Una sociedad en busca de la felicidad
Vivimos buscando la felicidad y obviamos los matices que la misma palabra y el contexto traen consigo.
Editado por: Juliana Sofia Guevara Borbon
Crónica realizada para la clase de Taller de géneros periodísticos, (Cuarto semestre – 2025 ll), bajo la supervisión de la profesora Estefanía Fajardo de la Espriella.
La vida es un parpadeo donde la meta es ser feliz, al menos así yo lo veo. Nos preocupamos por estupideces y olvidamos que al morir solo llevamos lo que disfrutamos. – Canserbero
Mientras camino hacia el Palacio San Francisco, en el centro de Bogotá, escucho en mis oídos la pregunta amplificada de Canserbero —¿y la felicidad qué?—, la canto bajito mientras entro a la parada principal de la Bienal, esta exposición que irrumpe en la cotidianidad de la ciudad, llenándola de obras disruptivas que habitan las calles y los centros de memoria y justicia. Veo el palacio arreglado, como si le hubieran puesto curas en las grietas de la pared, como quien intenta con el arte disipar la violencia; hay muchas obras, veo rebelión, música, analogías, paradojas, una bandera de humo blanco en la pantalla de un cubo gigante, es lo que más llama la atención de quienes entran al lugar.
Yo camino, los veo tomarse fotos y me cuestiono como lo hace “el Can” —y la felicidad qué— todos se ven sonrientes en sus fotos, pero ¿son realmente felices? Esta pregunta me persigue en mis pensamientos, pues el tema de esta gran exposición es la felicidad, quedan pocos segundos de canción, y de pronto, se plasma físicamente como una casualidad de esas que da la vida, por medio de un cartel blanco con letras negras que decía, ¿es usted feliz?

Es un espacio con dos cuartos pequeños. En el primero, un gran cartel con un hombre en una silla, es una foto amplificada a blanco y negro; en la mitad, se encuentra un televisor antiguo, apago la música y escucho la estática que tanto los caracteriza, en su imagen se muestra lo que intuyo es una entrevista; una voz gruesa le pregunta a una mujer, “¿es usted feliz?”, inmediatamente le dice “bueno depende de qué entienda usted por ser feliz”.
El artista Alfredo Jaar en 1981 —según la ficha técnica de la puerta— creó ‘Estudios Sobre la Felicidad’, una de sus primeras obras en el espacio público. Su proyecto consistió en la instalación de vallas publicitarias en distintas partes de Santiago de Chile, Chile, con una sola pregunta, ¿Es usted feliz?, adquirió un profundo poder político y filosófico, pues era una época de violencia bajo la dictadura militar de Pinochet, entonces la felicidad era casi un gesto de resistencia.
En el segundo cuarto, había una recopilación de fotos de los lugares donde estuvieron estos carteles, la pregunta retumba en cada una de las tomas.
Hoy, más de cuarenta años después, esta cuestión resuena diferente en Bogotá, pero con la misma urgencia. ¿Cómo responder a esto en un país en el que asesinan mujeres cada día y en el que los datos oficiales ya cuentan 564 feminicidios en lo que va del 2025? Soy mujer y, tal vez la violencia, el miedo constante y la represión no me permiten responder si soy feliz.
Esta cuestión no solo me hace pensar en el riesgo constante de ser mujer, también pienso en el campo, en la reclusión forzada —a menores y mayores— por parte de los grupos armados, en los asesinatos a líderes sociales, en las bombas, en el palacio de justicia aquella vez que fue tomado por el M-19; no estamos muy alejados actualmente de esa época, —en realidad nunca lo hemos estado—. Recuerdo nuevamente el objetivo de Jaar con su obra y lo comparo con el impacto de la Bienal en la capital; irrumpe en una ciudad que carga con el peso de su propia historia, lo hace con un tema que parece común pero que termina alterando la monotonía —la felicidad—. Como si el arte le diera una ola de oxígeno a los pulmones en medio una nube de humo, para decirnos que preguntarse por la felicidad es una forma de revolución.
Me quedo frente al cartel unos minutos más, como si esas tres palabras significaran algo que va más allá de lo literal. No es casualidad que después de verla me descubra pensando en las veces que he creído que la felicidad es una meta, una especie de trofeo al que se llega si se cumplen ciertos pasos. La psicología positiva dice que la felicidad puede medirse en escalas. Colombia alguna vez salió como uno de los países más felices con un puntaje de 8,2 sobre 10 en una encuesta del Departamento Nacional de Planeación (DNP), y el World Happiness Report nos ha puesto en distintos lugares del ranking, del 36 al 66 según el año, como si la alegría pudiera compararse entre países sin tener en cuenta sus contextos más profundos. Hay estudios como la Satisfaction With Life Scale que miden qué tan conformes estamos con nuestra vida en más de 60 países, pero yo sigo sin estar segura de que la felicidad que siento —o que no siento— pueda resumirse en un número.
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La siguiente parada de mi recorrido fue una habitación a la que se tiene que entrar sin zapatos, ya que el piso está lleno de libros, el tema principal de estos es el positivismo y la felicidad como meta. Es inevitable pensar en esa obsesión por “ser feliz”. Desde pequeña, en mi casa era mal vista la tristeza; crecí con la constante idea de sonreír, de minimizar el dolor, de creer que si estaba triste debía repetirme que “no era para tanto” y no debía “hacer show” por nada. Esa misma lógica se repite, actualmente nos enfrentamos a la exigencia de sonreír aunque duela, de tapar el malestar con frases motivacionales impresas en tazas, con canciones diseñadas para sonar alegres, aunque no siempre lo sean. Pienso en la positividad tóxica como esa cárcel invisible que nos obliga a ocultar lo que sentimos de verdad, porque estar mal parece un fracaso personal. Y mientras tanto, las playlists de “música feliz” repiten que todo está bien, que la vida es ligera, como si se pudiera silenciar el dolor con un coro que no se deja de repetir.
La música es un fuerte impulsador de emociones, conecto nuevamente con Canserbero cuyas canciones traspasan la idea de rimar bonito. Vuelvo a escuchar “y la felicidad qué” y pienso en lo fácil que es poner en las plataformas de música canciones que hablan de amor perfecto, de fiestas interminables, de un “todo está bien, o lo estará” que casi nunca es cierto. “El Can”, en cambio, se atreve a decir lo que se evita oír o aceptar, que hay muertes todos los días, que hay dolor, que hay desigualdad. Y en ese contraste, me pregunto si no nos hemos acostumbrado a maquillar la tristeza con “música feliz”, a ponerle ritmo bailable a un país roto —como en tantos ritmos salseros con letras tan tristes—. Tal vez, por eso resuena tanto aquí, en medio de la Bienal, rodeada de obras que también me empujan a ver lo que está un poco en incognito, la violencia, la pérdida, las preguntas sin respuesta.
Esa pregunta del ”Can” me resuena en la en la cabeza, y pienso que no es solo la música la que insiste en recordarnos lo que duele. No puedo evitar pensar en la película ‘Un Poeta’de Juan Zapata, en la que el protagonista, Óscar Restrepo pierde el éxito que algún día logró en la escritura y empieza a sobrevivir a expensas de su madre. Ahí, la tristeza no es un algo momentáneo; sino una forma de existir, un peso que acompaña cada día. Esto desmonta aquel mito romántico que dice que el artista vive del sufrimiento como si fuera combustible, y nos muestra algo mucho más real, la precariedad, el fracaso, la soledad. Al verla, el interrogante no es si el personaje es feliz; sino cómo sigue en pie. Y entonces la obra de Jaar, el cartel que me mira desde la pared, me cae como un balde de agua fría “¿es usted feliz?” Tal vez la verdadera pregunta debería ser otra, ¿usted también vive en una profunda tristeza? —como dice Óscar —, o tal vez soy solo yo quien no puede ver un mundo feliz en medio del caos de la vida misma.
Más que obtener una respuesta, lo valioso es la pregunta: ¿es posible hablar de felicidad en medio de un contexto alejado de lo idílico? Aquí se abre ese debate desde el arte, recordándonos que pensar en la felicidad no es una evasión, sino una forma de afrontar nuestra realidad, de nombrar lo que duele y de imaginar cómo podría ser distinto.


