Resignificando el camino
Un pueblo oculto entre montañas y cascadas, donde la vida fluye en la paz y la tranquilidad.
Editado por: Laura Sofía Jaimes Castrillón
Crónica realizada para la clase de Taller de géneros periodísticos (Cuarto semestre – 2024 ll), bajo la supervisión de la profesora Estefanía Fajardo de la Espriella.
Un pueblo desconocido para muchos, escondido entre montañas, árboles y cascadas, se convierte en un hogar donde la vida fluye en el resplandor de la tranquilidad y silencio de su paz.
Es casi instantáneo y metódico como cada vez que salimos a vacaciones tenemos la misma discusión familiar, con los mismos involucrados, los mismos argumentos y la misma conclusión de siempre. Es mi mamá -normalmente- quien la empieza. Espera a que sea de noche y todos hayamos vuelto a casa, nos sienta en la sala y lanza la bomba. “¿Cuándo nos vamos para Gama?”. Silencio. Ninguno sabe cómo responder de forma correcta a la pregunta sin que suene grosero que no queremos ir.
De alguna manera todos estamos conscientes que, sin importar el vaivén de argumentos, terminaremos emprendiendo el camino conocido de memoria lo más pronto posible, sin cabida a conciliación y casi por obligación. No es que Gama sea un mal lugar, o sea feo, o sea un plan horrible para vacacionar, por el contrario, es un lugar tranquilo, lleno de campo y paisajes inigualables, con una fauna única en el país y alejado, silencioso y frío, sobre todo frío.
Es una contradicción describirlo con tan buenas características cuando al iniciar dije que no quería ir, solo que es exactamente su tranquilidad, su silencio y su lejanía que hace que nunca haya nada nuevo que hacer o que ver. Debo admitir que tal vez me deje llevar por la repetición de este viaje para mí, por mi propio desgano de no querer ver más allá y por mi vista cegada de urbe e inmediatez.
Para este último viaje que realicé me permití bajarle a la revolución, darme un respiro y ser un turista más, una que nunca ha viajado y nunca ha conocido, así poder ver con los mismos ojos, pero con una perspectiva diferente a Gama, en su tranquilidad y su parsimonia y con las maravillas escondidas que se vislumbran solo para quienes se atreven en fijarse los detalles del municipio.

Iglesia municipal Nuestra Señora del Carmen Gama, Cundinamarca.
Solo hay una forma de llegar a Gama, por carretera. No es un viaje lujoso ni elegante, hay que pasar por trocha, huecos, carreteras olvidadas y desgastadas, pero, sobre todo, paisajes inolvidables. En mi caso siempre salimos por Chía, cruzamos por la mitad del municipio hasta que logramos tomar la autopista norte, y justo antes de llegar al parque Jaime Duque, un desvío a la izquierda que muchos ni siquiera saben que existe.
Esta primera parte del viaje es la que para mí suena más confortante, carretera pavimentada, casas “pupis” de los chienses y maravillas arquitectónicas como la Universidad de la Sabana, el Castillo Marroquín, la fábrica de Alpina –y la cabaña– o El Corral campestre (más que maravilla, simplemente delicioso). Es aquella parte a la que estoy acostumbrada y que conozco, por eso el resto del viaje se vuelve una dicotomía para los ojos citadinos.
El primer municipio al que se llega para empezar a recorrer la Provincia del Guavio es Guasca, el más escuchado de todos. De aquí la parada es fija pues marca la mitad del viaje, no por extensión, sino porque después de este lugar todo el paisaje va a transformarse en naturaleza y verdaderamente campo.
La panadería “La especial” es imperdible en el camino, casi una imposición para los viajeros. Recuerdo que hace años el lugar era un local de barrio que se llenaba por todos los visitantes, su especialidad: las mantecadas, el chocolate caliente y el envuelto de mazorca, típico de la región. Recientemente abrieron una nueva sede a carretera, con una infraestructura moderna e iluminada que poco se parece a su locación original; la carta es amplia, incluso internacional y el parqueadero se llena de camionetas grandes y ciclistas, más que todo.
La afición por el ciclismo es la que, en parte, la trae popularidad al sector. Por la subida de La Calera se llega a Guasca y todos los rolos aficionados al deporte se hacen el viajecito, incluso se atreven ir un poco más allá, pasar el primer tramo del Páramo de Guasca y coronar “El Alto De La Cuchilla”, un recorrido ciclístico que ha ganado popularidad en los últimos años y que consta de una subida de casi 12 kilómetros con rampas de entre el 5 y el 7% de inclinación por encima de los 3000 msnm.
La mayoría de los viajeros terminan su recorrido allí, no se atreven a seguir la carretera y adentrarse más en el páramo, en su clima frío y su niebla espesa, como si una fuerza sobrenatural les impidiera ir a donde no ha llegado la viralidad del Internet o el urbanismo desenfrenado.

Páramo de Guasca y su flora.
De este punto en adelante es como si fuera un lugar completamente diferente, la vegetación se transforma en frailejones y musgo y el paisaje en montañas altas y hectáreas de verde, todo para dar paso a “La Ruta del Agua”. Este territorio cuenta con la fuente hídrica más importante del departamento, que abastece a Bogotá y genera el 25% de la energía hidroeléctrica del país, situando al agua como el elemento unificador para el desarrollo de la región, además de tener a la cultura muisca presente, pues en el pasado fue uno de sus territorios más poblados.
Las paredes de la carretera gotean agua, hay cascadas, lluvia, lagos y ríos. El agua es el primer y principal destacado del lugar, sumado a la intriga y las ganas de ver uno de los animales que algunos afortunados se han topado por carretera, el Oso de Anteojos, especie en vía de extinción que puede encontrarse ahí, justo por donde siempre se pasa con apuro, pero jamás con el necesario detalle para ver, apreciar y aprender.
Entre todo aquel paisaje yace una historia que mi abuela siempre me contaba, una que solo es visible con detallada atención y con fe de encontrarlo. “Entre las montañas se encuentra tallada la cara del indio, uno de nuestros ancestros muiscas que habitaban la tierra antes de nosotros. Cuenta la leyenda que debajo de esa roca tallada con su rostro se encuentra el tesoro del cacique, y por eso se ve su figura al pasar”, dice cada que pasamos por el lugar. Solo una vez lo he podido ver. El cielo estaba despejado y se lograba ver más allá de la neblina; entre la lejanía lo logre divisar, majestuoso y abierto a mí, como si me dieran el privilegio de admirarlo por única vez. Nunca más lo he podido vislumbrar por mucho que lo intente, aunque espero algún día volver a ser digna y que más puedan vivir la experiencia de conectarse verdaderamente con la naturaleza y los ancestros.

Paisaje vía Guasca- Gachetá.
El viaje continúa, el cielo se despeja y el sol saluda por primera vez, sin embargo, la carretera se convierte complicada y llena de huecos. Huecos que han estado toda la vida y es prácticamente inútil arreglarlos, pues con el constante paso de volquetas y camiones de carga pesada es imposible mantener la calidad. Todos los conocemos, dos a la derecha, uno en el centro y la derecha de nuevo, un patrón familiar y que más vale aprenderse y evitar.
Las curvas toman el control y cada vez, se acerca más aquel lugar familiar, a aquella cuna donde viven tan solo 3.556 habitantes y que parece estática en el tiempo, que alberga a las mismas familias conocidas, con los mismos vecinos y con una tranquilidad y serenidad que te inunda conforme se avanza. En cuanto la brisa se ponga más ligera, el bullicio empiece a apaciguar y los carros a desaparecer, te estas acercando a Gama, Cundinamarca.

Gama queda escondida en las montañas y alejado de la cuidad, es un pueblo pequeño que se puede recorrer de lado a lado en 10 minutos. Caminar en él es una ruta de calma, parsimonia y reflexión; sus calles están llenas de faldas y están dañadas por el tiempo, hay perros que acompañan a las familias y música de la región en las casas. Por su carretera principal se pueden divisar personas sentadas en los andenes, esperando que pasen las busetas y viendo los carros pasar como si de una atracción turística se tratase. Aunque debo admitir que acompañado de una pola fría y una buena charla, tampoco suena como un plan aburrido en el silencio que se vive.
Desde el punto más alto se puede ver el pueblo completo que parece una mancha hundida en la inmensidad y que, se mantiene y no cambia. Le pregunté a mi tía, quien ha vivido en el pueblo toda su vida y es testigo de sus caminos y me dijo: “Por aquí no pasa mucho, las mismas historias de siempre y las mismas personas. Hay más casas y vivienda, pero todos somos los mismos. Eso es lo especial del pueblo, que somos como una familia”.
Al escuchar sus palabras solo pude pensar en lo difícil que es ver la magia cuando se ha estado encerrado siempre en este, por lo que, viendo fotografías, contando historias, recordando anécdotas y pensando en la familia que lo ha transitado, logramos darnos cuenta de las maravillas que ofrece un lugar que sigue viviendo con prosperidad.

Gama 2004

Gama 2024
La vista es magistral y se logra apreciar la verdadera tranquilidad de los paisajes, con los árboles, las planicies y las pequeñas casas que se divisan al horizonte, allá donde toca achinar la mirada para enfocar la lejanía y donde uno se cuestiona como hicieron con la construida.
Casi todas las carreteras de Gama son rurales, angostas y chiquitas, sin olvidar que son mayoritariamente en subida. El conductor tiene que coger fuerza y acelerar el carro lo más que se pueda para que no se cuelgue y los pasajeros deben ir orando para que no venga otro automóvil de bajada que los haga perder el impulso.
Es una travesía incluso solo viajar del pueblo a las veredas, pero cada kilómetro del recorrido guarda historias, leyendas y mitos que lo convierten en un misterio para los forasteros que transitan por primera vez. Si se viaja de día, lo más probable es que se vean las vacas de cerca, los terneros saltando y los caballos curiosos que merodean las fincas, pero en la noche, se convierte en un territorio de historias paranormales no apto para débiles de fe o corazón.
Hay un lugar en específico que siempre hay que atravesar y, según cuentan, tiene un libro embrujado enterrado en su profundidad. Recuerdo cuando mi papá visitó por primera vez la región, manejando la camioneta en la noche y confiado del silencio fue bienvenido con un susto, como nos tocó a mi hermana y a mí cuando ya estábamos más grandes en los tablones de la casa vieja, como le toco a mis tíos en su juventud cuando eran acechados por la Panturria, una criatura oriunda del lugar que atormenta a los hombres que se encuentra merodeando por el pueblo y como le toco a mis bisabuelos, cuando la Patasola intentó llevarse a su hijo recién nacido.
Es un lugar que ha visto crecer a mis dos bisabuelos, sus 11 hijos, sus 23 nietos y los bisnietos que sigue contando. Es el hogar de una familia, un corazón y una tradición ferviente, que se alimenta del mismo maíz muisca y que propaga en cada preparación; en el envuelto, en las yotas, en la harina, en las bebidas y en los postres auténticos de la región.
Recuerdo que en una clase mencioné a Gama y una chica me contó que después de una tusa fue al municipio a reencontrarse con ella misma y que era un lugar estático y que emanaba paz, que por ella viviría allí para siempre. Se que pensé: ¿En ese lugar tan aburrido? y ahora que he visto con otros ojos las maravillas que se pierden en la inmediatez de la vida, entiendo a que se refería. Pues Gama, más que casas y carreteras agrietadas es un lugar con vida propia, con historias de terror, de felicidad, de familias, de dolor y con un paisaje que debe apreciarse a detalle como la obra de arte que es.
Desde el viaje en carretera hasta la estadía, se vislumbra tanta historia con un valor inmenso en nuestra historia, que fluye por los ríos que allí crecen, que crece en el maíz y que se mantiene vivo en las memorias y en el reconocimiento de todos lo que tenemos la fortuna de conocerlo. De ahora en adelante intentaré que mi yo citadino y cegado no tome el control cuando mi madre pregunta por el viaje, y la yo que aprendió, conoció, escuchó y se enamoró de Gama tantos años después, sea la que salga y diga: “Por favor, vayamos lo más pronto posible”.

Vista de Gama.