Facultad de Comunicación Social - Periodismo

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“Mi enfermedad era servir”

La lucha de un artista contra la injusticia.

Editado por: Juliana Sofía Guevara Borbón

Entrevista realizada para la clase de Introducción al lenguaje periodístico (Tercer semestre – 2024 II), bajo la supervisión de la profesora Estefanía Fajardo de la Espriella.

Cuando Carlos Mario Cruz vivía en el basurero Doña Juana, dormía en apenas un pedazo de silla de un carro; su alimento eran las sopas preparadas con agua lluvia, momento difícil claro está. Sin embargo, este fue el lugar que hizo que descubriera su amor por el arte. Un pedazo de madera y una cuchara fueron los elementos que lo introdujeron al tallado de este material. Carlos vive en Bosa, en el barrio Islandia Segundo Sector. Su apartamento es un espacio pequeño, con dos habitaciones para él y su hija, una cocina y un comedor. En todo caso, lo que resalta de su hogar es la repisa -que tiene el mismo alto del apartamento- donde guarda alrededor de 70 figuras de madera, su mayor tesoro. Carlos habla con parsimonia, se mueve lentamente mientras nos ofrece dos sillas para el desarrollo de esta entrevista. El tallado de madera no se limita solamente a las figuras de su pared, sino también a todo lo que decora el espacio donde vive. Los adornos del baño, la puerta y cabecera de su cama están hechas con sus propias manos, su casa es un reflejo de él mismo. “Yo me entrego con alma a una obra. Porque no es solo una historia, es lo que he vivido, es lo que he tenido que afrontar y ojalá que yo no necesite llegar con miles de personas a romper vidrio, sino protestar con mi arte”. 

El ámbito social siempre ha sido muy importante para Carlos, tanto así que en el año 2004 abrió una fundación que recibía el nombre de “Fundación Social y Cultural Manos Libres”. Carlos perdió a sus tres hijos de una manera muy dolorosa. Ese momento lo llevó a ver las difíciles situaciones que atravesaban los niños del barrio. Así empezó su labor social en la fundación.  

“Yo les enfocaba lo que es la cuestión del arte, aunque lo hacía empíricamente. Nunca estudié arte por las mismas situaciones anteriores en mi vida, por eso me entregué al servicio social. Aquí hice varios proyectos y gané varios concursos en la localidad”. El arte y ayudar a la comunidad son las cosas que más apasionan a Carlos. Para él, la basura no existe; se reinventa y se recupera de diferentes formas. Muchas veces sale con su bicicleta y empieza a recoger madera, cartón, sobrantes de camas, etc. Estos materiales los lleva de regreso a su casa o, como él le dice, la clínica. “La naturaleza necesita ayuda, como nosotros cuando nos enfermamos… me los llevo para la clínica. La cuestión es que empecé a pensar en que aquí tenía que crear un lugar para recuperar las cosas”. 

Carlos es consciente de su tiempo en la tierra, por eso decide aprovecharlo ayudando a otros. Sin embargo, reflexiona sobre lo fugaz que pasa la vida y cómo esto genera bien y mal. “Dentro de todo lo que he estado viendo yo… el ser humano es la única raza que sabe que va a morir. Por eso existe el mal y el bien. Pero donde más existe el mal es en el eje fundamental de una sociedad, la familia”. Para Carlos su familia era su ex pareja, cuyo nombre nunca salió de su boca durante el tiempo que compartimos con él. Precisamente aquella persona que consideraba su lugar seguro fue la que hizo que sus sueños se convirtieran en pesadillas.  

La interdicción (proceso legal que fue eliminado por la ley 1996 de 2019) sustraía de manera total la capacidad de decisión de la persona sujeta a este estado. Ello quiere decir que una persona que se encontraba bajo interdicción no podía tomar decisiones relevantes para su vida, como firmar contratos, tener cuenta bancaria, casarse, aceptar procedimientos médicos, entre otras. En ese orden de ideas, sería un tercero quien asumiera por completo los designios de la vida del afectado.  

En junio de 2018, el Juzgado 12 de Familia declara a Carlos como persona interdicta. Esta determinación fue tomada con base en un diagnóstico de esquizofrenia leve dictado por la EPS Famisanar. Una persona en ese estado puede ser capaz de desarrollar una vida en sociedad plena, pero, para tal fin, es necesario el consumo de medicamentos por parte de la persona diagnosticada. La expareja de Carlos era la encargada de comprarlos y suministrárselos, pero ella se aprovechó de esta situación. “Yo estaba dopado, por decirlo así, y yo era el que me encargaba de las cosas de la casa. Yo era el que cocinaba, el que cuando ella llegaba ya tenía que estar la comida prácticamente en la mesa, precisamente porque la cuestión del medicamento es disminuir las habilidades de la persona, entonces había momentos en que sentía miedos, temores por ella”, cuenta nuestro protagonista con una voz suave y con sus ojos fijos en nosotros. Ella hacía todo esto como una manera de reducir y controlar a Carlos, sabiendo que, si lo mantenía en ese estado, iba a ser esa tercera persona que controlara aquello que él había obtenido con tanto esfuerzo durante su vida. “Su habilidad fue sagaz para utilizar esa forma de que estuviera impedido y así tener vulnerabilidad. Es decir, los medicamentos no llevaban como a una salud, sino a una debilidad”.  

Carlos sabe que fue la avaricia lo que llevó a una persona que tanto apreciaba a convertirse en aquella que le arrebataría todo. El juez del caso designó, como tutor legal, a su hijo Edward, esto significaba que su antigua compañera sentimental no iba a ser la responsable del manejo de todos sus bienes. “Desde ahí se desgarró profundamente la violencia contra mí. Una de las principales represalias que tomó su expareja fue la de sacarlo de su propia casa cambiando las chapas de la puerta. Además de esto, realizó una simulación de venta del inmueble (ya que el pago jamás fue realizado) que está aún pendiente de ser invalidada por el Juzgado. Carlos solo pudo regresar a su residencia como medida de protección. “La cuestión es que el Juzgado Cuarto fue el que ordenó que yo regresara a mi lugar de residencia porque la víctima no era ella, la víctima era yo”. 

Fue un momento bastante difícil para él, su voz temblorosa y sus manos sudorosas nos hizo darnos cuenta de ello. Poco a poco se iba perdiendo en sí mismo, perdiéndose en sus pensamientos y miedos, perdiéndose en el llanto. “No tengo paz, no porque haya cometido un delito, sino porque lo cometieron contra mí. Eso es lo que más me duele”. Además de los problemas ya existentes, Carlos siente que sus enemigos están por todos lados. Su expareja logró convencer a los habitantes del sector de que era un enfermo mental peligroso. “A todos los vecinos les dijo que yo era interdicto, que tuvieran mucho cuidado. De hecho, durante más de ocho o nueve años, he tenido que vivir con aquellos que me ven como un enemigo”. El mayor daño que le hicieron no fue material, no fue a sus obras, ni siquiera los vidrios de la casa que sus vecinos rompieron. La parte que quedó más afectada fue su psique. 

En la mente nada se borra, y los recuerdos vuelven a él constantemente. Carlos todavía lucha por encontrar paz mental, lo desea con ansias. Acude y habla con psicólogos cada tres meses para llegar a poseer esa tranquilidad. “En estos momentos ustedes son mi medicina, les digo. Ellos se ríen, pero quiero tener paz mental. No quiero más medicamentos, quiero paz”. Además de esto, reflexiona sobre la venganza y la posibilidad que ha tenido de realizarla. “¿Qué pasó conmigo? Si yo tengo más fuerza que una mujer, ¿por qué no me defendí? ¿Por qué no me vengué? Y una de las cosas que más me limita es la herencia que me dejó mi madre, la sensibilidad. ¿Cómo puede un sensible ser violento?” Esta característica ha estado presente en él desde que era pequeño, dice que la sensibilidad lo ha convertido en una persona vulnerable que lo hace propenso a la injusticia. Sabiendo que es mucho más que eso, encuentra tranquilidad en su vida al tener la certeza de que nunca usará contra otros las mismas herramientas que alguna vez usaron contra él.  

El proceso para recuperar su vida ha sido largo y, a pesar de haber sido levantada su condición de interdicción en el año 2024, no ve un final cercano. Las heridas psicológicas no serán curadas con una sentencia, seguramente tampoco lo hará una indemnización. Al preguntarle por lo que quiere hacer cuando todo esto termine, no puede evitar romper en llanto por un momento; un llanto silencioso, pero que deja ver la ilusión que le haría volver a vivir una vida plena. “Quiero salir corriendo de aquí, me quiero ir para la naturaleza porque ella no me hace daño. El ser humano sí”. Busca la naturaleza para reconectar consigo mismo, para recuperarse del daño sufrido, busca que esta lo sane.

En este camino, Carlos ha perdido muchas cosas, pero logra olvidar por un momento sus heridas cuando le preguntamos acerca del arte y las obras que ha realizado de la mano de la naturaleza y que con orgullo expone en una vitrina de su hogar. “El arte para mí ha sido el medicamento esencial. O sea, todos esos medicamentos que me daban, lo que hacían era enfermarme”. Obras como “Inobservancia” o “Yo también soy víctima” nos demostraban que se entregaba, como él mismo lo decía, en cuerpo y alma a ellas. No eran simples obras, era su manera de protestar ante tantas injusticias que le ha tocado ver y vivir. Cada una de las obras de Carlos Cruz lleva una parte de él, de sus heridas y sus alegrías, hablan sobre la injusticia y la superación. Pero al final, todas hablan acerca de él. Tiene en mente exponer 100 de sus obras para poder mostrarle a la gente realidades que muchas veces ven y evitan o, simplemente, minimizan. Lograr generar un impacto en las personas que las observen. Tal vez no lo haga explícito, pero en el fondo es consciente que realizar tal exposición implica abrirse al mundo. A quien sea que tenga la suerte de cruzarse con una de ellas, él quiere mostrarle no solo su habilidad para el tallado de madera, sino también su terapia; su recuperación. Después de todo esto donarlas, entregarlas al mundo. 

Carlos ha recorrido un camino marcado por la pérdida, la injusticia y el dolor, pero también por la resiliencia y el arte. Su historia de vida no es solo la de un hombre que talló obras en madera para expresarse, sino la de alguien que con cada obra que ha realizado, busca reencontrarse a sí mismo. Su mayor anhelo es que su legado trascienda, que sus obras hablen cuando su boca ya no lo haga. “Lo que más me duele a mí, honestamente, es que pudieran crear esa imaginación de enfermo mental. ¿Cómo? Si mi enfermedad era servir”. Dice con nostalgia mientras acaricia las obras que están en su repisa. Lo cierto es que, en una sociedad que tantas veces lo silenció y golpeó, es en sus obras donde Carlos Mario Cruz ha encontrado su voz.