La nostalgia como escuela para la vida
La nostalgia no es solo un suspiro por lo perdido: es una maestra silenciosa.
Editado por: Juliana Sofía Guevara Borbón
Entrevista realizada para la clase de Práctica investigativa, (Séptimo semestre – 2025 II), bajo la supervisión de la profesora María Catalina Cruz González.
La nostalgia, más que un acto de melancolía es un puente que conecta el presente con las vivencias del pasado. Es en ese ejercicio de memoria donde podemos comprender cómo las experiencias del pasado moldean la identidad del individuo en el presente. A través de este diálogo, nos adentramos en el universo de Efraín Collazos, un hombre que ha navegado entre los rigores de la seguridad y el anhelo del conocimiento.
Originario de Bogotá y nacido en el año de 1972, Efraín creció en una década que ha quedado guardada en la memoria colectiva como una bisagra cultural; los años ochenta. Con una carrera de más de 17 años en el extinto Departamento Administrativo de Seguridad, D.A.S. y, una década adicional en Migración Colombia, su visión de la vida está marcada por la disciplina, la observación y el análisis. Sin embargo, su faceta actual como estudiante de administración de empresas revela una búsqueda constante de crecimiento y adaptabilidad.
Esta entrevista es una exploración de su adolescencia, un periodo que, a pesar de las sombras de una época turbulenta en el país, él recuerda con calidez y profunda reflexión. Abordaremos temas que van desde la cotidianidad más simple hasta el impacto de los sucesos sociopolíticos que definieron su juventud. El propósito es desentrañar no solo los recuerdos, sino también el significado y peso de estos hoy en día, entendiendo la nostalgia como una herramienta que actúa para entender su propia historia.
¿Cómo describiría la vida cotidiana de su adolescencia en los años ochenta en comparación con la actualidad? ¿Qué era lo más distintivo del día a día en ese entonces?
— La vida era más simple, con menos tecnología (…) hoy en día hay interacción con muchas personas, pero solo por medios digitales, explica Efraín. Y esa simplicidad se traducía en una diversión que exigía creatividad y presencia física. — En la adolescencia de los ochenta la vida se sentía inherentemente más simple y tangible, una realidad que contrasta enormemente con el mundo digital de hoy. La interacción no se mediaba a través de pantallas, sino de compartir un espacio, donde los juegos de tradición, como el trompo y el yoyo, fomentaban la destreza y la conexión humana. “Para divertirnos, teníamos que salir a la calle, inventar, usar la creatividad.
— Teníamos que acudir a juegos más físicos, didácticos y creativos; los juegos no estaban contenidos en una pantalla. Lo que se ha perdido, según Efraín, es esa inmediatez de la risa compartida y del contacto real, reemplazada por una conexión digital superficial y, en muchos casos, solitaria.
Hablando de esos espacios de interacción, ¿qué lugares frecuentaba regularmente? ¿Qué recuerdos concretos tiene de su barrio, de las calles o de los salones comunales?
Para Efraín, uno de sus lugares más frecuentados, y que definía su rutina era el colegio. — Era el epicentro donde compartí la mayor parte del tiempo, y luego lo fueron las clases de Taekwondo que me ayudaron a canalizar mi energía y a adquirir disciplina. Pero el lugar más importante era sin duda el barrio.
Las calles y las canchas de microfútbol del sector eran verdaderos parques de diversiones. Eran momentos en los que verdaderamente se apropiaban de esos espacios. No era raro que los fines de semana las cuadras se cerraran para jugar partidos de “banquitas”. Estos encuentros no solo eran deportivos, sino que se convertían en eventos sociales. Las familias se reunían a mirar los partidos, a compartir, a ver cómo dejaban todo en la cancha.
Las fiestas, lejos de compararse con las discotecas actuales, se vivían en la intimidad y la mística de los salones comunales; lo que reinaba eran las «Cocacolas bailables». Eran fiestas en salones comunales donde había que pagar para entrar y que no duraban sino hasta antes de las ocho o nueve de la noche. Lugares donde el acto de oscurecer los vidrios con papel periódico creaba un ambiente de clandestinidad, cosa que hacía que esos lugares se sintieran exclusivos, donde “el sonido del casete regrabado y la oscuridad de las ventanas se han quedado grabados en mi memoria”. Afirma Efraín.
¿Qué música definía esa época para usted? ¿Hay alguna canción o artista en particular que, al escucharla hoy, lo transporte de inmediato a su adolescencia?
La música de los ochenta para Efraín era una mezcla insensata de baladas americanas y salsa brava; como “Angie” de The Rolling Stones u “Hotel California” de The Eagles, tenían una magia especial, melodías que se prestaban para la melancolía y el romance incipiente de la adolescencia. Aunque lo más significativo no era solo el género, sino el ritual de escucharla.
Poseer un reproductor Walkman de casete era un símbolo de estatus, y el proceso de regrabar canciones de la radio era un acto de dedicación. — Se escuchaba la estática, los anuncios, la voz del locutor y se valoraba cada canción grabada con ese esfuerzo, recuerda. Este proceso activo le daba a cada pista un valor personal, un esfuerzo invertido que se ha perdido en la inmediatez de plataformas como Spotify, YouTube, Apple Music, entre otras. Pero también estaba la salsa brava y la música de la Sonora Matancera. Eran géneros que sonaban en las fiestas de los adultos, en las verbenas populares y que nosotros también adoptábamos para bailar.
Además de la música, ¿qué programas de televisión o películas eran los más populares? ¿Cuál era la oferta de entretenimiento visual de los ochenta?
La televisión, en esa época, creaba una experiencia compartida que hoy es casi inexistente. Sin la abundancia de plataformas actuales, los hogares y los jóvenes colombianos se unían en torno a los mismos programas. Películas como La guerra de las galaxias también eran un fenómeno. — Recuerdo con mucho cariño ver programas de anime como Mazinger Z y el Capitán Centella; eran series con historias más complejas y con un toque futurista. (…) No teníamos la opción de ver lo que quisiéramos en cualquier momento, teníamos que sentarnos a la hora que el programa se transmitía y eso creaba una experiencia compartida, un tema de conversación en el colegio al día siguiente.
Series como Los Magníficos, MacGyver o El Auto Fantástico eran más que simple entretenimiento; eran fenómenos culturales, series con un toque de aventura, de acción, de héroes con habilidades extraordinarias. No existían los maratones, solo la paciente espera por el próximo episodio, una cadencia que fomentaba la anticipación y la conexión social.
¿Podría describir algunos de los juegos de su época? Para que un adolescente de hoy en día pueda entender la dinámica.
Los juegos de la calle no solo eran una forma de pasar el tiempo, sino una escuela de vida. Efraín describe cómo juegos como cinco huecos o tin tin corre corre. También el microfútbol y banquitas, juegos que requerían que se cerraran las calles del barrio y que enseñaban sobre camaradería y sana competencia, en los que se valoraba la interacción física y la capacidad de improvisar con lo que el entorno ofrecía.
Pero la joya era el trompo, que además de girar, tenía una serie de trucos que se practicaban sin cesar. Estaban las escondidas americanas que eran más agresivas que las tradicionales. Y luego había juegos muy de barrio, como rejo quemado que consistía en que una persona escondía un cinturón y después guiaba a los demás diciendo “caliente” o “frío” para que lo encontraran; y aquel que lo encontraba, corría tras los demás para darles correazos hasta que uno de ellos llegaba a una base segura. Era una mezcla de tensión y risas. Otro que nos hacía correr como locos era tintín corre, corre.
En cuanto a la moda, ¿qué estilos, ropa o peinados eran los más deseados? Y, ¿crees que las películas o la música influían en la forma de vestir o peinarse?
«La moda de esa época estaba muy influenciada por la época disco y las películas», afirma. También nos cuenta cómo se vivió la transición de los pantalones bota campana a los entubados, cómo el jean se volvió un clásico o el uso de chaquetas personalizadas con aplicaciones o parches; eran una manera de alinear la propia imagen con las tendencias que veían en íconos como John Travolta y Michael Jackson. Los peinados eran una declaración visual, predominaban los flecos, los mechones, los cortes tipo afro y aquellos con mucho volumen que ,a diario, reflejaban la energía y el espíritu de la época.
Finalmente, había un esfuerzo en la forma de vestir y de peinarse que era reflejo de la música que se escuchaba y las películas que se veían. La moda era una forma de pertenecer a una tribu, de expresar quién eras sin necesidad de decir una palabra.
La década de los ochenta en Colombia estuvo marcada por una gran agitación social y política. ¿Cómo vivían ese contexto social los jóvenes de su época? ¿Influyó de alguna manera en su adolescencia?
Efraín afirma que temas sociopolíticos no eran parte de la conversación diaria en su adolescencia debido a las limitaciones de acceso a medios e información masiva. — Sin embargo, temas como la muerte de candidatos presidenciales como Pizarro y Galán sí dejaron una huella muy profunda en las conciencias de la juventud de la época. No fue solo una noticia, sino un evento que sacó a Efraín y a su generación de la burbuja en la que vivían. Fue un despertar abrupto que los obligó a hacerse preguntas difíciles sobre la realidad de su país y la incertidumbre que los rodeaba.
— Sinceramente, los temas sociopolíticos eran menos influyentes en nuestra cotidianidad. No éramos jóvenes de mucha televisión, y menos si eran noticias.
¿Qué noticias o sucesos de los ochenta recuerda con mayor impacto en su vida, que lo marcaron personalmente?
Efraín recuerda tres eventos que lo marcaron de forma imborrable: “El terremoto de Popayán, ya que en esa ciudad vivía toda mi familia paterna”; el magnicidio de Luis Carlos Galán, un hecho que conmocionó a toda la sociedad; y los sucesos del M-19 en el Palacio de Justicia, la imagen del edificio en llamas quedó grabada en la memoria colectiva del país.
Estos eventos no fueron solo tragedias nacionales, sino momentos de profundo dolor y reflexión que cimentaron su conciencia sobre la violencia que se vivía en Colombia.
Cuando piensa en su adolescencia, ¿qué cosas siente que se han perdido con el paso del tiempo?
— Antes tocaba pelear para que los chicos entraran a la casa y ahora hay que pelear para que suelten el celular y salgan a la calle.
Con esto resume cómo se ha perdido la conexión con el entorno, la interacción física, la capacidad de improvisar con lo que se tiene a mano. En la actualidad, las personas a pesar de estar «conectadas», se han vuelto más solitarias, han perdido la capacidad de improvisar y encontrar la diversión fuera del mundo digital.
¿Qué elementos de esa época le generan más nostalgia hoy?
La nostalgia de Efraín no se centra en objetos, sino en las amistades y los rituales familiares. Lo que más añora son las reuniones familiares donde se formaban corrillos de primos y amigos para jugar, o simplemente estar juntos. — Recuerdo salir a la montaña a volar cometas o jugar en las calles frente a la casa de mi abuela, mientras las madres preparaban una buena merienda, y luego, todos juntos, rezábamos la novena sentados en el piso frente al pesebre. Cantábamos villancicos al son de maracas hechas con tapas de gaseosa.
Todos estos son pequeños momentos que, a lo mejor, no valoramos lo suficiente en su momento, pero que con el pasar del tiempo y la ausencia de las personas es donde empezamos realmente a valorar.
¿Qué cree que los adolescentes actuales no entenderían de cómo era ser joven en los ochenta?
— Los jóvenes de hoy no entenderían la paciencia y el esfuerzo que demandaba el día a día. Efraín menciona el acto de enviar un telegrama o de escribir una carta y esperar semanas por una respuesta. Pero nos dice que, más allá de eso, no comprenderíamos el ritual de «subir a la terraza y guiar la antena» mientras alguien más gritaba «¡déjela ahí!» para que la señal de televisión se estabilizara. “Tampoco entenderían que había que cargar monedas y buscar una cabina telefónica a tres cuadras para hacer una llamada, afirma.
Estos actos, que hoy parecen absurdos, eran parte de un proceso que enseñaba a valorar lo que se tenía y a esforzarse por conseguirlo, algo que se ha perdido en la cultura de la inmediatez. Definitivamente, eran tiempos que demandaban paciencia y esfuerzo, algo que hoy es casi impensable.
Si pudiera revivir un momento de su adolescencia, ¿cuál sería y por qué?
En lugar de elegir un momento de alegría, opta por revivir el periodo en el que «por andar de vago y perezoso perdí dos años de bachillerato»; explica que su deseo no es borrar el error, sino revivirlo para estar más concentrado, evitar problemas y ganar tiempo. Esta respuesta revela que su nostalgia no es un anhelo de volver, sino un reconocimiento de que el arrepentimiento y las lecciones aprendidas de sus errores son una parte esencial de la persona que es hoy.
¿Cree que la nostalgia lo ayuda a comprender quién es hoy en día?
Definitivamente, para Efraín, la nostalgia es una herramienta para reafirmar su identidad. Él ve sus recuerdos como la prueba de su resiliencia y convicción. — Recuerdo cómo, con 14 años y junto a mi hermano, empezamos a trabajar poniendo flores en un cementerio, lo que nos empezó a formar como hombres de bien, con berraquera. Sin miedo a enfrentar lo que fuera para ganarnos el pan sin hacerle daño a nadie.
La nostalgia no es solo un sentimiento de añoranza, es un recordatorio de la resiliencia que se construye a partir de las vivencias difíciles.
Para finalizar, ¿qué consejo le daría a un adolescente actual desde su experiencia en los años ochenta?
El consejo de Efraín es una llamada al equilibrio. Él valora los avances tecnológicos, pero advierte que «deben coexistir con la interacción real». Les aconseja poner reglas al uso del celular para poder disfrutar del «verde de las montañas, acampar con sus primos y familiares”, afirma. Su mensaje es que, si bien la tecnología facilita muchas cosas, el verdadero crecimiento y la comprensión del mundo se encuentran en la conexión con la naturaleza, con el trabajo de la tierra y con la valoración de los demás seres humanos. Es un llamado a crear un conciencia que él, en su juventud, cultivó fuera de la pantalla.
Que usen menos el celular y que aprendan a ensillar un caballo, a dormir en el campo, en una hamaca, a ordeñar una vaca o a recoger un grano de café, como lo hacen los campesinos para ganarse un plato de comida. Según él, eso nos enseñaría a valorar a los demás, a interactuar con la naturaleza y a crear conciencia para cuidar los recursos naturales. — Nosotros, que ya vamos llegando al quinto y sexto piso, tuvimos la oportunidad de vivir ambas realidades. Ellos y sus futuras generaciones van a tener que lidiar con problemas que nosotros apenas estamos vislumbrando. Mi consejo es que se conecten con lo tangible, con la naturaleza y con las personas.
A lo largo de esta conversación con Efraín Collazos, hemos recorrido una década que, a pesar de sus complejidades, se revela como un período de profunda formación personal. La adolescencia de Efraín en los años ochenta no estuvo marcada por la tecnología, sino por la tangible realidad de la calle, la presencialidad y la interacción cara a cara. Sus recuerdos sobre los juegos, la música regrabada de la radio y los encuentros en el salón comunal no son simples anécdotas, sino testimonios de una época en la que la paciencia, la creatividad y la conexión humana eran pilares fundamentales.
La nostalgia de Efraín no es una simple añoranza por un tiempo que ya pasó, sino una herramienta para la reflexión. A través de ella, comprende que las dificultades y los sacrificios de su juventud moldearon su carácter y su ética de trabajo. El trabajo en el cementerio, las lecciones aprendidas de sus errores académicos y el impacto de los sucesos sociopolíticos de la época son las bases de su construcción personal. Su vida es un ejemplo de cómo las experiencias pasadas, tanto las positivas como las negativas, se entrelazan para dar forma a la resiliencia y la perspectiva de un individuo.