El coleccionismo y la delgada línea con la acumulación
Una exploración del límite entre la pasión que da forma a una colección y el exceso que la convierte en simple acumulación.
Editado por: Juliana Sofía Guevara Borbón
Reportaje realizado para la clase de Taller de géneros periodísticos, (Cuarto semestre – 2025 ll), bajo la supervisión de la profesora Estefanía Fajardo de la Espriella.

Coleccionar, para muchos, una afición que construye identidad y guarda memoria. Pero ¿qué diferencia esta práctica con la acción de acumular? En este reportaje se aborda, desde diferentes perspectivas, este interrogante para dar una visión más amplia y entender en dónde se encuentra el punto de inflexión de estas dos variables.
El universo del coleccionismo abarca una enorme variedad de intereses. Para muchos, no es solo un pasatiempo, sino una pasión que abre la puerta a comprender la historia, la cultura y el arte de distintos tiempos y contextos. Cada pieza reúne un relato propio, desde un vinilo que revive recuerdos juveniles hasta un artefacto que despierta preguntas sobre antiguas civilizaciones. Algunos se inclinan por objetos más comunes —juguetes clásicos, camisetas o botellas— que, con el tiempo, adquieren un valor especial.
Esta práctica se remonta a la antigüedad. Desde las cortes aristocráticas hasta los salones populares actuales. Desde la antigua Roma, los aristócratas coleccionaban obras de arte y objetos valiosos como símbolo de estatus. Con el tiempo, dicha práctica se extendió a todo el mundo. Para el siglo XIX el coleccionismo se hizo accesible a la clase media, y en el XX surgieron asociaciones, ferias y subastas especializadas. Hoy en día, lo coleccionable abarca desde monedas y estampillas hasta figuras de acción y arte pop, reflejando que casi cualquier objeto puede ser susceptible de ser coleccionado y de adquirir un valor simbólico o sentimental cuando está vinculado a una historia, a una época o a una comunidad.
Con la globalización y el auge de internet, esta práctica también se ha trasladado al terreno digital, en el que se coleccionan criptomonedas, piezas de arte en formato virtual (los famosos NTFs) e incluso objetos de mundos inmersivos. Coleccionar ha dejado de ser una actividad reservada a espacios físicos y ha empezado a expandirse a plataformas digitales en las que se compran, venden e intercambian piezas con gran facilidad. Esta democratización ha permitido que personas de distintos estratos sociales accedan a objetos antes inimaginables, mientras que, al mismo tiempo ha generado un mercado especializado con precios que pueden alcanzar cifras millonarias. En la actualidad, coleccionar no solo implica reunir piezas materiales, sino también construir comunidades en torno a una misma pasión, ya sea en foros virtuales, redes sociales o encuentros presenciales que celebran la memoria, la identidad y la nostalgia.
En su práctica cultural



En muchos casos, lo que empieza como un gusto o un hobby personal, trasciende y pasa a ser visto como acto cultural. Uno en el que cada pieza conserva un fragmento de identidad cultural. Así, coleccionar se trata de darle sentido al paso del tiempo a través de objetos que representan recuerdos, tendencias y transformaciones sociales. Objetos ordinarios, se transforman en “parte de la memoria que se ofrece a las futuras generaciones”. De hecho, existen museos y espacios dedicados a conservar estos fragmentos culturales, como museos de arte religioso o de personajes locales, gracias a colecciones patrimoniales, lo que evidencia que coleccionar sirve para conservar la identidad colectiva. En lo personal, cada colección refleja la identidad del coleccionista, los hinchas no guardan sólo objetos, sino símbolos que definen quiénes son.
La nostalgia es otro vínculo cultural. Para muchos coleccionistas, los objetos recuperan experiencias pasadas. Una camiseta vieja trae recuerdos de una tarde de triunfo y los juguetes rememoran la infancia. Las empresas de juguetes lo reconocen. Mattel, por ejemplo, observa que hoy los “kidults” (millennials adultos) compran juguetes no sólo para sus hijos sino para revivir su propia infancia; por esto, vemos campañas exclusivas o de venta limitada. De igual forma, varias marcas relanzan versiones retro de juguetes y consolas clásicas movidos por “la nostalgia, el entretenimiento y el coleccionismo”. La popularidad de objetos pop –cromos, cómics, vinilos, figuras de personajes– lo confirma, se dice que la cultura pop es el foco principal de crecimiento del coleccionismo actual. En Colombia, este fenómeno va de la mano con la identidad nacional, coleccionar ídolos deportivos, monedas o billetes nacionales o juguetes populares es una forma de afirmar la pertenencia a una época, un club o una generación. Por esto mismo, coleccionar cumple un papel cultural al preservar la memoria y construir sentido de pertenencia.
Recuerdos inmortalizados u objetos sin sentido


En ocasiones, puede ser difícil percibir la diferencia entre ser un coleccionista apasionado y ser un acumulador. A priori, ambos guardan objetos, pero la razón por la que lo hacen es distinta; de ahí la diferencia. Como lo explica la psicóloga clínica de la Universidad de la Guajira, Ángela Archila, “el coleccionista lo hace desde la recreación. Es un hobby, de alguna u otra manera organiza de forma sistemática ciertos objetos por un interés ya sea histórico, estético… En cambio, el acumulador no tiene un objetivo específico, lo hace indiscriminadamente, él guarda y guarda no porque le encuentre al guardar una utilidad, sino porque tiene una dificultad para desechar que es muy contrario al coleccionista que adquiere las cosa con un objetivo específico”.
El coleccionista suele tener claros los límites, sabe qué busca, por qué lo conserva y cómo lo organiza. Sus piezas están clasificadas y, en la mayoría de casos, son accesibles y compartidas. En cambio, un acumulador guarda cosas sin orden ni propósito: revistas viejas, ropa que ya no usa, objetos que no tienen un valor especial. Muchas veces, ni siquiera sabe qué tiene y siente angustia ante la idea de deshacerse de algo.
En la clasificación clínica, acumular es una patología de salud mental reconocida en manuales como el Libro de la Organización Mundial de la Salud, CIE-11 y el Manual de trastornos mentales DSM-5 bajo el nombre de “trastorno de acumulación”. Según Archila, los criterios para detectarlo incluyen la imposibilidad de botar objetos, la sobrevaloración poco realista de lo guardado y el intenso malestar físico y emocional ante la idea de desprenderse de algo. No es raro que quienes lo padecen sufran de dolores de cabeza, dificultad para respirar, ataques de pánico o aislamiento social al intentar deshacerse de sus pertenencias
Para la psicóloga, la señal más alarmante es cuando una práctica que antes era enriquecedora se convierte en una obsesión que interfiere con otras áreas de la vida. “Cuando pasa de ser un hobby o pasa de ser algo recreativo a volverse como una obligación y se vuelve algo más obsesivo, ese es uno de los problemas más serios con los coleccionistas más que acumuladores, terminan desarrollando trastornos obsesivos… Una cosa es que me guste acumular monedas viejas y lo disfrute, y otra muy distinta es que si no encuentro la última moneda empiezo a tener crisis nerviosas”, añade Archila.
Ella presenta una posición crítica frente al consumismo y la acumulación pues, son fomentadas por el marketing y la constante presión y necesidad de adquirir productos. Esto, dificulta que las personas identifiquen problemas que pueden llegar a ser patológicos porque está normalizado como una “conducta típica”. La clave está en diferenciar que el coleccionismo construye memoria e identidad, mientras la acumulación crea caos y ansiedad.
Por otro lado, hay que reconocer que, muchas veces, cuando se habla de acumulación, el primer sesgo viene de quienes no la practican. Es común caer en un juicio precipitado y en la estigmatización, como si el comportamiento de quienes acumulan se redujera simplemente a desorden o descuido, obviando el trasfondo que los abraza – las causas emocionales, cognitivas y psicológicas –. También existe la propensión a etiquetar de forma precipitada como acumulador o acumuladora a una persona, sólo porque parece tener más objetos de lo considerado normal, sin mirar el contexto ni el lazo afectivo que esa persona tiene con sus pertenencias. Esta mirada crítica termina siendo más fuerte que la empatía, lo que genera distancia e incluso conflictos entre quienes juzgan y quienes son juzgados. Al final, esta falta de comprensión no solo golpea la salud emocional de quienes acumulan, sino que también cierra caminos para apoyos reales y efectivos. Por eso desde la psicología es clave comenzar a investigar más a fondo el tema desde una mirada más sensible e informada.
Historias que lo ilustran
En el multiverso coleccionista, hace más de una década, Harold Becerra encontró una figura de Iron Man que, como gema del infinito, le cayó a su guante para crear su propio universo Marvel – a modo de colección claramente –. Desde entonces reunir piezas se convirtió en “una manera única de inmortalizar los recuerdos”, un ejercicio que, según él, va más allá de lo material, se basa en alcanzar metas, “tienes la satisfacción de que llenaste un álbum, eso te va a quedar para el resto de la vida si así lo deseas”.
Ese vínculo emocional con sus piezas lo ha llevado a abstenerse de venderlas, incluso en momentos económicamente difíciles. “Trato de no tocar la colección, de no vender la esencia”, asegura, revelando que el cariño por los superhéroes ha guiado la línea principal de su colección.
Sin embargo, este amor puede ser peligroso cuando se cruza aquella delgada línea entre coleccionar y acumular. Para él, el coleccionismo es un “vicio”, pero uno que se puede vivir de forma sana y controlada. El problema aparece cuando la pasión se desborda y no existe la capacidad de poner límites o de desprenderse de ciertos objetos. En sus palabras, “cuando tienes el valor de saber hasta dónde parar o poder sacrificar cosas para no ser acumulador, es cuando te vuelves coleccionista”.
En su experiencia, confiesa que ha cruzado ese límite, “de hecho, en este momento siento que acumulo. Esto depende mucho del orden, mucha gente compra, pone sus figuras en su vitrina y las deja ahí, pasan años y no las limpian, no las organizan, se vuelven una acumulación de polvo. Entonces cuando ya pierdes ese amor y ese cariño por acomodarlas, por limpiarlas, por mantener tu espacio ordenado, ya pasas la brecha de acumulación; y eso me ha pasado últimamente, porque he tenido cajas en el piso, muchas figuras que no he podido abrir porque no tengo donde ponerlas”.
Pero siempre, todo con ayuda es más llevadero, su esposa Lorena Charry es el polo a tierra que lo hace reflexionar cuando la colección se comienza a desbordar, “me ayuda a controlar lo que es pasar esa brecha del coleccionismo a la acumulación. El solo hecho de tener mi espacio dedicado al coleccionismo y que el resto de la casa sea el espacio para los dos es algo que respetamos en mutuo acuerdo. En ese sentido, no salen figuras del cuarto hacia afuera, porque es nuestro espacio en común”.
Como no siempre todo es color de rosas, hay personas que desde su sesgo minimizan el esfuerzo de mantener una colección, según relata Harold, el comentario más común es “¿cuánto valió eso?” para después comparar su valor monetario con la posibilidad de invertirlo en alguna otra cosa; no obstante, Becerra resalta que, “esto no lo tiene cualquier persona, y el 99% de las veces inspiramos a la gente y lo que más gusta de esto es ver cómo lo aprecian, admiran y reconocen el recorrido que uno ha hecho para poder tenerlo”.
Esa capacidad de inspirar lo ha llevado a convertir su colección en algo más que un pasatiempo individual, “creo que el dar a conocer el coleccionismo es una tarea que he tenido hace 10 años, y por medio de varias plataformas lo hemos hecho en eventos, en películas, en actividades del club… y la gente la recibe de buena forma, eso es agradable, es chévere”, asegura. Con ese mismo espíritu nació en 2017 un club que, aunque empezó reuniendo a unos cuantos coleccionistas, pronto se expandió a gamers, cosplayers, cinéfilos, ilustradores y artistas de distintas ciudades.
Más allá de su valor económico o estético, la colección de Harold también funciona como un reflejo personal. En ella se proyecta una manera de entender la vida y de relacionarse con la resiliencia que encarnan los superhéroes. “Creo que trato un poco de ordenar, de tener un foco, de inspirarme en que ellos nunca se rinden, aunque la insignia de un superhéroe es no rendirse pese a cualquier adversidad, y por eso colecciono superhéroes”, afirma. Para él, personajes como los Caballeros del Zodiaco, los guerreros de Dragon Ball o los héroes de Marvel representan la perseverancia y la capacidad de sobreponerse incluso a caídas dolorosas, como la batalla de Iron Man contra el alcoholismo. Ese mismo orden y cuidado que dedica a sus figuras es, en últimas, un reflejo de sí mismo, “tener ordenada una colección demuestra el amor que le tienes y también lo bonito que puedes hacer por ti, así como te vistes, eres, entonces creo que mi colección habla un poquito de mí”.


Por otro lado, está Vanessa Torres, una coleccionista de juguetes en Bogotá que guarda más de ocho mil juguetes. Muñecos de Plaza Sésamo, figuras de Los Rugrats, tazos, carritos, legos, y hasta una colección vintage de superhéroes de DC cómics fabricados en Colombia por la marca Gulliver. “Desde pequeña he sido coleccionista. Empecé con Barbies porque mi mamá me las compraba, y ella misma coleccionaba ángeles y girasoles. Mi abuela guardaba porcelanas. Creo que es una tradición familiar que heredé”, cuenta Vanessa sobre su tradición, una que se va pasando de generación en generación, que no solo se trata de guardar objetos, sino de guardar historia, cultura y hasta vida.
“Me gusta mucho estar en mi cuarto de la colección y organizar mis juguetes, limpiarlos, poner en mis repisas las cosas que llegan nuevas, compartir con los demás lo que llega o compartir mi conocimiento”. Hoy, su colección es un refugio que la representa a ella y a su estilo de vida. Sin embargo, aunque ella es feliz y muestra sus juguetes con orgullo, no todo ha sido fácil. En un inicio, sus familiares y amigos cuestionaban su colección, pero ella tenía la respuesta perfecta a estos cuestionamientos, “mi respuesta casi siempre es, finalmente es mi plata, es mi vida, y es algo que me hace feliz y no importa lo que digan los demás”.
Con el tiempo se acostumbraron y sus allegados empezaron a sumarse a la causa, le ayudan a conseguir cosas, se las regalan y la apoyan, lo que motiva a Vanessa a invitar a otros a que conozcan su colección y compartir sus conocimientos.


La acumulación de objetos no siempre comienza como algo evidente. En contraste a estas historias está Mauricio Mora, quien desde joven convivió con una familiar que hoy enfrenta grandes dificultades por estos hábitos. “Desde que vivía con ella era algo que se notaba que estaba pasando, quizás como fue el ambiente en el que crecí, no lo veía. Pero tan pronto salí de la casa y regresé, noté lo grande del problema”.
Este problema transformó las dinámicas del hogar. La casa, si bien amplia en su estructura, se ha convertido ahora en un espacio reducido y un tanto peligroso. “Hay limitación física del espacio, entonces se es más propenso a accidentes. Ya han pasado accidentes en los cuales ella se enreda con cosas, se cae al piso. A pesar de ser una casa grande no es fácil encontrar dónde dormir o dónde poner las cosas, porque todo se ocupa”, cuenta.
Este conflicto trasciende lo material, pues Mauricio dice que la relación, al poner el tema sobre la mesa, se deteriora, por los conflictos que surgen al hablar sobre ello. “Al poner la situación se encuentra resistencia, esto ayudó a que se deteriorara un poco la relación familiar en especial cuando se abordan esos temas”.
Detrás de la conducta, él cree que pueden existir causas más profundas. “Fue una persona que se crió en escasez y quizás aprendió a ser recursiva como para progresar. También está la posibilidad de que actualmente vive sola, pues ya sus hijos tienen sus familias y sus casas. Se podría pensar que acumular objetos reemplaza el espacio físico antes ocupado por sus familiares”, comenta. Aun así, reconoce que son hipótesis que sólo un profesional de la salud mental podría aclarar.
La naturaleza de lo acumulado dice mucho respecto a la tendencia de guardar tantos objetos que a su visión son necesarios, “realmente tiende a acumular cualquier cosa a la que pueda darle un significado de utilidad en el futuro, a pesar de que esa utilidad sea mínima o falsa. Lo difícil es desligarse de esa eventualidad de la funcionalidad del objeto en un futuro”, explica.
Las consecuencias se sienten tanto en lo físico como en lo emocional, el malestar por la situación genera tristeza, frustración y preocupación. “Es un sentimiento de frustración por una situación que parece evidente cómo solucionar, pero al momento de comunicar esa solución no se recibe claramente y causa conflicto”.
Pese a todo, Mauricio insiste en que la solución no pasa por juicios ni imposiciones, sino por un acompañamiento profesional y por el cariño familiar. “Realmente creo que se debería tratar con alguien experto en salud mental, para entender los traumas anteriores que posiblemente estén causando ese arraigo hacia los objetos. Ayudaría a reemplazar esa acumulación por una actividad más saludable”.
Después de un proceso con él mismo, invita a quienes puedan verse inmersos en situaciones similares a, desde la empatía, abordar la situación. “Este fue un consejo que recibí en terapia psicológica: siempre recordar el amor que uno le tiene a esa persona y evitar una postura de juzgar, porque realmente no conlleva a nada. Es bueno expresar las preocupaciones, pero siempre desde el amor y no desde alguien que establece lo correcto e incorrecto. Adoptar la postura de decir, «me preocupa tu bienestar», y no la posición de juez”.
Coleccionar no solo se trata de guardar objetos, se trata de construir en torno a ellos una identidad, conservar memorias, tradiciones y conocimientos, fruto de una gran disciplina. Su contraparte, la acumulación, se define como una carga y una obsesión. Reconocer los límites e identificar la delgada línea que existe entre ambas es fundamental para diferenciar cuándo la práctica enriquece y cuándo limita sin desconocer la empatía con las personas que la atraviesan, pues no hay que olvidar que ante todo prevalece su condición humana.