Facultad de Comunicación Social - Periodismo

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Los Caballos de Troya de la industria

Dentro de la industria que celebra cifras, hay quienes infiltran contenidos con sentido social.

Editado por: Juliana Sofía Guevara Borbón

Reportaje realizado para el Semillero de Conexión Externado, (Primer semestre – 2026 I), bajo la supervisión de los docentes Juliana Sofía Guevara Borbón y Sergio Enrique Jiménez Salazar.

Detrás de cada serie que se vuelve tendencia o cada película que llena las salas de cine, hay una industria gigantesca que decide qué historias se cuentan y cuáles no. En Colombia, ese engranaje audiovisual crece cada año, dando paso a nuevos mercados y a producciones nacionales que empiezan a competir en escenarios internacionales. 

La industria del entretenimiento, en especial la audiovisual, se ha consolidado en Colombia y ha fabricado un escenario importante de posicionamiento y competitividad. Al país han llegado grandes productoras reconocidas como Disney, Netflix y Amazon Prime. Además, se han abierto espacios tales como el Bogotá Audiovisual Market (BAM) o el festival Internacional de Cine de Cartagena (FICCI); impulsando la elaboración de grandes apuestas audiovisuales como “Pájaros de Verano” (2018), “Cien Años de Soledad” (2024) y “El Poeta» (2025).  

El crecimiento no solo se puede medir por el número de estrenos, sino también por el impacto dentro de la lógica industrial. Las últimas cifras sitúan a este sector como eje fundamental dentro del PIB del país. En 2025 aportó aproximadamente el 3,5% y mantiene una tendencia al alza para 2026. Según Proimágenes Colombia, el incentivo creado por el Certificado de Inversión Audiovisual (CINA), ha optado por aumentar un 49% el presupuesto para la financiación de estos proyectos, incrementando la cifra a aproximadamente 350.000 millones de pesos.  

Con todo este éxito, surgen dudas acerca de ¿cómo podemos hacer que esta industria impulse un propósito social cuando las dinámicas que la rigen son, en su mayoría, comerciales? Si bien desde el inicio se siente el impacto en la generación de empleo y se apoya la creatividad de los realizadores, también existen riesgos latentes alrededor de la masificación de las historias pues, no todas cargan la misma intención narrativa o ética. 

Aquí aparece lo que se denomina como el “Caballo de Troya”. Una estrategia creativa mediante la cual un producto, concebido para ser rentable y masivo, transporta en su interior cuestionamientos sociales, culturales o éticos que no necesariamente deben responder a una lógica mercantilista. No se basa en discursos polémicos, sino en una infiltración narrativa, en la que el espectador accede atraído por el entretenimiento, pero se encuentra, en lo profundo con un producto dentro del cual viaja una postura crítica implantada por los creadores.

Esto lo advierte el profesor americano Noam Chomsky, quien menciona que, «si la gente está entretenida o agotada, no tiene ni el tiempo ni la energía para cuestionar las estructuras que rigen sus vidas”. En un contexto acelerado como el colombiano, en el que las jornadas se extienden y la información compite por microsegundos de atención, el entretenimiento puede llegar a convertirse en anestesia.  

Creadores en la batalla con el mercado 

Desde la perspectiva de Luis Eduardo Díaz, comunicador social con maestría en producción audiovisual y experiencia en proyectos para plataformas internacionales, el proceso creativo siempre está atravesado por una tensión inevitable pues “es complejo el no dejar de vender; al final estamos trabajando también para vender”

Sin embargo, Díaz también insiste en que, dentro de esa lógica comercial, el creador puede decidir desde qué ángulo mostrar, ya que, contar con propósito, también significa hacerlo desde el respeto y con la intención de garantizar que esa historia que merece ser escuchada, sea contada de la mejor manera.  

A esta tensión entre mercado y propósito se suma otro factor determinante, la escala de la industria audiovisual. Colombia aún no compite con gigantes como India que, según la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI), durante el 2023 realizó 2.562 proyectos, o Estados Unidos, que generó 510 producciones. No se tienen cifras actualizadas después de ese año, pero se puede afirmar que la producción ha aumentado impulsada por los nuevos hábitos de consumo que se han agudizado con el paso de los años. 

En ese panorama, Colombia todavía se mueve en una dimensión más reducida. Según ProImágenes, durante el 2023 el país alcanzó una cifra histórica de entre 69 a 72 producciones propias, número que ha incrementado entre 1 y 2 puntos desde entonces, hasta el 2025. 

Pero el éxito de un producto audiovisual no radica únicamente en la etapa final, nace al interior de los equipos creativos, nace de las de ideas de los escritores y los investigadores. Andrés Lopera Sánchez, guionista y fundador de la productora ‘Buena Estrella’, afirma que la primera lucha ocurre incluso antes de escribir, en procesos como tener claros los límites éticos personales. En su caso, Lopera se niega a desarrollar series de narcotráfico, “siempre trato de buscar la creación de contenidos que tengan un sentido, que tengan una idea poderosa, una voz, algo importante que decir”

Para él, el equilibrio no está en renunciar al mercado sino en dominarlo “yo tengo que volverme un alquimista… atraer la atención para poder decir esto importante que tengo que decir”. Siguiendo esa lógica, el creador, como soldado en esta lucha, no se opone directamente al sistema industrial, sino que aprende a infiltrarlo.  

Por tal motivo es que, en una industria dominada por el éxito medido en ventas de taquilla y datos censales algorítmicos; en el que las historias «se diseñan con el fin de alcanzar al mayor público posible», tal como lo dice el portal de directores de México; entran en batalla los soldados de la resistencia desde diferentes sectores de la industria. Aquellos que reconocen que las narrativas tienen un poder innato de distraer, causar reflexión y, en el mejor de los casos, balancearse entre sí para ser entretenidos al tiempo que introspectivos, o que, en palabras más simples, sean un reflejo de realidad con propensión a la mejora.  

Desde el primer momento que se idea un proyecto, se da esa tensión entre lo rentable y lo sensible. Andrés Lopera, desde el corazón de las narrativas, reconoce la importancia de las audiencias y comprende que el creador no debe desconocer los mecanismos de consumo pues, al final, su trabajo radica en que las personas se entretengan con sus historias. Y aquí se crea el reto de combinar “diferentes metodologías, diferentes herramientas, diferentes trucos sin desvirtuar lo que quiero decir”, dice el escritor que, basándose en eso, crea su propio filtro ético para saber si se mantiene en un proyecto o se aparta de su producción. 

Es más, cuando aborda proyectos comerciales, defiende la posibilidad de insertar contenido crítico dentro de formatos aparentemente ligeros. Así lo demostró en la serie La lucha de los Monk Arts, en la que mezcló el formato de falso reality con artistas del Renacimiento en clave de humor y marionetas, integrando debates de temas contemporáneos como identidad y redes sociales. Este experimento confirma su postura en cuanto que “cualquier contenido crítico lo podemos hacer atractivo” siempre que exista un planteamiento y búsqueda de alternativas dominando su propia resistencia al sistema de masificación. 

Desde la visión de la postproducción, Luis Díaz resiste al ver la ética no como un accesorio, sino como un punto de partida “primero tengo que conocer cuáles son mis principios y quién soy yo”

Confiando en su excelencia profesional, no se deja intimidar por el tamaño de su cliente, sea este una plataforma internacional o un proyecto pequeño.  

En una industria que prioriza métricas de impacto inmediato, Díaz reconoce que muchas veces el producto final privilegia el espectáculo sobre la profundidad. Empero, se advierte que incluso desde la edición, un terreno aparentemente técnico, se pueden introducir matices significativos. En su trabajo aprendió que los silencios importan, que construir un montaje no se basa únicamente en poner una canción o un efecto; sino en entender cómo cada elemento sonoro y visual puede transformar la percepción del espectador. En pocas palabras, incluso dentro de formatos cortos diseñados para enganchar, hay espacios para la intención y la sensibilidad.  

Cuando el caballo ya está dentro  

Es precisamente ahí donde la metáfora del “Caballo de Troya” deja de ser literaria y se convierte en una categoría de análisis. No hablamos de productos que nacen como una fuente de activismo explícito, sino de proyectos diseñados para circular en el mercado, competir en rating y sobrevivir en la batalla del sistema de negocios que, en su interior, transporta preguntas, tensiones y posturas que no necesariamente están circulando por rentabilidad.  

La infiltración no ocurre en grandes discursos, sino en decisiones mínimas; en todas las decisiones creativas que toman nuestros creadores para darle forma y presentar una historia, porque después de todo, son gestos invisibles para la audiencia, pero estructurales para el sentido de la obra. 

“Los reyes del mundo”, dirigida por Laura Mora Ortega, es un ejemplo dentro del cine colombiano. La película se presenta inicialmente como una historia de aventura juvenil sobre un grupo de jóvenes que recorren el país en busca de una tierra prometida. Sin embargo, detrás de esa estructura narrativa aparentemente simple, el relato expone problemáticas profundas relacionadas con el abandono estatal, la desigualdad y las consecuencias del conflicto armado en Colombia. De esta manera, el espectador entra atraído por la historia de amistad y viaje, pero termina enfrentándose a una reflexión social más amplia, lo que convierte a la película en un claro ejemplo de cómo un producto audiovisual puede funcionar como un “Caballo de Troya” dentro del entretenimiento. 

En esta industria adicta al caos de las cifras, el propósito social no desaparece, se adapta. Logra camuflarse dentro de géneros comerciales, viajando en estructuras narrativas diseñadas para entretener, pero que esconden preguntas más profundas. Tal vez el espectador nunca note el momento exacto en que el caballo de Troya entra a la ciudad. Pero cuando la historia termina y quedan preguntas flotando, es posible que la infiltración ya haya ocurrido. 

Entonces la pregunta no radica en si la industria audiovisual puede tener propósito social, sino en quién está dispuesto a asumir el costo de defenderlo. Porque es entre rendimiento y compromiso que algunos optan por adaptarse sin cuestionar; otros, como Díaz y Lopera, deciden infiltrarse. No están renunciando a la industria, la están atravesando. No la abandonan, la tensionan desde su centro.  

Porque si la industria es una maquinaria, el propósito no es un adorno, es una decisión.