Crónica de un muchacho caribe en la niebla andina
Zipaquirá lo recibió con un frío que se le clavó en los huesos. El clima no parecía el de su Caribe sino el de un mundo donde la luz parecía siempre filtrada por la niebla.
Editado por: Juliana Sofía Guevara Borbón
Crónica realizada para la clase de Taller de géneros periodísticos, (Cuarto semestre – 2025 ll), bajo la supervisión del profesor Sergio León Ocampo Madrid.
Luego de ocho décadas, en Zipaquirá aún se le puede imaginar a Gabito, quien llegó a esa tierra en 1943; caminando por esos pasillos, envuelto en un saco demasiado grande para su cuerpo adolescente, cargando libros en los antebrazos, con esa seriedad aparente que escondía un oído atento a cada frase, a cada gesto.
Aún se le puede observar en silencio, como si todavía buscara en las conversaciones de recreo o en las lecturas nocturnas la chispa de una historia que valiera la pena contar. Como dijo él mismo alguna vez: «La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla.» Porque en Zipaquirá no solo sobrevivió al frío, también aprendió que cada rincón, cada rostro y cada carta podían ser literatura.
Todavía no existe la Ruta Macondo en Zipaquirá. No hay placas que señalen estaciones, ni guías que acompañen a los visitantes, pero basta con detenerse en las calles húmedas y en los patios silenciosos para sentir que la ruta ya está ahí, esperando. La Fundación Gabo busca levantar este camino de la memoria para recordar que fue en este frío, entre pupitres de madera y cartas a su madre, donde un adolescente flaco y silencioso comenzó a formarse como Nobel de la literatura.
De ahí la importancia de detenerse en lo que hoy apenas se sueña como la Ruta Macondo. Entre quienes han seguido esas huellas, la voz de Cristian Camilo se vuelve indispensable. Cristian ha dedicado más de una década a rastrear la vida del muchacho que, con el tiempo, se convertiría en un orgullo nacional. Su trabajo ha mostrado cómo la experiencia zipaquireña marcó al escritor en formación. Lo dice sin titubeos: “Zipaquirá fue la ciudad donde Gabo eligió ser escritor. Aunque nació en Aracataca, aquí aprendió, soñó, leyó, narró y se disciplinó en el mundo de las letras. Por eso insistimos en rescatar esta etapa poco visibilizada de su biografía”.
Pero la ruta no es solo un sueño. En la casa donde alguna vez habitó Gabo se instalaron dos museos que no resistieron el paso del tiempo, uno durante el periodo del exalcalde Marco Tulio Sánchez (2012–2015) y otro con el exalcalde Luis Alfonso Rodríguez (2007). Ninguno sobrevivió. “No se puede hacer lo mismo que han hecho y esperar algo diferente”, advierte Cristian Camilo, licenciado en Filosofía y profesor en la IEM Santiago Pérez de Zipaquirá. Para él, la Ruta Macondo exige alianzas más amplias y una pedagogía que enseñe a los propios zipaquireños que fue en este frío donde se templó la voz del Nobel. Sin esa siembra, la memoria seguirá resbalándose como agua sobre sal.
El descenso
El tren se detuvo en la Estación Bazzani, y con él descendió un adolescente flaco, envuelto en un saco prestado que parecía quedarle demasiado grande para sus dieciséis años. El aire de Zipaquirá lo recibió con un frío que se le clavó en los huesos: un clima que no pertenecía a su Caribe sino a un mundo donde la luz parecía siempre filtrada por la niebla. Allí estaba Gabo, con su colchón al hombro y los versos de boleros todavía en la garganta, sorprendido por un paisaje que le imponía silencio.
Zipaquirá era una villa tiznada de humo salino; Villa Ahumada le decían, porque las chimeneas de los hornos cubrían de ceniza el cielo. Nada más opuesto a la algarabía y los colores de Aracataca. Pese a eso, sería allí donde se gestaría el escritor, en la contradicción misma del Caribe en diálogo con el páramo.
Ese contraste, que pocos zipaquireños conocen hoy, es justamente el que subraya Edgar Peñuela, politólogo y actual asesor del alcalde: “La mayoría de zipaquireños no saben que Gabo vivió aquí, ni que esta ciudad formó a un Nobel de Literatura. El valor histórico y cultural del Colegio de Gabo, de la estación del tren, de la casa museo del maestro Quevedo y de otros inmuebles es enorme, porque son un legado que se está perdiendo. La Ruta Macondo es un esfuerzo por no dejar morir esa memoria y lograr que el país reconozca que Gabo se formó literariamente en Zipa”.
El liceo y la disciplina del frío
El Liceo Nacional de Varones no era solo un edificio de arcos y balcones verdes; era un mundo cerrado, austero, regido por campanas y horarios. Gabo entró cargando su baúl y su nostalgia. Las jornadas comenzaban a las cinco y media de la mañana con baños de agua helada que lo despertaban más por castigo que por higiene. El comedor ofrecía huevos como moneda de cambio y las mogollas, traficadas desde tiendas vecinas, se volvían lujo clandestino.
En las noches, el frío se combatía con lecturas en voz alta: Dumas, Verne, Twain. Los dormitorios blancos eran escenario de pesadillas heredadas de su madre y de guerras de almohadas que terminaban en reprimendas monumentales. Pero también eran, como recordaba el propio García Márquez, el lugar donde aprendió a escuchar historias antes de dormir; esta fue la semilla de su vocación narrativa.
Aquí aparecen nombres decisivos. Cristian Camilo recuerda al maestro de literatura Carlos Julio Calderón Hermida, quien “le metió en la cabeza esa vaina de que escribiera”, y a Guillermo Quevedo Zornoza, el profesor que lo acercó a la música clásica. Fueron esos maestros, dice, los que moldearon su espíritu intelectual.
El refugio de la biblioteca
Si en Aracataca había aprendido a escuchar, en Zipaquirá aprendió a leer. La biblioteca del liceo, armada con libros sobrantes y colecciones dispersas, se convirtió en su morada predilecta. Allí devoró la Biblioteca Aldeana, tomo tras tomo, hasta que descubrió que lo que necesitaba para expresarse no era el verso sino la novela. En esa sala nació el germen de Melquíades, de las profecías, de Macondo mismo.
Junto a otros doce estudiantes fundó la Gaceta Literaria, perseguida por las autoridades como propaganda subversiva. Era apenas un periódico escolar, pero cargado de esa irreverencia que lo acompañaría siempre. Fue el primer ensayo que escribió su primera conspiración con la palabra. Según lo cuenta María del Pilar Rodríguez S. en el Guion Turístico: Capítulo Zipaquirá (2014), aquella inocente publicación terminó confiscada en 1944 por el alcalde Carlos E. Acosta que la allanó bajo la acusación de propaganda subversiva. El país estaba en estado de sitio, temblando por rumores de golpes y alzamientos, y los muchachos del Liceo fueron vistos como sospechosos por atreverse a escribir. Así comenzó Gabo a conocer no solo la fuerza de la palabra, sino también su peligro.
Las calles y los afectos
Fuera del claustro, Zipaquirá ofrecía complicidades. La tienda de doña Enriqueta con sus dulces fiados, la turronería de doña Natalia Triana, la panadería de las señoritas Algarra. También estaban las amistades entrañables, Álvaro Ruiz Torres, con quien fumaba y hablaba de novias; Cecilia “la Manquita” González, que lo presentaba como poeta en tertulias literarias; Sara Lora, la telegrafista que le adelantaba giros y guardaba sus cartas maternas como reliquias. Y, cómo no, Berenice Martínez, la joven a la que le recitaba versos desde la ventana. Así lo cuenta María del Pilar Rodríguez Saumet, comunicadora social, periodista e investigadora colombiana, quien desde 2009 ha sido la guionista oficial de las distintas versiones de la Ruta Macondo (Zipaquirá, Bogotá, Barranquilla, Cartagena) con apoyo de la Fundación Gabo.
La Plaza y la voz pública
El pueblo lo escuchó por primera vez como orador en la Plaza Mayor, desde el balcón del Club Social, cuando celebró el fin de la Segunda Guerra Mundial en 1945. Tenía dieciocho años y ya modulaba frases con esa cadencia de pregón que más tarde se volverían universales. El muchacho costeño que temblaba de frío se había transformado, por un instante, en voz del pueblo.
Para Cristian Camilo, este instante fue esencial: “Ese discurso marcó el inicio de su voz pública e intelectual, el momento en que descubrió que podía hablarle a una comunidad entera y ser escuchado”.
Exilio en la ciudad del frío
Zipaquirá fue, para Gabo, un exilio temprano; un territorio de niebla donde descubrió la nostalgia y la disciplina, el hambre y la música clásica, el rigor de la palabra y el calor de las primeras amistades. No conoció entonces la Catedral de Sal —nunca entró, prefirió las páginas de Verne y Salgari—, pero desde aquí partió con la certeza de que el mundo era más grande que su aldea caribeña.
Y al recorrer hoy esas calles, todavía parece que tras la bruma se adivina al adolescente envuelto en su saco, con los ojos muy abiertos, descubriendo que la literatura —como la vida— podía empezar en cualquier esquina, incluso en un liceo blanco y verde donde la campana sonaba como reloj de destino.
Cristian Camilo lo resume en una frase que también puede ser un lema para la Ruta Macondo:
“Todo lo que Gabo aprendió se lo debe al bachillerato en Zipaquirá.”
Y, como añade Edgar Peñuela, asesor del alcalde de Zipaquirá, si el proyecto se concreta, Zipaquirá se convertiría en el segundo destino obligado para los turistas después de la Catedral de Sal. Se convertiría es un municipio en el que no solo se respira sal, sino también literatura.