según el DANE, afecta a más de 6.000 personas en al menos 444 municipios de Colombia, muchas de ellas por más de cinco años. Por eso, no se trata de una narrativa neutra. Esta tendencia pone en tensión la capacidad de las instituciones y medios para comunicar y atender las problemáticas sociales reales. La indigencia es un problema estructural que exige acción concreta, no un escenario para construir marcas o inspirar editoriales con fines lucrativos. 

El riesgo de esta estética radica en convertir la precariedad en un ideal deseable. Como señala la columnista de moda Migdalis Pérez en su blog, si una persona pobre usa ropa rota, se le considera desaliñada; pero si una marca de lujo lo imita, es considerada vanguardista, valorándose por su imagen y diseño. Un ejemplo de esta contradicción fue el caso de Balenciaga y sus “Paris Sneakers”, unos zapatos diseñados para parecer ultra gastados, vendidos por aproximadamente 1.850 dólares. La reacción incluyó campañas como la de The Salvation Army, titulada “Truly Destroyed”, en la que mostraban calzado realmente deteriorado por habitantes de calle, vendiéndolo por apenas 2.17 dólares.  

“Ver marcas de lujo vendiendo tenis rotos a miles de dólares o bolsos que imitan bolsas plásticas de mercado es la prueba más cínica de cómo la moda puede trivializar el sufrimiento humano”, enfatizó el crítico y diseñador de moda de alta costura Alejandro Mastrángelo. Para él, apropiarse de símbolos de escasez y convertirlos en objetos de deseo no representa una expresión artística, sino una forma de explotación que revela una desconexión total entre la industria y las realidades sociales que toman por inspiración. “Lo pensé entonces y lo pienso ahora: eso no es creatividad, es explotación estética de la miseria”. 

La cuestión central, más allá de ser superficial, es política. ¿Quién se beneficia realmente de representar el sufrimiento? A nivel nacional, el streetwear ha surgido como plataforma cultural que impulsa el homeless chic, con marcas como Undergold, True y Monastery, reconocidas local y globalmente por su estética urbana disruptiva. Por ejemplo, Undergold exporta cerca del 20% de sus diseños a Estados Unidos y Puerto Rico. Estas cifras muestran ganancias y crecimiento, pero también plantean una pregunta ética fundamental, ¿quiénes son representados y quiénes reciben una verdadera retribución? 

El problema surge cuando esta estética, que nace de contextos de precariedad, se comercializa sin incluir a quienes realmente las inspiran. Las marcas se lucran apropiándose de estos lenguajes visuales de habitantes de calle, jóvenes vulnerables o barrios periféricos. Mientras esas mismas comunidades no participan en la creación ni reciben ningún beneficio. Este vacío ético revela una insensibilidad profunda en la que la moda se viste con el sufrimiento, pero no lo escucha o dignifica. 

“El sistema siempre encuentra la manera de absorber lo subversivo y venderlo como producto – señaló Mastrángelo sobre la capitalización de la pobreza – lo inevitable es que el capitalismo termina domesticando la rebeldía”, esta reflexión evidencia cómo la moda urbana, que nació como un grito de resistencia e identidad, termina siendo mercantilizada.

El homeless chic no es solo una moda, es un espejo roto que se prefiere no mirar.  En sus costuras rotas no hay solo estilo, hay silencios. En el territorio colombiano, la calle es hogar para muchos y escenario para pocos, vestir lo marginal como tendencia se vuelve una paradoja cruel.  Las calles se llenan de personas vistiendo de ruina mientras ignoran el derrumbe. Juegan a la escasez desde el confort. Tal vez, lo estético ha reemplazado lo ético. Tal vez urge preguntarse si al disfrazar el dolor con actitud, se construye una crítica o simplemente una fachada. ¿Realmente quienes la usan eligieron ser parte del cambio o simplemente siguen la corriente de una moda vacía de contenido?