Sin los remedios del tiempo
Vivió con la fe puesta en las mujeres, su guitarra y las idealizaciones del amor. Murió dudando de los milagros, la política y la existencia de Dios. Descubre su historia.
Editado por: profesora Estefanía Fajardo De la Espriella
Perfil realizado para la clase de Pensamiento crítico y argumentativo I, (Primer semestre – 2023 l), bajo la supervisión del profesor Guido Leonardo Tamayo Sánchez.
Vivió con la fe puesta en las mujeres, su guitarra y las idealizaciones del amor. Murió dudando de los milagros, la política y la existencia de Dios.
A los setenta y dos años, la vida de Carlos Guillermo Isaza quedó escrita por una serie de infortunios, gozos, amores bohemios, situaciones paradójicas y la pasión artística e intelectual en virtud de las experiencias que tenían que ser vividas, para luego reducirla a la rutina de la soledad y los amores a mujeres jóvenes a quienes doblaba en edad.
Aquella soleada y fría tarde bogotana nos encontrábamos almorzando: sus ojos claros y curiosos, consumidos por una ceguera molesta, lo hacían cometer erráticos movimientos a la hora de tomar con la mano derecha la copa de vino y beberlo con disimulada elocuencia. Sucedía lo mismo al momento de asir el tenedor y llevarse la pasta a la boca: el desequilibrio por sus manos temblorosas hacía que cayeran restos de esta sobre la mesa. Sin embargo, su actitud serena y confiada daba un aire de calidez y buenas energías al lugar.
La calvicie no había tenido gesto alguno de delicada cortesía con él; por lo tanto, las gorras se habían convertido en su artificio para vestirla y así no permitir que algún curioso le preguntara por esta o le prestara atención.
Su aspecto macilento por los achaques de los años, principalmente por los efectos contrariados del alcohol en su vida y los antecedentes de COVID-19, no obedecía a la justicia de su edad.
Don Carlos, como lo nombraban algunos de sus conocidos, nació en el seno de una acomodada y conservadora familia colombiana, la cual compartía lazos sanguíneos con personajes ilustres y afamados en la composición artística. Desde niño, las grandes comodidades como la variedad gastronómica sobre su mesa, sus viajes a otros países —principalmente a Estados Unidos en donde vivió algunos años—, la gran cantidad de trajes en su armario y el ostentoso ornato de su casa formaban parte de su vida cotidiana. Pero las normas de etiqueta de esta sociedad donde fue criado eran un dolor de cabeza para él: tener que organizar los cubiertos de forma correcta, no colocar los codos en la mesa o comer como si estuviera sentado al lado de algún príncipe europeo, le producía malestar. Y más cuando lo corregían.
Su amor por la música era innegable:
—La música está con uno y dentro de uno; es tanto que exige un trabajo constante — afirmaba—. Es lo mejor que le puede pasar a uno.
Esta expresión artística, y cada uno de sus elementos, abrió una puerta de gran valor durante su niñez y juventud, que lo llevaría a explorar con mucha curiosidad y cautela este mundo de la sensibilidad y la ambigüedad de las emociones estrechamente relacionado con el sabor dulce y salado de la poesía.
De pequeño lo manifestó abiertamente al ser solista en el coro de su colegio durante la primaria. Luego, gracias a la confianza y el apoyo de su abuela paterna, estudiaría guitarra flamenca y clásica. Pero aquí no acaba este relato. Con el tiempo descubriría su verdadera devoción por el blues, donde se desempeñaría de manera autodidacta, siendo guitarrista de este género musical y conformando un grupo al lado de sus dos hermanos menores.
De esta forma, más que un pasatiempo, la música se convirtió con el pasar de los días en una verdadera pasión: una necesidad para llevar los problemas y la monotonía de su vida. Pero esta, con sus argucias, no dejó de sorprenderlo: le tenía preparado un segundo llamado.
Su padre, Lázaro Isaza Torres, distinguido abogado y magistrado de la Corte Suprema de Justicia, encaminó a Carlos, que para aquel entonces era un rebelde de la generación de los sesenta, hacia el mundo intelectual, donde luego tomaría la decisión de estudiar Derecho:
—Hoy acepto haber estudiado Derecho en la Universidad Libre por él —decía—, a la vez ha sido la mejor decisión que he tomado. Esta carrera me ha hecho feliz… Al final, los padres siempre quieren lo mejor para uno— finalizaba con nostalgia.
El derecho era para él una forma de no olvidar porque, pese a sus enfermedades, conservaba con toda la lucidez cada ley y el recuerdo en las aulas de clase. Al desempeñarse como abogado litigante, Carlos confesaba que ayudar a sus clientes y haber estudiado la carrera fueron grandes dichas; amaba su profesión y la veía como un motor enriquecedor que lo llenaba de orgullo, otorgándole sentido a su vida e impulsándola.
Tanto el derecho como la música eran actividades que lo mantenían joven. De esta manera, la inmortalidad de la juventud del alma fue la postura inquebrantable y uno de sus temas favoritos, puesto que siempre que tocábamos un tema relacionado, muy cómodamente se recostaba en la silla y mostraba una actitud muy segura al expresarse. Manifestaba que la edad era simplemente un número ensuciado por las artimañas y los estereotipos inventados por aquellas gentes incrédulas con mal sentido de la visión sobre la actitud y el sentimiento de ser joven. De modo que, con cada palabra que soltaba al llegar a este punto de la conversación, hacía gestos exagerados en su rostro, mientras que su voz adquiría un tono de exasperación y desilusión.
—No soy un anciano ni un abuelo. Me siento muy joven; estoy joven— concluía.
Sí había algún ser lleno de gracia al que él le guardaba una profunda gratitud y respeto: era a la mujer.
Las mujeres son seres excepcionales. La mayor parte de mis conocimientos se han construido gracias a ellas —afirmaba él—. De ellas he aprendido mucho, especialmente de mi abuela y de mi madre.
Su madre, Clara Alonso, fue una brillante química farmacéutica, de las primeras mujeres en graduarse de la Universidad Nacional en esta facultad; su abuela, Cecilia Torres, una mujer creativa que amaba los encantos del arte culinario, quien se desempeñó y destacó en esta labor.
Sin embargo, su tía y su madre no eran las únicas mujeres que dejaron en él un invaluable aprendizaje:
—A mis setenta y un años aún sigo aprendiendo de las mujeres que llegan a mi vida. Cada experiencia que me cuentan, permite conocerlas y aprender de ellas…Cada una con historias muy distintas —concluía.
Las pausas frecuentes que hacía para evitar perder el aire, debido al asma que llevaba consigo años atrás, no impedían la fluidez con la que se manifestaban las ideas durante la conversación. Después, con su ceguera casi absoluta, intentaba buscar mis ojos para tener más seguridad, reflejando con los suyos aquel gesto de fascinación y nostalgia por aquellas décadas anteriores que vivió con despreocupación y su desinterés por el mañana.
—La próxima semana creo que iré al gimnasio— hablaba con serenidad mientras la tos perpetua lo interrumpía y su pecho como una flor marchita se movía.
Carlos, además de ser un hombre necio, amante de la belleza y los encantos del género femenino, se había dejado llevar por los excesos, los gastos sin sentido, las promesas y los engaños del alcohol. Fue así como empezó a habitar el mundo de la seducción y de los placeres fugaces, deformando el perfil de un hombre con una fuerte voluntad y raciocinio a la hora de tomar las decisiones importantes de su vida.
Para su medio siglo de existencia, el amor clandestino, elaborado por los azares de la vida y la complicidad, había tocado su alma. Gema, la mujer a quien Carlos vio como la máxima figura femenina, lo había enceguecido con la ternura de un nuevo amor. La sentía como una mujer llena de gracia, atenta y devota hacia su persona, y la pronosticaba como esa dulce compañía con la que viviría su vejez. Pero había un pequeño detalle en sus vidas que los llevaría a vivir una odisea en su romance: ella era casada y él también; aunque esto no fue impedimento para que ambos vivieran, por más de veinte años, las paradojas de este amor marcado por gratas y amargas experiencias.
Así lo describía Doña Marielita, amiga cercana de Carlos, con quien llevaba más de veinte años de amistad.
—Mamita, esa mujer adoraba a don Carlitos — decía doña Marielita con un fulgor de desilusión —, pero ese viejito desdichado no la valoró.
Su historia de convivencia llegó a su fin después de que ella no soportara más infidelidades y la relación de dependencia que él tenía con el alcohol.
—Un día una señora desventurada tocó a la puerta buscando a don Carlitos para irsen juntos a la casa que él tiene en Sopó porque tenían una cita— abría notoriamente sus ojos mientras me contaba — y doña Gemita abrió, mamita— concluyó mientras se rascaba la cabeza al recordar aquella particular situación.
Aquella tarde, Carlos había olvidado que tenía una cita en la mañana con ella, pues ese día cuando ella llegó él no estaba. En su lugar estaba Gema, quien llena de indignación y cólera, le dedicó a la mujer una implacable sonrisa de sutil hipocresía. Después de esto, la situación entre los dos se complicó, siendo la pandemia la cómplice y excusa de su rompimiento.
Gema era para Carlos el amor de su vida, aunque no estuvieran juntos. Cuando conjuraba con sus palabras, se enternecían y el brillo de sus ojos no daba tregua. Contaba que todos los días hablaba con ella y compartía el eterno vínculo de la amistad.
Así transcurrió su vida: unas veces en la tarde y otras en la mañana, aquel hombre, quien no perdía la ilusión de encontrar un nuevo amor que le ayudara a romper de una vez por todas su relación con la soledad, visitaba todos los días a doña Marielita, trayendo consigo una infinidad de historias nuevas por contar, cargadas sobre su espalda un tanto jorobada por el peso de la verdad en estas y las emociones apasionadas que, con fascinación, lo arrinconan a un círculo vicioso en donde vivió hasta sus setenta y dos años, una veces alegre, otras veces solitario, sin los remedios del tiempo.