Las llamas que Bogotá decidió apagar
Aunque Bogotá está en los Andes, nunca fue territorio de la llama, aun así su estancia hace tiempo dejó de parecer extraña.
Editado por: profesora Estefanía Fajardo De la Espriella
Crónica realizada para la clase de Taller de géneros periodísticos, (Cuarto semestre – 2026 ll), bajo la supervisión del profesor Sergio León Ocampo Madrid.
En la calle 11 con carrera 4 habita un exótico extranjero. Su presencia ya es parte del paisaje. Permanece inmóvil bajo el clima impredecible de la capital. Es allí, entre los vendedores ambulantes, trabajadores y transeúntes, que destacan sus caderas corpulentas y melena frondosa. Su lomo, cubierto por trapos coloridos, no es utilizado para la carga pesada a través de la cordillera, sino para atraer a los más curiosos. Sansón es una llama de color blanco grisáceo, vestida con una pañoleta azul que hace juego con los lazos amarrados a su hocico. Las llamas eran bestias de carga que ahora posan durante horas en el concreto de la urbe en vez de escalar las pendientes maltrechas de las montañas. Ni el extranjero ni el local tienen claro por qué están estos mamíferos andinos en ese preciso punto del centro de la ciudad. Bogotá también está en los Andes, pero nunca fue territorio de la llama; aun así, su estancia hace tiempo dejó de parecer extraña.
Joselito es la alpaca colega de Sansón. Su torso es rodeado por un trapo rojo tan suave que se asemeja a la lana que recubre su cuerpo, y al igual que Sansón, su hocico es apretado por correas azules. “La llama tiene pelo y la alpaca tiene lana. Además, a la llama se la comen y a la alpaca le quitan la lana para hacer ropa”, afirma David Tuta, el hombre que está a cargo de los dos camélidos, quienes trabajan frente al centro cultural biblioteca Luis Ángel Arango. Lleva 8 años en el negocio, y aunque tuvo llamas, ya no es propietario de ningún ejemplar, sino que le pagan por cuidar de animales de dueños que no pueden, o quieren, pararse en el centro a atraer interesados en tomarse fotografías. David mantiene un par de baldes de zanahorias cortadas al lado del poste donde amarra a los animales para asegurarse de que no huyan. Según él, además de zanahoria, mazorca y amero, pastan en potreros en Las Cruces, donde también reposan durante la noche, luego de su extensa jornada laboral que empieza sobre las 10 de la mañana y culmina pasadas las 4. Cuando tienen que “hacer popó”, mueven las caderas, por lo que David les coloca otro balde bajo las piernas traseras. La gente pasa y les toma fotos sin cesar. Hay transeúntes que ríen y se sorprenden. Hay otros que son indiferentes o juzgan con disimulo al encargado de los animales. “La gente es muy grosera. A veces insultan porque creen que es maltrato animal, pero no saben que ya se hizo un acuerdo con la Policía. Antes estábamos en la Plaza de Bolívar, pero desde hace como dos años nos las empezaron a quitar y no sabemos a dónde se las llevaron”.
El turismo con llamas y alpacas invoca posturas diversas frente al bienestar de los animales. Según el Instituto Distrital de Protección y Bienestar Animal, la explotación comercial de estos animales afecta cinco de sus necesidades vitales: salud, nutrición, comportamiento natural, estado mental y ambiente. Además, se han registrado casos de maltrato animal, como sucedió en mayo de este año, cuando se realizó la aprehensión de un ejemplar ya que el Instituto Distrital de Protección y Bienestar Animal detectó úlceras en las extremidades, problemas dentales, cojera evidente y una afección cardíaca debido al descuido sistemático. Es por ello que el 6 de marzo se expidió el decreto 069 de 2026, que busca prohibir definitivamente el uso y la explotación comercial de animales en las calles y zonas públicas de la ciudad. Según Andrés Santamaría, director del Instituto Distrital de Turismo: “Las llamas no pueden seguir siendo un atractivo turístico, y celebramos el anuncio del alcalde Galán. Con este paso, Bogotá empieza a cambiar una historia de explotación por una de dignidad. No solo se les dará un nuevo hogar a estos animales, también acompañaremos a las familias que han vivido de esta práctica para que hagan una transición digna hacia otras actividades productivas”.
“El próximo año toca entregarlas, yo no sé qué voy a hacer. No nos han dicho si nos van a conseguir trabajo, si nos van a ayudar a encontrar de qué vivir. Yo vivo de esto”, dice Tuta. De repente aparece una niña para tocar la llamativa lana de Joselito. La alpaca voltea la cabeza evitando las caricias. La mamá de la niña se carcajea y la invita a que pose entonces con Sansón. “En España es imposible verlas. Mi mamá era bióloga, entonces los animales en mi casa siempre han sido importantes. ¿Cómo no parar a verlas? Encima van con colores de la bandera colombiana, como diciendo ‘yo soy de aquí’”, dice Rosalba, turista española. Aunque ni Rosalba ni su hija, Marcela, logran una foto con Joselito, siguen su travesía con una sonrisa satisfecha, luego de pagar los 10 000 [pesos] respectivos, claro. “No son bravos. Solo escupen si las tocan por detrás, no muerden”, aclara David. Las llamas y alpacas son los únicos camélidos domesticados, y la nobleza se nota en la disposición ante el hombre que las jala de un lado al otro bajo las gotas de lluvia y el viento frío. “Pero Joselito es bravo”, advierte el hombre dándole unos besos en la cabeza.
La tradición turística de tomarse fotografías con estos animales se ha acogido tanto por la cultura popular que entre los souvenirs para recordar la visita a Colombia destacan los llaveros, figuras y peluches de estos personajes. Angélica Osorio tiene un puesto de venta de recordatorios en la Casa Artesanal de la Plaza de Bolívar. Según ella, los productos de llamas y alpacas son de los más comprados por turistas extranjeros. “Incluso vienen muchos peruanos y se sorprenden, gratamente, de verlos. Sabemos que son de Perú, pero yo creo que se han convertido en parte de la cultura colombiana. Por ejemplo, ahora el proveedor es de Valledupar, hacen las llamitas en Valledupar. Antes las importábamos”.
Estas especies son nativas de las montañas de la cordillera. Descienden de los guanacos y vicuñas, camélidos salvajes que migraron a América del Sur a principios del Pleistoceno desde Centroamérica y las Montañas Rocosas de Norteamérica. Según el libro Recursos genéticos animales en América Latina, de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura: “El origen secundario de dispersión es el norte de la República Argentina y el sur de Bolivia […]. Los monumentos arqueológicos más remotos hallados en el Perú indican su domesticación y uso posiblemente desde hace 10 000 años. Es probable que también hayan sido domesticados en otras zonas ubicadas entre la República Argentina y el Ecuador”.
Las llamas siguen siendo utilizadas por su pelo, carne y transporte por los pueblos andinos, y su excremento sirve como abono. Asimismo, la lana de la alpaca es comercializada y procesada para la producción de textiles. Su importancia en la economía e historia de esta región ha convertido a ambos animales en símbolos patrios, por lo que han aparecido en los escudos nacionales de Perú y Bolivia, así como en escudos comunales de ciudades en Chile.
En Colombia, un informe del Instituto Colombiano de Antropología e Historia (ICANH) señala que existen evidencias de camélidos americanos, incluida la llama, en sitios arqueológicos de Ipiales, Nariño, que datan aproximadamente del siglo IX d. C. La investigación Evolution and Origin of the Domestic Camelids señala que, durante la expansión incaica, las caravanas de llamas llegaron hasta el sur de Colombia, pero parece que la población colombiana terminó desapareciendo. Según InfoAndina, existen referencias de camélidos en el sur de Colombia durante la Colonia temprana y posteriormente se registraron llamas en Pasto. La llama habría desaparecido de Colombia hacia finales del siglo XIX. A partir de este punto, no hay ninguna referencia histórica que indique el año exacto en el que se reintrodujo la especie con fines turísticos. Sin embargo, la pista más antigua es una crónica titulada “Las llamas pasadas por agua”, parte del libro Memorias del Agua de Bogotá, publicado en 2011. En la crónica, se cuenta que ya eran parte del atractivo turístico de la ciudad y sus cuidadores las llevaban a los lavaderos de Lourdes para quitarles el barro de las patas.