El hombre que diseñó un pueblo para guardar la memoria
Sobre la loma de la nueva Guatavita, donde antes hubo incertidumbre, hoy se levanta un pueblo que representa pasado y presente al mismo tiempo.
Editado por: Juliana Sofía Guevara Borbón
Perfil realizado para la clase de Taller de géneros periodísticos, (Cuarto semestre – 2025 lI), bajo la supervisión de la profesora Estefanía Fajardo de la Espriella.
El legado de La Nueva Guatavita, un pueblo del altiplano cundinamarqués que renació en la arquitectura de Jaime Ponce de León, perdura en las calles y casas aún llevan la huella de su visión, una en la que la memoria no se desapare

Guatavita, tal y como se conocía, se dejó atrás, el pueblo quedó bajo el agua pero sobre la loma se construyó “la nueva Guatavita”, un lugar no solo pensado para reubicar familias, sino también para convertirse en un centro turístico con una estética colonial que recuerda —a la vez que reinventa— el patrimonio perdido. En ese traslado apareció la figura de Jaime Ponce de León, arquitecto y gestor de un proyecto que hoy sigue generando orgullo y nostalgia en la comunidad.
Para entender por qué Guatavita tuvo que desaparecer, hay que volver a los años sesenta. En ese momento, la Sabana de Bogotá enfrentaba inundaciones recurrentes que afectaban los cultivos, las vías y a la población en general. El proyecto de contención y regulación de aguas —el embalse de Tominé, a veces mal llamado embalse de Guatavita— se planteó como solución para retener y regular los caudales y así evitar desbordes y cumplir funciones hidráulicas y de abastecimiento. La construcción del muro y del embalse implicó que el pueblo, en cuestión de tres años, —entre 1964 y 1967— quedó sumergido. Por eso, se planificó la construcción de un nuevo municipio en un terreno más alto.
El proceso, según recuerda Jesús Montero, habitante del pueblo y memoria viva del traslado, fue confuso y silencioso; —Nadie decía la verdad… No sabían que iban a inundar el pueblo.— Él mismo, siendo niño, ayudaba a cargar atriles a los topógrafos sin darse cuenta de que participaba en las primeras mediciones para desaparecer el lugar en el que vivía.
Según Pablo Ponce de León, hijo de Jaime, hubo empresas que, al principio, pensaron “comprar el pueblo”, incluso intentaron comprar la iglesia, pero el cura se negó, —no puedo vender eso porque eso no es mío, es de la comunidad—,contaba Pablo. Solo cuando llegaron las volquetas con los materiales, la gente se alarmó y exigió explicaciones. Hubo paros cívicos, cierres de vías y asambleas para negociar condiciones; al final, la empresa constructora abrió una convocatoria de arquitectos para el proyecto.
La obra y construcción del nuevo pueblo fue encargada, entre otras firmas, a una sociedad de la época, “Llorente & Ponce de León Ltda”. Ese equipo tuvo un papel clave en la materialización del nuevo lugar. La nueva Guatavita fue diseñada con criterios de uniformidad estética y funcionalidad turística, el proyecto buscó conservar rasgos característicos del pueblo antiguo, fachadas blancas, teja de barro, empedrado; y aplicar soluciones técnicas de construcción que resistieran al clima y el terreno.

El arquitecto insignia del proyecto, el hombre detrás del apellido
Jaime Ponce de León fue un arquitecto colombiano, nacido en una familia bogotana. Un hombre dedicado y meticuloso con su trabajo. Se casó con Berta Ponce, con quien tuvo cinco hijos. Para algunos, es el hombre dueño de la firma que está detrás de un pueblo reconstruido a contrarreloj; para otros, es quien le dio forma a un nuevo hogar. Pero para quienes lo conocieron, detrás de este hombre, hay algo más profundo. Hoy, años después de su muerte, su presencia sigue alojada en quienes lo rodeaban y en el pueblo que él imaginó.
Más allá de planos y ladrillos, Jaime fue un hombre de familia, su núcleo lo describe como un padre presente, incluso durante el transcurso del proyecto. Tenía un sentido profundo del respeto por el tiempo, por el espacio y la familia. Sus hijos, Pablo y Blanca Ponce de León, recordaron cómo de niños jugaban en las obras mientras su padre supervisaba y discutía decisiones del proyecto. “Veníamos los fines de semana y él miraba la obra”, “Mi papá nos traía de chiquitos y nosotros jugábamos a ladrones y policías con los niños de Guatavita”.
Esa presencia, no solo del arquitecto, sino también de su familia, ayudó a consolidar los recuerdos al rededor de este proyecto, no solo enfocados en la construcción, sino en un hecho que marcó la vida de la familia Ponce de León. Hablar de Jaime únicamente como arquitecto sería reducirlo. En las entrevistas aparece como un hombre que vivió su profesión como una extensión de su forma de ser. Sus hijos lo recuerdan como alguien que sabía escuchar y que tenía paciencia para explicar. —Mi papá tenía una manera muy particular de hablar con la gente. Era calmado, pero firme—, recuerda Blanca.
Más adelante, cuando la familia decidió quedarse a vivir en Guatavita, Jaime se volvió parte de la cotidianidad del pueblo, caminaba por las calle saludando a todos, pero como se dice coloquialmente, en un pueblo pequeño, donde todos te conocen, es fácil caer en chismes, —él ya sabía cómo no meterse en los chismes… mejor dicho, era una condición que tenía que tener—, reconoce su hijo.
El legado arquitectónico
Hablar únicamente de la Nueva Guatavita sería trivializar la conversación. Si bien, el traslado del pueblo, probablemente fue el proyecto más visible y decisivo de su carrera profesional; su trayectoria arquitectónica venía construyéndose mucho antes, en Bogotá, en firmas privadas y en trabajos que articulaban orden, estética y, sobre todo, funcionalidad.
No era un arquitecto de gestos exagerados, sino uno que creía en la arquitectura que “se sostiene sola”. Su hijo Pablo lo definió como alguien que prefería “las líneas limpias y la estructura lógica”. Ese estilo, que se formó en la Bogotá de mitad del siglo XX, y se plasmó en varios de los proyectos que realizó con Llorente & Ponce de León Ltda., la sociedad que integró y con la que luego participó en diversas obras de vivienda, diseño institucional y espacio público.
Quienes conocen a Jaime saben que esa visión funcional de las obras se formó desde antes, en otras construcciones, en proyectos más pequeños pero llenos de rigor. Por eso, su trabajo no puede verse como solo una obra, sino como un proceso. Guatavita fue su proyecto más público, pero no su única huella. Su legado vive también en la forma en que enseñó a otros a pensar la estructura, en la manera en que sus hijos lo recuerdan dirigiendo la obra y explicando el porqué de sus decisiones, y en la determinación con la que asumió e implantó la idea de que la arquitectura más sencilla y tradicional también significan avance.

Materiales, colores y calles de un pueblo ahora turístico
Si visitas la nueva Guatavita hoy, lo que primero atrapa tu atención es la uniformidad, las casas encaladas sobre la montaña, todas pintadas de blanco con techos de teja de barro, calles empedradas y arcos que vinculan visualmente la plaza con las fachadas. Esa decisión estética fue deliberada, los diseñadores y la comunidad acordaron trasladar la “esencia” del pueblo antiguo, el encalado y la teja, pero hacerlo con materiales y estructura más sólidas. —La teja era la teja vieja del pueblo… ellos pidieron que se trasladara la teja. Cuando ya se hizo eso, el concepto de diseño fue básicamente lo mismo—, recuerda Pablo.
Arquitectónicamente, la nueva Guatavita combina dos estilos, no solo estéticos, también funcionales, por un lado, el imaginario colonial español, arcos, empedrados, plazas, que el propio Jaime estudió y que, según Jesús Montero, reforzó tras sus viajes por pueblos de España; y, por otro, las peticiones de los locales, las inclinaciones de los techos, preferían teja de barro, y la disposición «unida» de las edificaciones para evitar problemas de remoción de masa por la naturaleza del terreno. —Si no se une todo, la tierra se viene—, recuerda Montero.

El traslado no fue solo físico, fue el cambio de todo un estilo de vida. La antigua Guatavita era campesina, con huertas, animales y vinculado al trabajo de la tierra. La nueva, en cambio, fue concebida y convertida en destino turístico, con plazas abiertas, locales para comercio, oferta de alojamiento y senderos ecológicos hacia el embalse.
Jeremías Ríos, que vino del pueblo antiguo, lo resume, —aquí vinimos a un pueblo moderno, diferente, pasamos a vivir así para saber de qué se podía vivir en este pueblo—. La adaptación no fue inmediata, mucho menos fácil, —para los mayores fue muy drástico. Era otro mundo, casas pequeñas, la vida distinta, la venta del ganado, todo cambió—; —La gente lloró mucho, el arraigo al campesinado era fuerte—, complementa Jeremías.
Sin embargo, la comunidad se supo adaptar a ese nuevo y desconocido mundo, el turismo como nuevo motor económico. Cada quien empezó a desempeñarse en lo que sabía hacer, uno hacía ruanas, otro sombreros, otro empanadas, y así se fue estableciendo el mercado local.
La arquitectura que Jaime ideó, no solo creó edificaciones, sino dispuso nuevos espacios de descubrimiento muy llamativos. Ese giro trajo múltiples oportunidades de negocio; hospedaje, restaurantes, artesanías. Como dice Pablo Ponce, —esto se volvió turístico, de verdad. Hay alquiler de cuartos, restaurantes, glampings por todos lados, creo que ya van como 200—. El hecho de que la casa familiar del arquitecto del pueblo hoy se convierta en hospedaje es apenas una muestra de ese viraje en la forma en la que la comunidad comprende su cultura económica.

Jaime, presencia en la obra
Aunque muchos no conocieron directamente al arquitecto Ponce, la memoria que se ha construido al rededor de su figura, por medio de sus hijos y de quienes sí lo conocieron, aun se conserva. Prácticamente cualquier persona del pueblo sabe quién es Jaime Ponce de León. Ese es el caso de su sobrina, Mariana Ponce de León, quien no lo conoció en vida; sin embargo, se sabe a la perfección su historia. Nació en Bogotá, pero menciona hacer visitas frecuentes al municipio desde que tiene uso de razón.
La iglesia sigue intacta desde la construcción del pueblo, —estas paredes las pintaron entre mis tíos y mi papá—, comenta la sobrina del arquitecto mientras camina por el lugar. —Los vitrales que tiene la iglesia son los mismos que mi tío Jaime mando a poner en su casa, a él le gustaban mucho, creo que la idea la trajo de una iglesia que vio en Europa—, complementa mientras se fija en los pequeños detalles del lugar.
—Mi familia se siente orgullosa de haber colaborado en crear ese lugar, yo me siento feliz de llevar el apellido Ponce de León— expresa Mariana con seguridad. Y como no, si en la plaza principal del pueblo hay una conmemoración tallada en piedra que honra a la persona y la familia que hizo realidad dicho lugar.

Él y varios miembros de su familia eligieron a Guatavita no sólo como lugar de trabajo, sino como hogar definitivo. Sus últimos años los vivió allí y hoy, los restos de Jaime Ponce de León reposan en el pueblo que ideó y posteriormente ayudó a construir. Su presencia permanece en el silencio de una arquitectura a la que dio forma y es testigo de la historia de una familia que siente aquel lugar como su hogar.
Guatavita es hoy un lugar lindo, fotogénico y turístico pero, ¿Qué dejó Jaime Ponce de León para Guatavita? En lo inmediato, un pueblo nuevo, las calles, la plaza y la tradición. En lo simbólico, un equilibrio entre la nueva arquitectura y la tradición del antiguo municipio. En lo social, un proceso que configuró estilos de vida, nuevas viviendas y nueva economía. Allá arriba, sobre la loma, donde antes hubo incertidumbre, hoy se levanta un pueblo que representa pasado y presente al mismo tiempo.
