Facultad de Comunicación Social - Periodismo

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Cuando dejamos de mirarnos los pies y descubrimos el cielo

Los humedales de Bogotá son espacios de vida claves de vida y cuidado.

Editado por: Juliana Sofia Guevara Borbon

Reportaje realizado para la clase de Taller de géneros periodísticos, (Cuarto semestre – 2025 ll), bajo la supervisión de la profesora Estefanía Fajardo de la Espriella.

En medio del bullicio constante y el concreto que parece interminable, Bogotá esconde pequeños oasis de vida en los que el tiempo parece ralentizarse. Al caminar cerca de uno de sus humedales, el sonido del tráfico se transforma en un suave murmullo y el aire se llena del canto diverso de aves que encuentran refugio entre juncos y aguas tranquilas. Estos espacios, dispersos en la ciudad, son pulmones verdes que guardan secretos y albergan una sorprendente variedad de vida, un recordatorio de que, incluso en una metrópoli de ocho millones de habitantes, la naturaleza persiste con fuerza y belleza. Pero, detrás de esa aparente calma, se ocultan amenazas que ponen en riesgo este delicado equilibrio.

Bogotá cuenta con 17 humedales distritales, según Carlos Ariel López, presidente de la Asociación Bogotana de Ornitología (ABO), quien estima que, “alrededor de los humedales hay unas 174 especies distintas de aves acuáticas, hay otras especies que completan aproximadamente 250 que no dependen netamente de los humedales, pero viven muy cerca a ellos”. Esta diversidad refleja que la capital es un refugio clave para muchas de estas especies.

Sin embargo, este escenario representa varias amenazas. La extensión y calidad de los humedales ha disminuido significativamente en las últimas décadas, afectando, sobre todo, a las especies endémicas —como la Tingua Bogotana y el Cucarachero de Pantano—. La mayoría de estos espacios están en malas condiciones debido a la contaminación del agua y la pérdida de hábitat. “El mayor problema es la pérdida de los humedales, nuestro rastro muestra que la sabana de Bogotá era casi toda humedad, pero en los últimos 50 años se ha perdido el 95% de estos ecosistemas. Ese 5% que queda son apenas 50 hectáreas, lo que hace que las especies más adaptadas a la humedad vayan perdiendo su espacio. Esto ocurre principalmente por la ganadería, los cultivos y la urbanización, además de la contaminación de las aguas negras que fomentan la existencia de plantas invasoras y termina secando la abundancia de la vegetación”, advierte López.

Los oasis de la capital

En Bogotá existen 17 humedales reconocidos por las entidades distritales, distribuidos principalmente en el occidente y norte de la ciudad. Entre los más importantes se encuentran el humedal Juan Amarillo , La Conejera, Santa María del Lago, Córdoba, Tibanica y Capellanía, que destacan por su riqueza en biodiversidad y por ser refugio de aves migratorias y endémicas.

Así mismo, Diego Mejía, biólogo y ornitólogo de la Universidad del Rosario en Bogotá señala que, «ya ahí pasamos también a los problemas micro; los humedales están, pero tienen polución del aire, del agua, del ruido. Entonces todo esto hace que realmente la cadena natural se rompa…».

Estos oasis cumplen funciones ecológicas esenciales para la ciudad. Actúan como esponjas naturales que mitigan inundaciones, purifican el agua al retener contaminantes, regulan el clima local y ofrecen refugio a una gran diversidad de especies. Como lo explica López, “los humedales guardan agua en invierno y en verano la liberan, son reservorios que ayudan a mantener la estabilidad del ecosistema”.

Además de su importancia ecológica, también tienen un papel social y cultural. Por ejemplo, el humedal Córdoba cuenta con senderos ecológicos y miradores. Es, además, el espacio en el que se realizan programas de educación ambiental por parte de organizaciones como ABO o grupos comunitarios que buscan acercar y concientizar sobre el cuidado de estos. Sin embargo, la mayoría de los bogotanos desconocen la existencia e importancia de este humedal. Recuperar y proteger estos espacios implica también transformar la mirada de la ciudad hacia ellos, para así poder reconocerlos como verdaderos oasis urbanos que sostienen la vida.

Nuestras vecinas aladas

Caminar por un humedal bogotano es entrar en un espacio en el que el canto de las aves se vuelve eco entre los árboles. Estas vecinas aladas son aliadas indispensables que mantienen en equilibrio los ecosistemas. En la capital, los humedales son hogar de especies únicas de la sabana, pero también punto de descanso para aves viajeras que recorren miles de kilómetros en sus rutas migratorias.

Entre las especies más representativas de aves autóctonas y migratorias se encuentran:

Rapaces y aves nocturnas: El búho rayado que habita en los juncales acuáticos y ayuda a controlar la población de roedores. También hay gavilanes y águilas —como el águila arpía—.

Anátidas y limícolas: patos silvestres, zarapitos y playeritos que se alimentan de peces, moluscos e invertebrados acuáticos en los espejos de agua. Estos grupos regulan las poblaciones de peces pequeños e insectos y dispersan semillas acuáticas.

Aves endémicas de la sabana: la Tingua Bogotana y la Tingua Moteada viven exclusivamente en juncales y vegetación emergente. 

Todas estas aves cumplen funciones esenciales dentro del ecosistema. Al alimentarse de insectos acuáticos y lombrices, regulan de manera natural esas poblaciones. Entre ellas están las aves pequeñas como cantoras, matorraleras, quemadores y atrapamoscas, que encuentran refugio y anidan en la vegetación ribereña. Además, al consumir semillas e insectos, contribuyen a la dispersión de la vegetación de la ribera y al control de plagas que afectan al humedal.

Los humedales y las aves dependen mutuamente de sí para sobrevivir. Estos ecosistemas proveen alimento, refugio y zonas de descanso tanto a especies residentes como a especies migratorias. A cambio, estas cumplen un rol fundamental en mantener la vitalidad del humedal, su presencia funciona como indicador de su estado de salud, así lo explica López. “Las aves son bioindicadores, si no están es porque el humedal está enfermo y no está funcionando bien”.

La disminución de especies como la Tingua bogotana es una señal clara de contaminación o intervención humana. En el caso de Bogotá, que está ubicada en una de las rutas migratorias más importantes del continente, la importancia de los humedales es aún mayor; las aves viajeras dependen de ellos al ser estaciones de descanso para continuar su trayecto. Sin estos espacios, muchas no sobrevivirían, y los humedales perderían gran parte de su riqueza.

En palabras simples, sin humedales no hay aves, y sin aves los humedales pierden vida.

De norte a sur, el nicho de descanso para las viajeras

Bogotá recibe cada año decenas de especies migratorias boreales —del hemisferio norte— que invernan en nuestros humedales. Su llegada influye en el ecosistema de varias maneras. En primer lugar, en términos de balance genético, las aves migratorias conectan poblaciones continentales. Aunque pocas se reproducen en Bogotá —la mayoría retornan a Norteamérica—. Durante su estancia, aprovechan recursos compartidos con especies locales.

Según Mejía, «en Bogotá llegan muchas aves migratorias de muchos tipos […] siempre vuelven a los mismos lugares, incluso al mismo árbol. Entonces, un ave que está en tu jardín un año y al siguiente puede ser el mismo individuo».

Como explica López, este proceso no es solo un tránsito. “Ellas llegan, por lo general, flacas, peladitas, descoloridas, y se van de aquí gordas, con sus mejores colores, porque van a Norteamérica a reproducirse. Vienen acá, se alimentan, cambian de color… la reinita, por ejemplo, llega amarillita, clarita, y se va naranja, gorda, rumbo al norte”.

Su paso por Bogotá recuerda que la capital no es únicamente cemento y tráfico, sino también una parada vital en un viaje continental que conecta los bosques fríos y secos con las selvas tropicales.

Semillas de conservación

La tarea de restaurar y conservar los humedales de la capital no es sencilla. A diario, se enfrentan al descuido ciudadano y a la falta de acciones contundentes desde las políticas públicas. Aun así, la responsabilidad es obligatoria. “Lo primero es dejar de mirarse a los pies y empezar a mirar hacia arriba”, afirma Carlos, explicando que solo al reconocer el entorno nace la posibilidad de transformarlo, protegerlo y mejorarlo.

Ese cambio comienza desde lo cotidiano, separar y disponer correctamente las basuras, evitar la contaminación de ríos y quebradas, y entender que cada gesto individual suma en la salud de estos ecosistemas. Por otro lado, también es necesario el activismo real y local. Un buen ejemplo es la Red de Humedales de la Sabana de Bogotá, conformada por habitantes y organizaciones sociales que trabajan por espacios como Córdoba, Tibanica, La Conejera, Torca y Guaymaral.

Pero no basta con la acción personal o comunitaria; el cambio profundo también exige respaldo institucional. Como señala Carlos, “es fundamental generar políticas. Hace seis años salió el acuerdo en el que se estableció una política para la protección de las aves en la ciudad, y con esto, se nombró a la Tingua Bogotana como especie emblemática… El tema de la reforestación es clave, pero no es solo sembrar por sembrar, sino reforestar de verdad. Es un trabajo que tiene que ser muy articulado desde muchos puntos de vista, desde lo político, lo público, y también lo privado”.

Conservar los humedales significa más que preservar un paisaje. Es garantizar el agua, el aire y el equilibrio climático para las generaciones futuras. En sus espejos de agua no solo se refleja la fauna y flora, sino también la posibilidad de construir una ciudad más consciente y conectada con su riqueza natural.