Facultad de Comunicación Social - Periodismo

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Jugar contra el destino

John Jairo soñaba con ser futbolista, pero su destino fue el Ejercito Nacional. Una mina cambió su rumbó, pero su pasión por el fútbol y su deseo de ayudar a otros sobrevivió.

Editado por: Profesor Sergio Enrique Jiménez Salazar

Perfil realizado para la clase de Taller de géneros periodísticos, (Cuarto semestre – 2025 lI), bajo la supervisión del profesor Fernando Adrián Cárdenas Hernández.

Cada año en Colombia, más de 200 personas, entre militares y civiles, resultan heridas por minas antipersona y otros explosivos, especialmente en regiones como Norte de Santander, Cauca, Arauca, Antioquia y el Meta. En 2023, se registraron más de 110 amputaciones relacionadas con el conflicto. En ese país que sigue pisando riesgos invisibles, John Jairo Montero, exsoldado profesional amputado en 2008, es también un mapa de resiliencia a la vida para ayudar a otros a evitar lo que él no pudo. 

—Yo no sentí dolor al principio. Eso es lo que la gente nunca cree. Primero fue la luz, el estallido blanco, después el silencio… como si alguien me hubiera sumergido la cabeza en agua. Cuando intenté enderezarme, entendí que era un milagro seguir con vida en medio de la selva. Solo recuerdo la maleza moviéndose, mis compañeros gritando mi nombre, y yo pensando: “¿Será que aquí se acabó?” Pero no. La muerte me tocó, pero no me llevó con ella. 

Ahí, suspendido sobre la tierra húmeda de Sumapaz, John Jairo nunca creyó que empezaría a vivir su segunda vida. 

—¡John, despierta! Estamos a punto de llegar al helicóptero, ¡No te duermas! — Dijo una voz desesperada, pero conocida por John. Era su amigo Jaime del pelotón.    

Jaime nunca dudó ni un segundo en salvar la vida de John entre el barro y la maleza. Para llegar al área amplia y segura, cinco soldados tuvieron que caminar durante ocho horas cargando a su compañero caído con machete en mano para despejar el camino. En el fondo, John tenía la esperanza de que todo saliera bien.  

Antes del accidente, John era un joven apasionado por el fútbol. Su mayor sueño era jugar como arquero en la selección colombiana, pero lo rechazaron en el fútbol profesional por su “biotipo”, ese término que él todavía dice entre comillas imaginarias.

—Yo quería estudiar, quería cambiar mi vida, pero no había plata y me rechazaron en el fútbol por falta de requisitos —. Entre la falta de oportunidades y la tradición familiar militar, el Ejército se volvió su puerta más cercana. 

Sirvió en Cundinamarca, Meta, Huila. Recorrió trochas, páramos, puntos rojos del mapa. —Yo ya llevaba siete años de experiencia cuando caí —, como quien habla de un oficio que conocía de memoria… excepto por la explosión. 

John junto a su pelotón pasaron la primera mina sin activarla. Eso fue suerte porque había al menos seis minas activas. Sin embargo, John pisó la segunda mina, el sudor frío se sintió en su cuerpo. El miedo no fue su sensación inmediata, pero sí un vacío por lo que pudiera sucederles a sus compañeros si no se alejaban de allí pronto. John advirtió, y ellos sin pensarlo se alejaron hasta que escucharon el estallido junto al cacareo de las aves.   

Desde la camilla de ramas improvisada, escuchaba cómo sus compañeros abrieron un “aeropuerto” en plena selva para que un helicóptero pudiera sacarlo sin aterrizar. Los machetes, el ruido, ocho horas sosteniendo la vida con las manos. Era resiliente, pero aterradora la escena al volver al pasado e intentar respirar sabiendo que puedes desangrarte en cualquier momento. 

Pasaron los días y John despertó en el Batallón de Sanidad, y solo allí inició la guerra más larga. Él conocía su estado porque para eso entrenan a los soldados mentalmente en el batallón, pero de igual forma, una pérdida de esa magnitud requiere valentía y tiempo.  

Tres meses después, se percató que más de 300 soldados esperaban una prótesis, y el gobierno solo brindaba cuatro prótesis al mes. Él pasó nueve meses en muletas, siguiendo la misma rutina militar; duchas frías a las 4 a.m., filas eternas para el desayuno, camas altas que escalar con una pierna. 

Pero allí también ocurrió una de las primeras revelaciones. John vio soldados jugando fútbol con una sola pierna. En bastones. Y pensó: “¿cómo carajos lo hacen?”. Esa imagen le devolvió algo que él creyó perdido. Una chispa de esperanza para volver a jugar. Todo fue apenas un anticipo de lo que vendría. 

Foto tomada en el año 2010. John retomando su posición como arquero. 

Dos años más tarde, John conoció la fundación United For Colombia, que donó 125 prótesis cuando el Estado no podía responder. Él fue uno de los primeros en recibir la suya. Juan Pablo Rodríguez, integrante de la fundación, recuerda que United no solo entrega prótesis; entrega caminos nuevos. John es símbolo de lo que puede pasar cuando alguien recibe una segunda oportunidad.  

Con la prótesis volvió a caminar y, poco después, a correr. United lo llevó a carreras, lo retó a aumentar kilómetros, y en 2019 llegó a correr 42 kilómetros con un Play-Run donado por un soldado estadounidense. John cree que no volverá a correr 42 kilómetros… debido a que es durísimo, pero lo recuerda cada mañana con el orgullo de cumplirse a sí mismo.  

Entre cronómetros y sudor, ocurrió uno de los momentos más luminosos de su historia; cuando cargó sobre sus hombros a un niño de diez años, sin piernas, para ayudarlo a llegar a la meta en Medellín. 

—El niño corría un ratico y se cansaba. Entonces lo levanté. Después otros corredores se turnaron. Fue hermoso. Era mostrar que sí se puede.  

Foto tomada en el año 2019. Recorriendo la carrera en Medellín.

En su barrio, es el fútbol lo que lo vuelve leyenda. Juega con una prótesis personalizada de Millonarios, azul brillante, que los niños tocan como si fuera mágica. 

Pero su vida no se quedó en la cancha. Hoy John trabaja en Spirit Soccer, enseñando Educación en el Riesgo de Minas (ERM) en lugares donde los niños ven explosivos en los caminos de su rutina. 

—Es que un niño debería asustarse por un examen, no por una mina.

Foto tomada en el año 2025. Programa de prevención de minas antipersonas. 

Ha estado en Caloto, Miranda, Mesetas, Mapiripán, El Tarra… territorios donde la guerra persiste, aunque no haga ruido en las ciudades. John les enseña a cientos de niños a identificar riesgos, a no tocar, a alejarse, a comunicarse. A sobrevivir. 

En el parque, John se ríe y toca su prótesis azul. —Esta ya es como parte mía. Y si se parte, la arreglo con pegamento. No dejo de jugar .  

John sobrevivió a la muerte, sí, pero también sobrevivió a la tristeza, al abandono estatal, al silencio que deja la guerra. Y hoy corre, entrena, enseña, como si cada paso fuera un recordatorio de que la vida también puede colapsar el día menos pensado, pero puede ser el inicio de un comienzo inimaginable.  

Foto tomada en el año 2025. John jugando con niños en Mapiripán.