Cuando nacer duele
Cuando el nacimiento se convierte en una experiencia de dolor y vulneración.
Editado por: Profesor Sergio Enrique Jiménez Salazar
Reportaje realizado para la clase de Taller de géneros periodísticos, (Cuarto semestre – 2026- Il), bajo la supervisión de la profesora Estefanía Fajardo de la Espriella.
La violencia obstétrica no es un hecho aislado, es un problema social, estructural y cultural que cobra vidas y marca cuerpos y memorias en Colombia y en el mundo.
—En mi segundo embarazo tuve un embarazo gemelar, en el cual mis dos hijas fallecieron. Ana Carrión es una mujer de 49 años, madre de cinco hijas, que sufrió violencia obstétrica y negligencia médica en su segundo embarazo con 26 años. Atravesó una serie de procedimientos que van contra la ética médica; sumado a esto, la violencia verbal desencadenó traumas y preocupaciones en sus siguientes embarazos.
Ana llevaba el desarrollo de su gestación con responsabilidad y normalidad, asistiendo a sus controles prenatales y ecografías hasta la semana 32. Sin embargo, en un control médico le informaron que tenía la tensión alta y, debido a esto, decidieron dejarla en observación, realizando así mismo ecografías para salvaguardar la seguridad de sus hijas.
En este proceso, fue atendida por distintas ginecoobstetras quienes aseguraron que todo se encontraba en orden. En una de las revisiones realizadas, la profesional de salud, lejos de ofrecer contención y acompañamiento, le dio la siguiente noticia:
—La doctora que me hizo la ecografía, comenzó a hacerme el examen y me dijo —pero ya está muerto uno, ¿no? ¿ya sabía? — ¿cómo así? —respondió Ana—. —Sí, hay un bebé muerto y quién sabe cuánto lleva así— dijo la médica. Y hacía 10 o 15 minutos me habían dicho que mis bebés estaban bien, que se escuchaban los dos corazoncitos.
La violencia obstétrica se puede evidenciar de distintas maneras, algunas muy evidentes como la física o la psicológica, u otras en tan solo no permitir acompañamiento en controles prenatales. Según Jimmy Castañeda, médico ginecólogo y director médico de la Federación Colombiana de Obstetricia y Ginecología, la violencia obstétrica se entiende para la Federación como,
—Todas aquellas acciones que van en contra de los derechos de la paciente gestante, dados desde el personal de atención, los sistemas de salud, las instituciones de gobierno o desde una serie de determinantes sociales asociados a la atención de la gestante.
Así mismo, según el equipo Alejandra Silva abogados, especializados en derecho civil y de familia, se afirma que la violencia obstétrica es una forma de violencia de género en la cual una mujer recibe un trato inadecuado, ya sea en el embarazo, el parto y posparto, o donde existen prácticas médicas invasivas o innecesarias, trato deshumanizado, abuso verbal y emocional, negligencia y desinformación médica. Causando efectos a largo y corto plazo.
Este tipo de violencia se puede evidenciar en múltiples aspectos que muchas veces no se logran identificar debido a su normalización tanto en las instituciones como en la sociedad. Es una problemática estructural que proviene desde la academia y afecta a la mayoría de las mujeres gestantes.
Esta se manifiesta en prácticas como la epidemia de cesáreas y episiotomías innecesarias que triplican la tasa recomendada por la Organización Mundial de la Salud. El maltrato verbal, la represión emocional, las amenazas e intimidaciones por parte del personal de salud, así como la obligación de parir en posición de litotomía, sin ofrecer opciones ni educación sobre otras posturas posibles. También incluye el desconocimiento o negación de los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres y la negación del derecho al acompañamiento durante consultas ginecológicas y obstétricas.
Se suma el uso indiscriminado de tactos vaginales, la ausencia de consentimiento informado en procedimientos y la falta de acompañamiento integral en pérdidas gestacionales o perinatales. Por otro lado, el cierre progresivo de unidades de ginecobstetricia limita el acceso a los servicios de salud y genera aglomeración, además de mortalidades maternas y perinatales concentradas en zonas dispersas y empobrecidas.
El parto no termina en el cuerpo
Al recibir la noticia de que una de sus dos hijas había fallecido, dejaron pasar cinco días en la Clínica Corpas mientras se esperaba que los pulmones de su otra hija maduraran. Pasado este tiempo, fue trasladada a la Clínica San Rafael, donde fue hospitalizada por tres días y posteriormente ingresada a cesárea para hacer la extracción de su hija fallecida y dar a luz a su otra hija.
Esto fue consultado por parte del personal médico a ella, a pesar de que su respuesta y voluntad era esperar más tiempo para que su otra hija pudiese tener un correcto desarrollo. El procedimiento se realizó con base en la determinación de su esposo.
—Hicieron lo que él decidió, él dijo que me hicieran lo necesario, yo decía que me mantuvieran así mientras mi bebé maduraba más los pulmones. En el momento que me ingresaron a la cesárea, yo vi cuando sacaron un bebé. En un canastico, lo taparon, pero no me dijeron nada. A los 5 minutos nació mi otra bebé. Cuando yo vi que pasó un enfermero con el canastico por el lado, yo le dije, ¿es mi bebé? Y me dijo —sí, y yo le pregunté qué sexo era. —Dígale al doctor—contestó el enfermero. Yo le pregunté al doctor, ¿el otro bebé qué era? Me dijo, —ya para qué quiere saber.
El estrés postraumático y la depresión posparto se ven influenciados por diversos factores, según la encuesta nacional de parto realizada por el Movimiento Nacional por la Salud Sexual y Reproductiva, el 42% de las mujeres gestantes en Colombia experimentan algún tipo de violencia verbal en el embarazo. Este tipo de violencia pasa desapercibida debido a que se cree que sus consecuencias serán inexistentes o de corta duración. Por otro lado, el 35,7 % de mujeres sufrieron represión de sus emociones y el 27,1 % sufrieron intimidaciones en el parto.
María Acosta, psicóloga especialista en evaluación clínica y psicología perinatal, afirma que la violencia verbal es muy sutil. También se presenta cuando se oculta información o se decide por la mujer, este tipo de acciones no son tan claras en un momento de vulnerabilidad como lo es estar en trabajo de parto.
Sin embargo, Ana desde el primer momento reconoció que este tipo de situaciones no estaban bien y que era un trato inadecuado hacia ella,
—En el mismo momento que empezaron a tratarme así, yo sentía que me estaban maltratando, desde la persona que me hizo la ecografía y la forma en la que me dio la noticia de mi hija. Todo eso me daba rabia y yo peleaba, mi esposo también lo hacía, decía que era inhumano cómo me estaban tratando. Igual yo le cogí mucha rabia a la clínica, yo decía por allá en mi vida voy a volver, para mí son los peores hospitales y tratan a la gente como quieren, son las personas más inhumanas que yo he conocido.
El proceso de aceptación del trauma no es lineal y tampoco es el mismo para cada mujer. Ellas atraviesan de distintas formas su duelo, pero es importante que se lleve a cabo un tratamiento en donde puedan reconocer que esto fue una violencia. María dice, que intenta llevar un acompañamiento en el que las mujeres puedan liberarse de toda culpa y entender que se puede resignificar la relación que tienen con esa experiencia, comprendiendo lo que ocurrió, el estado indefenso en el que se encontraban y las herramientas de manejo emocional para sobrellevar el impacto.
La otra hija de Ana quedó en una incubadora mientras ella se encontraba en el cuarto. Al día siguiente, ella se dirigió en una silla de ruedas a ver a su bebé; una enfermera se le acercó preguntándole si ella era la madre.
—La enfermera me dijo, —Me hace un favor, me firma este consentimiento para la donación de órganos, —y yo le dije, ¿cómo así? — Sí, ella no se va a salvar, entonces que salve otras vidas, de pronto tiene órganos que le van a servir a otros bebés.
— En ese momento yo perdí la conciencia y me desmayé. Cuando reaccioné, estaba otra vez en el cuarto donde me habían llevado después de la cirugía. Tiempo después ingresé de nuevo con mi bebé, cuando la misma enfermera se acercó y dijo, —¿Ya está preparada, ahora sí va a firmar? —y yo le dije que no. —Entonces no puede ver a la bebé más, Ella no se va a salvar, respondió la enfermera. —Yo me puse a llorar. —Tome el papel y hable con sus familiares, dijo la enfermera. —De nuevo salí llorando y mi madre me dijo que firmara, que eso solo era un requisito, pero la bebé se salvaría. Desafortunadamente firmé ese papel.
Un problema que nace en la raíz del sistema
El caso de Ana no es aislado. Es una problemática estructural y sistemática que afecta a las mujeres alrededor del mundo. Según organismos de Naciones Unidas, cada dos minutos muere una mujer por complicaciones relacionadas al embarazo o parto. Además, en 2020, cada día murieron casi 800 mujeres por causas prevenibles en su periodo de gestación y/o trabajo de parto.
La Federación Colombiana de Obstetricia y Ginecología afirma que, para lograr un cambio estructural significativo, es indispensable, en primer lugar, la educación de manera continua y la sensibilización al personal de salud. Jimmy Castañeda afirma que hay insuficiencia en el apoyo técnico para recursos en unidades de obstetricia,
—El sistema de salud de manera estructural considera que los servicios de obstetricia son algo básico, que no necesita mucha inversión, comparado con otro tipo de áreas de la salud, donde la tecnología no se limita, se ofrece de manera amplia. Entonces se necesita un cambio en la visualización, una concientización de la importancia de la atención del binomio madre-hijo, y que se generen espacios adecuados de atención, no solamente técnicos, sino locativos.
Lucía Martínez, antropóloga, madre y miembro del Movimiento Nacional por los Derechos Sexuales y Reproductivos, afirma que esto también es una problemática que hay que transformar culturalmente.
—No podemos limitarnos a decir que los médicos maltratan, ellos también están inmersos en la educación, no se les enseña a atender partos naturales y también se necesita buena infraestructura, mejorar las tarifas y tener salas interculturales.
En ese sentido, la violencia obstétrica debe entenderse como un reflejo de las desigualdades sociales y de género que atraviesan los sistemas de salud. No se trata únicamente de fallas individuales, sino de un modelo que históricamente ha invisibilizado las necesidades de las mujeres, priorizando la rapidez, la rentabilidad o el control médico por encima de la dignidad y la autonomía de las pacientes.
El problema radica en que estas prácticas normalizadas reproducen patrones de discriminación, afectan con mayor severidad a las mujeres pobres, afrodescendientes, indígenas y rurales, quienes enfrentan mayores barreras de acceso, precariedad en los servicios y falta de acompañamiento integral.
Parir se convirtió en perder
La tragedia para Ana no terminó; continuaron pasando un cúmulo de cosas en el proceso de posparto. La clínica no permitió que ella se quedara un día más en el hospital, así que, junto con su esposo, se marcharon. En la madrugada, a las 2 a.m., recibió una llamada en la cual le informaron que su hija había fallecido.
—Preguntaron por mí y me dijeron, lo que pasa es que mañana tiene que recoger el cuerpo de su hija, que falleció. Yo dije, ¿cómo así?, mi bebé había quedado bien, eso es mentira. Al siguiente día madrugamos, llegamos a la clínica y preguntamos qué había pasado. —Se fue la luz, hubo una falla mecánica en los aparatos que la tenían y la niña no aguantó mientras se le establecía otra incubadora, afirmó el profesional de salud. —Entonces dije que eso era mentira, que mi hija estaba bien y otra persona llegó. —Lo que pasa es que hay niños que tienen más opción de salvarse. Su niña no tenía opción y se le da la prioridad a un niño que sí lo necesita—, respondió otro asistente médico hacia Ana”
Es urgente reconocer que estas prácticas no solo causan daño físico, sino también heridas emocionales profundas y silenciosas, que pueden derivar en duelos no resueltos, depresión posparto, estrés postraumático y un quiebre en la confianza hacia el sistema de salud. El caso de Ana evidencia cómo la falta de consentimiento informado, el trato deshumanizado y la ausencia de acompañamiento integral generan traumas que trascienden generaciones.
Según el estudio Depresión posparto en mujeres colombianas: análisis secundario de la Encuesta Nacional de Demografía y Salud-2010, alrededor de 12,9% mujeres experimentan depresión posparto, lo que significa que una de cada cinco mujeres pasa por este problema de salud mental.
Para transformar esta realidad se requiere un esfuerzo colectivo: la educación de los profesionales de salud, el fortalecimiento de las políticas públicas, la inversión en infraestructura hospitalaria y la inclusión de un enfoque intercultural y de género. Pero también es fundamental que la sociedad rompa el silencio y que se legitimen las voces de quienes han sufrido estas violencias.
Erradicarla implica replantear el modelo de atención médica y reconocer el parto como un proceso humano, digno y respetuoso. Solo así podremos imaginar un futuro en el que nacer no signifique dolor, silencio y pérdida, sino vida, respeto y acompañamiento.