El alma felina del centro de Bogotá
La historia del gato mas famoso de Bogotá, Martín, el gato que viste corbatas con estilo.
Editado por: profesora Estefanía Fajardo De la Espriella
Perfil realizado para la clase de Taller de géneros periodísticos, (Cuarto semestre – 2025 ll), bajo la supervisión del profesor Sergio León Ocampo Madrid.
¿Cuál será la gracia de un gato longevo que lo hace tan intrigante como fascinante? Silencioso en el andar, con patas de almohadilla, ojos grandes de jade verde, pecho erguido, cola y nariz alargadas, pelaje oscuro azabache en el cuerpo y viste con orgullo una pequeña corbata de Jacquard, Martín es un felino poco convencional. Es el socio de trabajo de su dueño, Diego Francisco Campaña, en el almacén La Corbata de Madera, cuyo éxito no habría sido el mismo sin el encanto de un gato coqueto y su corbata.
El felino llegó a la vida de Diego hace diecinueve años como el regalo de Víctor Blanco, un amigo cercano. Al principio se trataba de una criatura pequeña que aprendía a convivir y a formar un vínculo con su nuevo dueño. A diferencia de la creencia común que describe al gato como un ser solitario e independiente, un estudio demostró “una mayor preferencia de los gatos por sus propietarios versus un extraño en diferentes situaciones…”, explica David Ernesto Montoya en su investigación Monografía: La mente del gato doméstico UNAB. Se demostró, además, que muchos gatos prefieren los estímulos y el acercamiento de los humanos por encima del alimento. “Yo creo que se quedan porque uno les da mucho amor y comida. Cuando no tienen ni lo uno ni lo otro, simplemente se van, así ellos hayan creado un vínculo con usted”, comenta Diego.
Hace veinte años, con su hermana Olivia se dedicaban al trabajo informal en el centro de Bogotá. Vendían corbatas que conseguían al por mayor y las ofrecían en la calle a cinco mil pesos. “Eso era como caramelos. Una sola persona me compraba diez o quince”, recuerda Diego. La persecución policial hacia los vendedores ambulantes los obligó a buscar estabilidad y decidieron obtener un pequeño local por arriendo en la calle 18 #7-81. El local empezó solo con corbatas importadas, después Diego y Olivia se dedicaron a confeccionarlas y ahora ellos las venden a pequeños negocios. Así nació La Corbata de Madera.
El gato se quedó allí, creció entre corbatas y clientes, y terminó adoptando la tienda como su hogar y a Diego como su padre. Cuando Martín tenía cuatro meses, Diego le confeccionó su primera corbata. A diferencia de las corbatas convencionales que se confeccionan con máquinas de coser, microfibra y seda, las corbatas de Martín están hechas a mano. Al principio el gato era reacio a utilizarla, pero poco a poco se fue acostumbrando a medida que crecía.
Desde entonces, Martín se ha dejado vestir el cuello con modelos diferentes y la corbata roja de cuello blanco es su favorita. Aunque el gesto fue inocente, resultó ser una estrategia efectiva de marketing. En el almacén se vende diariamente corbatas para gatos igual de elegantes a Martín. No solo eso, hay bolsas y tarjetas con diseños inspirados en el felino y, además, en la entrada de la tienda, sobre el tapete de bienvenida, la primera figura que aparece es la de la mascota.
El gato vestido de frac es la atracción principal de la calle 18 en el barrio Santa Fé de Bogotá. Los clientes primero preguntan por el gato, y a veces ni siquiera entran a comprar, sino a interactuar con él. Según Beetz A y Julius H en Psychosocial and psychophysiological effects of human-animal interactions, la atracción de los humanos hacia los gatos en general se debe a la liberación de hormonas relacionadas con el afecto y el placer como la dopamina y la oxitocina.
El carácter de Martín, no obstante, cambia con los desconocidos. No le gusta que lo acaricien de más, evita a toda costa los niños curiosos, se le crispa la cara y se eriza cuando ve otros gatos. Hasta en su hogar es más distante con el resto de la familia Campaña. Aunque con Diego es juguetón, con los extraños puede mostrarse cauto e incluso celoso. Martín tampoco atrae a todo tipo de clientes. Hace unos meses una mujer llegó al local interesada por encontrar la corbata apropiada para su esposo, cuando apareció de entre las prendas, la mujer salió aterrada a una esquina de la calle pues ella afirmaba que el gato era una bruja y le pidió a Diego que la atendiera allí mismo.
La verdadera naturaleza del felino, sin embargo, dista de la imagen que algunos proyectan sobre él. Martín es viejo pero sereno, su longevidad resulta tan sorprendente como su fama y pese al paso de los años, se mantiene sano y vivaz. Algunos expertos recomiendan dividir la vida de los gatos en seis etapas: cachorro, joven, adulto, maduro, senior y geriátrico. Según las guías Feline Life Stage de la AAHA (Asociación Americana de Hospitales de Animales), el primer año de vida de un gato equivale a quince años humanos, y a los dos años, a veinticuatro. Cada año adicional, a partir de ahí, equivale a 4–5 años humanos. Martín tiene 19 años, por lo tanto, es un gato geriátrico de 92 años humanos.
Su longevidad tampoco le ha impedido cumplir con su rutina en el trabajo. Las tareas del felino consisten en vigilar la entrada de la tienda, suele subir a las vitrinas para inspeccionar a los clientes y a veces sale a rondar el negocio vecino, pero no se aleja más de cinco metros. Es un gato reservado y activo, cazar ratones o animales pequeños no es de su agrado.
Diego asegura que a Martín le da asco y prefiere cuidar el almacén. No es raro que los clientes lo vean husmear bolsos y maletas con curiosidad pues hace parte de su rutina. Si algo extraño entra al local, Martín es el primero en enterarse. Su habilidad de vigía es un talento biológico de la familia felidae, tal como lo explica David Montoya en su investigación: “Sus orejas móviles les ayudan a localizar sonidos. Su visión está adaptada para detectar el movimiento rápidamente, incluso bajo luz tenue. En cuanto al tacto, los gatos tienen unidades muy sensibles…”.
Martín no trabaja solo, tiene un empleo de turno rotativo semanal con otro felino que aún no conoce del todo. Cada gato permanece en la tienda durante una semana, mientras el otro se queda en casa con los padres de Diego. Él y Martín no suelen convivir, pues Diego teme que la estancia de ambos en un solo lugar, al ser machos, pueda terminar en una riña. En etología felina, esta clase de enfrentamientos son clasificadas como agresión intermasculina, una conducta natural relacionada con la defensa del territorio o la necesidad de domar a otros machos por el aumento de la testosterona, explican Benjamin Hart y Robert Barrett en Effects of castration on fighting, roaming, and urine spraying in adult male cats.
Tanto Martín como su compañero son castrados, sin embargo, Linda Case en The Cat: Its Behavior, Nutrition & Health explica que, aunque la castración reduce significativamente la agresividad entre machos, no la elimina por completo. El comportamiento no se debe únicamente a factores sexuales o territoriales, sino también a competencias jerárquicas.
Además de mantener una relación pacifica entre ambos gatos, el turno rotativo le dio al almacén una identidad doble. De patas pequeñas, cuerpo robusto, piel atigrada, ojos ámbar y nariz pequeña, Lucas es un gato joven que también trabaja de vigía y de modelo en la tienda. A diferencia de Martín, Lucas viste cuellos y corbatas de tonos más oscuros que resaltan aún más el contraste de su pelaje avellana claro. Diego lo adoptó hace cinco años, durante la pandemia del COVID-19, un momento crítico para el negocio ya que los clientes frecuentes se ausentaron por un largo tiempo.
Lucas llegó al almacén por una vendedora ambulante que lo dejó sobre la vitrina diciendo: “Este gatito estaba vagando por las calles y recordé que a usted le gustan los gatos”. Es un gato manso, perezoso y despreocupado. No se alerta en la vigía como Martín, prefiere hacerlo a su modo al rondar casualmente la tienda. Suele cazar palomas y tomar descansos largos en una cama de felpa.
Lucas y Martín no solo se diferencian en el carácter, también en su evidente genética. El color del pelaje en los gatos depende de la proporción y el tipo de melanina que produce su cuerpo. Los tonos oscuros de Martín provienen de una mayor concentración de eumelanina, mientras que los colores cálidos y claros, como el de Lucas, se deben a presencia más alta de feomelanina. Según investigaciones de la genetista Leslie Lyons, en Cats – from Mendel to molecular genetics, estas variaciones cromáticas se relacionan con la adaptación, la herencia y, en algunos casos, con rasgos de comportamiento. Por ello Martín es oscuro ya que complementa con su comportamiento reservado y elegante, y a Lucas, luminoso y tranquilo.
La presencia de los gatos ha influido tanto en las ventas del negocio que incluso un amigo de Diego, hace un año, intentó montar su propio almacén de vestimenta junto a un compañero felino. Sin embargo, no dio resultado pues los clientes notaron enseguida que no se trataba del gato con frac azabache ni del robusto avellanado, sino de un gato blanco. Además, el hombre no estaba dispuesto a atender las necesidades ni alimentar al felino, tiempo después el negocio fracasó. Los trabajadores de negocios vecinos le han contado a Diego que cuando los clientes iban al otro almacén de la competencia, decían “Aquí hay un gato con corbata, pero no es el mismo… Es que el otro es un gato muy elegante, parece que usara un esmoquin.”
La elegancia y peculiaridad de Martín lo han vuelto tan popular que han intentado llevárselo más de una vez. La primera fue cuando unos funcionarios de la luz lo metieron en un costal, y fue un cliente quien avisó. La segunda fue cuando un hombre se lo guardó debajo de la chaqueta y solo se le veía la cola. Los trabajadores de los negocios de la calle 18 admiran tanto a Martín como los clientes a él. “Ya todos en la cuadra lo conocen y me ayudan a cuidarlo. Incluso me han ofrecido dinero por él. Me dicen: ¿cuánto vale el gato? Y yo les digo: ese gato no tiene precio, no ve que es mi hijo”, asegura Diego.
Martín se ha convertido en un miembro vital de la familia Campaña. El vínculo que comparte Diego con el trasciende más allá de su influencia en el éxito de la tienda pues lo considera como a su propio hijo. Martín ha acompañado a su dueño casi toda su vida adulta, y juntos han visto crecer el negocio, resistir crisis y celebrar ventas. Aunque ninguna criatura puede impedir el proceso natural de la vida final, cuando Diego habla sobre el futuro del gato, espera que Martín logre vivir más de 21 años. Según las guías Feline Life Stage de la AAHA, un gato doméstico puede vivir en promedio entre 13 y 17 años.
Algunos, sin embargo, superan las dos décadas gracias al cuidado y la castración. Si bien Diego ha intentado evitar pensar en ello, lo cierto es que lo ha hecho. Suele reflexionar en lo que ocurrirá cuando el gato ya no esté, aunque le sea difícil. “No diga eso”, responde, “Uno nunca piensa en la muerte ni para uno mismo.” Tiene preparado un plan funerario para su gato, así como para el resto de su familia e invierte treinta y cinco mil pesos mensuales tanto para Martín como para Lucas. Es común entre los dueños de gatos asumir la pérdida como un estado de duelo similar a un ser humano cercano ya que se activan los mismos mecanismos de apego como en las relaciones humanas. James Quackenbush y Lawrence Glickman en Pet loss and grief explican: “En términos prácticos, la secuencia emocional y psicológica que atraviesa una persona cuando muere su mascota es casi indistinguible de la que experimenta ante la pérdida de un ser humano…”. Si Martín deberá partir, Diego sabe que su presencia no se irá con el del todo.
La memoria de su estadía en la tienda y el afecto se preservan. Además, su lugar no quedará vacío pues Lucas continuará rondando entre las vitrinas, como si entendiera que le corresponde cuidar lo que Martín ayudó a construir. De algún modo, la vida del uno se prolonga en el otro y Diego estará dispuesta a acoger otro integrante gatuno en un futuro, pero por ahora dedica su tiempo al cuidado de su socio. “Cuidar gatos es como cuando uno se casa. No es solo amor, también es responsabilidad”, afirma Diego.
Cuando el día termina, Martín es recompensado por el trabajo con unas golosinas. Parte de las ganancias se invierten en la comida y la arena sanitaria, y de vez en cuando, en un juguete nuevo que el felino recibe con la misma curiosidad de siempre. Martín sigue allí, cada domingo de la semana o después del turno de Lucas con la misma rutina de siempre: se acuesta sobre el tapete de bienvenida y observa la calle con calma. Si entra un extraño se alerta y si se trata de un cliente habitual, sube a la vitrina para atenderlo luciendo su corbata nueva del día. Mientras la tienda siga abierta, será imposible separar el éxito de “La Corbata de Madera” del encanto discreto de su vigilante más fiel.