Facultad de Comunicación Social - Periodismo

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Entre guitarras y bombas, memorias de una adolescencia en Bogotá en los 90.

Andrés creció entre guitarras que marcaban el pulso de su vida y bombas que sacudían la ciudad.

Editado por: Juliana Sofía Guevara Borbón

Entrevista realizada para la clase de Práctica investigativa, (Séptimo semestre – 2025 II), bajo la supervisión de la profesora María Catalina Cruz González.

El entrevistado se llama Andrés Ramírez, nació en Bogotá en 1980 y hoy tiene 45 años. Creció en un hogar de clase media en la localidad de Teusaquillo, en medio de los contrastes de una ciudad que en los años ochenta y noventa combinaba la violencia del narcotráfico con la efervescencia de la juventud. Desde muy joven se sintió atraído por la música, en especial por el rock, que para él representaba rebeldía, identidad y libertad. 

En su adolescencia descubrió bandas como Soda Stereo, Kraken, Nirvana y Guns N’ Roses, que lo marcaron profundamente y lo impulsaron a asistir a conciertos en Bogotá, desde los bares de Chapinero hasta los primeros festivales de Rock al Parque en el Simón Bolívar. Los casetes, el walkman y las emisoras juveniles se convirtieron en parte esencial de su día a día, construyendo memorias que hoy le despiertan nostalgia. 

Para el desarrollo de esta entrevista quisimos guiar la conversación desde el contexto musical de la época, explorando cómo esas canciones, emisoras, conciertos y objetos definieron no sólo su identidad personal, sino también el sentido de pertenencia colectivo de toda una generación. 

Actualmente, Andrés trabaja como ingeniero de sonido independiente y su vínculo con la música sigue siendo estrecho, no es solo una pasión personal, sino un oficio. Conserva objetos de su juventud como una chaqueta de cuero, casetes grabados de la radio o su viejo walkman que funcionan como puentes con un pasado que recuerda con cariño y gratitud. Para él, la nostalgia no es solo una mirada atrás, sino también una manera de entender su presente y transmitir a su hijo adolescente un legado cultural que considera fundamental. 

¿Cómo era crecer en Bogotá en los años ochenta y noventa? 

¿Cuál fue tu primer acercamiento al rock? 

— Bogotá era una ciudad caótica, pero al mismo tiempo vibrante. Yo crecí viendo un paisaje muy distinto al de hoy, buses atestados, calles con vendedores de casetes piratas, barrios que parecían pequeños mundos aislados; había miedo, claro, porque se vivía el tema del narcotráfico y la violencia. Pero para nosotros, los adolescentes, también había espacios de libertad. Por ejemplo, caminar por la carrera séptima un domingo y encontrarse con músicos callejeros o vendedores de vinilos era casi un ritual. Yo creo que uno aprende a amar la ciudad a través de esos momentos pequeños. 

Mi primer contacto fue con un primo que me prestó un casete de Guns N’ Roses. Yo tenía como doce años y quedé impresionado con la fuerza de la guitarra de Slash. Luego, vinieron Soda Stereo y Kraken que me mostraron que el rock también podía sonar en nuestro idioma y hablar de lo que vivíamos en Colombia. Ese fue el momento en que decidí que la música no iba a ser solo un pasatiempo, sino una forma de vida. 

¿Qué significaba para ti escuchar rock en esa época?

— Era una sensación increíble, como descubrir un mundo nuevo cada vez que sonaba una canción. Escuchar rock era sentirse vivo, era la banda sonora de nuestras tardes y noches. Cuando ponía un casete de Soda Stereo y arrancaba “Nada Personal”, sentía que todo tenía sentido; con Nirvana era como un golpe de energía que me sacudía; y con Kraken me llenaba de orgullo porque era música hecha aquí, con nuestras palabras y nuestra fuerza. Para nosotros el rock era chévere porque no solo era música, era estilo, era amistad, era esa emoción de tararear una canción en el bus y que otro la reconociera. Era como estar conectados por un lenguaje secreto que solo los de la época entendíamos. 

¿Qué recuerdas de los conciertos de esos años?

— Recuerdo con especial cariño el primer Rock al parque en 1995. Tenía 15 años y logré ir con unos amigos. Fue una locura, miles de jóvenes reunidos en el Simón Bolívar, todos vibrando con la música. Un evento único porque además era gratis. Para muchos de nosotros fue la primera vez que sentimos que teníamos un espacio, aunque fuera pequeño, para expresarnos. También recuerdo conciertos en bares pequeños de Chapinero en los que bandas locales tocaban con una energía increíble. Había talento, solo faltaba apoyo. 

¿Cómo influía la situación política y social en tu vida adolescente?

— Muchísimo. A veces la gente cree que los jóvenes de esa época solo pensábamos en música, pero la verdad es que vivíamos muy conscientes de lo que pasaba. Había miedo por las bombas, por el narcotráfico, por la corrupción. La música era una forma de escapar y al mismo tiempo de protestar. Canciones como “Muere Libre” de Kraken tenían un eco muy fuerte en ese contexto. Creo que por eso nos marcó tanto, no era solo entretenimiento, era una manera de sobrevivir emocionalmente. 

¿Cómo recuerdas el panorama político de Colombia en los años ochenta y noventa y qué impacto tuvo en tu adolescencia? 

— Crecer en esa época era vivir con el peso del narcotráfico y la violencia en cada esquina. Yo era adolescente cuando Pablo Escobar estaba en auge y recuerdo que en mi casa se hablaba con miedo de las bombas en Bogotá y Medellín, de los carros bomba, de los sicarios. Los noticieros parecían de terror, un día mostraban un ataque de las guerrillas, al otro un magnicidio o un secuestro. Para nosotros los jóvenes, eso era el telón de fondo de la vida diaria. Ir al colegio, salir con los amigos o simplemente tomar un bus estaba atravesado por esa sensación de inseguridad. Al mismo tiempo, uno escuchaba a los adultos hablando de la “plata o plomo”, de la corrupción que se filtraba en la política, de los vínculos entre los carteles y el Estado. Yo creo que crecer en medio de todo eso nos hizo más conscientes de la fragilidad de la vida y de lo difícil que era confiar en las instituciones. Ser adolescente ahí era aprender a convivir con el miedo, pero también a buscar pequeños espacios de libertad en medio del caos. 

¿Tienes algún recuerdo especial de la televisión colombiana de esos años?

— La televisión en esa época era muy distinta. Teníamos pocos canales y casi todos veíamos lo mismo, las novelas de las 8, los noticieros en la noche y los programas infantiles en las tardes. Recuerdo “Padres e Hijos”, “Francisco el Matemático”, “Dejémonos de vainas”. Eran parte de la conversación diaria en el colegio o con la familia. También estaban los noticieros que casi siempre hablaban de la violencia que atravesaba el país, y eso marcaba mucho el ambiente en la casa. No había tanta variedad como ahora, pero todos compartíamos lo que veíamos.

¿Cómo vivían el rock las mujeres de esa época? ¿Había diferencias marcadas entre géneros en ese movimiento? 

— Sí, había diferencias. En esa época, el rock se veía más como un espacio masculino. La mayoría de las bandas y los conciertos estaban llenos de hombres. Pero recuerdo amigas muy apasionadas, que sabían de música como nosotros y que igual se vestían con chaquetas de cuero y andaban con casetes en la mano. A veces eran juzgadas o vistas como “raras”. 

¿Cómo recuerdas tu vida barrial en esos años?

— Mi barrio era un lugar donde todo el mundo se conocía. Los amigos de la cuadra eran los mismos con los que escuchábamos música, jugábamos fútbol y hacíamos planes. En las casas no había internet, así que la vida social se construía en la calle. Poníamos los parlantes en la ventana y dejábamos sonar el rockcito. Esa era nuestra forma de resistir a la monotonía. Hoy extraño mucho esa cercanía, porque ahora todo se hace por celular. 

¿Qué papel jugaban los objetos en tu vida musical?  

— Eran fundamentales. Los casetes eran tesoros, a uno se los prestaban y los cuidaba como oro. El walkman era casi una extensión del cuerpo. La chaqueta de cuero era un símbolo de pertenencia, y los parches cosidos en la maleta o en la ropa eran como declaraciones políticas. Cada objeto era una marca de identidad. Hoy, cuando veo a mi hijo con audífonos inalámbricos, pienso que la experiencia es diferente, nosotros teníamos que darle la vuelta al casete, arreglarlo con cinta cuando se enredaba o rebobinar con un esfero. Eso también nos hacía valorar más la música. 

¿Cómo era la moda de la época para un joven rockero? 

— Mucho cuero, muchas camisetas negras con logos de bandas, jeans ajustados o rotos y botas. En Bogotá, además, había que combinarlo con la realidad del clima, chaquetas pesadas y bufandas porque siempre hacía frío. Para mí, vestirme así era un acto de rebeldía frente a lo que se esperaba de un adolescente “correcto”. No era sólo estética, era identidad. 

¿Qué papel jugaban las emisoras de radio en tu vida adolescente? 

— Eran fundamentales. No había internet ni plataformas digitales, así que la radio era nuestra gran ventana al mundo. Yo escuchaba Radioacktiva y la 88.9, que eran las que más rock ponían. Recuerdo grabar programas enteros en casetes para luego escucharlos en la semana, o esperar con ansias el conteo de las “Top 20” canciones como si fuera un ritual. La radio nos educaba musicalmente, nos daba identidad y nos conectaba con algo más grande que la ciudad. Y luego apareció MTV que fue un antes y un después, ya no solo escuchábamos, sino que también veíamos la música. Los videoclips de Nirvana, Pearl Jam o Alanis Morissette nos mostraban un estilo de vida completo. La combinación de radio y MTV era como tener una escuela cultural en casa.

¿Cómo era la experiencia de comprar música en Bogotá? 

— Era toda una aventura. En San Victorino y en la calle 19 había tiendas de casetes y vinilos usados. Uno podía pasar horas buscando rarezas o ediciones piratas. A veces juntábamos plata entre varios amigos para comprar un disco y luego lo grabábamos en casetes para todos. Era más que un acto de consumo, era un acto colectivo. Hoy recuerdo esas salidas como una especie de peregrinación musical. 

¿Qué rol jugaban tus amigos en esa relación con la música? 

— Los amigos eran los cómplices de todo. Compartíamos casetes, íbamos a conciertos juntos, inventábamos traducciones de letras en inglés. A veces no teníamos plata para entrar a un bar, así que nos quedábamos afuera escuchando desde la acera. La música nos unía, era el lenguaje común. Muchos de esos amigos los sigo viendo y todavía hablamos con nostalgia y mucho amor de esos días. 

¿Qué influencia tuvo la televisión en tu relación con la música? 

— Muchísima. Como te decía, la llegada de MTV, a mediados de los 90, fue revolucionaria. Era como abrir una ventana a otro mundo. Los videoclips nos mostraban no solo la música, sino la estética, la moda, la actitud. Yo me quedaba horas viendo a Guns N’ Roses, Red Hot Chili Peppers y Radiohead. Eso marcó mi forma de ver la música, porque ya no era solo sonido, era imagen, era cultura. En Colombia también empezaron programas locales que hablaban de rock, y eso nos hizo sentir que hacíamos parte de algo global. 

¿Cómo vivías la relación con tus padres alrededor del rock? 

— Fue complicada al principio. Ellos veían al rock como algo peligroso, asociado con drogas y vagancia; me decían que esa música no me iba a dejar nada bueno. Pero con el tiempo entendieron que era más que ruido, era mi manera de expresarme. Hoy, curiosamente, mi mamá se emociona cuando suena alguna canción de los 90 porque le recuerda que yo estaba creciendo. 

¿Qué recuerdas de la Bogotá nocturna de esos años? 

— Bogotá de noche tenía un aire de misterio. Había bares en Chapinero, en el Centro, donde se escuchaba rock, pero también se sentía mucho miedo por la inseguridad. Ir a un concierto era toda una odisea; había que cuadrar transporte, ir en grupo, cuidarse de todo. Pero esa misma dificultad le daba más valor a la experiencia. Cada salida era una aventura que hoy recuerdo con cariño. 

¿Cómo sentías que la situación sociopolítica del país en los años noventa afectaba tu manera de vivir la música y la adolescencia?

— Fue una época muy dura. Yo era adolescente cuando sonaban las noticias de bombas, secuestros y asesinatos casi todos los días. Había miedo de salir tarde, de andar en ciertos barrios, de quedarse en medio de un operativo policial. Pero justo por eso la música era tan importante. El rock se volvió un refugio y también una forma de resistencia. Bandas como La Pestilencia o Aterciopelados hablaban directo de esa realidad, y uno sentía que no estaba solo, que alguien más estaba denunciando lo que pasaba. Para mí, ponerme los audífonos o ir a un concierto era como un acto político silencioso, un momento para gritar sin miedo, aunque afuera la ciudad estuviera llena de violencia. 

¿Recuerdas el olor, el ruido, o la sensación de los buses y calles de Bogotá en los años noventa? 

— Bogotá en los noventa tenía un ambiente muy particular. El olor de la gasolina de los buses se mezclaba con el del pan caliente de las panaderías de barrio, y eso era casi diario. Los buses eran viejos, sonaban duro y siempre iban llenos y con la música popular del conductor a todo volumen; podía ser salsa, muchas veces ranchera. Entre todo eso, se subían vendedores ambulantes a ofrecer dulces, lotería o hasta casetes piratas, gritando para hacerse escuchar entre la gente apretada. Para mí, ese desorden formaba parte del paisaje de la ciudad, como un ruido de fondo que me acompañaba en la adolescencia. En ese momento lo vivía como algo normal, a veces hasta molesto, pero ahora lo recuerdo con cierto cariño, porque todo ese caos es parte de la Bogotá donde crecí y de la que todavía me siento parte. 

¿Qué olor, sabor o sensación asocias con tu adolescencia rockera? 

— Uf, muchos. El olor a gasolina y cigarrillos en la Séptima mezclado con el pan caliente de las panaderías. El sabor de una Pony Malta bien fría después de jugar fútbol en el barrio y poner rock a todo volumen. Y la sensación de la lluvia bogotana cayéndome en la cara mientras caminaba con los audífonos puestos y el walkman en el bolsillo. Todo eso se mezclaba y se volvió parte de mi banda sonora personal. 

¿Qué lugares de Bogotá asocias con tu juventud rockera? ¿Una calle, un parque, un bar? 

— El Parque Nacional y Chapinero. En el Nacional nos reuníamos a hablar y a escuchar música; en Chapinero estaban los bares donde descubrí lo que era un concierto de verdad. 

¿Qué opinabas del rock en español frente al rock en inglés? ¿Había una división entre quienes preferían uno u otro? 

— Sí, totalmente. Algunos decían que el verdadero rock era el de afuera, Nirvana, Metallica, Guns N’ Roses. Pero otros defendíamos a Soda Stereo, Caifanes, Aterciopelados o Kraken, porque hablaban en nuestro idioma y con nuestras historias. Yo nunca lo vi como una competencia, más bien como dos mundos que se complementaban; el rock en inglés me abría la cabeza, pero el rock en español me hablaba al corazón. 

¿Crees que Bogotá, en esa época, era una ciudad rockera? 

— Sí, aunque con sus limitaciones. No éramos Buenos Aires o Ciudad de México, pero Bogotá tenía su movida. Rock al Parque nació aquí y eso no fue casualidad. Había bares, emisoras, y sobre todo una juventud con hambre de música. Bogotá siempre ha sido una ciudad gris y fría, y creo que el rock encajaba perfecto con ese paisaje. 

¿Qué te produce hoy escuchar una canción de tu adolescencia? 

— Escuchar una canción de mi adolescencia me trae recuerdos inmediatos. Si suena Nirvana, pienso en esos trayectos en bus camino al colegio con los audífonos puestos tratando de aislarme del ruido. Si suena Soda Stereo, me acuerdo de estar en la sala de un amigo viéndolo intentar sacar acordes en la guitarra aunque sonara mal. No es que me ponga triste, más bien me da una mezcla de risa y cariño por esos momentos. 

¿Qué relación tienes hoy con esa nostalgia?  

— Hoy la nostalgia es parte de mi día a día pero de una forma tranquila. No me quedo pegado al pasado, más bien lo disfruto. A veces pongo música de esos años mientras hago algo en casa y, de inmediato, me llegan recuerdos buenos de amigos, de conciertos, de cuando todo era más sencillo. Me gusta porque me conecta con lo que fui y también me sirve para conversar con mi hijo, mostrarle lo que escuchaba yo a su edad. 

¿Sientes que la nostalgia tiene un valor colectivo? 

— Claro. Cuando me reúno con amigos de esa época y hablamos de música, todos coincidimos en que fue un momento irrepetible. El rock nos formó como generación. La nostalgia no es solo por lo que viví yo, sino por lo que vivimos juntos como sociedad. Rock al Parque, por ejemplo, es un símbolo colectivo de resistencia juvenil en Bogotá. Cada vez que alguien menciona el festival, inevitablemente nos ponemos nostálgicos. 

¿Crees que la nostalgia puede idealizar demasiado el pasado? 

— Sí, claro. Uno tiende a recordar lo bonito y a olvidar lo duro. La adolescencia no fue fácil, había violencia, pobreza, miedo. Pero la nostalgia tiene esa esencia de quedarse con lo que nos dio vida, con lo que nos marcó. Sí la idealizamos, pero también es una manera de agradecer lo que vivimos. 

¿Qué opinas de cómo consumen música los jóvenes de hoy? 

— Es muy diferente. Hoy todo está en un celular, en Spotify o en YouTube. Antes era más complicado, ahorrar para comprar un cassette, esperar que en la radio pasaran tu canción favorita, grabarla con paciencia. Eso le daba un valor especial a la música. Hoy hay más acceso, pero menos mística. Yo no digo que esté mal, pero sí siento que la experiencia se volvió más desechable. 

Si pudieras volver a vivir un día de tu adolescencia, ¿cuál elegirías? 

— Sin duda, volvería al Rock al Parque del 95. Ese día sentí por primera vez que pertenecía a una comunidad más grande que mi barrio o mi colegio. Éramos miles de jóvenes unidos ahí, cantando, olvidándonos por unas horas de la violencia y el miedo. Fue un día de pura libertad. 

¿Qué le dirías a los jóvenes de hoy sobre tu experiencia con el rock?  

— Les diría que vivan la música intensamente como nosotros lo hicimos, aunque sea en otro formato. Que no dejen que las canciones pasen de largo, que se tomen el tiempo de escuchar un álbum entero, de ir a un concierto, de compartir con amigos alrededor de la música. Al final, esas experiencias son las que se vuelven recuerdos para toda la vida. 

Si tu adolescencia tuviera una banda sonora, ¿cuáles son las tres canciones que no podrían faltar? 

Uf, yo creo que sin duda empezaría con “Nada Personal” de Soda Stereo. Esa canción era casi un himno para nosotros, porque sonaba en todos lados, en las emisoras, en las fiestas de colegio, en los buses cuando alguien se animaba a poner su casete. Después pondría “Smells Like Teen Spirit” de Nirvana, porque fue el golpe de energía que definió nuestra adolescencia. Escucharla era como sentir que algo nuevo estaba pasando en el mundo, como si de repente tu rabia y tus ganas de gritar tuvieran un eco. Y la tercera sería “Vestido de Cristal” de Kraken, porque me conectaba con lo nuestro, con el rock hecho aquí en Colombia, con un orgullo distinto. Esa canción me hacía sentir que no todo venía de afuera, que también teníamos voz y fuerza propia. 

Esas tres canciones resumen muy bien lo que fue crecer en los noventa en Bogotá, un equilibrio entre lo internacional que llegaba con fuerza, lo latino que nos unía como generación, y lo nacional que nos recordaba quiénes éramos y dónde estábamos parados. 

La historia de Andrés Ramírez nos muestra cómo la adolescencia vivida en Bogotá durante los años noventa estuvo marcada por un contexto social complejo y, al mismo tiempo, por una intensa efervescencia cultural. El rock fue para él una herramienta de resistencia, de identidad y de compañía en medio de la incertidumbre que generaban la violencia, la crisis política y los cambios urbanos. Sus recuerdos, asociados a objetos como el walkman, los casetes o la chaqueta de cuero, no solo revelan una experiencia individual, sino también una memoria compartida con toda una generación que encontró en la música un refugio emocional. 

La nostalgia, entendida a través de su relato, no aparece como un simple anhelo de volver atrás, sino como una manera de reconocer lo vivido y resignificarlo en el presente. Para Andrés, el rock no es únicamente un recuerdo sonoro, sino un legado cultural que se transmite a su hijo y que se mantiene vivo en la cotidianidad. Recordar su adolescencia lo conecta con la ciudad, con sus amigos y con las luchas de una generación que aprendió a convertir la música en voz, identidad y resistencia. 

De este modo, la nostalgia se convierte en un puente entre tiempos y generaciones que permite comprender no solo lo que significó crecer en los noventa, sino también cómo esas experiencias configuran la manera de habitar el presente.