El valor de la pleitesía en Colombia
El lenguaje en Colombia aún carga con el peso del colonialismo y refleja una identidad fragmentada.
Editado por: Laura Sofía Jaimes Castrillón
Artículo de opinión realizado para la clase de Pensamiento Crítico y Argumentativo II ( Segundo semestre – 2024 II), bajo la supervisión del profesor Sergio Arturo González Vargas.
La entonación y muchas expresiones del habla cotidiana colombiana reflejan una subordinación excesiva hacia el otro, que se ha vuelto difícil de erradicar por su aceptación y normalización social a lo largo de los años. El lenguaje utilizado en un territorio va ligado a las costumbres y creencias de las personas que habitan dentro de él. Por ello, es importante empezar a reconocer cuáles son las causas de nuestra subordinación y qué es lo que impide dejar de lado un lenguaje lleno de eufemismos1 y vasallaje2 confundidos con respeto y cortesía.
Para entender las causas de esta problemática, es necesario ahondar en la historia de expansión colonialista que comenzaron los países europeos en África, Asia y América desde la mitad del siglo XV. Desde ahí se presentan las primeras muestras de subordinación, las cuales logran trascender hasta el día de hoy en Colombia, reflejadas en el habla coloquial. Durante ese lapso de tiempo, se formó el encuentro entre “amos” blancos y la mano de obra esclava, en donde se produjeron varios problemas de comunicación, pues ninguna de las dos partes tenía el mismo lenguaje, ni conocía su origen. Sin embargo, el problema no radica en la diferencia cultural que ambos tenían entre sí; sino en la adaptación lingüística obligatoria que debían tener los esclavos para poder subsistir, si ellos no entendían las ordenes estipuladas por su amo era muy probable que fueran castigados. Debido a esto, la única alternativa viable era aprender el idioma y mantener las mismas expresiones que escuchaban, dejando de lado su lengua materna.
La relación jerárquica que se estableció entre el amo blanco y el esclavo, también logro influir significativamente en la forma de comunicarse de los indígenas, pues veían a su amo como alguien superior, como un dueño inalterable de sí mismos, convirtiéndolos casi en seres supremos a quienes no se les podía refutar ni exigir nada; sino seguir sus ordenes y respetarlos manteniendo una actitud pasiva.
Las consecuencias de estos sucesos solo podrían entenderse años después, debido al escaso número de hablantes de lenguas indígenas, la dificultad para descolonizar el lenguaje y la pérdida de autonomía e identidad frente a las lenguas nativas en la actualidad. Según la Universidad EAFIT, se estima que cerca de 44 lenguas nativas han desaparecido en Colombia desde la época de la colonización, y de las 68 lenguas que sobreviven —algunas como el tinigua, carijona, totoro y pisamira— son habladas por menos de 30 personas.
Esta pérdida no solo afecta la diversidad lingüística, sino que también tiene un impacto profundo en la manera en que usamos y concebimos el lenguaje en nuestra vida cotidiana. Al ignorar la importancia de las lenguas indígenas, dejamos de lado nuestra propia identidad y empezamos a depender de un idioma que nos fue impuesto desde la colonización. Una muestra de ello es la dificultad para dejar de utilizar extranjerismos en nuestro día a día; términos como “paper, e-mail o top” son tan comunes que ya no concebimos nuestro lenguaje sin ellos.
Otro ejemplo es la expresión “su merced” —o “a vuestra merced”— utilizada por los esclavos para dirigirse a sus amos. Esta frase, que originalmente significa “encontrarse en una situación de dependencia o debilidad frente a alguien o algo”, continúa en uso a pesar de que la abolición de la esclavitud en Colombia se legalizó hace más de 150 años. Sin comprender su verdadero significado ni ahondar en la historia que la encierra, no nos damos cuenta de que al emplearla seguimos promoviendo una actitud complaciente que refuerza relaciones jerárquicas entre individuos, las cuales seguirán reproduciéndose si no logramos transformar nuestro lenguaje y cuestionar su origen.
No solo existe este concepto (sumercé) en el habla coloquial de los colombianos, también normalizamos el uso de eufemismos para referirnos a situaciones que no los requieren. Son términos construidos socialmente, y una manera de llamar a las cosas por otro nombre, para ser políticamente correctos o negar una realidad. Por ejemplo, utilizar la palabra «Falsos positivos» (en lugar de ejecuciones extrajudiciales), «Retenidos» (en lugar de secuestrados), o «Paseo Millonario» (en lugar de secuestro y extorsión a una persona). Son conceptos que minimizan el significado real de las palabras y le quitan relevancia a la situación. Logrando de esta forma ocultar la verdadera situación del país a los visitantes o países extranjeros.
Es inconcebible seguir utilizando términos que imposibilitan una comunicación directa entre individuos de rangos iguales, ver la superioridad o inferioridad reflejada en la forma en que se comunican dos personas o un grupo, solo demuestra la desigualdad que se sigue impulsando en Colombia y el atraso cultural que no se ha podido derribar. Pues, de nada nos sirve, ser uno de los países más pluriétnicos3 y multiculturales del mundo, si ni siquiera conocemos las diferentes culturas que existen en el país; y para lograr hacerlo, es necesario partir desde la educación escolar, un proceso de formación que se desarrolla en instituciones educativas, que están a cargo de docentes y otros profesionales. Allí, se debe promover el interés por conocer el lenguaje, ahondar en el significado de las palabras, dejar de fomentar el uso de extranjerismos y promover el conocimiento y divulgación de lenguas indígenas. De esta forma, lograremos conocer un poco más de la cultura propia y no de la creada por los países extranjeros.
Las palabras que utilizamos permiten revelar un poco de nuestro contexto y cómo este logra influir en quienes somos. No es justo seguir pensando que somos individuos inferiores a otros, o desconocer tanto nuestro lenguaje que ni siquiera podamos encontrar las palabras correctas para decir lo que queremos transmitir, buscando como solución la repetición de términos que hemos escuchado, pero que tienen un trasfondo completamente diferente a lo que pensamos. Cuestionar el lenguaje no es solo un ejercicio académico, sino una forma de emancipación cultural que nos permite recuperar lo que alguna vez fue nuestro.
1 Manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante.
2 Rendimiento o reconocimiento con dependencia a cualquier otro, o de una cosa a otra.
3 Adjetivo que se usa para describir algo que está compuesto por varias etnias.