EL SILENCIO ENTRE LAS PAREDES
No buscaba comprar mangos ni desayunar tamal, sino entender por qué ese lugar, tan lleno de vida, también olía tanto a olvido.
Editado por: Juliana Sofía Guevara Borbón
Crónica realizada para la clase de Escritura creativa, (Cuarto semestre – 2025 ll), bajo la supervisión de la profesora Maria Luna Mendoza.
En las mañanas soleadas, ardientes, pesadas, heladas o lluviosas, recuerdo que desde los cuatro años me levantaba a dibujar cosas que llamaban mi atención, como las artesanías por sus colores vivaces y frutas por sus perfectas pero distintas curvaturas. No quería que el mundo que conocía se quedara atrapado en mi memoria, sino que deseaba que se expandiera a través del color.
En la mesa de la sala, como quien hace planas, yo pintaba con acuarelas, colores, marcadores o acrílicos, mientras escuchaba a mamá gritarle a papá desde la cocina. “¡El mercado en la casa nunca puede faltar!”, y él, furioso porque no tenía ni un peso, buscaba prestado para que mamá no estuviera con cara de ogro toda la semana o no dijera que con un hombre como él está aguantando hambre. Papá siempre ha intentado buscar los recursos necesarios para que en la casa no nos falte nada pero, a veces, dolía más ver cómo trabajaba hasta el cansancio que observar la nevera vacía.
Papá siempre me ha dicho “vamos , Sarita, ayúdeme así sea cargando los huevos y le gasto el mango que tanto le gusta”. Yo, dichosa al conocer mi recompensa, lo acompañaba a todas las plazas de mercado para que luego mamá me hiciera un jugo cremoso de mango que solo ella sabe hacer.
Cada quince días, íbamos a Ibagué sin falta; allí creció mi mamá y nací yo. En esta ciudad, mi mamá tiene su apartamento y mi papá sus negocios como comerciante independiente. Cada que íbamos, mi papá aprovechaba para hacer mercado en la plaza ‘La 21’ de Ibagué, allí ya nos conocen y nos dejan más barato el pescado, la fruta, las hierbas, los insulsos, los tamales y la verdura.
Hay muchas cosas en la plaza ‘La 21’. Una casa abandonada de tres pisos en la que se encuentra el 45% del comercio de la plaza, un parqueadero en el que la hora cuesta tres mil pesos, una comisaría en la que nunca hay policías, una droguería por cada esquina de la cuadra, un café frente a la pescadería, tres cuadras de solo carnicerías, sangre con agua que recorre los andenes, una virgen que permanece limpia, camiones cargados de papa y yuca bloqueando las calles, un salón de belleza sin luz, patas de res colgando en la entrada de los locales para la buena suerte, gallinas y gallos caminando por la plaza sin dueño que los vigile, hombres con la peinilla colgando de su cintura, chulos observando desde lo alto de las casas, mujeres sin sombrilla ni gorra vendiendo sus menesteres; y personas que avientan miradas penetrantes mientras tienen en su mano diestra un cuchillo.
Tantas cosas, para muchos macabras o desoladoras, pero para quienes viven de la plaza, el resumen de su cotidianidad. Una que empieza a diario cuando sale el sol. Había ido allí innumerables veces en la tarde, pero jamás en la madrugada.
El 10 de octubre de 2025, a las 5:35 a.m., el frío de la mañana se colaba por los huecos del viejo techo de zinc. Afuera, la neblina se mezclaba con el olor rancio del pescado y las frutas podridas. Los gallos aún no cantaban, pero los que viven del día a día ya se movían como sombras. Entre ellos estaba un hombre de piel curtida, cabello amarillento y ojos que alguna vez fueron verdes; pero que ahora solo reflejaban cansancio. Me acerqué, le pregunté su nombre y me respondió que en la plaza a nadie le interesa, pero lo apodaban el Mono.
Al principio no confiaba en mí, pero notó que hace un buen rato lo observaba seleccionando basura en la plaza junto a un perro. Solo ahí se acercó y me dijo, —¿Qué quieres saber de mí para yo poder hacer mi trabajo tranquilo?— yo respondí, — Solo estoy observando la plaza, pero no es para nada malo. Lo prometo. Solo quiero saber cómo es la vida en este lugar.— En ese instante, el Mono decidió contarme más, pero cada vez que terminaba un tema, se acordaba de otras tres cosas y se extendía. Mientras tanto, yo acariciaba al perro, a quien él llamaba Garrapata porque no se despegaba de su lado.
En esa conversación, me enteré que el Mono dormía acurrucado entre costales de yuca, con un cartón como cobija. Su despertador no era el sol ni el canto de los pájaros, sino el ruido metálico de las rejas al abrir y los gritos de los cargueros. Cuando estábamos hablando, un joven cotero, que no pasaba de los veinte años, le gritó, —¡A un lado, viejo Mono, que vamos cargados!—.
El Mono no sabía de qué sufría, pero una vez intentó ser cotero y no lo logró porque sus manos son temblorosas y débiles desde que tenía trece años. Al final, después de ser rechazado como cotero, vendedor y plomero debido a la condición en sus manos, decidió que para sobrevivir sería mejor dedicarse a ser separador de basura. Luego de una larga charla, él me dijo que tenía que irse a lavar la cara. Yo me quedé sentada afuera de la plaza, y él, junto a Garrapata, caminaron hacia la parte de atrás de las bodegas para lavarse con el agua negra que escurría de los tubos colgantes del tercer piso de la plaza.
El 12 de octubre de 2025 llegué a las 6:13 a.m. y empecé a caminar a través de los pasillos del segundo piso de la casa esquinera de la plaza. Los comerciantes comenzaban a llenar sus puestos. Doña Matilde, la vendedora de tamales, ya hervía su enorme olla en una hornilla improvisada; el vapor subía y se pegaba al techo, dejando un aroma que se confundía con el humo de las arepas quemadas. Mientras ella estaba dentro de la cocina, los clientes en las mesas la oían decir, —que hoy la venta se dé, Diosito—. A su lado, estaba el negocio de Don Euclides, el carnicero, quien afilaba su machete con una piedra negra. Cada chasquido del filo sonaba como una amenaza, pero él lo hacía con la calma de quien lleva años cortando carne y huesos sin inmutarse. Su delantal, manchado de sangre seca, colgaba como una segunda piel. Detrás de su puesto, los perros callejeros esperaban una sobra moviendo la cola.
Más allá, entre las sombras húmedas del pasillo y el piso de tabla, estaba Doña Argelis. Siempre olía a hierbabuena, eucalipto y alcohol de alcanfor. Vendía pomadas y brebajes que ella misma preparaba con plantas recogidas del monte. Decía que sus ungüentos curaban desde el mal de ojo hasta los dolores del alma. Los habitantes de la calle acudían a ella cuando las heridas se infectaban o el cuerpo ya no daba más. En ese momento recordé que papá me había encargado una pomada de caléndula que se aplica hace años para aliviar los dolores de espalda. Pregunté a Doña Argelis por la pomada y me la dio, y de paso, me dijo que le llevara una de mariguana al Mono para sus dolores diarios en las manos. Me dio curiosidad saber cómo Doña Argelis sabía que conocía al Mono, pero luego pensé que era normal porque tiene apariencia de bruja; ojos saltones, nariz larga y aguileña, verruga en la parte inferior diestra del labio, expresión facial marcada y cabello abundante color ceniza. Probablemente es una bruja, pensé en ese momento.
Bajé al primer piso de la plaza para darle en sus manos la pomada al Mono y poder irme a casa, pero no encontré a nadie. Pensé que estaría ocupado, así que mejor se la entregaría al día siguiente.
Mientras tanto, preferí sentarme en la esquina occidental de la plaza y quedarme simplemente observando. En mi ejercicio, me percaté de los cargueros que descargan bultos de plátano sin camisa y bajo el rojo vivo del sol, los niños que corrían ofreciendo bolsas de basura a quien fuera por una moneda, los empleados de los locales que barrían la suciedad del día anterior solo para verla volver en cuestión de horas; y entre ellos, los que no tienen carros de madera ni puestos de mercado, sino que viven del rebusqué exhibiendo en el suelo la poca mercancía en cobijas.
El 13 de octubre de 2025, a las 5:50 a.m., fui nuevamente a la plaza, pero por primera vez la vi con otros ojos. No buscaba comprar mangos ni desayunar tamal, sino entender por qué ese lugar, tan lleno de vida, también olía tanto a olvido.
Me quedé un rato allí, viendo cómo la gente pasaba sin mirar a su alrededor. Pensé en cuántos “Monos” más existirían en esa misma plaza, respirando a medias, sobreviviendo en silencio, ignorados por los que creen que la miseria es una elección. Entendí que la calle no se escoge, sino que te va consumiendo poco a poco, con el hambre, con el abandono y con la indiferencia de los demás; pero, aun así, muchos deciden levantarse y confiar en que cada día será mejor que el anterior.
Fui a buscar al Mono para entregarle la pomada que le había enviado Doña Argelis, pero no lo encontré. En su lugar, vi el hocico de Garrapata asomado en una bolsa de basura negra en el lugar en el que dormía el Mono. Garrapata ya no respiraba. Asustada, pregunté a un cotero del sector que probablemente conocía al Mono y me dijo, —¿el Mono… ¿el viejo Mono? Ah no madrecita, ese debía mucha plata por acá. Ese Mono lo mandaron a pelar. Mejor no busque problemas mamita, porque el Mono ya está bajo los bultos de yuca en los que antes dormía.”