Facultad de Comunicación Social - Periodismo

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Instagrameños

¿A qué contenido das click? Sin tiempo para reflexionarlo, vení y hagamos una radiografía del hiperconsumo que llevó al carajo la cultura

Editado por: profesora Estefanía Fajardo De la Espriella

Ensayo de opinión realizado para la clase de Gestión de Redes Sociales y Plataformas (Sexto semestre, 2025 – l), con la profesora Catalina Restrepo Díaz.

“¿Qué sitio es, pues, 
que no te atreves a decir su nombre? 
Es mi sitio, señor, y esta es mi suerte”. 
-Piedad Bonnett Vélez 

«Imaginar», se tornó en un verbo pretencioso. Su carácter, en gerundio «imaginando», supone un delta de tiempo. Necesitan trascurrir los minutos para pensar con nuestras palabras, la decodificación de ideas que, querrán salir a bailar salsa.  

Suena la timba, una campana, piano, pregunta el trombón y responde la trompeta. Un-dos-tres, cinco-seis-siete. Un-dos-tres, cinco-seis-siete. Y se repiten las octavas como si fuera música en vez de oxígeno, lo que permitiese respirar. Una vez azotada la baldosa, las ideas podrían comerse un cholao’ o un raspao’, si la cuestión le compete a la urgencia y no hubiese tiempo para picar fruta.  

Y se enchusparían en la madrugada esas ideas que, al despertar, se tomarían un jugo de poderes mágicos con un mejunje entre chontaduro, borojó y Tarrito Rojo. Como la de cansarnos no nos la sabemos, las invitaríamos por un pam o pandebono, lo que salga primero del coso.  

Después de unas horas de vernos a los ojos y solo eso, podríamos despedirnos.  

Lástima que ya no somos esos.  

Nosotros, ciudadanos, empleados o esclavos (como quieran llamarnos) del hiperconsumismo, forjado a través de la economía de la atención, usamos la nueva moneda de cambio para despilfarrar esos placeres de la vida, camuflados en una guayaba manzana con sal y limón, o en una marranita con harto chicharrón.  

Conózcase como moneda de cambio, el «tiempo». Nuestro activo más valioso, y también invertido dudosamente. La tesis es sencilla. En el epicentro de la navegación digital, por islas remotas de scroll y descontrol apaciguado por sobresaturación informativa, se exacerba un detrimento cultural al coste de embolatar la poquita identidad que no sobra.  

Las redes sociales, como modelo de negocio, priorizan un algoritmo alimentado por contenidos efímeros. Aunque superfluos, fuertes colonizadores del engagement, que vende más que cualquier man gritando “chuuuspas, para la basura”. Lo chistoso es que tales mecanismos de atención, funcionan con un engranaje que a su vez Cobo manifiesta que se alimenta de “una entrega, consciente o no, de materia prima, como los datos privados, que luego otros explotan y comercializan en una economía de la «extracción»” (p. 23). 

Pero en este análisis, no se justifica tal enjambre digital, término acuñado por Byung-Chul Han, como extractor y sensacionalista únicamente. Se debe resaltar el poder activista de los medios que convergen en nuestras realidades, un poco atrofiadas por esa burbuja que filtra lo que nos interesa y ya. Según López-Borrull (2023) “las redes sociales piden adhesiones inquebrantables, pero sobre todo rápidas y viralizables” (p.3), esto trasciende a un facto que no me van a negar: el alcance de contenido. 

Técnicamente, todo lo que está en red es consumible, accesible y tiene ese potencial viral y tendencioso. Sin embargo, no toda la información está en condiciones equitativas de ser masticada por los sentidos humanos. Este caudal significativo de fotos, videos, y demás productos, como lo menciona Cobo (2020) “genera una «pseudoignorancia o amnesia digital», en la que estamos desbordados de datos y mensajes cortos” (p.3). Les exhorto a comerse la información en este punto tipo fast-food, para que nos repensemos el consumo de la cultura, que tal vez, y espero equivocarme, no maneja el mismo rating que disponen nuestros feeds de Instagram. 

¿Cuánto del contenido consumido responde a elegir la divulgación cultural de un departamento? No es para ponerse a chillar en una esquina y hacernos bolita porque las personas no están interesadas en conocer sus identidades regionalistas. Sino, encontrar una alternativa para resignificar lo que alguna vez fuimos. ¿Es posible mitigar ese desarraigo cultural que ni siquiera nos pesa que tenemos? Hay cosas que no se aprenden ni porque se lean.  

Imagen elaborada con I.A.                            

En el caldo de cultivo de saberes homogéneos y superficiales que propende el internet, ese cuentico de hacer manjarblanco en la finca, es etéreo. Es diferente saber que en Calima hay un pasado hereditario de cerámica y arcilla a saber cómo hacer cerámica y arcilla. En el Amor líquido de Bauman (2003) se expresa que entre más cerca estamos (en términos de atención) a las pantallas y la tecnología, “menos tiempo dedicamos a la adquisición y ejercicio de las habilidades que la proximidad no-virtual requiere” (p.58). 

Las habilidades en cuestión, para este texto, se ponen en función de todas aquellas actividades típicas de las regiones de un país como el nuestro, diverso y con suficiente paisaje para salir ahorita y darnos un borondo. Las cuales, han sido pisoteadas, primero por extranjeros, después por nosotros mismos, y luego, por extranjeros y por nosotros mismos a través de la era digital. 

Para dejar de decir «habilidad», Bauman concreta que ellas “caen en desuso: son evitadas, olvidadas o directamente jamás aprendidas, o se recurre a ellas cuando no queda más remedio y a regañadientes” (p.58). Ese es el drama protagónico de este lado del charco. Elegimos no elegir nuestro pasado. O mejor dicho, elegimos vivir un presente que construye un futuro ajeno.  

Al principio del texto les hablé de facultades extraordinarias para el neo-ciudadano de a pie, como «imaginar», porque en la descachalandrada red electrónica, las relaciones de copresencia implican a veces, cercanía y lejanía, proximidad y distancia, solidez e imaginación como dice John Urry (2004). Y uno ahí, anestesiado por alguna aplicación, dominados por la codependencia a la electricidad y alienados por los inventos modernos, carecemos del factor performance

Una Cali pachanguera, una Buga poetisa, un Trujillo ecológico, un valle artístico y gastronómico, en el que la tertulia encuentra un consagrado, en el que los museos poco valen, porque con la gente en la calle, hay suficiente. Y se le eriza la piel a quien entienda la frase “aquí cayó un rayo”. Y quien no sea de allá, no me va a entender de a mucho, porque lo fúnebre se combina con lo que se deja de vivir y lo que se deja de contar.  

Es el espectáculo de la cotidianidad que es admirado… por sabrá el algoritmo quién. Nos dejamos llevar por esas corrientes reduccionistas de calidad cultural. No solo es cada vez menor el incentivo a crear piezas culturalmente arrolladoras que demandan «tiempo» y «reflexión», sino también, un desgaste cognitivo y apático (tal vez no intencional), en que la sobresaturación fatiga, y procesar el valor de aquello que dure más de 10 segundos, es un imposible para el negocio.  

Estamos programando la cultura. Pareciera que la gente está abierta a la idea de construir un mundo que no está muy conectado a la realidad. La gente parece estar bien viviendo en cámaras de eco o de resonancia de los medios sociales (Cobo, 2019, p.30). 

Las costumbres y tendencias prefabricadas, a la merced del capitalismo tan querido y consentidor, idiotizan una audiencia que posee ayuno identitario. El contenido vacío que se comercializa atenta contra lo más preciado que nos ha dejado la era de la escritura. 

Nuestra memoria. 

Lejos de nacionalismos, eso es lo que duele. La esencia paulatinamente embolatada la cual a veces no sabemos que hemos extraviado, si es que no dejamos el scroll obsesivo y apagamos el celular un rato.  

La cultura no está desactivada, pero su coste de oportunidad se ha reducido. Ella, junto con la salsa, el viche, la arcilla y demás hermanas, juega a la rayuela con un pedazo de tiza que dibuja los intercambios digitales degradantes que la limitan, ¿o la dilatan? Poco a poco saltan, cuadro a cuadro, día a día, a modo de evocar con sabrosura algún conjunto de cuatros, cañandongas o quién sabe, una secuencia de punta-talón complicado que se arrastran como mensajeros simbólicos de todo lo rico y todo lo bueno que tiene un pedazo del Suroccidente colombiano.  

Deberíamos hacerle frente al gula rentista con el que se estalla cualquier cantidad absurda de publicidad y propaganda, muchas veces mercantilizando la cultura o dejándola a un ladito de la baldosa en la que se azota con energía la retención de atención. 

En la rayuela desdibujada, aún hay esperanza en el cielo, y en su sucursal se oyen las octavas salseras, pero faltan pies que las escuchen o precisamente, que no solo las escuchen. 

Entre tanto adverbio revuelto, y hastiada de ampulosidad lingüística, nos abraza lo hereditario, y no hablo de violencia o conflicto. Ojalá que en medio del germinado tecnológico no se nos acabe la curiosidad o la divulgación de nuestras regiones, aunque lo que le entiese a uno la sangre, no es tener el cerebro atrofiado y trastornado, sino, reconocer que tenemos atrofiado y trastornado el corazón. 

Referencias

Bauman, Z. (2003). Liquid love: on the fragilty of human bonds. Wiley. 

Cobo, Cristóbal (2019): Acepto las Condiciones: Usos y abusos de las tecnologías digitales, Fundación Santillana, Madrid. 

López-Borrull, A. (2023). En busca de la verdad perdida: redes sociales y desinformación. Anuario ThinkEPI, 17. https://doi.org/10.3145/thinkepi.2023.e17a44 

Perea, V. E. (2008). El valle nos toca: una mirada al pasado, el presente y el futuro del Valle del Cauca desde su patrimonio cultural. http://hdl.handle.net/10554/5207 

Urry, J. (2004). Connections. Environment and Planning D, 22(1), 27-37. https://doi.org/10.1068/d322t (Original work published 2004)