Facultad de Comunicación Social - Periodismo

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Verdades, cuerpos y memorias

Hablamos con expertos, investigamos y construimos un gran reportaje que habla de género, territorios, violencia y periodismo en contextos adversos.

Editado por: Juliana Sofía Guevara Borbón

Gran reportaje investigativo realizado para el Semillero de Producción de Conexión Externado, bajo la supervisión de los profesores Sergio Enrique Jiménez Salazar, Estefanía Fajando de la Espriella y Juliana Sofía Guevara Borbón, en el marco del XVI Encuentro Internacional de Periodismo.

Violencia sexual contra los hombres, un debate sobre las violencias basadas en género

Por: Evelyn Acevedo Rueda

Durante el conflicto armado, la violencia sexual fue un arma de guerra. Pero, los hombres víctimas de este flagelo también pueden ser víctimas invisibles de algo más complicado, las Violencias Basadas en Generosa (VBG)

Luego de la firma del proceso de paz en Colombia, en la academia se empezaron a analizar desde diferentes aristas los macrocasos en los que la JEP buscaba investigar y esclarecer los hechos más graves del conflicto armado colombiano. Uno de los once casos trataba específicamente de la violencia basada en género, “incluyendo violencia sexual y reproductiva y otros crímenes por prejuicio, y en las dinámicas de guerra, que reflejan y multiplican las discriminaciones estructurales que históricamente han afectado a mujeres, niñas y personas con orientaciones sexuales, identidades y expresiones de género diversas”.

​La investigación está centrada en los motivos y lógicas que tenían estas organizaciones, que se sustentan en relaciones dominantes de género reproducidas en el conflicto armado a través del uso de las armas y el ejercicio del poder. En este contexto, cientos de hombres fueron violentados sexualmente: recientemente un fallo de La Sala de Reconocimiento de Verdad de la JEP reconoció a 104 hombres como víctimas de violencia sexual cometida en el contexto del conflicto armado, en hechos perpetrados por grupos paramilitares con la posible tolerancia de integrantes de la fuerza pública.

Este reconocimiento representó un hito en el reconocimiento de las violencias basadas en género que se dieron durante el conflicto armado y permitió visibilizar ciertos patrones, causas, consecuencias e impactos diferenciados de la violencia sexual durante el conflicto armado en hombres y niños, identificados en su mayoría como heterosexuales y cisgénero.

​Según las investigaciones de Gabriel Gallego, profesor e investigador de la Universidad de Caldas y experto en estudios de población y de género, estos actos no solo buscaban humillar físicamente, sino quebrar la identidad masculina de las víctimas. El objetivo era “feminizar” al otro: arrebatarle su virilidad y situarlo en una posición de inferioridad. Las víctimas sufrieron lesiones corporales, secuelas en su salud sexual y reproductiva, así como afectaciones psicológicas graves, entre ellas ansiedad, depresión, culpa y vergüenza. Además, estos daños se vieron agravados por la ruptura de vínculos familiares y comunitarios, así como por la pérdida de confianza en las instituciones estatales, lo que limitó las posibilidades de reconstruir sus proyectos de vida. Todos estos impactos se encuentran estrechamente relacionados con la imposición de silencios forzados, producto de los mandatos de la masculinidad hegemónica que sancionan socialmente a los hombres víctimas de violencia sexual, ubicándolos en un lugar de subordinación y despojándolos de su “virilidad” en contextos atravesados por lógicas patriarcales y militarizadas.

En ese sentido, Gallego propone un debate que puede llegar a ser controversial: la violencia sexual contra los hombres durante el conflicto armado fue también una violencia basada en género, aunque el marco jurídico colombiano no la reconozca como tal. Esto dijo Gabriel en una entrevista realizada para el medio Conexión Externado durante el XVI Encuentro Internacional de Periodismo

Ahora bien, de acuerdo con los indicadores de justicia de la Corporación Excelencia en la Justicia, para 2024 en el país por cada 100mil habitantes se presentaron aproximadamente 58 casos de delitos sexuales. El 81% de estas víctimas eran mujeres y casi el 18% eran hombres. Podría decirse, entonces, que la violencia sexual contra los hombres, no solo en el conflicto armado sino en otros contextos, se trata de un fenómeno social profundamente silenciado y subregistrado, marcado por estereotipos e ideas sobre lo que significa ser “hombre” en el contexto de una cultura patriarcal. Gallego lo explica de esta forma.

No obstante, este debate genera tensión porque los ataques a hombres también pueden tener significados diferentes según el contexto. Paula Drumond, investigadora en temas de género, paz y seguridad del Instituto de Relaciones Internacionales de la PUC-Río, explica que estas violencias a veces tienen un uso sexual por humillación, dominación o erotización, pero en otros casos la violencia tiene fines políticos, de tortura o castigo. Drumond distingue, entonces, entre violencia sexualizada, donde el cuerpo masculino se usa como un lenguaje de humillación sexual, y violencia no sexual, donde el daño genital es una forma más de tortura, sin intención erótica o simbólica ligada al sexo. 

​En su artículo “What about men? Towards a critical interrogation of sexual violence against men in global politics”, la autora enfatiza que esta violencia debe entenderse dentro de las estructuras de género, poder, raza y etnicidad. No todos los hombres son igualmente vulnerables y muchos no son atacados en razón de su género, sino por su posición dentro de jerarquías sociales o étnicas. Es peligroso, entonces, tener una visión homogénea del hombre víctima, y cuando las instituciones dicen “las mujeres y los hombres también”, sin cuestionar las jerarquías patriarcales, finalmente se termina reproduciendo el mismo sistema desigual que originó la violencia.

Fernando Angulo, sociólogo y especialista en estudios feministas y de género de la Universidad Nacional, considera que la violencia sexual en el marco del conflicto armado fue utilizada como un arma de guerra contra hombres y mujeres. Sin embargo, Angulo no considera que esta violencia sexual contra los hombres pueda categorizarse dentro de la violencia basada en género. Así lo explica

En este sentido, es fundamental reconocer que las violencias pueden tener significados diferentes y ser ejercidas en contra de los hombres por su posición de vulnerabilidad y no en razón de su género, sin embargo estas violencias están sustentadas en una idea de lo que es la masculinidad hegemónica, una configuración cultural y social que legitima el poder de los hombres sobre las mujeres y la subordinación de otras masculinidades, como explica Conell. Así, podría llegar a plantearse que el uso de la violencia sexual como forma de demostración de esta masculinidad hegemónica, no solo en el contexto del conflicto armado sino en otros contextos, puede entrar a considerarse una violencia de género. Sin embargo, como se mencionaba anteriormente, se trata de un fenómeno invisibilizado y subregistrado que requiere de más análisis e iniciativa por conocer estas subjetividades.

Paternidad, un reflejo de la masculinidad

Por: Daniela Lucia Hernández

A lo largo de los años, la figura del padre se ha transformado con cada nueva generación. Tradicionalmente se percibe la paternidad como una figura ausente o como un deber de reproducción. Sin embargo, la llegada de innumerables cambios sociales, culturales e históricos llevó a la reestructuración de las relaciones entre hombres y mujeres. Cambios que inician los cuestionamientos frente al rol del padre en la sociedad, dando paso a las “Nuevas paternidades”.

¿Cómo se define la paternidad?

A través de su investigación “Paternidades y masculinidades en el contexto colombiano contemporáneo, perspectivas teóricas y analíticas”, Mara Viveros, antropóloga, docente investigadora y cofundadora de la Escuela de Estudios de Género de Universidad Nacional, reconocida por su trabajo en los campos de masculinidad, sexualidad, género y desigualdad; enfatiza en la transformación que ha tenido la imagen de la paternidad a través de las diferentes generaciones, identificando cómo los jóvenes priorizan la conexión humana entre padre e hijo, fomentando una paternidad afectiva, demostrativa e involucrada, pero a su vez crítica y planificada. Sin embargo, este ideal chocó con el rol del proveedor incrustado en la estructura socio-cultural y el modelo económico actual.

¿Cuál es el rol del padre tras una ruptura?

Los cambios sociales transformaron la estructura familiar. En una separación, el núcleo familiar se reorganiza distribuyéndose en dos hogares. Pero el sistema legal interpreta que existe un hogar principal y uno visitante. Y es ahí cuando el sistema interviene generando interacción entre el deseo del padre, la actitud de la madre y el rol del Estado que crea tres posibles escenarios en los que el padre puede ser reconocido o no reconocido.

Por ejemplo, los padres que participan en la crianza de los hijos desarrollan actividades cotidianas, llevar a los hijos al colegio, prepararles la comida, vestirlos, etc., demuestran que también ocupan un rol de cuidado que en el proceso de separación se asume como exclusivo de la mujer. Gabriel Gallego, profesor e investigador de la Universidad de Caldas, experto en estudios de población y de género, expone que esta situación vuelve a crear y refuerza los estereotipos y las barreras de género.

Fernando Angulo, docente investigador de la Universidad de los Andes, especializado en masculinidades y género, también reconoce que con la distribución de tiempo (padres fines de semana) se impide que haya una paternidad responsable y se reduce el rol a un valor monetario.

Por otro lado, la legislación expresa que en caso de separación la corresponsabilidad parental debe ser igualitaria, pero se evidencian ciertos prejuicios en la cultura institucional que estandariza los roles y que expone la carencia de un sentido de la diversidad de los contextos familiares.

¿Cómo las instituciones de justicia hacen frente a los estereotipos?

La Comisión de Género en la Rama Judicial adoptó la lucha contra los estereotipos y la perspectiva de género dentro de las prácticas judiciales en Colombia. La Corte Interamericana de Derechos Humanos declaró que el reconocimiento de la orientación sexual y la identidad de género son categorías protegidas por la Convención de los Derechos de los Niños (1989).

Además, la corresponsabilidad parental (es la obligación de crianza compartida por medio de la cooperación entre los padres) promueve, por medio de la custodia compartida (forma de organizar el tiempo), la presencia activa por parte de ambos padres y redistribuye las tareas de cuidado, que, como expresa Fernando Angulo, traen beneficios a nivel individual, familiar y social.

No obstante, la custodia compartida corre el riesgo de priorizar la exactitud del tiempo compartido sobre las necesidades del NNA cuando la decisión fue tomada por un tercero. Según Angulo, el niño debe ser prioridad en la decisión que se tome.

Estereotipos de género que sobrepasan la justicia

En 2008 se presenta un caso donde la madre fue reconocida como la más apta para el cuidado de su hija, pero la decisión del juez se basó principalmente en factores biológicos, ignorando el principio de igualdad y perspectiva de género.

Las investigadoras y abogadas Lina Marcela Estrada Jaramillo, Liliana Claros Guerra y Diana Estela Zuluaga Castaño, especializadas en derecho de familia y derechos de los NNA; reflexionaron frente la declaración del juez de familia en su investigación sobre perspectiva de género en la custodia: “De otro lado, se hace referencia que, por la condición de género femenino, las circunstancias modales que originaron el alejamiento de la niña de su madre, se debía restablecer la custodia y cuidado personal a la madre, con fundamento en el principio de igualdad, consagrado en el artículo 13 de la Carta Constitucional, teniendo en cuenta las características o situaciones de sexo, género, edad, ciclo vital en el que se encontraba la niña”( Estrada, Claros, Zuluaga 2011 pag 14)

Como se observa, el principio de igualdad y perspectiva de género mal aplicado cae en los estereotipos que este mismo busca combatir. Otro es el caso de 2011 donde el Tribunal Superior de Justicia de Cundinamarca negó a un hombre la custodia de su hija de 11 años por razones asociadas al inicio de la adolescencia y la sexualidad. A pesar de que el Juzgado de Familia declaró que ambos padres contaban con condiciones habitacionales adecuadas y la menor había expresado su preferencia hacia el padre. El magistrado Aroldo Wilson Quiroz, negó la acción de tutela del padre y sentenció que: “La menor ha entrado a la edad de adolescencia, época muy delicada en la formación integral de los menores, pues es precisamente el despertar o desarrollo de su sexualidad, requiriendo, sobre todo las niñas, una atención y cuidado especial o delicado por parte de su progenitora”. 

La Corte Suprema, la cual revisó el caso, indicó que desestimar las aptitudes parentales de un padre fundamentándose en un estereotipo de género es una actuación que, sin duda, “vulnera su derecho fundamental a la igualdad” y que “constituye una verdadera discriminación”.

Estereotipos: una idea que persiste en los juzgados

En el texto “Desigualdad de Género en Procesos de Custodia en Colombia”, escrito por Edna Soranyi Lucumí García, estudiante de Maestría en Derechos Humanos y Derecho Internacional Humanitario, enfatiza que el origen de la discriminación por parte del sistema de justicia es la confusión entre maternidad (biología y fisiología de la madre) y maternal (acción de criar).

​Angulo concuerda en que, como la maternidad, la paternidad responsable es el conjunto de prácticas y actitudes que se cultiva a lo largo de los años; se aprende a ejercer la crianza.

Para concluir, se debe ser consciente de la necesidad de un cambio en los ideales colectivos, puesto que los cambios sociales, culturales e históricos nos presentan una transformación en el ejercicio de la paternidad. Asimismo, se debe entender que como no existe un solo tipo de padre, tampoco hay un solo tipo de familia; por ende, la perspectiva de género no debe aplicarse bajo un estándar y mucho menos bajo el estereotipo de familia. La ley debe mirar más allá de las categorías, convirtiéndose en un lente de análisis que nos ayude a entender las estructuras de poder no solo en la familia sino en todos los aspectos de nuestra sociedad.

Violencia intrafamiliar, el hombre como víctima invisible

Por: Daniela Lucia Hernández

Desde enero hasta julio del 2025, la Secretaría de Seguridad de Bogotá reportó 17.000 casos de violencia intrafamiliar contra mujeres, una cifra alarmante; sin embargo, durante el mismo periodo de tiempo hubo 6.193 denuncias por parte de hombres que afirman ser víctimas de violencia intrafamiliar, principalmente por parte de su pareja. Se entiende que las mujeres son las principales víctimas de este fenómeno, pero la violencia no discrimina. El ideal de masculinidad que predomina en el país niega la posibilidad de que un hombre pueda ser víctima de violencia intrafamiliar, invisibilizando un fenómeno que cuestiona este ideal y deja en evidencia cómo el hombre también es víctima de un sistema patriarcal.

¿Cómo se ve una víctima?
La masculinidad hegemónica está compuesta por una serie de mandatos: reglas y actitudes que definen cómo debe ser un hombre. Dentro de estos mandatos de masculinidad se dice que el hombre debe ser fuerte, agresivo, se le relaciona con la ira y la violencia. Manuel Roberto Escobar, profesor de Psicología de la Universidad Javeriana, enfocado en temas de cuerpo, género y subjetividad, responde cómo se entiende este mandato.

Asimismo, la docente investigadora Diana María Cárdenas Azuaje, especialista en estudios feministas y de género, relata cómo a través de dibujos se refleja la percepción de masculinidad de los jóvenes.

Entendiendo esto, el hombre víctima de violencia choca con el ideal de masculinidad. En el ensayo “Violencia de género hacia hombres en relaciones de pareja heterosexuales: Reflexiones desde las masculinidades latinoamericanas” (Parada Ballesteros, P., 2024, Revista Central de Sociología, 19(19), 63-81) afirma que “la masculinidad pierde su relevancia cuando representa lo opuesto a estos estándares y, además, cuando prevalece la vulnerabilidad. En la concepción social, la vulnerabilidad no es considerada masculina y, por ende, no se le otorga, e incluso, no es digna de importancia”.

Además, choca con el concepto de víctima ideal. Víctima que debe ser débil y femenina. Esto se conoce como supremacía psicológica; se da por la concepción generalizada de los roles de género femenino y masculino.

Alexandra Sandoval, directora de la Unidad de Género de la JEP, explica cómo el género influye en una situación de violencia y presenta el término acción feminizadora, que apela a construcciones sociales que establecen modelos hegemónicos femeninos y masculinos, estableciendo la existencia de la víctima ideal (mujer) y el victimario ideal (hombre), rechazando la posibilidad de un hombre como víctima.

La violencia intrafamiliar dirigida a hombres se convierte en un ataque a la identidad, no solo por la “desmasculinización” del hombre al reconocerse como víctima, sino porque se ejerce violencia psicológica cuestionando el rol de género que desempeña la víctima y atacando los símbolos de su propia masculinidad, lo que lo define como hombre. Asimismo, el hombre víctima queda en una posición de parálisis al ser una mujer la victimaria, ya que rompe con el guion de masculinidad, que permite la violencia entre hombres, pero también hay una objeción moral frente a la violencia en contra de la mujer. Entonces, si la víctima se defiende, es un mal hombre, pero si no lo hace “pierde su masculinidad”. Es por esto que se tiende a normalizar y minimizar la violencia como una forma de defender su rol en sociedad.

Naturalización de la violencia

La violencia económica como una forma de violencia intrafamiliar no es perceptible a simple vista; la presión que genera el deber de ser proveedor reduce la expresión de violencia al cumplimiento de un rol. Algo similar sucede cuando hay violencia física: se niega y se justifica con comentarios como “es jugando”. En la investigación “Hombres receptores de violencia en el noviazgo”, escrita por Karina Pacheco Maldonado y José Gerardo Castañeda Figueroa, docentes investigadores de la Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma Metropolitana Unidad Iztapalapa, México, identifican la naturalización y normalización de la violencia; el hombre no se identifica como víctima. Los investigadores resaltan que para el hombre es más sencillo minimizar el golpe como forma de defender su “masculinidad” que replantear su identidad.

La violencia en contra de los hombres no posee un lenguaje ni una forma de nombrarse; de esta manera se invisibiliza la violencia tanto para quien la vive como para el sistema que lo debe proteger. Por ende, cuando un hombre logra reconocerse como víctima, se encuentra con barreras que no le permiten hablar y denunciar la situación: se enfrentan a la vergüenza social, a ser ridiculizados por las autoridades y a la incredulidad.

La violencia en distintas formas

Una de las principales causas de la invisibilización de la violencia intrafamiliar hacia hombres es la escasez. Según la Revista Internacional y Multidisciplinaria de Ciencias Sociales (RIMCIS), de 465 artículos solo se identificaron 16 estudios para toda América Latina en 20 años que indagan acerca de la violencia de pareja en contra del hombre (Guzmán, Rojas, 2022, pág. 3, La violencia hacia el hombre en la pareja heterosexual en el contexto latinoamericano: una revisión de principales hallazgos y aspectos metodológicos). Esto genera desafíos en las herramientas y procesos de prevención, judicialización y protección, ya que se enfocan principalmente en la mujer cisgénero como víctima. Se destaca que las mujeres son las más afectadas por este fenómeno; sin embargo, estas herramientas y procesos de prevención y tratamiento de víctimas se estandarizan, ignorando que la forma de expresar, experimentar e interpretar la violencia difiere teniendo en cuenta el género, la clase social, la etnia, etc.

Esta idea cuestiona el concepto de simetría de género, la cual, por medio de encuestas poblacionales, afirma que los hombres y mujeres ejercen y reciben violencia de pareja en tasas y proporciones similares. Michael P. Johnson, profesor emérito de Sociología y Estudios de la Mujer en Penn State (Pennsylvania State University), en su libro “A Typology of Domestic Violence: Intimate Terrorism, Violent Resistance, and Situational Couple Violence” (2011), menciona que la simetría de género es una falacia, puesto que no observa el contexto ni identifica subtipos de violencia. Propone identificar patrones de dominación que indaguen y profundicen en los diversos contextos, interpretaciones e impactos que atraviesan una situación de violencia de pareja.

Además, la estandarización y los sesgos culturales generan que la sociedad y las mismas instituciones asuman que la violencia física es la única evidencia de abuso. De este modo, si no se ve, no se reconoce, afectando la credibilidad de la víctima masculina, que es más común que sufra violencia psicológica que física. Asimismo, se evidencian los matices en la naturaleza del miedo. Según el artículo del Journal of Criminology (2022), escrito por Sandra Walklate, Kate Fitz-Gibbon, Ellen Reeves, Silke Meyer y Jasmine McGowan, investigadoras especializadas en violencia de género y familiar, mencionan que los hombres tienden a sentir en menor medida miedo físico y aumenta la sensación de fracaso y pérdida de control, contrario a la sensación que experimenta una mujer, que sí manifiesta un miedo y amenaza física.

Ver más allá

Para concluir este reportaje, se entiende que la violencia en el contexto familiar hacia el hombre ataca la identidad masculina; la violencia psicológica cumple un papel central y los roles de género invisibilizan esta violencia. De igual manera, se observa que, pese a los diferentes obstáculos, ya se están creando estrategias y proyectos como la Línea Calma, que opera en Bogotá, la cual asesora, escucha y promueve un acompañamiento psicoeducativo para los hombres. Este tipo de estrategias amplían el enfoque de género y están orientadas a un grupo con necesidades específicas. Es un primer paso para que el sistema y la sociedad se permitan no solo visibilizar realidades que incomodan sino también problematizarlas y buscar soluciones reales que nos alejen del estigma.

La lucha contra la hegemonía patriarcal

Por: Álvaro Raúl Tobos Castro

A pesar de las transformaciones sociales y culturales que hemos vivido en nuestro país, todavía sigue latente una hegemonía por la que debemos seguir firmes, la lucha contra la hegemonía patriarcal. 

Para entender la hegemonía patriarcal que ha predominado en Colombia durante muchos años, se va a tener en cuenta el concepto de patriarcado desde la época del conflicto armado. El patriarcado es un sistema social totalmente dominado por los hombres que tienen superioridad de poder sobre las mujeres. La historiadora Gerda Lerner (1986) lo plantea como “la manifestación e institucionalización del dominio masculino sobre las mujeres y niños/as de la familia y la ampliación de ese dominio sobre las mujeres en la sociedad en general”. 

Manuel Roberto Escobar es docente e investigador de la facultad de psicología de la Universidad Javeriana. Él nos explica, desde su investigación llamada “Masculinidad y homoerotismo en contextos castrenses de Colombia”, cuáles son los mandatos de masculinidad que se han establecido durante el conflicto armado colombiano y que se han generalizado históricamente en la sociedad.

Según la antropóloga Rita Laura Segato los mandatos de masculinidad se refieren a: “Los imperativos que ha de cumplir el varón, para desempeñarse como tal, desde que nace hasta que muere, incluyendo el cómo ha de comportarse frente a las mujeres. Se le impone una visión que ha de tener de las mujeres, en primer término, como objetos de conquista para fines sexuales y, más tarde, para lograr la reproducción de su estirpe. Se le enseña a seducir, a conquistar y a tomar a la mujer a la manera de un territorio ganado en una guerra”.

Andrea Neira menciona unas verdades que no hemos querido aceptar dentro de las construcciones de identidad de género.

Existen varias verdades incómodas dentro de la implementación y la efectividad de la paridad de género. Por ejemplo, cuando los partidos políticos utilizan sus cuotas de género como formalidad, dejando a las mujeres en las últimas casillas sin tantas posibilidades de ser elegidas. Al mismo tiempo, algunas mujeres son contratadas solo para reforzar la imagen del movimiento político o del equipo de trabajo, sin valorar sus habilidades o sus aportes al grupo. También la igualdad formal no garantiza la igualdad real, dejando en evidencia que cuando las mujeres se encuentran en cargos legislativos, padecen de violencia política, acoso y estereotipos. 

Manuel Roberto Escobar explica el período de tiempo en el que está enfocada su investigación y el origen de los estudios de masculinidad en Occidente.

Los hombres participan menos en las labores del hogar porque naturalmente existen roles de género tradicionales que se han mantenido en el tiempo. Por esa razón, recae principalmente en las mujeres. A pesar de algunos cambios, estas responsabilidades se siguen viendo como responsabilidades femeninas, además, se consideran pesadas desde una perspectiva social. Hay factores históricos como los roles de género tradicionales que se han transmitido especialmente desde la infancia señalando qué tareas deberían hacer los hombres y qué las mujeres. Además, en cuanto a las expectativas culturales se tiene el imaginario de que el cuidado y el trabajo doméstico son responsabilidad femenina. Asimismo, las mujeres son también encargadas de desarrollar la planificación del trabajo en el hogar, lo que agrava más la carga mental. 

Andrea Neira señala que el género se concibe como una identidad de género y no como sujetos concretos.

Los principales tipos de identidad de género son el cisgénero, que se refiere a las personas cuya identidad de género coincide con la que se les asignó al nacer. Por ejemplo, una mujer cisgénero es alguien que nació como mujer y se identifica como mujer. El transgénero, que es la identidad de género que no coincide con el sexo asignado al nacer. Por ejemplo, significa que una persona trans puede haber sido asignada como hombre al nacer y sentirse como mujer. El transexual se refiere a las personas transgénero que han elegido o desean modificar su cuerpo para que coincida más con su identidad de género. El no binario es una categoría amplia para quienes su identidad no se ajusta a las normas binarias tradicionales de ser solo hombre o mujer. 

Manuel Roberto Escobar señala los significados de ser hombre desde las teorías de masculinidad y su conexión con el tema de las relaciones de poder y las mujeres.

El concepto de masculinidad hegemónica nace en 1985 y surge cuando se impone un comportamiento masculino generando situaciones de desigualdad y reproduciendo modelos atractivos de hombres violentos. Este tipo de masculinidad tiene como característica una posición dominante de los hombres y una subordinación de las mujeres. Se tiene como estereotipo al hombre exitoso, atractivo, seguro y capaz de dominar toda situación que se le presente. Además, al ser un modelo “exitoso”, los hombres lo reproducen y legitiman su poder a través de la propia cultura y las organizaciones sociales.

Andrea Neira subraya las categorías sobre las que se enmarca el género, la identidad de género y sus variantes

Podemos concluir que la hegemonía patriarcal es un modelo que se debe seguir cuestionando en los espacios públicos, que debe tener más relevancia en espacios de debate como el congreso de la república, en los que se garantice mayor participación de las mujeres en estos espacios. Además, hay que hacer una delimitación muy específica de los mandatos de masculinidad, que determinen hasta qué punto rompe con los derechos de las mujeres y cómo, precisamente, las mujeres pueden construir más espacios de participación ciudadana para romper aquellos estereotipos que se han construido tradicionalmente para que podamos construir categorías de género y resignificar la identidad de género en busca de una sociedad más equitativa. 

El cuerpo femenino como territorio de guerra

Por: Katherin Dayanna Arévalo Carrión

Durante siglos, la violencia sexual fue el secreto más incómodo de la guerra. Se hablaba de bajas militares, del número de fusiles perdidos o recuperados y de los territorios conquistados, pero se guardaba silencio sobre lo que ocurría en las aldeas arrasadas y en los cuartos olvidados donde los cuerpos de las mujeres se convertían en un botín más. La historia oficial siempre se escribió con cifras; la historia que vivieron las mujeres se escribió sobre sus cuerpos.  

Cuando estalló la guerra en Bosnia a principios de los años noventa, el mundo se enfrentó de golpe a un horror que había preferido ignorar, la violencia sexual como arma estratégica. En los Balcanes, el conflicto se libró también con cuerpos. Miles de mujeres fueron secuestradas, trasladadas a centros clandestinos, violentadas de manera sistemática y forzadas a embarazos que buscaban destruir identidades colectivas. En la ciudad de Foča, por ejemplo, las mujeres musulmanas eran retenidas para ser violadas con un propósito preciso. Allí, la guerra se inscribió en la piel como una frontera impuesta.  

​La historia cambió en 2001, cuando el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia reconoció por primera vez la violación como crimen de lesa humanidad en el llamado Caso Foča. El cuerpo femenino fue nombrado, al fin, como campo de batalla. Esta declaración abrió un camino que se reafirmó en 2008 con la Resolución 1820 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, en la que se reconoció que la violencia sexual es una táctica militar y una amenaza directa a la paz. El cuerpo de las mujeres dejó de ser un daño colateral para convertirse en evidencia de dominación.  

Lo que para muchos fue una revelación, en Colombia ya era una realidad histórica. El conflicto armado colombiano utilizó estrategias similares de control y castigo que también recayeron sobre las mujeres. Según el Centro Nacional de Memoria Histórica, entre 1958 y 2020 se registraron más de 15.760 víctimas de violencia sexual dentro del conflicto, de las cuales seis de cada diez son mujeres, y cerca de un 30 por ciento eran niñas o adolescentes. La guerra, en el territorio colombiano, marcó de manera particular los cuerpos femeninos.  

​El Observatorio de Memoria y Conflicto indica que más de la mitad de estos delitos se concentraron entre 1997 y 2005, los años del auge paramilitar y del fracaso de los diálogos del Caguán. Tanto paramilitares como guerrillas hicieron de la violencia sexual una forma de control social y territorial. En muchos casos, lo que estaba en disputa no era solamente quién dominaba el territorio armado, sino quién dominaba la vida íntima de las comunidades. Allí, el cuerpo de las mujeres se convirtió en una frontera invisible y siempre sitiada.  

​Sin embargo, cuando los fusiles callan, la violencia no desaparece. En Bosnia, la llegada de tropas de paz derivó también en la expansión de redes de explotación sexual y trata, respaldadas por mafias que crecieron al amparo de la reconstrucción. La llamada posguerra, en lugar de significar alivio para miles de mujeres, profundizó su vulnerabilidad. En Colombia, las sobrevivientes de violencia sexual debieron enfrentar las consecuencias del trauma sin apoyos suficientes, con pobreza, estigmatización, responsabilidades familiares que recaen únicamente sobre ellas y un silencio social que sigue actuando como una condena.  

​En este panorama, surge una pregunta necesaria: ¿cómo narrar estas violencias sin fijar para siempre a las mujeres en la categoría de víctimas? La escritora y Premio Nobel Svetlana Alexiévich lo plantea con claridad en su libro ‘La guerra no tiene rostro de mujer’, den el que las protagonistas son enfermeras, pilotas, francotiradoras, cocineras y tantas otras mujeres que participaron activamente en la Segunda Guerra Mundial. No son cuerpos derrotados, sino voces que se enfrentan a la borradura histórica. Alexiévich lo resume de forma contundente al afirmar que las mujeres no deben ser reducidas a su dolor, pues muchas veces son quienes sostienen la vida en medio de la destrucción.  

​El periodismo narrativo ha seguido este camino y ha buscado nuevas formas de contar la guerra sin revictimizar. Así lo entendió Alba, una periodista española que viajó a los Balcanes con apenas 21 años para investigar la violencia sexual durante la guerra. Lo hizo sin financiación y con la intuición de que había historias que no debían quedar enterradas. Su libro Polilla narra la historia de Nicolina, una mujer sobreviviente de explotación sexual. Alba eligió no mostrarla solamente como víctima, sino como un ser humano complejo y autónomo, capaz de confrontar al dolor y no dejar que este la definiera. La periodista insiste en que el verdadero respeto está en la honestidad, no en la censura o la compasión paternalista.  

​En Colombia, la Comisión de la Verdad abrió un espacio crucial para que miles de mujeres pudieran hablar. Entre 2018 y 2021 se recogieron más de 28.000 testimonios, en los que el 89,5 por ciento de los relatos de violencia sexual correspondían a mujeres. Para muchas, era la primera vez que sus palabras salían del encierro del miedo. Una de ellas aseguró ante los comisionados: “Nos usaron para enviar mensajes. Decían que con eso nos iban a callar. Pero no nos callaron. Aquí estoy, hablando por todas las que no pueden”. Esa frase encarna el acto político más profundo que es nombrarse a sí misma para recuperar lo que la guerra intentó arrebatar.  

La violencia sexual deja heridas que la justicia no logra cuantificar. Es un daño que se instala en la rutina, en el modo en que una mujer aprende a caminar siempre alerta, en las calles que evita, en el miedo que acompaña incluso los espacios que se consideran seguros. La guerra enseña una pedagogía del miedo que persiste aun cuando se habla de paz. El cuerpo femenino continúa en disputa. Se controla su apariencia, su comportamiento, su forma de desear, de opinar, de existir. Aunque los disparos cesen, los mecanismos de dominación permanecen. La guerra continúa dentro de lo cotidiano. 

​Por esa razón, los organismos internacionales insisten en que no habrá paz duradera mientras la violencia sexual siga siendo una práctica normalizada o invisibilizada. La memoria se convierte, así, en una forma de resistencia, y el periodismo, cuando se ejerce con rigor y ética, se transforma en un puente entre la verdad y la reparación simbólica. No se trata de hablar sobre las mujeres, sino con ellas. No se trata de escribir sus silencios, sino de acompañar sus palabras.  

​Las mujeres que sobrevivieron en Bosnia, en Colombia, y en el mundo comparten un mismo relato que atraviesa geografías y épocas; fueron atacadas para quebrar una comunidad, pero sobrevivieron para mantenerla en pie. Sus voces contienen el registro más honesto de lo que significa guerrear contra el olvido. Allí, donde la violencia quiso imponer miedo, la memoria se levanta como una forma de justicia. Donde quisieron borrar identidades, aparece la escritura como acto de existencia. Y mientras haya una mujer dispuesta a contar lo que vivió, ninguna guerra podrá borrar la verdad. 

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Si la primera infografía expuso el cuerpo como un Territorio de Guerra (un mapa de culpas impuestas, vigilancia constante y violencia sistémica) esta pieza propone la reapropiación total. El objetivo es desmantelar el relato patriarcal que nos obliga a vivir en la defensa, afirmando que el cuerpo de la mujer no debe ser ni un campo de batalla, ni un objeto a legislar, ni un ornamento; sino el lugar donde reside la soberanía, la fuerza y la vida. 

Dejamos de ser el reflejo de la amenaza para convertirnos en el eco de nuestra propia verdad. Este diseño es una declaración de autonomía, un ejercicio de curación visual que celebra cada zona corporal como un espacio de poder innegociable. Se trata de una cartografía como manifiesto visual de cómo el cuerpo femenino debería ser un territorio de paz, respeto y absoluta autodeterminación. 

A lo largo de las páginas de este reportaje, se ha intentado desentrañar la compleja red de violencias que convierten el cuerpo de la mujer en un territorio constantemente disputado. El análisis busca profundizar en los mecanismos sociales, culturales y legislativos que imponen una carga de justificación y un estado de alerta permanente. Al demostrar que la seguridad y la dignidad femenina no son derechos garantizados, sino concesiones que deben ser peleadas a diario. Esta investigación no solo diagnostica la violencia estructural, sino que también cuantifica el costo emocional y político de la existencia bajo constante sospecha y juicio. 

Sin embargo, el objetivo final no es solo la denuncia, sino la construcción de un futuro libre. Al confrontar esta cruda realidad, emerge el camino hacia la reapropiación. El valor intrínseco de la mujer no requiere demostración y su soberanía es inalienable. La conclusión categórica de este reportaje es la exigencia de que el cuerpo femenino sea, sin condiciones, un espacio de paz, autonomía y libertad. La responsabilidad de garantizar que esta visión se materialice en cada calle, hogar y ley, recae en la acción colectiva y la determinación de todos. 

Las nuevas masculinidades antripatriarcales

Por: Evelyn Acevedo Rueda

Aunque muchas cosas han cambiado, “ser hombre” en nuestra sociedad aún sigue significando lo mismo. ¿Qué pasa con los hombres que quieren comportarse de manera distinta a los mandatos?

Para hablar de las “nuevas masculinidades”, primero debemos entender el concepto de género. El género es una práctica social, es decir, un conjunto de acciones, relaciones y significados que las personas reproducen o transforman en su vida cotidiana. Raewyn Connell, socióloga y autora de “Masculinidades”, explica que la masculinidad no está en los genes, sino en cómo los hombres se relacionan consigo mismos, con otros hombres y con las mujeres, dentro de un sistema social que organiza el poder en torno al género.

Fernando Angulo, sociólogo y especialista en estudios de género y feminismo lo explica así

Diana Cárdenas es especialista en Estudios Feministas y de Género, magíster en Investigación Social Interdisciplinaria y docente del colegio Gustavo Restrepo IED. Ella nos explica cómo empiezan a construirse estas masculinidades en los jóvenes, empezando por su contexto familiar y su posterior encuentro con pares en la escuela.

Una de las características de la definición de masculinidad que hace Raewyn Connell, socióloga australiana referente en la definición de la masculinidad hegemónica, tiene que ver con cómo se define frente a otras subjetividades. La autora expone que ser “hombre” tiene sentido sólo en contraste con lo que se considera “ser mujer”, y también con lo que se considera “ser un hombre de verdad”. Así, los hombres construyen su identidad en oposición a lo femenino y a los hombres que no encarnan los valores dominantes. Por ende, esta masculinidad impacta en la experiencia de vida de los hombres al crecer: desde los juguetes genéricos hasta los estereotipos de género. Angulo lo dice de esta forma.

Manuel Roberto Escobar, profesor de la facultad de psicología de la Pontificia Universidad Javeriana y líder del grupo de investigación “Género y Nuevas Ciudadanías”, encontró que existen ciertos mandatos que condicionan la masculinidad en los hombres y tienen un impacto en cómo se identifican ante el mundo.

Algunas expresiones de estas masculinidades pueden llegar a ser violentas tanto en el ámbito simbólico como en el físico. Por ejemplo, Cárdenas pudo encontrar que los comportamientos más visibles en la escuela frente a la expresión de estas identidades masculinas son

Ahora bien, la masculinidad que estamos enunciando se trata de una muy contextual. Es decir, hay mandatos que pueden ser similares en diferentes contextos, pero no en todas las latitudes existen las mismas expectativas frente a lo que es ser o no ser “hombre”. Así lo explica Escobar

Entendiendo el concepto de masculinidad como construcción social y como parte de nuestro proyecto social, se empiezan a interpelar estos modelos de masculinidad y se buscan alternativas que rompan con ellos. Por ejemplo, las masculinidades anti patriarcales. Una de las críticas más fuertes hacia el movimiento feminista por parte de muchos hombres es la pérdida de privilegios en la sociedad  dados los reclamos sociales que el movimiento ha ayudado a movilizar. Sin embargo, analizando más a fondo los mandatos de la masculinidad y el esquema vertical en el cual se ven involucrados los hombres, podemos darnos cuenta de que, más que perder privilegios, los hombres también se ven afectados por los estereotipos y mandatos de la masculinidad hegemónica. Allí nacen posturas que defienden “una nueva forma de ser hombres». Por ejemplo, Fernando Angulo defiende, entonces, unas masculinidades anti patriarcales que permiten alcanzar un verdadero bienestar para el hombre dentro su contexto social. Lo explica de esta manera.

La paternidad es un ejemplo esencial para entender las masculinidades anti patriarcales, porque abre el espacio para que los hombres puedan ejercer el cuidado por medio de la crianza y la educación de los hijos, involucrándose al mismo tiempo en las actividades del hogar. Esto rompe de manera directa con el estereotipo del hombre únicamente proveedor. Por lo tanto, practicar esta nueva forma de identificación reconstruye tanto el concepto de masculinidad, como el concepto de familia, que influye en la percepción de nuevas generaciones.

Ahora bien, ¿Por qué se habla de masculinidades anti patriarcales y no de “nuevas masculinidades”? Aunque muchas personas reconocen este cambio en la construcción de identidad del hombre como “nuevas masculinidades”, no son realmente nuevas ni recientes. Así lo explica Angulo

En ese sentido, los antiguos y los nuevos estudios de masculinidad han sido fundamentales para identificar, por ejemplo, causas o agravantes de trastornos y problemas de salud mental en hombres. Los principales mandatos de la masculinidad no permiten la vulnerabilidad, lo que dificulta la búsqueda de apoyo. Entendiendo esto, desde la posición gubernamental se han creado iniciativas y colectividades que se enfocan en dar atención emocional y orientar a los hombres de manera diferencial.

Por ejemplo, la línea Calma que operaba en Bogotá y hacía parte de las estrategias del distrito para crear instituciones con enfoque de género o la organización de la sociedad civil, Hombres Diversos, que trabaja desde la perspectiva de género, los derechos humanos y las identidades masculinas, ofreciendo consultorías, asesoramientos y programas que aborden la construcción del género y problemáticas específicas.

Escobar dice que aquí es donde cobra importancia la creación de espacios seguros y genuinos de conversación, así como otros modos de comunicación que generen un apoyo colectivo entre hombres

En 2019 Diana Cárdenas, junto a Sindy Díaz Better, realizaron una investigación para su posterior exposición en una ponencia del Congreso Internacional ALAS. “Entre lo ‘real’ y lo ‘ideal’: Construcciones sobre masculinidad en estudiantes de educación secundaria”. Cárdenas indagó, a través de los dibujos, la construcción sobre el concepto de masculinidad que estudiantes de secundaria tenían a partir de sus experiencias en distintos entornos. Este recurso les permitió darse cuenta del reclamo por una masculinidad diferente en los jóvenes.

Podemos concluir entonces, que la estructura patriarcal que promueve un modelo de masculinidad que se basa en estereotipos específicos, afectan tanto a las mujeres como a los hombres en su vida social, en su estado físico y psicológico, y en su relación con las instituciones. Existe la responsabilidad de participar e incentivar otros modelos de masculinidad empáticos e integrales para construir sociedad, entender que este es un proceso complejo, que tiene sus dificultades y que siempre se crean prejuicios pero es un modelo que puede, debe y se está reconstruyendo, un proceso que involucra a todos, hombres y a mujeres, y que busca mejorar la calidad de vida de todos y promover una sociedad igualitaria y justa.​​​​​​​​

Expediente abierto

Por: Juan Diego Garzón Rodríguez

Detrás de cada gran reportaje que desafía al poder en Colombia, hay una batalla invisible: la lucha por acceder a un documento, la reconstrucción forense de un hecho y la persistencia para que la verdad genere justicia. «Expediente Abierto» se sumerge en esta metodología de la verdad de la mano de cuatro periodistas que han estado en la primera línea del oficio, revelando los métodos y peligros de mantener un caso abierto en uno de los países del continente latinoamericano que más riesgos representa a la hora de informar. 

El trabajo del periodismo de investigación no finaliza con la publicación de una noticia, sino es ahí donde inicia la verdadera batalla. Este reportaje sonoro realiza un recorrido por los apuntes de los reporteros que dieron vida a este producto para así mostrar los métodos, los dilemas y el costo humano que conlleva la búsqueda de la verdad en nuestro país. 

​El episodio narra la historia de una investigación, la experiencia de la lucha por el acceso a la información que desarrolló Miguel Estupiñán, quien también se ocupará de narrar los enfrentamientos legales que sostuvo contra la iglesia católica para revelar su archivo sobre las denuncias de abuso. Una vez que se abre una puerta, Andrés Felipe Carmona se convierte en nuestro guía a través de los pasillos polvorientos de los archivos judiciales para mostrarnos cómo la exhumación de los expedientes olvidados puede rehacer la historia de casos tan complejos como el del asesino en serie Luis Alfredo Garavito.

​Pero la investigación no vive sólo en el papel. Elber Gutiérrez nos llevó al contexto en el que la memoria del conflicto armado es un ejercicio de empatía y de riesgo y, en el que las mujeres periodistas, tal y como lo narra, también encuentran más paredes y más riesgos. Fernando Alonso Ramirez, por último, analiza una serie de batallas individuales que, desde su propia experiencia en el periodismo regional, estudia los procesos sistémicos: la crisis de credibilidad, la pelea por la sostenibilidad y el rigor ético como única arma en un entorno mediático polarizado. A través de sus voces, «Expediente Abierto» da respuesta a interrogaciones contundentes: ¿Cómo se alcanza un dato sistemáticamente oculto por el poder? ¿Qué dilemas éticos se encuentran cuando hay que levantar el velo sobre una masacre? Y, ¿Cómo se pelea porque la verdad no sólo sea conocida, sino que además consiga resonar en uno de los países del continente que representa escenario hostiles a la hora de comunicar?

Entre la rabia y la resiliencia, dos formas de ser víctimas

Por: Katherin Dayanna Arévalo Carrión y Diana Isabella Sánchez Bustos

Colombia sigue construyéndose sobre ecos que se resisten a desaparecer. Los sonidos que escucharemos a continuación intentan reconstruir, desde la escucha, un fragmento de nuestra memoria colectiva, la del Palacio de Justicia que, cuarenta años después, todavía exige verdad. Según el Informe Final de la Comisión de la Verdad (2022), la ausencia de claridad sobre lo que ocurrió con las víctimas representa una herida abierta en la historia del país. Documentos recopilados por el Centro Nacional de Memoria Histórica y los análisis judiciales de la Corte Interamericana de Derechos Humanos evidencian un patrón de silencio institucional y una larga lucha por reconocimiento y reparación (a quién). A eso, se suman los informes de la Fiscalía General de la Nación y los dictámenes técnicos de Medicina Legal, que muestran la búsqueda paciente y dolorosa de restos y nombres que aún esperan justicia. En medio de esa realidad, emerge la pregunta que guía esta galería sonora: ¿Cómo suena la memoria cuando la verdad ha sido negada durante décadas? Cada ambiente que escucharás hace parte de una reconstrucción que no pretende explicar, sino despertar el eco de la rabia, la dignidad de quienes no se rinden y la persistencia de un país que se debate entre recordar y olvidar. Este es un recorrido auditivo que invita a escuchar lo que durante años se intentó callar. ¡Abramos los oídos! 

Este capítulo no busca contar una tragedia más, sino escuchar lo que durante décadas fue ignorado. La voz de Fabiola Hernández ejemplifica a quienes transformaron el dolor en una fuerza difícil de nombrar, pero imposible de callar. Hablamos de rabia, pero no de furia ciega, sino, de una rabia digna, nacida del amor, de la ausencia y de la lucha por una justicia que nunca llegó a tiempo. Una historia que sigue viva. Una historia que el país aún debe escuchar. 

Entre el eco y el silencio, aparece la historia de Amelia mantilla, quien ejemplifica a las víctimas que aprendieron a sostener la vida cuando todo se quebró sin aviso. Es una historia contada desde la calma, la calma de quien entendió que seguir adelante también es una forma de resistencia. Este capítulo explora la resiliencia, no como un discurso herico, sino como una práctica silenciosa y humana. Levantarse, reconstruir, continuar, incluso cuando la verdad tarda años en llegar y la justicia sigue sin respuestas completas. Una historia que recuerda que la memoria no siempre se escribe con gritos, sino con la fuerza tranquila de quienes se niegan a desaparecer. 

Resignificación del territorio

Por: Daniela Lucia Hernández Linero y Álvaro Raúl Lobos Castro

La acción comunitaria basada en el texto La acción comunitaria: transformación social y construcción de ciudadanía de Ricard Gomà, Profesor de Ciencia Política (UAB). Regidor del Área de Bienestar Social del Ayuntamiento de Barcelona, menciona que la acción comunitaria está determinada por cuatro elementos principales que son: La existencia de un colectivo humano que cuando existe, se le reconoce su capacidad de ser sujeto y de ser agente transformador y voluntario de cambios sociales incidiendo en ellos y en la calidad de la vida de las personas que se ven afectadas por estos cambios.  

El marco teórico. El colectivo como agente 


En una ciudad como Bogotá, donde la historia oficial ha sido contada desde el centro, la verdadera resignificación del territorio emerge desde la periferia. Esta transformación social no se libra con leyes, sino con narrativas y acción colectiva. El fútbol aficionado, como vehículo de cohesión social, y el cine documental, como herramienta para fijar esa memoria, se alzan como los dos elementos fundamentales que están reescribiendo la historia de Bogotá y estableciendo un nuevo referente sociocultural a nivel nacional. Citurna producciones es una productora colombiana independiente, fundada en 1986, la cual se ha enfocado en la producción de documentales con enfoque educativos, escolares e infantiles, en la cual se han trazado como objetivo principal producir televisión de alta calidad enfocando este medio como una herramienta de transformación social.  


“Nos postulamos allí a una investigación del Instituto Distrital de Patrimonio Cultural y allí hicimos unas memorias de los epicentros más importantes del fútbol aficionado en Bogotá en la década del 60 y los 70s. Y allá encontrábamos dos hitos que siguen siendo importantes del Torneo del Tabora y del Torneo del Olaya. Pero también lo que fue el fútbol aficionado en Bogotá, en Fontibón”, apunta Daniel Chaparro sobre cómo desarrolló su investigación universitaria sobre fútbol aficionado y cómo desde este aspecto el fútbol aficionado jugó un papel esencial en la formación y construcción de comunidades que tengan como pasión en común al fútbol. 


En su texto “El derecho a la ciudad”, el filósofo y sociólogo francés, Henri Lefebvre aborda principalmente el concepto del derecho a la ciudad. Él define el enfoque de su texto sobre cómo la apropiación del espacio urbano de forma colectiva transforma el valor de cambio y disuelve el control estatal desde una democracia construida por las bases sociales. Es a partir de ahí donde se empieza a construir una relación y un constructo cultural que determina y enmarca las narrativas socioculturales en las que está inmerso Lefebvre y que permiten contribuir a establecer conexiones con la acción comunitaria. 

La Acción Física: Construir el Territorio desde el Fútbol 

“Para mí como investigador fue esencial, yo venía de hacer memorias sobre temas vinculados a la violencia y pasar a hacerlo sobre el fútbol, pues era abordar otro tipo de memoria, con otro tipo de emociones. Fue muy interesante ver cómo personas de 50,60,70 años recordaban sus épocas de adolescencia y de juventud relacionadas con el fútbol en estos barrios”, concluye Daniel sobre las enseñanzas que le dejó esta investigación sobre el fútbol aficionado en Bogotá y de qué maneras el fútbol ha traspasado las generaciones a lo largo del tiempo y deja una huella viva en los habitantes de los Barrios Tabora, Olaya y Fontibón. 

“Nosotros vimos también cómo el estadio de Atahualpa, del barrio Atahualpa, un barrio de invasión en su momento, pues nos habla de cómo se construyó la ciudad. El fútbol no es un mero hecho deportivo aislado de la configuración de esta ciudad, sino que en muchos lugares es la base esencial de las principales nociones de lo colectivo y de lo público entre personas”, reflexiona Daniel sobre cómo se generó Bogotá sobre las bases comunitarias y las bases sociales que permitieron afianzar lazos comunes entre los habitantes del sector y cómo estos elementos pueden ser un vehículo de transformación cultural para ellos y sus familias. 

El estadio como espacio de formación y desarrollo 

En ese orden de ideas, como lo mencionan en su investigación Guillermo y Daniel cuando se habla de fútbol aficionado, generalmente se termina enfocando el tema hacia el fútbol profesional y hacia los equipos bogotanos como lo son Millonarios, Santa Fe y Equidad. Esto puede demostrar la complejidad y las dificultades por las que atraviesa el fútbol aficionado en Bogotá ya que los equipos profesionales son los que cuentan con los grandes poderes y patrocinios económicos, dejando marginado al fútbol aficionado en Bogotá, lo que permite establecer diferencias entre el fútbol que representan dichos equipos y el fútbol de los barrios Centenario, Olaya, Tabora, Alquería y los estadios de Techo y Alfonso López de la Ciudad Universitaria, que como mencionan Guillermo y Daniel, rozan el límite de entre ser profesionales y de ser de barrio.  

Según lo que menciona Lefebvre en su texto, hay un concepto fundamental que tiene una relación cercana con la resignificación del territorio y se trata de los movimientos sociales urbanos. Este concepto relata cómo el proceso de exploración de los movimientos sociales urbanos y el derecho a la ciudad generan la construcción de las ciudades, estableciendo cuáles son los procesos políticos, los tejidos sociales y las prioridades económicas que determinan la construcción de comunidades. 

“Porque nosotros hemos tenido en el trabajo que hicimos de investigación, encontrábamos que ese fútbol que se practicaba allí, antesala a lo que podría ser un fútbol más profesional, muchas personas salieron de ahí, fueron grandes estrellas del fútbol bogotano y del fútbol nacional, otras figuras vienen a terminar un poco la carrera allí. Pero hay un entorno social y cultural mucho más grande”, apunta Daniel respecto al trabajo de reportería que hizo en su investigación y cómo desde la construcción de la cancha en el barrio Atahualpa, esta se convirtió en un espacio para formar talentos y futuros jugadores reconocidos de Colombia.  

“Hay una gastronomía también relacionada sobre todo con el Olaya Herrera. Allí las familias bogotanas tienen en principios de enero, que es cuando se desarrolla este torneo, pues la posibilidad de encontrarse en un escenario un poco más festivo, con más festival y en una ciudad que carece de espectáculos, de carnavales, pues por lo menos tiene este muy acotado al fútbol. Pero va mucho más allá de la práctica deportiva y es la posibilidad que tiene el sur de la ciudad, en el barrio Centenario, en el barrio Olaya, de poder encontrarse y poder reconocerse”, relaciona Daniel sobre toda la historia, el fenómeno y la narrativa que se ha construido sobre el fútbol aficionado en los barrios de Bogotá, que deja en evidencia que el fútbol tiene el poder de traspasar fronteras y más allá de ser un deporte, ser un camino que transforme la calidad y el estilo de vida de las personas.  

Guillermo y Daniel citan el acuerdo 300 de diciembre de 2007 del consejo de Bogotá, en el cual los torneos deportivos como el hexagonal del Olaya o el torneo Amistad del sur fueron declarados de interés cultural como motivo de preservación del patrimonio cultural de la ciudad. Esto demuestra la importancia social, cultual y simbólica que representan estos torneos para el ambiente bogotano que reflejan sin ninguna duda, la lucha y el poder que han ejercido las comunidades para unirse como comunidad y conformar grupos sociales que trasciendan más allá de un partido de fútbol y que, precisamente a partir de estos torneos se pueda dar una cohesión social muy relevante que permita la unión de los habitantes de toda la ciudad y de gentes de diferentes estratos socioeconómicos.  

“Es un punto de conexión, de conocimiento, de encontrarse en un cuerpo más colectivo. Allí ellos tuvieron que tomar la decisión de tener un terreno para las actividades deportivas. Las actividades lúdicas, deportivas son esenciales en todas las etapas de la vida y, en este caso, demuestran que Bogotá y esto nos lo dijo un investigador, un historiador de la ciudad que se llama Fabio Zambrano, con temas de memoria, con temas de contar la historia de la ciudad, pues esta ciudad básicamente en un 70% ha sido construida por las manos de las mismas personas”, analiza Daniel en el sentido de cómo estas actividades recreativas influyen positivamente en la calidad de vida de los habitantes de la ciudad y de qué maneras las personas han hecho con su cuerpo, una ciudad llena de matices. 

El cine para transformar con sentido narrativo 

“Siempre me ha interesado la gente. Pero encontré en la antropología visual-lo que hoy se llama antropología visual como la salida-, no estudié antropología visual, me especialicé en cine documental en Inglaterra”, cuenta Adelaida Trujillo sobre su experiencia en el campo del cine y cómo el cine ha moldeado su carrera y la ha llevado a grandes escenarios. 

“Desde ya hace por lo menos, 15 años, combinamos en la productora mucho trabajo multimedia, mucho trabajo en educación, y creemos firmemente en el rol de los medios, en el rol de la comunicación y la tele, de la tele conectada y de las narrativas en el aula, en la comunicación y para el cambio social”, manifiesta Adelaida firmemente sobre el poder que tiene la comunicación y los medios para analizar de forma crítica y transformar realidades y paradigmas construidos en la educación.  

Citurna ha desarrollado principalmente proyectos educativos que estén involucrados con la producción de televisión infantil de calidad, que ha tenido el apoyo de más de 30 cadenas de televisión internacional y se ha comprometido firmemente con el uso de los medios para prevenir y resolver los conflictos, confiando en el poder que tienen los medios de contribuir a la paz del país. Además, ha desarrollado relaciones con medios como “ABC -Australian Broadcasting Corporation , CBC – Canadian Broadcasting Corporation, SBS de Australia, VPRO y VARA de Holanda, TV3 de Catalunya, YLE de Finlandia, SW2 de Suecia, Tevel de Israel, Canal 22 de México, NHK de Japón y la Asociación de Televisión Educativa Iberoamericana (ATEI), entre otros”.   

“Yo creo que lo digital es una enorme ventaja. Los formatos son temas creativos en el sentido de que tú tienes muchas más herramientas ahorita. Ahora mucho más con la inteligencia artificial, ojalá bien utilizada, tema Wrap, tema animación, tema de montaje”, explica Adelaida sobre los retos que se vienen para la creación de contenido en formato digital y sobre el manejo que se le está dando a la inteligencia artificial, que sin duda debe ser un motivo de preocupación para todos.  

“Creo que lo otro que ha cambiado, que ustedes también lo deben vivir en su cotidiano, son la longitud de los relatos. Aunque mucha gente dice que la gente ya no ve documental largo, yo no creo. Yo creo que uno puede, – y uno lo ve en las plataformas nuevas, Netflix-, cantidad de series documentales de largo aliento, de una hora cada capítulo, hora y media. Sin embargo, el reto, en los medios sociales, en TikTok, en las historias cortas de no ficción también obligan a buscarse nuevas maneras de narrar la realidad en formato corto”, argumenta Adelaida sobre cómo las plataformas como TikTok e Instagram con las instantáneas retan a la audiencia a redefinir y reinventar las tendencias, las narrativas y los contextos digitales en el mundo.  

El documental “Las guerras de la coca”, es la evidencia perfecta del trabajo audiovisual que ha realizado Adelaida Trujillo desde Citurna producciones, que evidencia el poder del cine como medio de comunicación para contar realidades complejas que aquejan a Colombia como país, también con ejemplos de amenazas hacia dirigentes campesinos y el asesinato de la periodista Silvia Duzán, que ejemplifica la resistencia de los colombianos hacia la guerra que han afrontado sin miedo.  

“Todo el tiempo hay historias que contar, yo creo que el reto es la narrativa, yo digo que las historias un poco se repiten, yo diría que siempre hay que estar, por lo menos, en nuestro caso, que trabajamos derechos humanos, conflicto, no repetición de conflicto armado, violencias. Es uno de los temas que nos interesan o el medio ambiente… Ahí hay mucho que contartodavía”, analiza Adelaida sobre los objetivos principales que se han trazado para que el cine documental sea próspero y tenga éxito. Al mismo tiempo, Adelaida reflexiona sobre qué noshace falta por contar, cómo podemos ser innovadores con las narrativas y cómo jugar con los elementos gráficos y digitales que tenemos a disposición para contar otras historias que no sean las que siempre se han contado.  

Conclusión: La huella de la resignificación del territorio 

El proceso de resignificación del territorio en Bogotá ha pasado por varias etapas, desde su concepto inicial tal como lo ha abordado Daniel Chaparro con su investigación de fútbol aficionado en Bogotá, que ha ejemplificado la construcción de la ciudad bajo unos parámetros que se han establecido desde la periferia para aplicarlos en la ciudad. 

Además, Adelaida Trujillo con su trabajo en Citurna Producciones y con el desarrollo del documental “Las guerras de la coca”, demuestra que el cine como medio de comunicación está comprometido con el avance social de Colombia. Estos dos temas, tanto el fútbol desde sus inicios como el cine desde su narrativa hacen la combinación necesaria para mostrar casos valiosos que permiten entender los procesos de resignificación del territorio en Colombia.