Facultad de Comunicación Social - Periodismo

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De todas maneras… tomémonos un tinto

La caficultura, pilar de la economía colombiana, está en peligro. Esta es la historia de quienes luchan por mantenerla viva de manera tradicional.

Editado por: Laura Sofía Jaimes Castrillón

Multimedia realizado para la clase de Taller de géneros periodísticos (Cuarto semestre, 2023 – I), con la profesora Laila Abu Shihab Vergara

En la Vereda Vegas de Isnos, ubicada en el Huila, donde el café abunda y la expresión “de todas maneras” no falta; se vive una realidad que demuestra que el campo, pilar fundamental de la economía colombiana, se está acabando. 

Para Colombia el café es mucho más que una bebida, es una tradición que se remonta a años de historia. Una historia que se esconde detrás de ese color marrón, ese aroma peculiar y ese sabor profundo que tiene cada taza. Una historia que tiene detrás a miles de familias campesinas que luchan día a día por mantener vivo este legado. Se trata de una tradición que ha sido cultivada con esmero, como cada semilla de café que termina en manos de personas que diariamente lo consumen. 

En cada taza de café que se sirve en las mesas de todo el mundo, se encuentran los sueños y sacrificios de familias caficultoras como la de Ángel Peña. Un campesino que vive en el corregimiento de La Laguna, ubicado en el municipio de Pitalito, Huila, el cual, según La Federación Nacional de Cafeteros, es el mayor productor de café en Colombia actualmente. 

La jornada de don Ángel (como le dicen) y su familia comienza a las 5:00 de la mañana, antes de que salga el sol. Él es consciente de que el tiempo es un factor clave en el cultivo del café, por lo que madrugar se ha convertido en una rutina necesaria. 

Mientras que en su casa aún sin pintar, construida de ladrillos y cemento, su esposa Paola Lozano hace el desayuno, don Ángel se baña y se viste con su indumentaria de trabajo: unos jeans resistentes, una vieja camisa de algodón y unas botas de caucho que protegen sus pies del barro. Luego, despierta a sus hijos, para que, al igual que él, se preparen para ir a trabajar. A eso de las 5:40 la familia se reúne en la mesa para disfrutar de su desayuno, que como siempre, está acompañado de una taza de café. 

Después del desayuno y de alimentar a las gallinas y los perros, la familia Peña Lozano sale de su casa para ir a trabajar. El silencio de las 6 de la mañana es interrumpido cuando don Ángel arranca su moto, con Paola como copiloto. Su hijo mayor Carlos de 13 años lo imita, manejando con destreza la otra moto con su hermana Viviana de 10 años, aferrada a su espalda. La brisa fresca del campo los golpea mientras avanzan hacia la finca “El Mirador”, su lugar de trabajo, la cual queda a 20 minutos en moto de su residencia, y se encuentra en una vereda llamada Vegas de Isnos, perteneciente al municipio de Isnos. 

Cuando llegan a “El Mirador» los recibe la señora Elvira Jiménez, mamá de Ángel y dueña de la finca que abarca un terreno de 10 hectáreas de las cuales 7 están dedicadas al cultivo de café. 

En esta finca nació la historia de la familia Peña con el café. Carlos Peña (que en paz descanse) les enseñó a sus hijos: Arbey, Heider, Hugo, Regulo, Edis y Ángel la disciplina de este oficio campesino. Hoy en día, solo 3 de ellos viven de las enseñanzas de su padre. Ángel, el hijo menor, que actualmente tiene 48 años, reconoce que ese aprendizaje es lo que le ha permitido independizarse y construir su casa en La Laguna, corregimiento en el cual se encuentra la escuela en donde estudian sus hijos.  

“Yo fui a la escuela hasta cuarto de primaria. Mi hermana Edis y yo caminábamos unos 40 minutos hasta allá, descalzos porque no teníamos zapatos. Después empecé a trabajar en la finca con mi papá y mis hermanos. Dejé de ir a la escuela y empecé a aprender todo lo que tenía que ver con el cultivo porque de eso dependía mi familia. Hoy en día seguimos viviendo de esto”, aseveró Ángel mientras recogía los canastos que se amarran en la cintura para empezar la recolección. 

La familia de Ángel hace parte de ese 74% de la población rural huilense, que, según la Federación Nacional de Cafeteros, se dedican a la caficultura, este departamento alberga más de 83.000 hogares que cultivan 144.895 hectáreas de café arábico de las variedades Castillo, Colombia, Caturra, Típica, Borbón y Tabí. 

Cada sábado, Ángel y su familia recogen sus canastos y empiezan a caminar juntos entre las hileras de cafetales de variedad Castillo y Colombia. Ambos tipos de café son los más producidos en el departamento. El Castillo se distingue por sus hojas grandes y brillantes, mientras que el café Colombia tiene hojas más pequeñas y son de un color verde intenso, además cada uno tiene diferentes características en cuanto a sabor y aroma. Cuando entran a los cafetos, Ángel asigna los surcos (una hilera de árboles) que le corresponden a cada uno y empiezan con la recolección. 

— Carlitos hágame el favor de ayudarle a Viviana que ella todavía no sabe coger bien la pepa —le dice Ángel a su hijo mayor mientras trabaja al lado de su mujer Paola. 

— Vivi vea, usted tiene que coger la pepita que esté bien roja y lisa; las verdes y las que están arrugadas no nos sirven —le dijo Carlos a su hermana, mientras coge las pepas del café y las mete al canasto. 

—Yo sé Carlitos, pero de todas maneras a mí no me gusta hacer esto —dijo Viviana aburrida, imitando la acción de Carlos en su propio canasto. 

A medida que avanza el día, el sol comienza a calentar el campo y la familia continúa su trabajo, recogiendo con destreza y cuidado cada pepa de café. El sonido del cacarear de las gallinas se mezcla con la música ranchera que desprende el radio del señor Ángel. 

— Agh, este sol de mediodía si es fastidioso, eso es lo que no me gusta de andar cogiendo café papá. Yo prefiero trabajar cuando hace fresquito —dijo Carlos refugiándose bajo la sombra de un árbol. 

— Carlitos pues de todas maneras ha llovido bastante estos días, por eso no hemos podido venir tan seguido a recoger la siembra. Hay que aprovechar este ratico de sol —le dijo su papá mientras Carlos se quitaba el canasto de la cintura y echaba las cerezas de café en una tula que reunía su trabajo del día. Luego, colocó la tula con cuidado bajo el árbol y la familia emprendió el camino de regreso a casa, donde les esperaba el almuerzo que su abuela había preparado. 

Don Ángel tiene razón: con los aguaceros que se presentaban últimamente en la zona, la cosecha era un poco más complicada. La lluvia les impedía tener un día de recolección fructífero; además, ponía el camino de la vereda en condiciones desfavorables para la transportación del café en moto, pues esta sufría de derrumbes y deslizamientos. 

La familia Peña se reúne en el comedor de la finca para disfrutar de un reconfortante almuerzo. Después de comer se tomaron una taza de “tintico”, como era costumbre para “reposar la comida”. A la 1 de la tarde la familia ya estaba en los cafetales continuando su trabajo. 

Terminaron su jornada a las 3 de la tarde, llevaron los costales repletos de cerezas de café hasta la casa de bahareque de la finca. Los niños se pusieron a hacer las tareas de la escuela en el comedor mientras veían a su papá despulpar el café en la máquina y a su tío Regulo lavar el café. 

—Carlitos vea es que a mí me gusta estudiar, yo quiero ser así como la tía Edis e irme para Bogotá a trabajar por allá. — le dijo Viviana. 

—Pues, yo la entiendo Vivi. A mí tampoco me gusta trabajar de sol a sol cogiendo café, pero, de todas maneras, usted sabe que eso es lo que nos da de comer. —le respondió su hermano.  

Los niños hablaban de su futuro y comentaban que no querían trabajar toda su vida como caficultores. A su corta edad comprobaron que la vida cafetera se estaba enfrentando a una serie de desafíos que amenazaban con desaparecer su hogar: el campo. 

Y tienen razón. El Huila ha tolerado eventos climáticos extremos al igual que la mayoría del país. De acuerdo con la Secretaría de Agricultura del departamento se estima que la producción del café durante el primer semestre de este año se verá afectada en un 40% a raíz de las extremas lluvias y las altas temperaturas que han acogido los opitas (como se les conoce a los habitantes de este departamento). Esto ha ocasionado que los caficultores se enfrenten a desafíos cada vez más arduos para la preservación de sus parcelas. 

Además, las ganancias que obtienen los agricultores muchas veces no son suficientes para sostener sus actividades y mejorar sus condiciones de vida. En época de cosecha se gana bien, ya que la modalidad más usada de pago es el “kileo” que consiste en pagar por el kilo de café recolectado en cereza; pero cuando no hay cosecha les pagan por día. Así que muchos jóvenes han tomado la decisión de migrar hacia las ciudades y los pueblos para trabajar en oficios menos exigentes, en los que tal vez puedan ganar un poco más. 

El ejemplo a seguir de Viviana Peña fue un caso similar. La señora Edis fue la única mujer de la familia que salió de la vereda. Ella trabajaba cocinando y llevando el almuerzo a su papá y sus hermanos hasta los cafetales y nunca dejó de ir a la escuela a pesar de las dificultades. A los 17 años partió hacia Bogotá y empezó a trabajar como niñera, vendedora, florista y secretaria. Todo para salir del campo y buscar mejores oportunidades para ella y su familia. 

Hoy en día tiene 52 años, trabaja en una inmobiliaria y es la que responde económicamente por los insumos de la finca y por la manutención de la señora Elvira. 

— Niños despídanse de la abuela, nos vamos para la casa —Grita Paola desde el jardín de la finca. 

—Pa, ¿ya terminó? —le preguntó Viviana a su papá. 

—Si mijita, ya le ayudé a su tío Regulo a despulpar el café, y él ya lo está terminando de lavar. Ya si Dios quiere, mañana su tío Heider lo pone a secar y lo lleva así en pergamino seco (se le llama así al café que comercializa el caficultor al interior del país) a la finca de Gran Bretaña, la que queda en Bellavista para que lo tuesten y lo muelan. —le dijo Ángel a Viviana. 

—Ah sí, la finca de don Vicente Urbano que ahorita la está administrando la hija Paola Urbano —dijo Carlos. 

—Si Carlitos esa. Ellos ahorita están recibiendo café y pues, de todas maneras, aunque queda un poquito más lejos lo pagan mejor que en el pueblo —le respondió Ángel a su hijo. 

Después de despedirse de la abuela y los tíos, los niños subieron a la moto. Ángel y Paola a la suya y emprendieron el viaje de regreso hacia La Laguna. El camino fue tranquilo en medio de la noche. 

Una vez en casa, Paola prepara la cena para la familia. Después de cenar los niños se fueron a dormir mientras Paola y Ángel se quedaron tomándose un tinto en la sala de su casa. 

—Vi como desanimada a Viviana cogiendo café hoy —le dijo Ángel a su mujer. 

—Si amor, yo ya le había dicho que a la niña eso no le gusta. ¿No le preocupa que los niños no quieran seguir con el legado de la finca y se vayan, así como su hermana? —respondió Paola. 

—No, no me preocupa. Mientras Dios nos tenga con salud vamos a seguir trabajando por ellos para que tengan un mejor futuro que nosotros y aprendan más cosas —le dijo Ángel. 

Aunque a don Ángel no le preocupa el futuro de sus hijos, si es un tema que debe interesar a Colombia, ya que el campo está sufriendo una fuerte pérdida de campesinos. Según un estudio del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo desde el 2014 la edad promedio de los trabajadores del café es de 50 años, no hay muchos jóvenes laborando, y los que hacen esta ardua tarea quieren migrar hacia las ciudades en busca de mejores oportunidades. 

Por eso es importante reconocer que cada taza de café que disfrutamos es un testimonio del esfuerzo y dedicación de miles de familias campesinas como la familia Peña. Detrás de cada sorbo, hay una historia de lucha y sacrificio, de tradición y arraigo a la tierra. Es un recordatorio de la importancia de preservar y apoyar la vida en el campo cafetero, de valorar y reconocer el trabajo de aquellos que hacen posible que tengamos este delicioso elixir en nuestras manos día a día.