Ocho años de diálogo con la muerte
A los 18 años, Jennifer Vásquez cayó en un coma profundo que la llevó a entablar un diálogo constante e intenso con la muerte durante 8 años. Conoce su historia.
Editado por: Juliana Sofía Guevara Borbón
Entrevista realizada para la clase de Introducción al lenguaje periodístico, (Tercer semestre – 2025 l), bajo la supervisión del profesor Sergio León Ocampo Madrid.
“Vi a mi familia, vi a la gente que amaba, pero no me importaban ni un poquito. Lo que yo
quería era estar ahí, donde estaba en ese momento”.
En julio de 2006, Jennifer Vásquez, que en ese entonces era una joven de 18 años, ingresó a
una clínica de Bogotá con síntomas de debilidad generalizada. Lo que parecía ser un caso
tratable del síndrome de Guillain-Barré, un trastorno autoinmune que hace que el sistema
inmunológico ataque por error los nervios periféricos y cause debilidad muscular, evolucionara
en pocos días hacia una parálisis total.
“Puedo describirlo como estar en un ataúd. Nunca he estado en uno, pero creo que así se
sentiría. Me sentía amarrada todo el tiempo. La sensibilidad se alteró y se exacerbó. Mis ojos
se extraviaron y yo veía como dos puntos. Si me acercaban algo no era tan puntual en las
distancias; no las podía identificar”.
Perdió el habla, el movimiento y la capacidad de tragar, incluso sus párpados quedaron
inmóviles. Los médicos concluyeron que se encontraba en coma profundo con muerte
cerebral, pero ella estaba consciente. “Yo estaba completamente alerta, solo que mi cuerpo
no respondía. Pero yo estaba ahí, consciente, pensaba, sentía, escuchaba.” Recuerda Jennifer casi dos décadas después.
Contra todo pronóstico clínico, Jennifer pasó cerca de ocho años atrapada en un cuerpo sin
señales tangibles de vida mientras su mente permanecía lúcida. En ese limbo físico, en el que la
ciencia diagnosticaba muerte, pero aún había conciencia, inició una relación íntima con la
muerte, como una presencia continua con la que tendría que aprender a dialogar.
Antes de la enfermedad, ella estudiaba Administración de Empresas y trabajaba como auxiliar
en un bufete de abogados. “Tenía hartas cosas que hacer, lo normal: estudio, trabajo, amigos”.
Pero el agotamiento persistió hasta que los síntomas se incrementaron. La segunda recaída
en abril de 2006 fue fulminante, en dos semanas quedó completamente paralizada.
La pérdida de movilidad progresiva incluyó sus globos oculares, su último vínculo de
comunicación con el exterior. Su hermano había elaborado un sistema de comunicación muy astuto:
un cartel con letras que ella debía señalar con la mirada. De esta forma, él podía construir las
palabras y oraciones. “Pero empecé a perder mi movimiento horizontal y mi movimiento
vertical. Mis párpados se quedaron quietos y él podía ver el movimiento solamente cuando se
hacía a los pies de la cama. El reflejo de la luz que daba en el iris permitía que él lo identificara”.
Con la pérdida de movimiento sus respuestas empezaron a ser cortas, relacionadas
únicamente con sensaciones de malestar físico: dolor, picazón, frío. Pero nunca dejó de estar
consciente.
Durante esos primeros meses, su cuerpo comenzó a presentar paros
cardiorrespiratorios con frecuencia. “Eran como una sensación de abismo. Yo gritaba y me
intentaba agarrar de las paredes que no había. Era una caída constante con un vacío en el
estómago. El estado de conciencia era mucho más alto que en un sueño”.
Con el tiempo empezó a asociar aquellas “caídas” con el tránsito hacia la muerte y, entonces, comenzó a temer. “Me parecía eterno. Me despertaba empapada en sudor, con la taquicardia a mil. Me daba
pánico volver a entrar ahí. Cuando me reanimaban, sentía como si me agarraran de un saco
para sacarme de un lago, pero era por el sudor”. Es como si su cerebro construyera imágenes para reflejar lo que le ocurría físicamente en ese momento.
En medio de todas estas vivencias, Jennifer decidió empezar a rezar. “Yo me ponía a rezar y quedaba completamente inconsciente, no me quedaba en ese trance. Para mí era un alivio porque yo le tenía pánico a esa condición, me parecía eterna”. En una oportunidad dijo haber tenido una experiencia extracorporal. “Me vi a mí misma desde arriba. El techo era como un cielo, blanco, sin fin. Cuando miré hacia abajo, estaban las personas que hacían parte de mi vida, formando como una pirámide, pero
no me importaban”.
Al preguntarle por lo que sintió en ese momento, ella respondió: paz y libertad, porque ya no se está en el cuerpo, es otra cosa”.
¿Deseó morir?
“La verdad, sí. Lo recuerdo como si hubiera sido hoy. Yo vi a mi familia, vi a la gente que amaba,
pero no me importaban ni un poquito. No por ser indiferente, pero yo realmente no quería
regresar. Lo que se siente es indescriptible”.
Jennifer recuerda que el regreso fue abrupto, pero sobre todo, doloroso. “Cuando me reanimaron sentí
como si me jalaran. Eso que me hacían hacia arriba, cuando me despertaba anteriormente de
los trances, ahí fue al contrario. Me jalaron de atrás y caí en la cama. Me enojé mucho, pensé,
¿por qué me traen?”.
A pesar del silencio que recibía del mundo, fue muriendo algo más que el cuerpo. Hubo
pequeñas muertes, transformaciones que hoy agradece.
“Uy, yo creo que murieron muchas cosas en mí. Aprendí a morir al ego, al orgullo que todavía
me cuesta. Murió la vanidad que banaliza, el afán, la superficialidad, la simplicidad en lo
profundo de la vida”.
Su mundo interior se profundizó, su mirada cambió. “A veces veo una planta y me quedo
mirando sus rayitas, si tiene manchitas, si tiene la hoja torcida o derecha. Ya no soy simple en
ese sentido. Murió lo absurdo que nos puede robar la paz”.
¿En algún momento tuvo miedo de recuperarse?
“Sí, no porque me acostumbrara a estar así, de ninguna manera, pero sí porque me daba temor
volverme un ser humano, con los afanes de todo el mundo: no tengo tiempo, no tengo tiempo,
no tengo tiempo. Le tenía pánico a volver a ser una más”.
La enfermedad transformó su percepción del tiempo, del cuerpo y de los afectos. Y pese a la
fe y el humor que mantuvo, y que conserva hasta hoy, hubo un momento en el que decidió dejar
de querer a las personas. “Fue cuando una auxiliar me duerme y se empieza a robar varias cosas. Se llevó ropa que me gustaba mucho”.
El acto fue doloroso, pero no fue solo eso. Fue una secuencia de eventos, todos en el mismo
periodo, los que la empujaron a cerrarse hacia sí misma.
“Se me activa una bacteria en los pulmones, como una neumonía fuerte que olía muy feo y no
podía tener ninguna visita”. También su hermano, de quien era muy cercana, se fue para
Estados Unidos, se casó y su madre estaba a punto de viajar con él. “Yo pensaba, ¡ay, aquí fue!
Mejor que me muera mientras que ella esté por allá, así no lo tiene que vivir”. Y aunque su
madre al final no viajó, el temor ya se había instalado.
En el momento más crítico pidió la eutanasia, “pero con el temor de no haber vivido lo que me
correspondía vivir”.
¿Cómo describiría ese estado?
“Me volví importaculista, y el importaculismo no está mal; de hecho, yo amo esa palabra, pero
tiene que ir acompañada de un amor para que te proteja a ti también. Entonces dije, pues no
quiero a nadie y ya, si se mueren, bien”.
Por fortuna, ese cierre emocional no fue definitivo. Con el tiempo, y especialmente tras su
encuentro con la espiritualidad, su sentido de desapego se transformó. “Después, cuando conozco
de la Palabra de Dios, lo vivo diferente. Se vive desde el amor propio y desde el amor que
permite al otro ser el otro, porque a mí me dolía que mi hermano se fuera, pero él estaba
haciendo su vida, solo que yo no lo veía así”.
Por su parte, la figura de la madre fue la más importante, la más constante y sólida. “Ella era
mi voz, mis pies, mi camino. Estaba en ella la decisión de desconectarme, y siempre decía:
todavía no, ella va a estar bien”. La acompañó todos los días, sin descanso, con una tenacidad
que Jennifer atribuye a una fuerza que no es humana. «Yo le pedí a Dios que le pusiera el querer
como el hacer, porque en fuerzas humanas uno se cansa”. También sus amigos permanecieron
atentos a su estado. “Me llamaban, me contaban la vida, no sabían cómo estaba, pero nunca
se fueron”. A otros, como su padre o su hermano, les costó más. “A mi papá le daban nervios,
nunca pudo con el abecedario, lo culpaba por eso, pero ahora entiendo que no todos saben
cómo estar”.
La recuperación comenzó lentamente en 2013, y luego, desde el 2020, su movilidad fue más estable.
Regresó a la universidad, se graduó como psicóloga y ahora acompaña a pacientes en
condiciones similares. “Me dan ganas de llorar, pero tengo que ser grande. A veces, veo que un
paciente no quiere y yo sé que sí quiere, pero no se trata de imponer, cada quien tiene su
proceso”.
Jennifer habla desde una posición en la que la vida y la muerte dejaron de ser opuestos. Para
ella, lo esencial es no pasar por alto el tiempo, no dejar que los días se vayan, hacer las cosas
con diligencia. “Tienen que contar. Yo siempre le digo a la gente, si me voy hoy, me voy feliz,
pero que el día cuente”.
¿Actualmente qué piensa de la muerte?
“Ahora la muerte la veo como una ganancia, como trascender. Pensamos que lo físico es lo
más real, pero para mí, lo más real es lo espiritual, que es la esencia del ser humano, mucho
más fuerte y mucho más grande que la carne”.
¿Se imagina viviendo otra vida?
“No. Una chica me dijo, yo sé que tú envidias la vida de todos los que venimos acá, porque
salimos. Me pareció muy atrevida, y en mi mente le dije no, menos la suya. Pero me hizo
ponerme en la tarea de imaginarme en la vida de otras personas y me di cuenta de que no
quería, no me interesaba, no es mi objetivo y no era la solución tampoco. Feo sería que yo
quisiera otra vida”.
¿Qué puede rescatar de esos ocho años en coma y de los años que vinieron después?
Se ríe, hace una pausa y sin dejar de mirar hacia la ventana, responde, “Puedo rescatar muchas cosas. La belleza del sol, que acá lo estoy viendo. Yo soñaba con poner las piernas en el balcón y ahora puedo. También detenerme a pensar en las cosas que más tienen valor. Para mí, la primera de ellas fue mi tiempo con Dios, mi tiempo más bonito, más privado, más consciente. Yo soñaba con empezar a recuperarme y tener una biblia para poderla leer porque mi tía la leía muy rápido y no le entendía. Ahora la tengo y aquí está. Todavía no la leo mucho, ahora que me pongo a pensar, ¡caramba!, qué fácil es volver a entrar en el afán”.
Y qué difícil es salir de él; sin embargo, a pesar de todo, reconoce que en el camino fueron
valiosos todos los momentos de consciencia, tanto para fortalecer su relación con Dios, como
en la transformación de sí misma. Fue un proceso constante de diálogo interior.
“Lo que pasa es que ese diálogo interno no es tan sencillo cuando no sabes quién eres. Yo
siendo psicóloga, de alguna manera siempre busco atender primero identidad antes que
autoestima; porque ella es volatil. Mi autoestima pudo haber cambiado por la condición en la que estaba; pero, al contrario, me sentía preciosa. La gente se asustaba, empezaba a acercarse para ver si yo movía los ojos. Cuando mi mamá y las auxiliares bajaban, las demás visitas decían pobrecita Clarita —mi mamá se llama Clara— ella piensa que la niña la escucha. Y hacían caras chistosas. Yo pensaba, espere y verá, saco una mano y la asusto”, cuenta mientras su sonrisa amplia ilumina su cara.
Hoy, Jennifer no habla desde el heroísmo, tampoco desde la tragedia. Habla desde una
conciencia diferente, ganada en el umbral en el que la muerte dejó de ser una condena y la vida
dejó de ser banal. Hubo una transformación espiritual, “una muerte del ego”, como diría ella.
“Ahora sé quién soy. Y saber quién eres en Dios te posiciona de una manera diferente. Amar
duele a veces, pero es en el amor que se logran las transformaciones”.