A tientas y a tuercas: la historia de un mecánico ciego
Jorge Cifuentes convirtió sus manos en ojos y la mecánica en su forma de resistirle a la vida. La discapacidad no apagó su pasión, sólo buscó otro camino para vivirla.
Editado por: profesora Estefanía Fajardo De la Espriella
Perfil realizado para la clase de Taller de géneros periodísticos, (Cuarto semestre – 2025 lI), bajo la supervisión del profesor Sergio León Ocampo Madrid.
Jorge Alberto Cifuentes Moreno no necesita de sus ojos para saber qué le falla a un carro y por consiguiente para arreglarlo. Sus manos cubiertas de grasa distinguen cada parte del motor: desde una bujía hasta la culata. Su rendimiento en la mecánica ha sido destacado desde que se inició en el oficio y continuó siéndolo incluso después de haber perdido su vista hace 37 años en un accidente automovilístico.
La mecánica nunca fue ajena a él. Nació el 17 de septiembre de 1951 en el barrio Colón, Medellín, en el hogar de Rogelio Cifuentes Bautista, un boyacense puro y Laura Moreno Botero, paisa empedernida. Es el menor de siete hermanos, cinco mujeres y dos hombres. Cuando tenía 6 años, toda la familia se trasladó a Bogotá al barrio Santa Bárbara Central donde tuvo el primer acercamiento con la mecánica gracias a su padre, quien se desempeñaba en el transporte de alimentos.
“Mamá me contaba que cuando papá se metía debajo del camión para arreglarlo, yo me iba detrás de él a imitarlo. Decía que llegaba a la casa lleno de grasa, sudado y con una sonrisa en la cara”, menciona Jorge mientras se ríe. La mecánica no era sólo un oficio, sino la conexión con el deporte pues durante 14 años practicó automovilismo. Esto desarrolló en él un perfil deportivo y de competitividad que se destacan incluso después de su retiro.
Jorge tiene 5 hijos: Keily Milena, Jairo Alberto, Freddy Steyman, Jorge Andrés y Laura Mariel. Los tres primeros fueron producto de una relación amorosa de 15 años, mientras que Jorge Andrés y Laura provienen de su relación con Mariela Pulido, a quien conoció durante su proceso en el Centro de Rehabilitación para Adultos Ciegos (CRAC). Actualmente, convive con Blanca Myriam Díaz quien es su mayor apoyo y quien lo ha amado con los ojos del corazón.
El Simca y el borracho de la volqueta
Jorge recuerda el día de su accidente a la perfección, aunque el momento en que fue impactado, sólo es un vestigio en el fondo de su mente. Corría 1987, más específicamente el 28 de noviembre, Cifuentes se desempeñaba como mecánico Diesel y le solicitaron dirigirse a Fontibón para reparar un carrotanque. Luego de terminar con su labor, se reunió con unos amigos para beber. Decidieron detenerse en una tienda para comprar unas cervezas y unas botellas de vino. Rememora observar por el espejo lateral del Simca que conducía para tener la seguridad de bajarse. Tomó la manija de la puerta y todo se apagó.
De acuerdo con lo que contaron cuando recobró conciencia, descendió del carro y en el momento de cerrar la puerta, una volqueta lo impactó. Aquel vehículo de carga pesada iba zigzagueando debido al estado de ebriedad de su conductor. En principio, fue trasladado al Hospital de Fontibón donde tras la gravedad de las heridas por el desprendimiento de su maxilar superior tuvo que ser trasladado a la Clínica de Bogotá.
Laura Moreno Botero era la única persona a quien Jorge Cifuentes le recibía comida a pesar de sus estados reactivos dada la medicación y sus heridas. Sólo el miércoles siguiente recobró la conciencia, aunque su primera impresión fue encontrar todo oscuro y afrontar la idea de estar ciego: el diagnóstico indicaba que su nervio óptico estaba atrofiado y existía la posibilidad de restaurarlo después de 2 o 3 años. Los cálculos fallaron pues han pasado 37 años y eso nunca sucedió.
“Pues yo soy más que un caballo”
Asimilar la noticia de quedarse ciego no es fácil para ninguna persona, en el caso de Cifuentes fue muy notable el cambio ya que se había convertido en lo que más odiaba: Un estorbo. Durante los tres meses de su recuperación por las cirugías en su maxilar, no pudo ir a su taller mecánico ubicado en el barrio Normandía. Sin embargo, cuando le preguntó a su pareja de ese entonces y se acercó al lugar, encontró que nadie había estado pendiente del negocio y que lo único que quedaban eran las butacas de madera.
Esa frustración y la dependencia que había generado de su esposa e hijos le hizo plantearse la posibilidad de acabar con su vida. Le pidió a su hijo menor, Freddy, que le pasara un cigarrillo y un pocillo con agua; luego agarró el frasco del medicamento que debía tomar a diario y disolvió una a una las unidades que quedaban. “Adiós mundo ingrato” fue lo que pronunció antes de beber la mezcla y terminar de fumar su cigarrillo.
Sin embargo, su intento de suicidarse falló ya que sólo se quedó dormido por unas horas y cuando se despertó estaba al lado de su esposa. La única secuela que tuvo fue un brote en su rostro por el cual consultó a su médico tratante y a quien tuvo que confesarle lo que había sucedido.
“Pero Jorge, ¿Cómo es posible que sólo tenga ese brote? Si con 3 pastillas de esas basta para matar a un caballo”.
“Pues yo soy más que un caballo, doctor”.
Sergio Vega: El ángel de la mecánica
A medida que el tiempo pasaba, Jorge Cifuentes se daba cuenta de que la mecánica era el motor de su vida. No existía ninguna actividad que pudiera suplir el vacío de no poder ejercer su oficio. A pesar de seguir con la frente en alto hacia la vida, era consciente de que había perdido a muchos de sus colegas y amigos por la discriminación que conllevaba su discapacidad; sin embargo, Sergio Vega, uno de sus amigos, llegó a la puerta de su casa con una camioneta que estaba averiada.
“Haga el intento. Si no la puede arreglar, véndala y me llama. Usted es la única persona en la que puedo confiar para ese trabajo”. Esas fueron las palabras de Sergio que retumbaron en la cabeza de Cifuentes e hicieron que le pidiera a sus hijos, Jairo y Freddy, que lo acercaran al vehículo. Bastó con oír el motor para determinar cuál era el daño y como diría él mismo, a tientas y a ciegas, pudo repararlo y llamar a Vega para que recogiera el vehículo.
“Usted es capaz de esto y mucho más, no eche en saco roto seguir en la mecánica. Usted nació para esto”. De no haber sido por la aparición de Sergio Vega como un ángel, Jorge no hubiera tomado la decisión de acercarse al CRAC, donde le enseñarían a convivir con su ceguera en la cotidianidad pues la mecánica ya la llevaba en la sangre y no necesitaba de sus ojos, sino de sus manos para ejercerla.
Siempre en el podio como en los viejos tiempos
Jorge Cifuentes es una persona que sea ha destacado en diversos ámbitos, esto posiblemente por la. pasión con que realiza sus tareas y la competitividad que corre por sus venas. Lo anterior se vio reflejado en su paso por el CRAC donde la condición para ingresar al programa era haber cumplido 2 años con la discapacidad, sin embargo, decidió enfrentar las condiciones y tomar cada una de las clases. Para la sorpresa de todos, aprendió a manejar el ábaco, leer y escribir Braille en 4 meses lo que lo convirtió en una de las personas más rápidas en aprender estas habilidades.
Sus logros no se detuvieron allí pues en 1999 fue reconocido por la ONU y Teletón como una de las 4 personas con discapacidad más destacas del país, de modo que recibió una invitación de la Institución Nuestra Señora de los Remedios, en Cali, para realizar una demostración del armado de un motor Renault 1300. Al tomar esta situación como un reto personal, solicitó la presencia de un delegado del Récord Guinness con el propósito de superar el récord mundial que estaba en 5 horas 27 minutos. Él armó el motor en 2 horas y 48 minutos, sin embargo, al no contar con un contrincante directo no pudo oficializarse la hazaña. De todos modos, es el logro que lleva con más orgullo pues considera que nadie se atreve a enfrentarlo.
“Puedo decir que ya le cumplí a la vida”
A pesar del tiempo, han ocurrido episodios en los que Don Jorge ha perdido trabajos debido a su condición. Dado que la lesión que sufrió fue netamente funcional, quien habla con él piensa que sus ojos color miel lo están viendo atentamente, lo cual no genera ninguna duda con respecto a su salud. Sin embargo, al momento de observarlo trabajar o ver la manera en que se mueve, se puede creer que está borracho; esto no lo afecta tanto como cuando le dicen que él no es capaz de hacer lo que una persona sin discapacidad no puede hacer. Se reconforta en quienes le han brindado su confianza y han permitido que arregle sus vehículos, así como aquellos que se acercan a él aun conociendo su discapacidad y deciden darle una oportunidad.
Jorge Cifuentes es reconocido por sus compañeros de taller y vecinos como una persona noble y de gran corazón, quien siempre está dispuesto a enseñar sus conocimientos de mecánica. Precisamente, su legado se encuentra en eso: enseñar. Sus hijos Freddy Steyman y Jairo Alberto reconocen que su padre fue quien los introdujo en el mundo de la mecánica y les abrió las puertas a la formación superior.
“Puedo decir que ya le cumplí a la vida porque dos de mis hijos son mecánicos y de los buenos. Siento la tranquilidad de que siempre que pregunto por ellos a mis colegas, me dicen que son muy buenas personas. Esa era mi misión, dejarles mi legado y enseñarles lo que sé hacer: la mecánica”.
Un accidente hace 37 años no detuvo a Jorge Alberto Cifuentes Moreno de ejercer la mecánica, aprendió que sólo necesita de su espíritu y sus manos para arreglar cualquier carro que le pongan en frente. Así como es un fiel creyente de que tener 74 años sólo es una formalidad pues aún tiene la energía suficiente para seguir trabajando hasta el último de sus días.