En la lucha por la reincorporación
Los proyectos colectivos de firmantes de paz en Bogotá se han visto obstaculizados por diversos factores que destruyen la colectividad y la apuesta política de los mismos.
Editado por: profesora Estefanía Fajardo De la Espriella
Reportaje realizado para la clase de Taller de Géneros Periodísticos (Cuarto semestre, 2026-1), con el profesor Fernando Adrián Cárdenas Hernández.

Frente a cientos de personas vestidas de blanco, Rodrigo Londoño, alias Timochenko, da un discurso. Es el 26 de septiembre de 2016. Justo en medio de su reflexión, un fuerte ruido le dejo mudo. Aviones Kfir de la Fuerza Aerea colombiana sobrevolaron muy cerca de la tarima. El rostro del comandante en jefe de las FARC luce sorprendido. Se trata, claramente, de una demostración de poder. En ese momento el Estado Colombiano dejó en claro que no trataría a los firmantes como los sujetos políticos que el acuerdo reconocía. Ese momento presagiaba la forma en que el Estado abordaría la reincorporación.
Luego de la firma del acuerdo de paz entre las FARC y el Estado, miles de guerrilleros dejaron las armas para reincorporarse en la sociedad civil y continuar su lucha política desde allí. En todo el país, 13.609 guerrilleros dejaron las armas, de los cuales 700 residen en Bogotá, según cifras de la alcaldía distrital. La lucha de los excombatientes residentes en la ciudad por sobrevivir levantando espacios colectivos de articulación política, apuesta de paz y cultura se ha visto enfrentada al estigma, la individualidad y las dificultades económicas.
Aun cuando el proceso de reincorporación amparado en el Punto 3 del acuerdo estaba pensado de manera colectiva, la apuesta del gobierno fue desmontar esa colectividad. La profesora de la Universidad Nacional de Colombia, Lorena Carrillo, especializada en temas de conflicto armado y guerrillas, afirma que la responsabilidad del gobierno frente a los firmantes no se cumplió, desarticulando los procesos colectivos. Esto, de una u otra manera, terminaría por complejizar la conformación de espacios y apuestas para la paz. “[A los ETCR1] no llegaba la comida, los contratos no se hacían, las situaciones de seguridad eran complejas, y eso hizo que muchas personas comenzaran a moverse a otros lados de manera individual, más que colectiva”, dice la profesora.
Sin un proceso colectivo en forma, muchos excombatientes llegaron a las ciudades desarticulados y en busca de sustento para vivir. “Te encuentras el caso de excombatientes haciendo Rappi, trabajando en construcción, en el rebusque – comenta la profesora–; sin esta posibilidad de volver a sus redes de contacto porque las perdieron”. La alternativa de constituir un espacio colectivo en una ciudad como Bogotá, por ejemplo, no es sencilla cuando el Estado no vela por ella, sino por la individualización del firmante. “Es algo que hacen casi nadando contracorriente porque no han recibido el apoyo de las instituciones, que deberían haber tenido como quedó pactado en el acuerdo”, afirma la profesora.
A la desarticulación se le suma el estigma social y las dificultades económicas que viven a diario los firmantes en una ciudad como Bogotá. Por un lado, el imaginario social que de los firmantes se tiene, no es un proceso sencillo en su composición ni en su desmonte; pues se trata de un proceso de años, impulsado a través de los medios quienes han dicho, sobre todo en la urbanidad, quiénes son los guerrilleros bajo el filtro de un discurso hegemónico. Por el otro lado, las dificultades económicas que vive un proyecto de reincorporados en Bogotá (y el país) están marcadas por el difícil acceso al crédito y el nulo interés del Estado en apoyar estas iniciativas, sumado al desconocimiento de las dinámicas socioeconómicas de la ciudad, que dejan a los firmantes en una situación vulnerable.
Uno de los proyectos que sobrevivió a la des-colectivización y logró enfrentarse a estos factores fue La Trocha. Liderada por firmantes de paz, hace 5 años nació como un proyecto de cerveza artesanal, que 2 años después pasaría a convertirse en La Casa de la Paz; una propuesta ambiciosa, que busca visibilizar las memorias del conflicto armado y promover cultura de paz. “La Trocha se está configurando como uno de los mejores referentes de reincorporación […] porque tratamos de ser muy coherentes con nuestra identidad como luchadores sociales identificados plenamente con la firma del acuerdo de paz y nuestro compromiso de no volver a las armas, pero continuar luchando por las transformaciones sociales que necesita el país”, afirma Doris Guzmán, firmante y miembro del equipo de La Trocha.
Sin embargo, no todo son buenas intenciones; uno de los más grandes retos que ha enfrentado y aún hoy enfrenta el proyecto es el económico y el social. Cada uno de los nueve firmantes miembros en el proceso aportó 8 millones para poder fundarlo, concretando un capital inicial de 72 millones sin un solo peso recibido por el Estado. Además, Doris afirma que sostenerse no ha sido fácil, “los bancos le prestan a quien tiene dinero; sin embargo, nosotros no teníamos vida crediticia ni como personas ni como colectivo […], nosotros escasamente logramos el punto de equilibrio”, y agrega, “tratamos de hacer las cosas bien, apoyando a las organizaciones sociales y eso no siempre nos trae dinero, pero sí una satisfacción; y eso los bancos no lo tienen en cuenta”.
En cuanto a lo cultural, el espacio de La Casa de la Paz ha optado por no poner un cartel que diga dónde se ubica frente a su puerta. “No nos atrevemos a poner aviso porque todavía hay mucha estigmatización y la guerra ha dejado muchas heridas que no han sanado y van a tardar en sanar”, dice Doris. La receptividad de los procesos de reincorporación en la urbanidad puede variar dependiendo de las personas, una ciudad como Bogotá es de difícil generalización; sin embargo, el peso del estigma tardará en alejarse de estos proyectos.
La Trocha es un ejemplo de lo que ocurre cuando un proceso sale bien, aun cuando tiene sus dificultades. La profesora Lorena Carrillo afirma que “la gente de la Trocha tiene una situación distinta comparada con muchos otros, aunque no logran su equilibrio, si se han posicionado como un referente importante: terminó CLACSO2 y medio CLACSO estaba metido en la Trocha”, y agrega, “algo muy importante es que no han dejado perder el espíritu de la colectividad y la solidaridad, así sea entre pocas personas”. Sin embargo, hay que ser consciente de que son pocos, muy pocos, los proyectos de paz que triunfan en Bogotá.
Cuando algún proyecto se levanta con una propuesta política, luego del proceso de individualización impulsado por el Estado, se enfrenta a todo un establecimiento que desarticula su interés político, “si tú sigues mostrándote como rebelde, vamos a seguir entonces con la estigmatización y te arriesgas a procesos judiciales. Como que la reincorporación sí, pero de la manera que el Estado quiere”, explica la docente hablando de cómo se ha llevado a cabo un ejercicio de normalización del exguerrillero, evitando que mantenga su apuesta política, y peor aún, en colectividad.
Identificar proyectos tan ambiciosos como La Trocha es difícil, algunos como La Roja, hija del ETCR de La Fila, o Casa Alternativa, propuesta cultural y artística más que comercial; son unos de los pocos que se han levantado victoriosos en Bogotá. La pregunta es: ¿Dónde están los 700 firmantes residentes en Bogotá? El carácter de acuerdo y no de rendición implica que entender a los excombatientes como sujetos políticos es un no negociable; sin embargo, el interés del Estado por mantener un discurso sobre el firmante, el saboteo de los compromisos y el desinterés en las apuestas por la paz han dejado a muchos excombatientes sin alternativas para continuar sus apuestas políticas.
El camino de los proyectos colectivos como propuestas políticas se ha visto seriamente obstaculizado, una ciudad como Bogotá, no es amigable con ningún emprendedor, mucho menos lo ha sido con los firmantes de paz, que luchan a diario por sobrevivir enfrentándose a las dinámicas urbanas que desconocían, a la dificultad de conseguir trabajo y a la mayor dificultad de emprender. Queda preguntarse: ¿Qué será de los firmantes de paz que se ven sin alternativas para reincorporarse dignamente?