El exilio tramposo
Consiguió asilo en Canadá con un relato convincente, pero ocultaba la verdad.
Editado por: profesora Estefanía Fajardo De la Espriella
Perfil realizado para la clase de Taller de géneros periodísticos (Cuarto semestre – 2023 I), bajo la supervisión del profesor Fernando Adrián Cárdenas Hernández.
Carlos Cortés* arribó a Canadá en 2018. Argumentó que había sido exiliado. Pero esto no resultó ser más que una muy buena mentira. Las autoridades le creyeron y logró recibir asilo político.
Carlos Cortés quiso contarme la verdad. Fue completamente sincero conmigo: una de cada nueve historias sobre el exilio a Canadá, sobre la entrada terrestre (la que hizo) por fronteras ilegales, están sustentadas en la mentira. Él pertenece a esa mayoría. Esta afirmación no es aberrante ni arriesgada. No temió decírmelo. Porque es así. De todos modos, debe ser una mentira bien hecha. Una camuflada y que parezca real, por supuesto.
Hay que tenerlo en cuenta: apenas el comisario (así le dicen) encargado del seguimiento al proceso de asilo —quien, por desdicha, puede contar con una suerte de alma detectivesca— se entere de que uno no es más que un embustero, de que la historia es una inventiva producida por el inconsciente, tenga por certeza que el mentiroso no tardará en ser deportado. No hay lugar a dudas. De modo que la creatividad y la buena memoria son virtudes clave para estas situaciones tan estresantes.
Él, de ningún modo, es el único inmigrante “exiliado” en Canadá. La mayoría de sus compañeros de trabajo llegaron así. Este país está dado para los extranjeros, para los aventurados, para los insatisfechos.
Su intención tampoco es la de minimizar a quienes buscan, con toda la honestidad del mundo, el asilo. Sí los hay y deben irse por situaciones terribles. La mayoría de los colombianos se exilian por desplazamiento forzado. Porque la guerrilla fue muy cruel con ellos. Por extorsiones. Por amenazas de muerte, más que todo. O por ser líderes sociales valientes.
Carlos basó su mentira en este último motivo: “Yo tenía mi trabajo en Bogotá —les dijo a los comisarios—, era un hombre de negocios, pero, simultáneamente, un líder social para mi comunidad”. Por desdicha —continuó—, el Grupo Capital (una insurgencia de los paramilitares), había comenzado a extorsionarlo y él supo negarse. Tiempo después, como consecuencia ante su negativa, el tal Grupo Capital lo amenazó de muerte. Y como medida desesperada, había decidido salir del país a buscar asilo en Canadá.
Le creyeron. No fue difícil.
Entró. Le dieron todos los beneficios de un asilado. Lo llevaron a un hotel de paso, con todas las comodidades del primer mundo. Y pocos días más tarde, ya se encontraba en Montreal.

El recorrido de Carlos Cortés para llegar a la frontera de Estados Unidos con Canadá
Carlos tomó la dramática decisión de dejar a su familia, a sus hijos, a su cultura, a su país, en fin, a todo lo que su vida significaba en 2018. Quería buscar un mejor futuro. No sólo para él, también para los que más amaba. Porque vivir en Colombia cada vez se le hacía más difícil. Y migrar a Canadá fue la única opción viable que pudo encontrar.
Aun con esa tristeza que otorga la soledad, pero con la seguridad de un beneficio venidero, se fue de su patria. Y, de pronto -lo supo el 11 de octubre de 2018, a eso de las 11:00 a.m.- dentro del avión que lo iba a llevar a un nuevo acápite en su vida entendió. El recorrido se dividió en varias escalas: la primera de ellas fue Bogotá-Miami, o Fort Lauderdale, para ser más precisos. Allá llegó pocas horas después. Ese mismo día, como quien dice, de un solo zapatazo, salió hacia el Aeropuerto John F. Kennedy, en Nueva York. Su jornada terminó en La Gran Manzana.
“Mi paso apresurado por los Estados Unidos no fue problemático”, me dijo. En ese entonces, Cortés ya tenía la visa americana, por lo que no se vio en líos con la tan temida oficina de migración estadounidense. De modo que el camino se hizo más sencillo, naturalmente.
Había caído la noche. Carlos debía descansar porque al día siguiente, el de gracia, como dicen, le esperaba la frontera.
Ya el 11 se había convertido en 12. Era otoño. Y el frío y la caída de las hojas y el color anaranjado y neblinoso del cielo eran unos imaginarios bastante evidentes, que nunca había visto, en un país que no es el suyo, en una cultura que tampoco lo es, y en un avasallado primer mundo que tampoco tenía la certeza de conocer. Pero en algunos años se iba a convertir en uno con el norte, en uno con la soledad de un país inmenso, de una Canadá gigante, aunque solitaria y aviejada.
Corría esa tarde del 12 de octubre y, con ella, el minutero. A las 5:00 p.m. se encontraba en Plattsburgh, al norte de Nueva York, a 23 millas de la frontera con el país que es ahora su hogar, un hogar al que no ingresó con pasaporte en mano, al que no ingresó pasando por alguna caseta, como lo haría cualquier gringo que se va de turista, desde su bólido —también gringo—, mostrándole su ID por la ventana al señor de la frontera. No. Nada de eso. Fue a lo ilegal, aunque sin mucha gracia, según me contó: al lado de la entrada legal, si se quiere, hay una suerte de cerca, una alambrada, en la que se entrometió sin esfuerzo, casi. “Aquí Canadá, allá Estados Unidos —dijo—. En un lugar como aquel, puede haber cinco, diez personas con las mismas intenciones. Africanos, latinos, asiáticos… No hay distinciones. Yo entré con un grupo”.
Y pasó.
Al frente de la victoria, había un par de containers, donde coexiste la Policía migratoria quebequesa, que sabe muy bien, como no podría ser de otra manera, la localización de la frontera ilegal. Para ellos no es de extrañar. Tampoco pueden hacer algo al respecto: porque siempre puede existir la posibilidad de encontrarse con algún exiliado (como él) que busca desesperadamente un lugar donde sentirse a salvo.
Y así fue. La Policía lo recibió. No tardaron nada en interpelarlo. Como sabían que Cortés era latino, que su lengua materna no era, en absoluto, el francés ni el inglés, trajeron un traductor:
—¿Cuál es su nombre? —le preguntaron.
—Carlos Cortés Rodríguez —contestó.
—¿De qué país viene?
—Colombia.
—¿Y a qué se debe su entrada a Canadá? —dijeron. Cuando le hicieron esta pregunta, ya sabía qué responder. Lo tenía todo preparado.
Les contó su historia. Les contó todo acerca de su incursión a la defensa de la comunidad, de su labor como líder social. Y a ojos del canadiense, que con suerte sabrá que Colombia queda en Sudamérica, su historia resulto verosímil. “El resto, «si tengo amigos y/o familia en Canadá», «si quería que algún organismo colombiano supiera de mi entrada al país», no importaba”.
—Desafortunadamente, la justicia en mi país no sirve de nada —respondió. De todo en lo que Cortés mintió, esta parte, quizás la peor, es verdadera—. No confío en ninguna organización del Estado. Por eso, no quiero que nadie sepa de mi situación, si es posible.
Para su fortuna, aceptaron la última de sus respuestas. Terminó la entrevista. Lo llevaron a otra sala más formal. Le quitaron todos sus papeles: el pasaporte, la visa estadounidense y la cédula de ciudadanía colombiana. Le hicieron una reseña para, algunos días después, poder recibir lo que se llama el Papel Marrón, o el Documento de Solicitante de Protección de Refugiado, R.P.C.D., por sus siglas en inglés, que es, en suma, su identificación. En las reseñas se hacen toma de datos personales, huellas dactilares y fotografías.
—Bienvenido a Canadá, señor Cortés. Usted puede hacer acá lo que quiera, menos tener un récord criminal. Si esto ocurre, será expulsado del país —concluyeron los oficiales.
Carlos quedó a cargo de la Cruz Roja Internacional. Le dieron, por tiempo limitado, alimentos, bebidas y un lugar privado para dormir con cama y televisión. Recibió un permiso de trabajo, para que no trabajara “en negro», como suele ocurrir cuando se migra ilegalmente. “A un trabajador sin papeles, por ejemplo, pueden pagarle 14 dólares la hora —decía—. A mí me dan 20. Seis dólares hacen la diferencia”.
Carlos Cortés acababa de convertirse en refugiado. Tenía todas las comodidades, todos los privilegios, y todas las ayudas que les ofrecen a los de su condición. El Gobierno canadiense le subsidió el dinero suficiente como para pagar una buena renta y hacerse la compra en el supermercado. Ahora, vive y trabaja a placer.
“Me siento afortunado de vivir en este país”, me contó. Se adjudicó la fortuna de rodearse de una apacible tranquilidad: Canadá es, en esencia, un país más seguro que Colombia y, según me dijo, allá nadie roba a nadie. Lo tiene todo, menos a quienes ama: la evocación absurda de la soledad no se ha ido en sus cinco años de estancia en Canadá. Permanece, aunque suene paradójico, sin refugio alguno, sin compañía. Ese papel marrón que le denomina como refugiado no ha ejercido su poder de protegerlo contra la soledad que lo abruma. Han sido tiempos meditativos, recelosos: extraña mucho a su familia, extraña mucho a sus hijos. “No es lo mismo —como diría esa canción— estar ahí, dar un abrazo en cualquier celebración, a tener que verlos por una videollamada. Aquí nadie se amaña”, reflexiona, meditativo.
El clima lo aburre, el invierno lo agota, ese frío macabro de enero. Pero son sacrificios, me dice. Sacrificios que deben hacerse. “Yo tomé esta decisión para emprender un bienestar mayor. Para darle a mis hijos una gran vida. Es eso lo que importa”. Y aunque haya un helaje de muerte, aun así, y con toda la soledad y melancolía que se pasea por ese lugar, Cortés no evoca ni por asomo la idea de irse de Canadá. Allí se quedará. Pero si debe irse, no hay problema. Así como entró, así también saldrá.
* Nombre cambiado para proteger a la fuente.