Facultad de Comunicación Social - Periodismo

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La mariposa y el jardín de las semillas

Los bebés son como semillas recién sembradas; necesitan tiempo y cuidado para germinar. A veces brotan rápido, otras se demoran más. Cuando se asoman fuera de la tierra madre, lo hacen con vulnerabilidad

Editado por: Juliana Sofía Guevara Borbón

Crónica realizada para la clase de Taller de géneros periodísticos, (Cuarto semestre – 2025 II), bajo la supervisión del profesor Sergio León Ocampo Madrid.

El primer baño no es un simple acto de higiene, sino un rito cargado de angustia y técnica. Entre consejos tradicionales y cuidados modernos, enfermeras enseñan a padres inseguros a sostener la fragilidad de recién nacidos delicados, blandos y reacios. 

Fue coincidencia cuando aquella mariposa, una neonata frágil, marcó un antes y un después en la labor de Katerine Bolívar hace 9 años. En la UCI neonatal del hospital Bocagrande de Cartagena, mientras Katerine orientaba a los padres sobre el cuidado de los bebés, un cura llegó de repente a bautizar a una recién nacida quien ardía por dentro.  

Katerine Bolívar se formó como psicóloga en su natal Barranquilla. Aunque al principio se encargaba del área emocional de las madres gestantes, con el tiempo la vida la llevó a especializarse en la educación sobre estimulación multisensorial, lactancia y cuidados de recién nacidos. Desde hace trece años trabaja en el campo del marketing farmacéutico de productos para la piel dirigidos a los más pequeños, labor en la que guía a madres y padres en temas como el baño, el masaje y el cuidado corporal del bebé.  

Hace cinco años se trasladó a Bogotá donde continúa ejerciendo esta labor. “Al comienzo estaba perdida porque era joven, soltera, sin hijos, sin nada. Y entonces explicarles a las mamás sobre cómo debes cargar al bebé, cómo lo debes bañar, cómo les debes hacer un masaje, era raro para mí”. Y, aun así, con todas las capacitaciones del cuerpo médico y las compañeras, ella no comprendía la inseguridad constante de las madres. Al parecer no era tan complejo, pensaba ella. Tras su primer embarazo experimentó en carne propia el mar de dudas en el que se ahogaban las madres sobre las angustias de la lactancia, los dolores físicos y la falta de preparación. Fue un golpe de realidad; la teoría no sirve de nada hasta que se practica. 

Aquella mariposa trataba de explicarle a todo el personal médico su dolor más allá del físico. “Por donde tú la agarraras, la piel se le caía. Era impresionante, muy triste”, recuerda Katerine. La única forma de comunicar incomodidad cuando no se tiene voz es el llanto, agudo y desgarrador. ¿Cómo se expresa el dolor si no es con llanto?, se pueden tener todas las palabras del diccionario y ni así se podría explicar correctamente el dolor físico como lo hace un recién nacido. Lloran por hambre, lloran por miedo, lloran por su madre, lloran porque sí y lloran porque no. La niña había nacido con una enfermedad considerada poco común, epidermólisis ampollosa, un desorden genético en la piel que provoca heridas ante rozaduras o el mínimo contacto. 

Como si se tratara de atrapar las alas de una mariposa enclenque y estás se desmoronan, la piel de la neonata se rompía. A simple vista, las alas de las mariposas son firmes y sólidas a pesar de ser delgadas, pero cuando rozan con cualquier cosa se doblegan y se rompen. Como las alas de la mariposa, la capa de piel de un bebé es 30% más sensible que la de un adulto, gruesa y resistente a pesar de ser blanda.  

«Yo solamente les decía que le hablaran mucho, que trataran de tranquilizarla pues, me imagino que esa bebé con tantas personas encima, el ruido de los aparatos clínicos y su condición física de ardor no era fácil para ella”, cuenta Katerine, cuyo rol en aquel momento se redujo a aconsejar.  

Los bebés son semillas recién sembradas que germinan a su propio ritmo, frágiles al asomarse fuera de la tierra madre. Algunas hojas crecen firmes mientras otras se quiebran, pero no son frutos defectuosos ni flores marchitas. Con paciencia, conocimiento y cuidado, el jardín puede embellecerse. 

Janneth Moreno es enfermera profesional dedicada a la visita médica, un oficio en el que se promocionan líneas de productos para la piel y ofrece muestras de farmacéuticas a instituciones médicas. Su día a día transcurre entre hospitales y universidades donde dicta charlas no solo a estudiantes con enfoque en enfermería neonatal, sino también a padres, a quienes orienta en el cuidado de la piel de sus bebés a través de la promoción de productos especializados. “Mas allá de la parte comercial, mi enfoque es la salud. Es muy delicado lo que uno les va a decir a los padres…” Comenta Janneth rumbo a la sala de espera de la UCI neonatal del Hospital Infantil Universitario de San José. Cargaba un morral y bolsos pesados, llenos de algodón, jabones y cremas hidratantes. Con saludos formales llamó la atención de su público objetivo.  

— Buenas tardes, mamá, ¿de cuántas semanas nació su bebé? 
— De 33 semanas. 
— ¿Y cuánto está pesando?, ¿ha bajado de peso? 
— 3.300 g. Sí, ha bajado. 

—¿Y usted, papá?, ¿cuándo nació su bebé? ¿Está hospitalizado? 
—Sí, señora, el 22 de agosto. 
—¿Y de cuántas semanas nació? 
—De 32. 
—¿Y cuánto está pesando hoy? 
—1.700 g. 

— ¿Ven la diferencia? Cada madre es distinta, cada cuerpo es distinto, y cada bebé se gesta de manera diferente…  

Janneth les explicaba a los padres las distintas razones por las que sus bebés ingresan a la UCI neonatal. Muchos son prematuros, otros nacen con bajo peso y necesitan ganar más, algunos más pesados presentan dificultad respiratoria que les impide alimentarse al pecho. Y varios requieren terapia con luz ultravioleta por ictericia. Esta condición surge porque al nacer se rompen glóbulos rojos y se libera bilirrubina, cuando el cuerpo del bebé no logra eliminarla con rapidez, especialmente si existe incompatibilidad de RH con la madre, la sustancia se acumula en la sangre, tiñe la piel de amarillo y puede afectar el cerebro. La terapia con luz ultravioleta fragmenta esa bilirrubina en partículas más fáciles de eliminar por la orina y las heces, pero al mismo tiempo reseca la piel delicada del recién nacido. Janneth finalmente les ofrece el producto estrella con la intención de convencer a los padres de que sus nenes no luzcan despellejados mientras permanecen hospitalizados.   

Cuantas historias albergará cada padre y madre. Lucían cansados, algunos cabizbajos, otros desalentados, como aquel esposo que, apenas llegó su mujer de la UCI, se marcharon de inmediato abatidos. “Les deseo muchas suerte, papás. Pronto van a tener a esos bebés en casitas y van a poder bañarlos…” se despidió Janneth, mientras se dirigía a las salas de acceso exclusivo. 

A diferencia de los hospitales convencionales, los pasillos y salas eran cálidos. No se sentía el frio intimidante del estado crítico o la impaciencia de las respuestas en espera del personal médico. Era acogedor, a pesar de todo.  

En la sala UCI neonatal descansaban los bebés en camas de aluminio, separados unos de los otros. Reposaban serenos sobre sábanas delgadas y a la exposición de los rayos UV. Usaban antifaces y, así como en las sesiones de bronceado, tomaban el baño de sol artificial sin nada más que el pañal. Janneth revela que las camas son calientes y por eso se les veía tan plácidos. Sin embargo, en las extremidades ya se les veía la piel abierta, como los pollos cuando disfrutan la luz del sol, pero desplumados. Las panzas diminutas subían y bajaban como bombas de aire, la señal suficiente para recordarle a las madres que el fruto seguía madurando. Deben permanecer ahí aproximadamente dos o tres días; solo los sacan de la cama cuando la madre lo alimenta y lo limpia, después regresa a su sesión de bronceado. 

“¡Mira!, el que esta allá es más popochito… es un bebé grande. A lo mejor es el de 3300 gramos de la señora morenita que estaba sentada afuera.” 

Janneth no solo se queda con los padres en la sala de espera, su objetivo también son las madres hospitalizadas. En la intimidad de una de las habitaciones se encontraban tres generaciones de mujeres juntas, abuela, madre y nena. Aracelis Rodríguez llegó a lo que parecía un control rutinario, pero una tensión de 170/120 reveló la amenaza de la preeclampsia. El riesgo de convulsiones, el descenso cardiaco del bebé y el riesgo de sufrimiento fetal obligó a los médicos a realizarle una cesárea de urgencia. Así, nació una niña prematura de 36 semanas y 2.035 gramos. La paradoja de la misma vida hospitalizo a una licenciada en enfermería venezolana quien espera pacientemente terminar su homologación en Colombia. Aracelis, con una sonrisa fatigada, pero con los ojos brillantes de felicidad, no solo recibía dichosa la muestra médica que le entregaba Janneth, sino también las buenas nuevas. Se prepara para el día en que la bebé alcance los 2800 gramos y pronto, abuela, mamá y la pequeña regresen a casa. La niña, diminuta y serena descansaba sobre el pecho de su madre. “Ella es hija única, como Aracelis. Se llama Amara Helena.” —comenta con orgullo la abuela, impaciente por darle el primer baño a su nieta con la lección de una enfermera cuya pasión por bañar neonatos sanos aun no cesa. 

Nohora Martín, es una enfermera profesional con 35 años de experiencia, afirma gratamente que tratar con criaturas como los prematuros es confortante para ella. “Me gusta mucho trabajar con el recién nacido; creo que es una población bastante vulnerable pero agradecida, todo lo que tú le hagas a un bebé empezando por el baño es muy beneficioso para él”. Nohora es jubilada y ejerce de manera independiente desde su casa. Según su experiencia explica que si se trata de un prematuro y pesa menos de 2.600 gramos todavía no debe bañarse hasta nuevo aviso del pediatra. No deben sumergirse al agua, sino hacerles el llamado baño del gato. Con toallas tibias y movimientos breves sobre los pliegues, se limpia por aquí, se limpia por allá, se limpian las zonas sensibles, pero nada de agua directa. “En las clínicas no bañan a los bebés, o sea, medio lo limpian y te lo entregan tal cual como nació”, comenta Katerine. Así sea prematuro o no, a los neonatos no se les baña inmediatamente después de nacidos. Dos o tres días después serán suficientes para no quebrar el vérnix (grasa blanca que recubre su piel) un escudo contra infecciones y frío. A los neonatos les agrada el agua porque les recuerda al útero donde flotaban en líquido amniótico sin que nada más importara. Según el protocolo de Nohora, pasados los días recomendados, la piel del bebé estará lista para el primer baño. La habitación debe estar cerrada, sin corrientes de aire, a unos 25° aproximadamente. La tina, segura. El agua, templada, la temperatura ideal se alcanza sumergiendo el codo. La ropa debe calentarse antes en el pecho de la madre o el padre para evitar que la tela helada los estremezca. “Nunca en silencio, hay que hablarles, contarles qué se les va a hacer, acariciarlos.” — recalca Nohora. 

Pobre de la pequeña mariposa que nunca pudo experimentar el calor de su madre en la ropa, de reposar sobre su pecho o ser duchada por ella pues, Katerine revela que la niña había sido abandonada. Llegó a este mundo ardiendo, con una dermis traicionera y el calor sofocante de Cartagena. Katerine intuía que aquel llanto desgarrador no se debía solo a su condición ni al ambiente áspero de la clínica, sino a la condena de no conocer jamás la reacción de su madre en el primer baño. Tal vez habría temido, como esos padres discípulos de Nohora pavorosos de romper al infante, o como aquel muchacho de manos temblorosas al sostener un muñeco de prueba que recuerda Katerine.

En el bautizo improvisado se le otorgó a la nena un nombre adecuado. Katerine no pudo tener ningún contacto con ella, se enteró por otra colega psicóloga. “Yo le he preguntado a las compañeras que están allá en Cartagena, pero es muy difícil mantener contacto, no sé si se la llevó el Bienestar Familiar, si sobrevivió o si murió.” Si se encuentra con vida, Katerine asegura que la nena habría cumplido aproximadamente los nueve años. Lo más probable es que haya muerto y así como las mariposas puede que este observando a las semillas del jardín germinando lentamente mientras ella, convertida en mariposa, goza de otro estilo de vida.