Facultad de Comunicación Social - Periodismo

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Amar en tiempos de vigilancia

¿Seguimos amando libremente o aprendimos a amar para ser vistos?

Editado por: Profesor Sergio Enrique Jiménez Salazar.

Ensayo de opinión realizado para la clase de Gestión de redes sociales y plataformas, (Sexto semestre – 2026 l), bajo la supervisión de la profesora Catalina Restrepo Díaz.

No dejes que la nostalgia
se convierta en la nueva soledad.
El amor,
ese infinito espacio,
es la razón
para ser salvos
de la oscuridad.

Juan David Santos Chala, 2026

Hay una forma de control que no llega con estruendoso ruido. No entra rompiendo puertas ni imponiendo miedo visible. Se instala de otra manera, en lo cotidiano, en lo que parece elección, en lo que se siente propio. No se reconoce fácilmente porque no se presenta como amenaza, sino como posibilidad. Y en medio de esa suavidad, se transforma algo que parecía imposible de tocar: la forma en que sentimos, la forma en que miramos al otro, la forma en que amamos.

En este contexto, la tesis que sostiene este ensayo es que las tecnologías digitales, dentro del capitalismo de vigilancia, han transformado la experiencia humana al punto de debilitar la capacidad de amar de manera libre, al convertir las relaciones en espacios de control, representación y validación constante.

Cuando George Orwell escribió 1984, imaginó un mundo donde el poder no solo vigilaba en forma del “Big Brother”, sino que entraba en la mente, reorganizaba el pensamiento y convertía la verdad en algo manipulable. No bastaba con obedecer: había que creer. Había que aceptar incluso lo contradictorio sin detenerse a pensarlo.

Esta era la más refinada sutileza del sistema: inducir conscientemente a la inconsciencia, y luego hacerse inconsciente para no reconocer que se había realizado un acto de autosugestión. Incluso comprender la palabra doblepensar implicaba el uso del doblepensar. (Orwell, 1949)

Esa idea, que parecía lejana, hoy se desplaza hacia otro escenario. Ya no hay una figura única que vigila desde una pantalla central. Ahora la vigilancia se distribuye, se diluye, se vuelve parte de la rutina.

Actualmente las tecnologías digitales nos obligan a adoptar ciertas maneras de comportarnos. Nos ordenan, y siempre nos sugieren de la misma manera. Construyen un entorno donde lo que aparece frente a los ojos no es casual. Cada imagen, cada video, cada palabra que circula, responde a una lógica que busca anticipar deseos, dirigir la atención, moldear decisiones. El control ya no necesita imponerse porque encuentra una forma más eficaz: ser aceptado. Y en esa aceptación, el sujeto participa (Han, 2019). Publica, reacciona, comparte, se expone. Se muestra sin que nadie lo obligue. Se vigila sin sentirlo como vigilancia.

En ese movimiento se pierde algo que no siempre se nombra. Se pierde la distancia con uno mismo. Se pierde el silencio que permite reconocerse sin la mirada de los otros. Se pierde también la forma en que se encuentra al otro. Porque el otro ya no aparece como presencia, sino como imagen, como fragmento, como contenido que se puede deslizar con un gesto.

Byung-Chul Han advierte que la sociedad actual no elimina la individualidad, sino que la convierte en espectáculo permanente.

La sociedad de la autenticidad es una sociedad de la representación. Todo el mundo se representa a sí mismo. Todo el mundo se da tono. Todo el mundo rinde culto al yo y oficia la liturgia del yo, en la que uno es el sacerdote de sí mismo.
(Han, 2019)

En ese escenario, ser uno mismo deja de ser una experiencia íntima para convertirse en una tarea constante de construcción. Se elige qué mostrar, qué decir, qué callar. Se organiza la vida en función de su visibilidad.

Esa presión por mostrarse también transforma la forma en que se siente.

La presión para ser auténtico conduce a una introspección narcisista, a ocuparse permanentemente de la propia psicología. También la comunicación se organiza psicológicamente. (Han, 2019)

El sujeto se observa, se analiza, se corrige. Se convierte en proyecto. Y en ese proceso, el otro deja de ser un espacio de encuentro para convertirse en espejo o en audiencia.

El amor, en medio de todo esto, cambia de lugar. Ya no se vive únicamente en la experiencia compartida, sino en su representación. Se mide en presencia digital, en respuestas, en señales visibles. Lo que no se muestra parece no existir. Lo que no se valida parece no sostenerse. Y así, poco a poco, la relación se desplaza hacia una lógica que no le pertenece. El tiempo se acorta, la espera se vuelve incómoda, el silencio se interpreta como ausencia.

No se trata de afirmar que el amor desaparece, sino de reconocer que se debilita en su forma más profunda. Porque amar implica algo que el sistema no puede administrar con facilidad: implica detenerse, implica no producir, implica habitar un espacio que no necesita ser visto. Implica aceptar al otro sin reducirlo a una imagen.

Orwell también plantea un problema que atraviesa este momento: la falta de conciencia. Orwell (1949) lo expresa de la siguiente manera:

Hasta que no tengan conciencia de su fuerza, no se rebelarán, y hasta después de haberse rebelado, no serán conscientes. Éste es el problema. (Orwell, 1949)

En el presente, el control no se oculta del todo. Está en los términos que se aceptan, en las dinámicas que se repiten, en la exposición constante que se normaliza. Sin embargo, no se cuestiona. Se vuelve parte del paisaje.

La dificultad está en reconocerlo cuando todo parece funcionar. Cuando todo parece facilitar la comunicación, cuando todo parece acercar. Pero esa cercanía es distinta. No siempre implica encuentro. No siempre implica comprensión. A veces solo implica conexión permanente sin profundidad.

En 1984, hay un momento en el que el poder no se conforma con controlar acciones o pensamientos, sino que apunta a algo más radical: eliminar la posibilidad de sentir.

Te aplastaremos hasta tal punto que no podrás recobrar tu antigua forma. Te sucederán cosas de las que no te recobrarás, aunque vivas mil años. Nunca podrás experimentar de nuevo un sentimiento humano. Todo habrá muerto en tu interior. Nunca más serás capaz de amar, de amistad, de disfrutar de la vida, de reírte, de sentir curiosidad por algo, de tener valor, de ser un hombre íntegro… Estarás hueco. Te vaciaremos y te rellenaremos de… nosotros. (Orwell, 1949)

Esa imagen, que en la novela se presenta con violencia, hoy aparece de forma más aparatosa e impertinente. No hay un quiebre visible. Hay desgaste en quienes concebimos como seres humanos.

El exceso de estímulos, la repetición constante, la necesidad de estar siempre disponible, van reduciendo la capacidad de permanecer en una experiencia. Todo pasa rápido. Todo se reemplaza. Todo se actualiza. Y en ese ritmo, lo que requiere tiempo pierde espacio. El amor necesita tiempo. Necesita atención. Necesita una forma de presencia que no se puede fragmentar.

Entonces, en medio de este escenario, amar se convierte en algo que no encaja del todo. No porque sea imposible, sino porque exige ir en contra de ciertas dinámicas. Amar implica, en cierto sentido, salir de la lógica de la exposición constante. Implica reconocer que no todo tiene que ser mostrado, que no todo necesita respuesta inmediata, que el otro no es una extensión de uno mismo.

Amar también implica recuperar algo que parece disperso: la conciencia. Hay que reconocer que las formas en que se construyen los vínculos no son neutrales, que están atravesadas por estructuras que buscan dirigir la atención y el comportamiento. No para rechazarlas por completo, sino para habitarlas de otra manera.

En ese sentido, el amor no aparece aquí como ideal, sino como práctica. Como una forma de relación que resiste la reducción del otro a contenido, que se sostiene en el tiempo, que no depende únicamente de la validación externa. Como una forma de volver a mirar sin la mediación constante de la pantalla.

El mundo que Orwell imaginó no se replica de manera exacta, pero sus mecanismos persisten bajo otras formas. El control sigue presente, aunque ya no necesite imponerse desde afuera. Se instala en la manera en que se vive, en la forma en que se construyen los vínculos, en la manera en que se entiende la libertad.

En medio de todo esto, la posibilidad de amar no desaparece, pero cambia de lugar. Se vuelve más difícil, más exigente, más consciente. Ya no se da por hecho. Se elige. Y en esa elección, se juega algo que va más allá de una relación individual. Se juega la posibilidad de mantener una forma de humanidad que no esté completamente atravesada por la lógica del control.

De ese modo, queda una pregunta abierta: ¿es posible amar sin ser observado, sin representarse, sin medirse? Y otra aún más difícil: ¿qué queda del ser humano cuando incluso sus formas de amar han sido atravesadas por el control? Tal vez la respuesta no esté en negar el presente, sino en recuperar aquello que no se deja capturar del todo. En ese punto, el amor se acerca a otra forma de experiencia, una que no responde a la exigencia de mostrarse ni a la necesidad de ser validada.

Lo bello promete libertad y reconciliación. En presencia de lo bello desaparecen los anhelos y los imperativos. Así es como hace posible una relación libre con el mundo y consigo mismo.
(Han, 2015)

Quizá ahí, en esa relación libre que no se mide ni se exhibe, el amor todavía encuentra un lugar seguro donde no es controlado, sino en volver a encontrarnos.

Referencias:

Han, B.-C. (2019). La desaparición de los rituales.

Orwell, G. (1949). 1984..