El Zancudo, historia de lo impío en el periódico colombiano
Las caricaturas en la clandestinidad de un periódico del siglo XIX que influyeron en la forma de hacer sátira política en Colombia.
Editado por: profesora Estefanía Fajardo De la Espriella
Reportaje realizado para la clase de Taller de géneros periodísticos, (Cuarto semestre – 2025 ll), bajo la supervisión del profesor Sergio León Ocampo Madrid.
Poco se habla del humor que rasca, que fastidia y molesta. Del humor incómodo y los mamarrachos que provocan e incitan, critican y parodian sin pedir permiso. La caricatura, desde sus primeros trazos, nació como el medio de comunicación torcido que exhibía lo que la autoridad prefiere mantener oculto. En sociedades atravesadas por tensiones políticas, ese humor punzante se convierte en una herramienta de resistencia contra la censura, y la risa en un dispositivo persuasivo.
En Colombia, a finales del siglo XIX, la irreverencia tomó forma en un periódico que no solo zumbaba, picaba. Un semanario titulado El Zancudo que, desde sus caricaturas y textos punzantes, desafió la solemnidad del proyecto Regenerador y puso en jaque a políticos, moralistas y al orden gracias a la irreverencia de un insecto burlón.
En Colombia, durante la segunda mitad del siglo XIX y tras varios años bajo la fórmula federalista estadounidense, políticos y líderes conservadores comenzaron a plantear un modelo que reorganizara el país desde sus bases. Esas ideas, que crecerían durante la década de 1870, darían origen a La Regeneración, un movimiento político encabezado por Rafael Núñez y Miguel Antonio Caro que buscaba restaurar la autoridad del Estado, centralizar el poder y devolverle protagonismo a la Iglesia en la vida pública.
La apuesta regeneradora culminó con la Constitución de 1886 sin embargo, el movimiento político abrió brechas sociales entre conservadores y liberales, quienes veían en este proyecto un retroceso autoritario. La tensión entre ambos partidos desembocaría, años posteriores, en la Guerra de los Mil Días y en medio del clima político se endureció la vigilancia sobre la prensa.
Como analiza el politólogo Eduardo Posada-Carbó en Periodismo y Nación, durante el periodo de la Regeneración los periódicos dejaron de ser simples órganos informativos y se convirtieron en máquinas de combate político, cada uno alineado con una causa o un partido. Mas tarde, durante las primeras publicaciones de El Zancudo, la caricatura se convirtió en uno de los recursos más eficaces para simplificar y popularizar la complejidad de los asuntos políticos. “La caricatura, como medio de expresión política, es un arte autentico, popular de interés histórico y artístico”, asegura el ensayista Germán Arciniegas en La Caricatura política en Colombia (Siglo XIX).
La caricatura llegó a Colombia alrededor de 1830, influenciada por publicaciones francesas como Le Charivari y La Caricature. Pero fue solo hacia 1850 cuando comenzó a incorporarse poco a poco y de forma más consistente en la prensa. La artista colombiana Beatriz Gonzales en Historia de la caricatura en Colombia afirma que las primeras representaciones visuales incorporaron la opinión al lenguaje político mediante imágenes que sugerían, enfatizaban o criticaban más allá de lo escrito. Antes de las primeras publicaciones de El Zancudo, había antecesores que guiaron los enfoques narrativos de la parodia política.
En la investigación Manual de Arte del Siglo XIX en Colombia, Gonzales destaca el uso recurrente de animales en los periódicos como emblemas editoriales; un recurso común que vinculaba el humor con la política. El Alacrán de 1860, por ejemplo, adoptaba la imagen del insecto para anunciar desde su título el tono de sus críticas acidas a la clase política. Para la década de 1870 y 1890 periódicos como El Cachifo y El Mago donde la caricatura se volvió más constante, la sátira visual comenzó a adquirir un estilo propio, menos europeo y más ligado a la política criolla.
“Periódico cándido, antipolítico, de caricaturas, costumbres y avisos.” Así se presentaba El Zancudo ante sus lectores, como entretenimiento inofensivo y una sugerencia sarcástica de los temas a tratar. Detrás de la apariencia modesta de la portada había una estrategia clara de su director don Alfredo Greñas por burlar la censura y sobrevivir en un ambiente donde, según Arciniegas, fundar periódicos era aún más peligroso que salir al campo y levantar ejércitos.
Según su investigación hasta 1880, el país aún no contaba con artes gráficas capaces de acompañar la labor periodística y ese vacío comenzó a llenarse en 1881, cuando Alberto Urdaneta, un artista progresista formado en París y miembro de una influyente familia bogotana, decidió introducir en Colombia el grabado en madera. La influencia de Urdaneta en la educación visual posicionaría a Greñas como el primer grabador colombiano. Urdaneta trajo desde Francia al joven grabador español Antonio Rodríguez y con el apoyo del rector Antonio Vargas Vega, establecieron en la Universidad Nacional las clases de dibujo al natural impartida por Urdaneta y otra de grabado, dirigida por Rodríguez. El taller reunió a artistas que dejarían una huella profunda en la imaginería nacional, entre ellos, el poeta Julio Flórez, quien más tarde volvería a cruzarse con Greñas en Costa Rica.
Del proyecto educativo surgió el Papel Periódico Ilustrado, publicado desde 1881, donde Greñas adquirió gran parte de su educación como grabador. Sin embargo, el Papel Periódico Ilustrado solo duró cuatro años bajo el régimen radical, y desapareció tras la muerte de Urdaneta. Para entonces, Greñas tenía 28 años y fuertes inclinaciones liberales. Del seno de una familia bumanguesa y conservadora, Alfredo Greñas se unió a un batallón liberal a los diecinueve años apasionado por las causas de orden civil de Aquileo Parra y en un momento coincidente con la Guerra Civil de 1876 a 1877 entre los radicales liberales y conservadores. Cuando ascendió a capitán, el joven Greñas, decidido, cambió los fusiles por el papel y la guerra por la crítica. Durante la revolución de 1885 y con ayuda de una imprenta portátil se publicó el primer periódico clandestino de Colombia, El Posta.
Tras siete meses de circulación, Greñas terminó en prisión y su primer intento editorial fue clausurado después de 32 números. Para 1886, aproximadamente, fundó El Progreso considerado el segundo periódico ilustrado del país dedicado a las ciencias y las artes. Sin embargo, el gobierno confisco el número 12 por sospecha tras tres meses de publicación y Greñas volvió a prisión durante dos meses. En 1889 retomó los enfoques de crítica política y bajo la dirección de Ignacio Pérez, publicó El Demócrata. Por sus narrativas en clara oposición a la legislación de imprenta derivada de la política regeneracionista, el periódico fue multado y suspendido.
Durante ocho años, Alfredo Greñas comenzó a establecer su propia dinámica de periodismo al provocar a toda costa las políticas de censura en la imprenta y, según la investigación de Arciniegas, Greñas decía: “Si se multaba el periódico, se paga la multa y se seguía; si se le suspendía por tiempo definido, se continuaba al pasar la suspensión; si se suspendía definitivamente, se fundaba otro; suspendido ese, otros le seguían…” Y así nació El Zancudo el 22 de marzo de 1890 en Bogotá con su mascota ilustrada el autorretrato de Alfredo Greñas convertido en bicho, y su pluma en aguijón lista para picar. El criterio de Greñas no era explícito, se necesitaba de decodificación contextual en la intervención de los iconos para comprender el sentido de sus caricaturas.
Así, en El escudo de la Regeneración, se hacía una intervención contra el escudo patrio donde se criticaba el centralismo político al cambiar el lema por “Libertad y Orden” por “Ni libertad ni orden”. O en el El árbol de la Regeneración, El último pago, La gallera política y Ante la tumba del usurero, que retrataban críticas al abuso de poder, al dogmatismo, a la violencia partidista, a los abusos fiscales y a la hipocresía social.
Durante la década de 1890, El Zancudo se había convertido en un problema para el poder regenerador. La prensa conservadora, especialmente el periódico El Orden, empezó a atacar a Alfredo Greñas, acusándolo de fomentar la rebelión. La tensión aumentó con los motines del 4 de enero de 1893 en Bogotá, cuando grupos populares protagonizaron disturbios vinculados a disputas políticas entre liberales y conservadores. Aunque no existían pruebas directas, los periódicos conservadores responsabilizaron a Greñas y a El Zancudo de incitar a la violencia mediante sus caricaturas. La imprenta de Greñas fue allanada y el periódico quedó suspendido. Se le abrieron causas judiciales por “excitación al desorden” y “ataques al orden público”. A pesar de la defensa que intentaron algunos sectores y periódicos liberales, como El Heraldo, El Espectador y El Gladiador que denunciaban el abuso de autoridad y buscaban la defensa por el derecho a la expresión satírica, la situación legal de El Zancudo se volvió insostenible.
La prensa regeneradora pedía castigo ejemplar y el gobierno deportó a Greñas hacia la costa Atlántica, un procedimiento habitual contra opositores considerados “perturbadores del orden”. La caricatura, explica Arciniegas, era un espejo necesario del abuso de poder, y su prohibición revelaba el carácter autoritario de la Regeneración. Hacia 1892 y 1893, El Zancudo ya era uno de los periódicos satíricos más reconocidos del país. Su fama llegó incluso al extranjero cuando comenzó a circular una versión de El Zancudo en Guatemala durante 1891.
Tras varios meses de vigilancia y hostigamiento, Greñas abandonó el país y se radicó en Costa Rica, donde continuó su labor como grabador e ilustrador. Allí trabajó en La Prensa Libre, dirigió talleres de dibujo y grabado, y volcó su experiencia de periodista en proyectos educativos y editoriales. Aunque nunca dejó de seguir la política colombiana y dedico el resto su vida a la pedagogía, se mantuvo firme en su identidad liberal. Don Alfredo Greñas murió el 16 de septiembre de 1949, y en palabras de Arciniegas: “De El Zancuso nadie supo nada. En Colombia, nadie se acordaba. Nunca en una historia del periodismo se registró ese nombre…”
La caricatura del siglo XIX no fue un medio para masas, sino un instrumento para una esfera pública reducida y dividida. La mayor parte del país era analfabeta y ajena al debate ideológico dominante, pero aun así la caricatura cumplía un papel clave de reforzar prejuicios ya existentes. El historiador de la prensa y la opinión pública, Nelson Castellanos explica que estilos como el zoomorfismo, común en Greñas, buscaba no reconocer al adversario político como interlocutor válido. Representarlo como un animal o una bestia semihumana era una forma de anularlo como persona y orador. La caricatura no informaba… confirmaba creencias, estigmas y miedos que circulaban por la oralidad, comenta Castellanos.
Para las lecturas contemporáneas de los acontecimientos sociales y políticos que El Zancudo buscaba parodiar, tanto Castellanos como el caricaturista contemporáneo y estudioso del oficio Rubén Darío Bustos, mejor conocido como Rubens, coinciden en que un lector actual necesita contexto si quiere decodificar el mensaje. Según Rubens, la caricatura se vuelve muda cuando el lector no tiene historia y el mensaje se pierde. Pero alguien que conoce el siglo XIX reconoce inmediatamente la crítica.
Tal como explica Castellanos, El Zancudo desapareció del panorama público durante décadas no solo por su limitada circulación, sino porque la historia oficial del régimen conservador borró o minimizó las expresiones liberales entre finales del XIX y primeras décadas del XX. No fue hasta los estudios de Germán Arciniegas, Beatriz González y el proceso de restauración y preservación de la editorial colombiana, que el periódico recuperó su lugar como pieza clave de la caricatura política colombiana. Además, Castellanos señala que el sentido humorístico de la caricatura se transforma a lo largo del siglo XX por tres factores clave: la aparición de la fotografía, la expansión de las masas alfabetizadas y la llegada del lenguaje de la radio y la televisión. Así como el fenómeno de los entornos digitales cercano a la caricatura, los memes. Los caricaturistas del siglo XX entre ellos el más referenciado, Ricardo Rendón, heredaron la técnica y sentido critico del siglo XIX y adaptaron el mensaje a una audiencia mas amplia que ya no necesitaba de codificaciones complejas del zoomorfismo.
Rubens aclara que la caricatura siempre ha sido humor, pero no un humor que existe para entretener, sino para interpretar la realidad y bien se sabe que el buen humor exige de criterio y contexto para lograr el arte de provocar la risa.
Pero para el humor gráfico de mediados del siglo XX, con figuras clave como Quino, se introdujo otra forma de provocar reflexión social incluso sin hacer reír. Desde los inicios de los primeros trazos hasta las nuevas adaptaciones de la exageración y parodia en la era digital, la caricatura implica una responsabilidad social. Rubens precisa que la caricatura debe estar documentada, informada y ética en su crítica. Cuando la caricatura desinforma, confunde o deforma la realidad intencionalmente, falla en su propósito crítico.
De acuerdo con Castellanos, El Zancudo es hoy una de las piezas clave para entender la intolerancia política en Colombia, el lenguaje con el que se aprende a representar al adversario y la forma en que la violencia simbólica anticipa y legitima a la física. La “bestialización” del rival que Greñas usó para atacar al régimen fue, a la vez, una herramienta de denuncia y una demostración del clima político del país. “Hoy no tenemos ni la cuarta parte de una edición tan especial e importante como El Zancudo.”, reconoce Rubens.
El humor siempre dará de qué hablar. Tanto desde los estudios del arte como desde los fenómenos de la comunicación, la risa y la parodia siguen siendo claves para entender cómo una sociedad se piensa a sí misma. El Zancudo, aunque no introdujo estéticas completamente originales, sí le dio forma a una oposición política criolla que buscaba expresar su desacuerdo sin recurrir a la violencia analfabeta que marcó buena parte del siglo XIX. Aunque el discurso anticipa tensiones que podían deslizarse hacia la confrontación, la caricatura abrió un espacio para el criterio, la reflexión y la conciencia social, y ese es, quizá, el legado más relevante. Incluso en formatos populares como la caricatura, el humor puede ser un vehículo crítico capaz de enfrentar el poder sin armas, solo con imágenes, ironía y un aguijón dispuesto a picar donde más incómoda.