Facultad de Comunicación Social - Periodismo

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El enigmático mago Lember

Las sombras del escenario ocultan los secretos del mago que desafió la realidad en el siglo XX. Haz clic para explorar los límites de la magia.

Editado por: Profesor Sergio Enrique Jiménez Salazar.

Crónica realizada para la clase de Taller de géneros periodísticos, (Cuarto semestre – 2024 ll), bajo la supervisión de la profesora Estefanía Fajardo de la Espriella.

Las sombras del escenario, el juego de las luces, los susurros de la audiencia expectante; ahí donde se tejieron los más grandes secretos de la magia en el siglo XX fue protagonista el mago Lember. Un mago ilusionista que se convirtió en narrador de lo imposible y entre cartas y cuerdas traspasó las fronteras de la imaginación. 

Arte y recuerdos del mago Lember. 

Las calles de Ambalema están a pocos metros del río Magdalena, al otro lado del paisaje, sus tierras están regadas por los ríos Recio, Venadillo y Lagunilla. Entre frondosos árboles y rocas que parecen guardar secretos de antaño, las casas se ven sólidas por columnas de bahareque, techo de paja y fachadas, mitad verdes, mitad blancas. Es mediodía y el susurro del viento —y una temperatura de 30 grados centígrados— es lo único que acompaña las calles. Todo se ha mantenido bajo una arquitectura rústica, sus calles, sus tiendas, su estación de policía, las casas también.  

Es una casa que ocupa toda la esquina de la calle, tiene tres puertas verdes que custodian su entrada, sobre una de ellas, un colgante de metal que funciona como un timbre, emite un ruido rechinante. Al fondo se escucha la voz de una mujer:  

—Ya salgo. 

Se asoma por la ventana una mujer de cabello corto, piel blanca y camiseta roja.  

—¿Vienen para lo del Mago Lember? 

—Sí. 

Cierra la ventana, se escuchan pasos hacia la puerta, de repente el chillido de una llave —llave grande desmesurada de 20 cm de largo y grosor de 10 cm— se incrusta en la cerradura.  

—Pasen. 

Las puertas se abren a un comedor antiguo de ocho puestos y una mesa de no más de ocho cm de ancho. Alrededor, las habitaciones, cubiertas por cortinas de tela e hilo que apenas refrescan el ambiente. Al fondo, un jardín extenso ocupa la mitad del terreno, mientras, las paredes altas permiten que el calor tenga por dónde moverse, están adornadas por cuadros de todos los tamaños. 

—Sigan por acá. 

Afuera, en el patio, hay 32 grados centígrados, pero el oxígeno de los árboles contrarresta el calor. En el fondo se aprecia una mujer de cabello castaño, hasta los hombros, piel trigueña y camiseta azul. Su nombre es Beatriz y fue la esposa del mago Lember durante toda su vida. Está tomando el sol en una mecedora de madera, que la ayuda a soportar una enfermedad que da por la vejez. En su casa, Beatriz conserva cajas de todos los tamaños.  

*** 

Patricia Lember —la otra mujer de camiseta roja—, hija del Mago Lember, toma en sus manos un cuadro de no más de 20 cm de ancho y 30 de largo:  

—Él era mi papá.  

Un hombre de piel blanca, nariz encorvada, cejas pobladas, con un sombrero de color negro sobre su cabeza.  

Carlos Eduardo Lember Cazáres, época de 1935. 

*** 

Carlos Eduardo Cazáres nació en Ambalema el 16 de septiembre de 1906. Un niño muy avispado que soñaba con averiguar los secretos que se escondían en los barcos que llegaban al puerto del río Magdalena. Provenía de una familia muy humilde. Su mamá, una mujer de manos callosas y corazón generoso, dedicaba sus días a planchar las camisas de los pescadores y a vender dulces en un pequeño puestito de metal que se ubicaba en una esquina del puerto. Pasaba horas sentado en el umbral de la tienda, mirando cómo los barcos se asomaban lentamente y trabajaba en la carga de maletas de los viajeros que llegaban en los barcos de vapor. Con el agrupado de vender periódicos y cargar maletas ayudaba a su madre.  

—Él guardaba unos cuantos pesos para comprar los dulces de la misma tienda de su mamá y lo que le sobraba se lo daba—, relata Patricia. 

Hasta que un día, con apenas 12 o 13 años, el muchachito se embarcó en la aventura del río como polizón escondido en un barco, con tan mala suerte que en el transcurso del viaje lo descubrieron y lo querían bajar, pero, justo cuando lo iban a emplazar de la embarcación apareció Charles Lember, un mago inglés engominado, que recorría el Caribe con su magia, haciendo fantasías por las costas, entre espectáculos y misterio. De manera casi ilusoria se hizo cargo de él. 

—Yo me hago cargo de este niño. Él se queda conmigo— dijo Charles Lember con voz firme delante de toda la tripulación. 

*** 

Pasaron ocho meses en los que el pequeño Carlos Eduardo, lleno de asombro y ganas de aprender, acompañó al mago Charles en una gira por Honda —un municipio pintoresco—. Durante esos meses, Carlos observó y absorbió cada movimiento, cada gesto, cada palabra que salía de la boca de Lember.  

De ahí debía partir para Londres —el hogar de la magia—, pero el encanto del ilusionismo y la travesía que había recorrido a su lado, decide irse con él y esto resultó ser el inicio del misterio.  

—Mi papá era un hombre muy intrépido y riguroso con sus decisiones, así que se fue de viaje para Londres.  

*** 

Con el tiempo, Charles lo acogió como su propio hijo y lo bautizó en la iglesia de San Francisco de Londres, bajo el nombre de Carlos Eduardo Lember Cazáres. Charles Lember se convirtió en su maestro de los secretos de la magia. Con el pasar de los años, Carlos Eduardo perfeccionó su arte, dominando trucos y encantamientos que lo llevaron a convertirse en el secretario de la prestigiosa sociedad de magos y artistas del mundo. 

—Él tenía el poder de convertir el vino tinto en whisky con un simple gesto o con una varita transformaba en gallina a la mujer que no atendiera sus piropos. Era un hechicero con poderes sobrenaturales. 

Quién habla es Estela Vázquez: una mujer de 90 años, cabello blanco y corto, quien aún recuerda las funciones de Lember en las calles de Ambalema. 

*** 

Consagrarse como secretario de la prestigiosa sociedad de magos y artistas del mundo, le permitió recorrer todos los rincones del planeta y llevar su magia y carisma a cada lugar que visitaba y hechizaba bajo los teatros donde presentaba sus funciones.  

*** 

En la habitación principal, además de cinco cuadros en las paredes, hay una cama de madera cubierta por una sábana de color azul, irrumpida por líneas blancas, una mesita de noche. En una esquina, un mueble con cuatro puertas y un tocadiscos, al frente, cajas de todos los tamaños, maletines de viaje y un cofre de madera, con bordes de metal en dónde descansan las espadas oxidadas con las que Lember ejecutaba el célebre “Suplicio Chino”. 

—Su acto más popular era el “Suplicio Chino”, consistía en que una mujer se introducía en un gran cajón, se cerraba herméticamente y luego se tomaban las espadas afiladas y se atravesaban en todo el medio. Lo más sorprendente, era que, cuando se abría el cajón, la mujer ya no estaba. Había desaparecido o, tal vez, nunca estuvo allí.  

Tuvo nueve hijos, fruto de su vida llena de magia, misterio y amores silenciados. 

—Yo soy la hija menor, de nueve hermanos, aunque casi ni la mitad los conozco. 

*** 

Con múltiples matas que rodean el jardín, la mecedora en la que está Beatriz, apunta a un solar.  

—¿Cómo lo conoció? 

—¡Uyy!, eso es una historia larga, pero te la puedo resumir. Eso fue cuando Carlos Eduardo, después de varios meses de gira, volvió a casa con su madre, hasta 1961, cuando ella muere y él decide quedarse hasta el último de sus días en Ambalema. Yo tenía mi noviecito, y un día estábamos en el muelle, viendo a los pescadores cargar las redes, cuando de repente, alguien tocó mi hombro. Me volteé, y vi un señor alto, por ahí, de unos 30 años. En ese instante, nuestras miradas se cruzaron y me dijo: “a usted me la voy a llevar yo”.  

*** 

Así fue como la enamoró y poco después, nació Patricia, quien sería su hija consentida.  

—Imagínate, para mí, ser hija del mago Lember, me hace sentir privilegiada. Era la única niña a la que su papá le hacía magia de trucos imposibles y asombrosos. Él sacaba monedas de mis orejas, y eso era espeluznante. 

*** 

Es una mañana ardiente del martes 19 de agosto de 1969. En la cama principal reposa Lember. Está muy mal de salud, fruto del alcoholismo que heredó de su padre. Al medio día la muerte vino a reclamarlo, pero no sin antes dejarle a su esposa Beatriz una última advertencia.  

Con la voz fatigada y los ojos parpadeando lentamente, dijo: 

—Todo lo que es mío, te pertenece, excepto lo que hay en el cofre. Nadie puede tocarlo, adentro hay una bola de cristal y, en algún momento, alguien llegará a reclamarla. Eso le pertenece a la sociedad de magos y artistas del mundo. 

*** 

En la madrugada del miércoles, luego de su entierro en el cementerio central, comenzaron a ocurrir eventos inexplicables, se observaron varios hombres alrededor de su tumba. 

—Eso eran magos y venían por su cuerpo—, asegura Luz Pinzón, recepcionista y colaboradora de la funeraria del pueblo.  

Funeraria de Ambalema, Tolima. 

*** 

Un año después de su partida, el día exacto en que cumplía dos años de muerto, la casa Lember se llenó del bullicio de los rituales religiosos. Todos se apresuraban en el corre-corre de la solemnidad.  

Al caer la noche, cuando Beatriz descansaba en la habitación, se escuchó un estruendo en el patio de la casa. Unos pasos pesados, que resonaban en la sala. De repente la habitación se iluminó.  

—Estaba aterrada. Recuerdo haber visto un hombre alto, con vestiduras de fraile, casi celestiales, totalmente blancas. Su rostro estaba parcialmente cubierto, pero sus ojos brillaban con una intensidad sobrenatural. El hombre se acercó hasta la cama y con una voz gruesa me dijo: “tranquila, vengo por lo que me pertenece”. Tomó mi mano temblorosa y mis dedos fríos rozaron los suyos, de la funda de la almohada me hizo sacar las llaves del cofre donde se guardaba la bola de cristal junto con las espadas, sombreros y trajes de sus espectáculos.  

Nos dirigimos hacia el cofre y tal como me lo indicó con unas palabras mágicas, inserté la llave y el cofre se abrió. Apenas alcancé a parpadear, cuando de repente la bola de cristal y el hombre se desvanecieron en el aire, como si su visita nunca hubiera estado aquí.  

Llave de la casa Lember. 
Sala de la casa Lember. 
Patio de la casa Lember. 
Habitación del mago Lember. 
Cofres del mago Lember. 
Patricia Lember, hija menor del mago Lember. 
Carlos Eduardo Lember Cazáres, época de 1940.