Facultad de Comunicación Social - Periodismo

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Entre sombras y aplausos

¿Interpretar a múltiples personajes en el teatro hace que tu identidad personal desaparezca? Franklin Hernández, actor, explica cómo el teatro, la muerte y la identidad se relacionan intrínsecamente.

Editado por: profesora Estefanía Fajardo De la Espriella

Entrevista realizada para la clase de Introducción al lenguaje periodístico (Tercer semestre – 2025 l) bajo la supervisión del profesor Sergio León Ocampo Madrid

La muerte, más allá de ser el destino inevitable de todo ser vivo, es un signo que trasciende los límites de lo convencional y se transforma en una herramienta dentro del arte, en este caso, el teatro. En el escenario, se camufla y adquiere múltiples significados, lo que la convierte en un elemento esencial de la representación teatral. Franklin Hernández Vidal, conocido como “Franco”, es un hombre de 47 años que desde muy joven se interesó por la representación artística, no solo como medio de entretenimiento, sino también como instrumento de justicia y visibilidad social. Su labor trasciende el ámbito artístico, ya que colabora activamente con organizaciones sociales dedicadas a promover el desarrollo cívico.

A lo largo de su carrera, ha interpretado más de 30 personajes que le han permitido un acercamiento tanto actoral como espiritual con la muerte. Por ejemplo, junto con el grupo de teatro La Candelaria, llevó a cabo la obra Camilo, la cual narra la vida de Camilo Torres, el cura guerrillero. Franco da vida a Camilo, el personaje principal; Camilo, además de cambiar su rumbo profesional, lo llevó a cuestionarse sobre la igualdad y el lado marginado del país.

Otra actuación que marcó a Franco fue la muerte desde una visión femenina, o como él la llama, desde la “ambigüedad”. Este personaje lo adentró en el campo del “más allá” y, a su vez, provocó un conflicto entre su identidad personal y su identidad artística; pues la personificación de la muerte requiere preparación corporal, pero también, mental.

Otro de sus personajes destaca en la obra Guadalupe años 50, donde encarna al soldado Joaquín Robledo quien regresa de la guerra de Corea. En esta historia, lejos de ser la víctima, su personaje asume el rol de quien arrebata la vida. La transición entre la muerte del personaje y el retorno a la identidad de Franco, o viceversa, no es un proceso fácil, sin embargo, el actor mantiene una posición reflexiva y profesional al respecto.

¿Cree que al momento de entrar en escena su identidad muere?

Como actor, uno necesariamente debe establecer una especie de distanciamiento durante el momento de la representación escénica. Uno no deja de ser uno mismo, claro, pero no es uno quien está en escena representando. Si voy a hacer una obra, como en este caso Guadalupe, no es Franco el que está ahí. Aunque yo, Franco, tengo la experiencia de haber prestado servicio militar (porque en esa época, por el colegio, era obligatorio), y eso me da una vivencia real de lo que es ser un militar, el que aparece en escena es el personaje, no yo.

Entonces, ¿deja de ser usted temporalmente?

No, definitivamente, no podemos hacerlo del todo, porque obviamente el personaje necesita de Franco para poder construirse y desarrollarse. Sí, es necesario. Pero se trata de permitir que entren todas esas emociones que están relacionadas con la obra, para que empiece a surgir una verdad en lo que uno está haciendo y diciendo. Esa verdad es la que permite que el espectador lo entienda, lo sienta, y se involucre en el juego escénico que propone la obra de teatro.

Cuando su personaje muere en escena, ¿vuelve a ser usted mismo de inmediato?

No, porque en ese momento estás representando a un muerto. Los muertos no se mueven, no respiran, no caminan; obviamente, yo no estoy respirando, pero si me levanto de ahí, se pierde esa magia, ese código que la obra busca transmitir. No sé si me explico bien. Entonces, el personaje muere. Precisamente, cuando Guadalupe muere, cae al suelo, y en ese momento comienza a sonar una guitarra, lo que marca el final de la obra. Ahí, nos levantamos y ya no somos ni el personaje, ni el soldado, ni Guadalupe. Somos los actores, nos alineamos y comenzamos a cantar una canción, pero la cantamos como actores, no como personajes.

¿Considera que las investigaciones que realiza para construir un personaje, como el soldado que muere, han transformado de alguna manera su percepción de la muerte?

Nadie sabe qué ocurre después de la muerte, ya que no hemos tenido la oportunidad de que alguien regrese para contarlo. Para mí, la muerte representa otro plano, una dimensión distinta a la vida, aunque esto es solo una hipótesis, ya que no hay evidencia científica al respecto. Una vez que el cuerpo físico ya no está, lo emocional tampoco parece seguir.

No creo que alguien muerto esté sintiendo dolor, aunque como seres humanos tememos al dolor, y eso genera miedo a la muerte. Nos preocupa la idea de que el dolor continúe en ese otro plano, pero en realidad, una vez que morimos, no creo que sigamos sintiendo nada. Ese es el miedo más profundo: no saber qué hay más allá.

¿En alguna obra de teatro en la que haya participado, cómo se protagoniza la muerte?

Por ejemplo, en la obra sobre Camilo Torres, el padre guerrillero, la muerte es la que toma la decisión final. A medida que avanza la obra, la muerte va susurrándole a Camilo, advirtiéndole, como diciéndole: “hermano, no hagas esto”, señalando que él está cerca de morir y que la muerte lo podría estar llevando.

Siendo así, ¿el teatro, la realidad y la muerte se relacionan intrínsecamente?

En esas situaciones, por ejemplo, yo he estado leyendo mucho a Camilo Torres, y él se unió a la insurgencia porque había una gran desigualdad social. Sin embargo, no creo que lo haya hecho pensando «me van a matar», sino que, a través de la lucha armada, él creía que podría encontrar más oportunidades para el pueblo y la sociedad civil.

En ese contexto, relacionado con el teatro, la muerte siempre está presente, diciéndole a Camilo: «Recuerda, ojo con esos pasos», advirtiéndole que, al final, la muerte es la que toma la decisión final. Si la vida fuera eterna, quizás sería diferente, pero la vida no es eterna. Lo que realmente es eterno es la muerte, porque no la conocemos, y a nivel religioso tampoco se nos ha mostrado claramente.